martes, 30 de noviembre de 2010

Atilio Rapat, el gran maestro de la guitarra.

Tenía 13 años cuando asistí a clases de guitarra con el Maestro Atilio Rapat. Mi padre me acompañó a la primera clase para que aprendiera a llegar a la esquina de Av. Italia y la calle Comercio (hoy mariscal Solano López) de la ciudad de Montevideo, y luego volver a Minas. Así iba cada quince días por lo caro de los pasajes.
Rapat vivía en un pequeño apartamento interior de la calle Comercio en el barrio del Buceo al que se llegaba por un pasillo oscuro. Al tocar el timbre abría su esposa, una joven señora muy amable. Tenían una hija, Celina, que en aquel entonces era una niña de unos seis años. Todo se veía muy ordenado hasta que uno abría la puerta del cuarto donde daba las clases el maestro. A partir de allí comenzaba el desorden y se podía encontrar cualquier cosa entre partituras, botellas vacías, botellas medio llenas, frascos, matraces, tubos de ensayo, un par de rifles colgados de la pared, una piel de jaguar y una garra disecada, diarios y revistas amontonados, libros y muchas cosas más. En el suelo su infaltable caja de zapatos donde metía, desordenadamente y sin contar, el dinero de las clases. Nos preguntaba si tenía que darnos cambio y confiaba absolutamente en la respuesta nuestra.
En medio de todo esto el maestro estaba sentado en una de esas sillas cónicas con estructura de hierro y el cuero atado con tiras delgadas que estuvieron de moda en Uruguay. Flaco, de melena canosa, con unos lentes de armazón marrón rota, muchas veces atada con hilo de algodón para sostener el lente. Él veía por entre los hilos y allá a las cansadas los mandaba a arreglar.
Químico aficionado hacía experimentos para buscar alguna sustancia que necesitaba. Con mucho cuidado pesaba en una minúscula báscula el polvo que metería en un tubo de ensayo para luego tomar un matraz y agregar algún líquido. En sus piernas sostenía un pesado tratado de química que lo guiaba en este quehacer.

–Hola, ¿Qué decís? ¿Cómo está tu padre? Y Minas, ¿siempre igual? ¿No han salido a cazar?

Le daba las pocas novedades a las cuales ponía mucha atención y le encantaba que le contara de las cacerías y pesquerías.

–Este muchacho caza en serio, eh– le decía al alumno que había llegado antes.
–Con su padre cazan y pescan mucho y no es broma. Contale lo que cazan con tu padre. Tienen perros muy buenos. Contale, contale.

El maestro complementaba mis cuentos medios mentirosos con otros donde me ponía de testigo de cosas exageradas. Al hablar nos metía en un puño. Bajaba la voz y con sus ademanes creaba un clima de máxima atención que nos atrapaba. Como si estuviera en el monte nos contaba que una noche mientras comían un asado a la orilla de un río tiraban los huesos a la oscuridad donde sólo se veían los ojos brillantes de los pumas iluminados por la fogata.

–Oíamos el crujir de las costillas cuando los pumas las masticaban… trac, trac.

Siempre lo defraudaba un poco cuando me preguntaba si no había visto los pumas en las noches del Cebollatí, ese magnífico río que pasa al este del Departamento de Lavalleja. Él sabía que íbamos con mucha frecuencia a pescar y cazar con mi padre a ese río, pero yo nunca vi un puma porque ya no había desde hacía más de cien años. Los únicos ojos que brillaban en la noche eran los de algún perro que se acercaba al fogón con el olor del asado. Pero para no defraudarlo del todo confirmaba la presencia de ojos relucientes que suponíamos eran de pumas…
Hablaba de campamentos donde había estado de cacería pero nunca supe de que realmente hubiera ido concretamente a algún lugar. Seguramente habría sido en su juventud. Tenía muchas ganas de ir pero cuando mi padre me decía que lo invitara a una de nuestras salidas a cazar, por distintas razones declinaba la invitación. Él iba con su imaginación y a través de la lectura. Amaba la naturaleza y envidiaba mi suerte de realizar con mi padre tantas salidas al campo en los alrededores de Minas.
No había silencios con Rapat. Gran conversador, siempre nos contaba algo referido a la guitarra y a muchas otras cosas de la vida silvestre y del universo. No nos miraba de frente sino que ponía su cabeza de tal modo que casi nos hablaba de medio perfil. Era de admirar sus dedos de la mano izquierda que terminaban aplastados de tanto apretar el diapasón de la guitarra. Se parecían a las patitas de algunas ranas arborícolas cuyos dedos son aplastados para sujetarse de las hojas y ramas. El pulgar de la mano derecha lo tenía completamente curvo hacia arriba de tanto tocar las bordonas y amarillo de agarrar tanto cigarro.

–¿Querés una pastilla de menta?

Las pastillas de menta eran infaltables en la pequeña mesita que tenía delante. Todos sus alumnos terminábamos adictos a las pastillas de menta de la marca que comía Rapat. Así de vigorosa era su influencia sobre nosotros.
Tiempo sin fotocopiadoras, Rapat ocupaba buena parte de la clase a escribir de memoria las partituras más complicadas en el cuaderno de música de cada alumno. Con la guitarra a su costado, casi no recurría a ella, sino que con la mano izquierda en el aire imaginaba la digitación que anotaba con bolígrafos de distinto color. Sus digitaciones eran infinitamente pensadas. Rigurosas hasta decir basta. Nada lo apuraba en el afán de cada dedo de la mano izquierda y también de la derecha fuera el más adecuado en la sucesión de los sonidos que debían producir. Podía tocar cualquier pasaje complicado con algunas de sus eternas Bic de colores entre sus dedos de la mano derecha.
Las clases duraban mucho porque nos gustaba quedarnos a escuchar la clase del que seguía. Las únicas interrupciones eran la entrada de un nuevo alumno o de su esposa:

–Atilio, necesito plata para comprarle algunas cosas a Celina.

Rapat metía la mano en la caja de zapatos y sacaba un manojo de billetes.

–¿Te alcanza?

Rápido la despachaba. No le gustaba mucho que lo interrumpiera.

Después de mandarnos estudios de Carcassi, Sor, Aguado, de pronto nos daba una partitura intocable como la Canzonetta de Mendelsshon o La Catedral o el Estudio de Concierto de Barrios que nos hacía crujir los huesos.
–Van a ver que después todo les parecerá más fácil– nos decía para consolarnos y así nos ponía a prueba para ver si dábamos el ancho, como dicen en México.

Transcribo a continuación algunas líneas que mi padre le dedicara a Rapat en su libro Origen e historia de la guitarra  en 1976:

“Atilio Rapat es considerado uno de los más grandes maestros de la guitarra, consideración que rebasa fronteras, pues hemos visto extranjeros que, pese a tener buenos conocimientos, acuden a completarlos a su casa del Buceo, atraídos por su fama –inclusive cantantes que procuran mejorar sus acompañamientos guitarrísticos.
Fue en su época –y pudo seguir siéndolo con sólo proponérselo– una de las guitarras mejor dotadas; pero una bohemia incorregible le hizo tañer únicamente, exclusivamente para su propio goce, y no por egoísmo sino por temperamento.”

Atilio Rapat nació en Montevideo en 1905 y murió en su ciudad el 18 de julio de 1988.