lunes, 24 de septiembre de 2012

EL COMPOSITOR Y GUITARRISTA ABEL FLEURY Y UNA GUITARRA YACOPI


El compositor argentino Abel Fleury nacido en Dolores, Provincia de Buenos Aires, el 5 de abril de 1903, jugó un papel de primera línea en la música latinoamericana para guitarra con la creación de piezas basadas en los ritmos folklóricos de su país. No creo que haya un guitarrista rioplatense que no haya tocado su hermosa y tan conocida “Milongueo del Ayer” o el “Estilo Pampeano”.  Pero fueron muchas más sus composiciones, entre las cuales destaco la chacarera “Trinos y alas” que Fleury le dedicara a mi padre.


Guitarrista dotado de muy buena técnica y sensibilidad en la ejecución, incluía en sus numerosos conciertos autores “clásicos” como J. S. Bach (del que interpretaba La Chacona), S. L. Weiss, G. F. Händel, Napoleón Coste, Francisco Tárrega, Fernando Sor, Mozart o Beethoven entre otros. Así también fue un gran difusor de la música latinoamericana para guitarra con obras de los brasileños Heitor Villa-Lobos y Lorenzo Fernándes, del paraguayo Agustín Barrios, del uruguayo Eduardo Fabini, del mexicano Manuel M. Ponce y del boliviano Eduardo Caba.



En su libro “Origen e historia de la guitarra” (1976) mi padre escribía:
Abel Fleury (1903-1958) logró sostenida influencia –quizás más que Barrios– en ambas márgenes del Plata; en tanto el paraguayo prevalecía entre los guitarristas cultos pero no sobre el resto, el argentino, con su “Estilo Pampeano”, de 1927, y su “Milongueo del Ayer” del 26, entusiasma tanto a unos como a otros.[…]
[…] Visitamos Fleury en Buenos Aires, veinte días antes de su muerte. No creía en su próximo fin. Se empeñó desde la cama, en tocarnos su última milonga, “Garuando”; tan débil estaba que hubo de bajar como dos tonos la guitarra.
–Cuando me levante, mi primer concierto lo daré en el Uruguay, tengo una deuda allá: sabiéndome enfermo, del Centro Guitarrístico me enviaron por adelantado el importe de un concierto.
En realidad se sabía que ya no podría cruzar más el río… Tiempo después dicho Centro colocó una placa recordatoria en su tumba en la Chacarita.[…]

Su partida definitiva al silencio inspiró en el poeta Pedro Boloqui las siguientes palabras:
Ha muerto más la armonía,
lograda en su arte nativo,
mantiene su nombre vivo,
como un farol en la huella,
nunca el olvido hará mella,
para arrancarlo de aquí.
Y, si dejó tras de sí
tiernos corajes vibrando,
en ellos sigue flotando
el alma de Abel Fleury

 En los conciertos que daba mi padre jamás faltó una obra de su amigo Abel Fleury. Además de las piezas antes nombradas tocó “Te vas milonga”, el malambo “Mudanzas”, la cifra “Sobretarde”, las milongas “De clavel en la oreja” y “A flor de llanto”, el estilo “El Tostao”, y recuerdo sus muy buenos arreglos del candombe “Pena mulata” y “Milonga triste” de Sebastián Piana.

El cáncer terminó con la vida de Fleury el 9 de agosto de 1958 en la ciudad de Buenos Aires. Los múltiples gastos que había tenido la familia con los cuidados de la penosa enfermedad de Don Abel, obligaban a su esposa Nelis Guerra (con tres hijos) a vender una de sus guitarras para medio salir del paso. Así llegó a Minas, Uruguay, la señora Nelis para ofrecerle a mi padre una de sus guitarras, un excelente instrumento del vasco radicado en Buenos Aires, José Yacopi.

¿Quién fue José Yacopi? Fue hijo de un lutier genovés Gamaliel Yacopi (originalmente este apellido se escribía con i latina) radicado en España en la ciudad de Vitoria, País Vasco, donde precisamente nació su hijo José el 28 de diciembre de 1916. Perseguida la familia por los franquistas en España, partieron para Francia de donde huyeron de los nazis a la Argentina para radicarse en San Fernando, Provincia de Buenos Aires. Allí se formó José y se constituyó en unos de los más renombrados lauderos del mundo que tuvo como clientes a María Luisa Anido, Julian Bream, Irma Costanzo, Eduardo Falú y Narciso Yepes entre otros. Jose Yacopi  fallece a los casi 90 años de edad el 11 de agosto de 2006, constituyéndose su hijo Fernando en el continuador de esta dinastía de constructores de instrumentos de cuerda.

José Yacopi

Fuera de Argentina resulta muy curiosa la madera que en aros y contratapa, de muchas de sus guitarras, utilizara José Yacopi: algarrobo negro (Prosopis nigra), árbol natural de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay, cuya madera es dura, densa y muy durable.  Pero más curioso aún es que esta madera no era maciza, sino que era triplay (compensada, como dicen en Uruguay). Sin embargo el sonido de las guitarras Yacopi es inigualable: potente, destacándose los bajos que son muy profundos y los agudos aterciopelados –si cabe esta expresión–.

La guitarra que adquirió mi padre a la viuda de Fleury fue utilizada inicialmente por mi madre y posteriormente mi padre me la dejó a mí. Con ella llevo más de cuarenta años y la música de Abel Fleury sigue sonando en esta parte norte de Latinoamérica en una de sus guitarras, privilegio que tengo con este instrumento que me acompaña fielmente.

Adjunto a esta nota un programa –tesoro que guardo– del concierto que Don Abel diera en el Centro Democrático de la ciudad de Minas en el año 1957 (el lector encontrará dos errores de imprenta: donde dice Corte, debe decir Coste; y donde dice Rauro, debe decir Lauro), así como también una vieja foto que Fleury dedicara a mis padres y que presidió por muchos años el estudio de guitarra de mi casa paterna.



martes, 11 de septiembre de 2012

TRAGEDIAS Y MEMORIAS, ALGUNAS CIFRAS


Pretender apuntar muy brevemente las barbaridades que los hombres han cometido en este planeta a través de guerras, atentados y acciones terroristas sería una tarea inacabable y seguramente muy discutible por abarcar muchos períodos de la historia de la humanidad y terminaríamos poniendo en seria duda una de las acepciones de la palabra “humanista” (sensibilidad, compasión de las desgracias de nuestros semejantes) que nos gusta usar para distinguirnos de los demás seres vivos.
Es imposible no recordar esta fecha del 11 de septiembre cuando dos hechos muy crueles y degradantes de nuestra condición humana han ensangrentado nuestra memoria: el golpe de estado en Chile en 1973 y los atentados con aviones comerciales en los Estados Unidos de Norteamérica en 2001. Precisamente ayer veíamos en History Channel el programa “102 minutos que cambiaron a América” y pese a las innumerables veces que todos hemos visto programas sobre este tema de los atentados a las torres gemelas del Centro Mundial de Comercio, no dejamos de conmovernos y compadecer a las numerosas víctimas inocentes de esta ataque terrorista tan inesperado y feroz. Nada ni nadie podrá jamás justificar tales atrocidades que han quedado filmadas por decenas y decenas de cámaras profesionales y aficionadas.

Me quedaron grabados algunos testimonios de neoyorquinos que luego del colapso de las torres y de darse cuenta que no se trataba de accidentes, llamaban a vengarse de los “árabes”, de “¡matarlos a todos!”, “¡hay que exterminarlos!”. Una joven decía: “¡tenemos que irnos a la guerra ya!”. La indignación de los norteamericanos se mezclaba con el miedo y la incredulidad de estar bajo un ataque desconocido pero de una alta efectividad.
Ningún testigo se preguntaba por qué habían ocurrido esos atentados, qué se habría hecho por parte de los EEUU para que unas pocas personas de origen árabe decidieran dar su vida y llevaran esos aviones a chocar contra las torres y el Pentágono, los máximos símbolos del poder del país del norte.
Se estima que murieron en las torres algo menos de 3,000 personas entre hombres mujeres y niños inocentes en esos “102 minutos que cambiaron a América”. ¿Qué gente podría encerrar tanto odio en su corazón para llevar a cabo acciones de tan terribles proporciones? ¿Qué ofensa podrían haber recibido los terroristas y sus pueblos por parte de EEUU para planear y ejecutar estos atentados como una forma de venganza?

Si echamos un ojo a la historia relativamente reciente donde EEUU ha participado en acciones de guerra contra otros países, veríamos que se destacan los bombardeos atómicos a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki cuando Japón ya estaba prácticamente vencido. Allí murieron en los tres primeros días más de 190,000 personas entre mujeres, niños y ancianos ya que en esos lugares no había concentración de tropas militares.
En otro teatro de operaciones, la península de Corea, los Estados Unidos asesinaron 2,500,000 civiles de Corea del Norte, sin contar las bajas de casi 1,500,000 de militares norcoreanos.


Poco tiempo después, en Vietnam, los bombardeos indiscriminados de napalm a la población civil de este país asiático provocaron las muerte de entre 3,800,000 y 5,700,000 personas.



En Chile, el ejército de Pinochet –con la ayuda y asesoría de pilotos y militares norteamericanos– provocaron numerosísimas muertes que el propio embajador estadounidense de entonces, Nathaniel David, evalúa de esta manera: “Las estimaciones acerca del número de gente muerta durante o inmediatamente después del golpe varían desde menos de 2.500 a más de 80.000. Una lista de 3.000 a 10.000 muertos cubre las estimaciones más fiables.” Amigo lector, les juro que me asombra el manejo tan frívolo de estas cifras de muertos, pero dejo a su criterio una estimación sensata de este crimen llevado adelante por el terrorismo de los dos estados: Chile y EEUU.



Finalmente aportemos las cifras de muertos civiles en Irak que según Wikipedia (organización imposible de asociar con el mundo musulmán) fluctúan entre 150,000 y más de 1,000,000 de personas.
Dejemos sin evaluar –por lo difícil de conseguir cifras creíbles– las muertes de civiles en Afganistán, en la ex Yugoslavia, en el cuerno de África, en Panamá y Granada donde los Estados Unidos metieron sus manos y armas. Tampoco cuento los muertos de la guerra contra el narco en México donde los delincuentes utilizan las armas que EEUU produce e introduce a nuestro país a través de operativos gubernamentales como “Rápido y furioso” (se estima entre 50,000 y 150,000 muertos).

Es curioso ver que History Channel o Discovery o Natgeo jamás manejan en sus programas “históricos” estas cifras de muertes civiles causadas por los Estados Unidos. Todo lo contrario, en sus programas se promueve el uso y los adelantos técnicos de armas personales, aviones de guerra, tanques, buques militares y demás artefactos de destrucción.
Me pregunto: la televisión americana ¿alguna vez derramará alguna lágrima por los millones de civiles muertos que su país ha provocado? Soy un poco pesimista y creo que no pasarán de hablar de “daños colaterales” en aras de salvar las democracias occidentales. 

jueves, 23 de agosto de 2012

LA LEGALIZACIÓN DE LA VENTA DE MARIHUANA BAJO CONTROL ESTATAL EN URUGUAY

Uruguay está envuelto hoy en una discusión que le hace bien al país porque somete a la consideración pública un tema muy complejo que no ha sido aún analizado a fondo y es necesario hacerlo con mesura, sensatez y responsabilidad: la legalización de la venta de la marihuana bajo control estatal.
Me atrevo a dar una opinión desde muy lejos porque me sigo considerando ciudadano uruguayo (aunque “de segunda” por no tener derecho a votar desde el extranjero) y porque tengo también la ciudadanía de un país como México que hoy vive una situación trágica por ser territorio en disputa por los cárteles de la droga.

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En primer lugar una precisión importantísima: se trata de la legalización de la venta de marihuana y no de su consumo que en Uruguay es legal. Hecha esta aclaración creo que para discutir el tema en cuestión deberían verterse las opiniones sin preconceptos, sin poner oídos sordos a las opiniones contrarias entre quienes defienden la legalización de la venta de la marihuana y quienes están en contra, es decir, deberíamos todos hacer un análisis lo más amplio posible que considere todos los aspectos que rodean a la venta legal de esta droga: los de salud, los sociales, los políticos y los de seguridad ciudadana.
He leído y escuchado con atención al Dr. Edgardo Buscaglia[1] que permanentemente advierte a México que la violencia no tendrá fin en este país hasta que se “ciudadjuarice” todo el país y sus consecuencias afecten hasta las propias familias de los empresarios y gobernantes que hoy tienen –mucho de ellos– nexos y negocios con los narcotraficantes. Al respecto recomiendo el video de una conferencia de Buscaglia en México (www.youtube.com/watch?v=Mg20OkOA8Nc) que es tremendamente aleccionador para entender quienes están detrás de estas poderosas mafias del tráfico de drogas y de 22 delitos más (tráfico de personas, lavado de dinero, secuestros, asaltos y robos a transporte de mercaderías, contrabando, piratería y extorsión, entre otros).


¿Qué hace atractivo que autoridades, empresarios y bancos se corrompan y resguarden estos negocios que tanto dañan a un país? Es el increíble margen de utilidad que deja un kilo de marihuana producida en México (pongamos a Michoacán, por ejemplo) donde se le paga al productor alrededor de 22 dólares por kilo de la hierba prensada y se la vende entre 9,000 y 12,000 dólares del lado estadounidense de la frontera. El gasto de transportación y “aseguramiento” para que la droga llegue intacta a la frontera de Tamaulipas es de 650 dólares por cada kilo , así que sumemos el costo del producto y las “mordidas” por el paso seguro a través de varios estados y veremos cómo menos de 700 dólares se transforman en 10,000 pocos kilómetros más adelante. [2]

Estos brutales márgenes de utilidad son la clave para entender con cuántos recursos cuentan los narcotraficantes para corromper autoridades y disputar el control –municipio por municipio– de cualquier estado débil.

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Otro factor a tener en cuenta es la enorme facilidad que tienen los cárteles en reclutar gente para las tareas más sucias y peligrosas. Basta ver una película colombiana (“Sin tetas no hay paraíso” del cineasta Gustavo Bolívar) y comprenderemos por qué tantos jóvenes sin empleo se integran sin dudarlo a trabajar para las mafias. Usé la palabra “trabajar” porque así lo sienten las muchachas y muchachos marginados que no dudan vivir pocos años (entre 30 y 40 por los altos riesgos que corren) pero accediendo a las atractivas vitrinas del consumo de mercancías, en lugar de una larga pero austera vida de trabajo legal sin los bienes soñados.


El Dr. Buscaglia advierte sobre la “paradoja de la represión” que lleva adelante el gobierno mexicano según la cual, a mayor endurecimiento contra la delincuencia, los criminales aportan más dinero para corromper policías. Buscaglia precisa: "Las organizaciones criminales son empresas, estamos ante empresas; uno no cierra un banco matando o deteniendo a los cajeros ni a los gerentes, uno cierra un banco quitándole los activos, las cuentas bancarias, los edificios…”
Por ahora el gobierno mexicano mata o detiene cajeros…

Este panorama introductorio de lo que pasa en México era, años atrás, algo totalmente ajeno a los ciudadanos uruguayos, pero ya hay señales en el paisito que se cabalga sin detenerse a situaciones de violencia e inseguridad desconocidas. Queda claro que Uruguay no es un territorio de tránsito de drogas para la sociedad de mayor consumo de estupefacientes como lo es la norteamericana, pero asistimos cada día al avance de estas organizaciones y sus allegados que trafican, hacen “ajustes de cuenta”, copan grandes comercios, efectúan secuestros exprés y varios etcéteras más. No podemos desdeñar el avance del desprecio por la vida y la pérdida de la sensatez que mina a los jóvenes de la sociedad que han ido perdiendo valores morales producto de la violencia que nos invade permanentemente por la televisión y los videojuegos alentados por otra mafia: la industria armamentista y su promotora Asociación Nacional del Rifle (National Rifle Association), el lobby más poderoso de venta de armamento que haya defendido el uso masivo de armas en EEUU. Paradójicamente, los estadounidenses dicen luchar contra los cárteles pero les venden armas muy poderosas para que controlen México…
Es curioso, pero EEUU, el país de mayor consumo de drogas, el más violento y uno de los más corruptos (corrupción confirmada al distribuirse diaria y puntualmente toneladas de drogas en todo el país del norte, incluido Alaska) es el más ajeno a considerar la legalización de la venta de cualquier estupefaciente.
Más allá del problema del consumo de marihuana –insisto hoy legal en Uruguay– y el problema de salud pública que implica, es claro que la distribución y venta de este psicotrópico en manos de traficantes sin escrúpulos ha sumido a las autoridades de los distintos países de América Latina en un enfrentamiento sin posibilidades de éxito y donde la espiral de violencia crece todos los días.


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La propuesta del gobierno uruguayo de producir y comercializar controladamente la marihuana apunta a quitar de raíz el negocio tan lucrativo de las manos de las mafias que operan exitosamente gracias al gran poder económico que tienen, no apunta a matar al cajero y esto parecería muy positivo o por lo menos novedoso ya que no insistiría en lo que hasta ahora ha demostrado no funcionar: la represión.

También he escuchado con mucha atención a un opositor a la propuesta del gobierno uruguayo, al Dr. Guillermo Castro Quintela, Jefe del Departamento de Psiquiatría del Hospital Británico en Uruguay que fue entrevistado por la televisión de ese país (http://74.204.167.231/codigopais/noticia/35382_%5CLa-marihuana-es-una-droga-dura%5C/) donde con detalle explicó los alcances médicos que tiene el consumo de esta hierba.  Me llamó la atención que el doctor siempre se refirió a la “legalización de la marihuana” y no a la legalización de la venta de la cannabis,  pero debo suponer que se refiere al segundo aspecto. Apretadamente hago un resumen de sus respuestas que usted, amigo lector, podrá ver y escuchar en forma completa:
  • Advierte que al legalizarse habrá consumidores nuevos.
  • Su consumo produce esquizofrenia.
  • Produce depresión mayor.
  • La experiencia de la legalización en el mundo no ha sido exitosa.
  • Se consume la marihuana para combatir la ansiedad, a diferencia de la pasta base (droga barata sintetizada con cocaína) que es para excitarse.
  • La marihuana se consigue en cualquier lado (los muchachos que cuidan autos la venden, “de buena y mala calidad”), todo el mundo lo sabe.
Además de hacer varias precisiones sobre otras drogas y sus efectos y perjuicios el Dr. Castro Quintela aporta información –con base en revistas médicas indexadas– que muchas veces los consumidores de marihuana pretenden descalificar alegando que no hay comprobación científica de estos daños.
Creo que nadie con sensatez podría objetar nada de lo que dice este calificado psiquiatra sobre los efectos del consumo de la marihuana y que ésta nunca podrá sustituir el consumo de la pasta base que tanto daño ocasiona a muchos jóvenes uruguayos. Sin embargo el tema en cuestión no es ese; el tema es la producción y venta controlada de la marihuana para quitarles poder económico a las mafias y bajar, consecuentemente, la violencia en el país. He leído que algún funcionario del gobierno uruguayo se ha referido a que la legalización de su venta podría disminuir el consumo de pasta base, situación que el Dr. Castro Quintela descalifica en la entrevista con sólidos argumentos que demuestran los distintos efectos buscados en una y otra droga.

El problema de salud pública del consumo de la marihuana y otras drogas es el que habría que atacar con mayores energías que las que se han puesto en defender la legalización de la venta de la cannabis. En el caso mexicano llama poderosamente la atención la falta de campañas gubernamentales bien pensadas y montadas en todos los medios disponibles, así como el tratamiento de este tema como materia obligatoria en los programas de estudios en la educación primaria, secundaria y media superior y superior en torno al daño irreparable que se ocasiona el joven al consumir tabaco, alcohol o drogas. En los últimos tres años hemos asistido –hasta la saciedad– a campañas políticas en la TV, radio y prensa escrita que cuestan verdaderas fortunas al erario público y nunca hemos visto una sola campaña contra el uso de drogas. Prácticamente el gobierno mexicano no toca el tema, no da resultados de encuestas sobre el tema, no hay entrevistas sobre las adicciones, no existen publicaciones oficiales masivas, ni espectaculares en las avenidas condenando su consumo, tampoco se utilizan los tiempos oficiales en medios electrónicos para combatir con toda energía este flagelo. Se involucran sin embargo –y está bien– a los deportes y deportistas más populares en campañas muy ruidosas y vistas contra el cáncer de mama o el cervicouterino, contra las gripes estacionales, contra la obesidad, contra el VIH, pero nada contra las drogas. ¿Por qué? ¡Vaya uno a saber!

Desconozco la situación uruguaya sobre verdaderas campañas antidrogas con los niños y jóvenes porque vivo muy lejos del paisito, pero cuando eventualmente lo visito no ha visto nada. Acepto que voy generalmente en períodos vacacionales de diciembre o enero y quizá no sea el mejor momento para ver campañas intensas contra el consumo de estupefacientes, pero tengo la firme sospecha de que son más intensas las campañas contra la gripe, el dengue o el uso de tabaco que contra las drogas.
La existencia, la insistencia y la creatividad de este tipo de campañas y su involucramiento en escuelas de todos los niveles serían la verdadera clave en la lucha contra las drogas, su tráfico y las mafias.

Deberíamos gastar más energía reclamando a los gobiernos de todos los niveles el uso de intensas campañas contra el consumo de drogas que contra la legalización de la venta controlada de la marihuana que es una medida concreta para desarmar económicamente a las bandas de narcotraficantes y que nadie podrá argumentar que no han dado resultados porque en los países (muy pocos) donde se han implementado no están acosados por las mafias como lo están en nuestra América Latina. El propio Dr. Castro Quintela, que se opone a la comercialización legal de la marihuana, reconoce que en cualquier lado se consigue (“… de buena y mala calidad…”) a través de los jóvenes que cuidan los coches estacionados en Montevideo. Ante esta situación es mejor que el gobierno produzca y controle su venta y así tendrá un padrón de adictos (real y no supuesto ni estimado que permitirá tomar medidas con conocimiento de causa) y ante el posible crecimiento inicial de consumidores anteponer una amplia, integral, multifacética e implacable campaña contra el uso de cualquier droga.

Finalmente, es importantísimo agregar que junto a este tipo de campaña antidroga habría que instrumentar también campañas por el valor de la vida, la convivencia en paz (incluido el tema del acoso escolar), la no violencia familiar, la serenidad y la sensatez de la sociedad que, claramente influenciada por la violencia contenida en cualquier tipo de programa televisivo sin restricciones de horario, se desborda en acciones descontroladas e injustificables.



[1] Abogado argentino, doctor en Derecho y Economía, cuenta con un postdoctorado en Jurisprudencia y Política Social por las Universidades de Illinois y de Berkeley. Es Senior Law and Economics Scholar de la Universidad de Columbia (Nueva York). Desde 2001 es asesor de la Naciones Unidas, organización para la que ha trabajado en calidad de Jefe de Misiones y de director y experto en materia de reforma judicial en países como Afganistán, Jordania, Pakistán, Nigeria y Colombia.

[2] Ver el interesante artículo “La república marihuanera”, ganador del Premio Internacional de Periodismo Rey de España 2011 que se puede descargar en http://www.m-x.com.mx/2011-08-07/republica-marihuanera-2/

viernes, 3 de agosto de 2012

No todo tiempo pasado fue mejor, pero…

No todo tiempo pasado fue mejor. Hoy se podría hacer una lista interminable de objetos, de tecnologías, de productos, que han facilitado la vida y dado al hombre la posibilidad de vivir más años, de disfrutar cosas impensables como comunicarse fácilmente con cualquier parte del mundo, viajar por extraordinarias autopistas que acercan lugares hasta no hace mucho inalcanzables, escuchar música en magníficos aparatos de alta fidelidad. No es necesario detenerse a hablar de nuevos medicamentos y técnicas que posibilitan el análisis de nuestro cuerpo y detectar con anticipación los males.
Para quienes hemos incursionado en el periodismo hoy reconocemos a la computadora conectada a internet como una herramienta imprescindible para escribir notas, para consultar cualquier duda a través de los buscadores, para confirmar información antes de darla a conocer, para archivar artículos, opiniones, fotografías, ilustraciones y un interminable etcétera más.
Pero es bueno y oportuno recordar algunas cosas de antes que eran mejores, no dañaban al planeta y nos hacían vivir manteniendo nuestra salud. Es claro que recordar estas cosas es constatar mi vejez y que ello puede hacer suspirar a los lectores jóvenes anticipando el insoportable “rollo” que se viene. Pero tengan un poquito de paciencia y analicemos algunas bondades de la vida anterior que hoy parece imposible reinstaurar.
Los festejos de cumpleaños de nuestra infancia eran un modelo de austeridad que disfrutábamos mucho. Una mesa con un mantel que sólo se usaba en aquellas ocasiones, vasos de vidrio, platos de loza con algunos bocadillos y la infaltable torta de cumpleaños (pastel en México) que nuestra madre y alguna solidaria tía o abuela ayudaba a decorar. Si la economía era buena aparecía un par de refrescos de cola o naranja y si no el infaltable Jugolín (polvo con sabores para hacer un refresco casero). Nada era desechable. Todo se lavaba y se volvía a usar. Los envases de refresco se guardaban hasta el siguiente cumpleaños o hasta el día de Navidad o Año Nuevo.




Los regalos que nos traían eran muy sencillos y útiles. Si eran juguetes se trataba de autitos de lámina o madera, alguna pelota de goma o, en el caso de las niñas, una muñeca de trapo con cabeza de yeso, algún jueguito de té de los primeros plásticos que conocimos. Nuestros padres, más prácticos, nos regalaban championes (zapatillas deportivas llamadas tenis en México) o un par de zapatos que ya no se podían aplazar, o alguna camisa o pantalón imprescindibles. Y pobres de aquellos niños que cumplían antes de comenzar el año escolar porque aparecían los lápices de colores, las cartucheras y con mucha suerte una cartera de cuero para llevar los útiles a la escuela si estaban por empezar con la primaria.
No había supermercados con estanterías para elegir un montón de marcas de un mismo producto. Nuestras madres nos mandaban al almacén de la esquina con una botella de vidrio bien limpia para que nos despacharan aceite comestible “suelto” de un tambo esmaltado (de “peltre” diríamos en México) que se accionaba con una bomba de mano. Si el aceite no era suelto debíamos dejar el envase limpio para que nos cobraran solamente el contenido de la nueva botella. El azúcar, la harina o el arroz lo tomaba el almacenero directamente de una bolsa de 50 kilos con una cuchara grande de hojalata y lo vertía sobre una hoja de papel estraza puesto sobre una balanza que luego con mucha habilidad convertía en un envoltorio firme y seguro. Todos los encargos los metíamos en una o dos bolsas de tela que tenían años y caminando regresábamos a la casa.




–¿Ya llegaste del almacén?
–Sí mamá.
–Bueno ahora andá a la panadería a buscar el pan para el almuerzo (comida en México).
–¿Por qué yo otra vez? ¡Que vaya mi hermana!
–No señor. Tu hermana me está ayudando en la cocina.
–¡Ufa! ¿Y qué traigo?
–Dos flautas y nada de ¡ufa! ¡Y cuando vengas le das de comer a las gallinas y después de comer te ponés a partir un poco de leña para la estufa (chimenea)!
Hacíamos ejercicio, sí señor. Sólo nos sentábamos para hacer los deberes escolares (“tareas” en México) o para escuchar de vez en cuando algún radioteatro de Julio César Armi que nos hacía volar la imaginación. Televisión no había en Minas, hablo de los años 1959 o 1960. Los días que me tocaba ir a Amigos del Arte a las clases de pintura y cerámica con el pintor Casimiro Motta caminaba mis buenas 15 o 20 cuadras de bajada hasta la casona de Aníbal del Campo y después de regreso subía el cerro Las Delicias que me hacía sudar la gota gorda.

En vacaciones las cosas no eran de estarse mucho quieto.
–¡No te puedo ver sentado! ¡Andá a regar las lechugas y los tomates y ponete a dar vuelta tierra en el cantero grande!– así se acababa la lectura de las revistas de Tarzán o El llanero solitario o los libros de Emilio Salgari que tanto me gustaban.
–¡Mamá! Hay hormigas en la lechuga y vaquillas en las tomateras.
–¡Andá a la cooperativa (empresa comunitaria de productos agronómicos que hubo en mi barrio Las Delicias) a comprar gamexane y pediles algún insecticida para las vaquillas!
–¡¿Y Graciela no hace nada?!
–Tu hermana me está ayudando con la ropa, así que ¡movete!
–Después que termine ¿me dejás ir al parque (Parque Rodó) a jugar a la pelota?
–Sí, pero te ponés los championes viejos y sin medias, no vayas a destrozar los nuevos, eh. Y a las 6 y media en punto estás acá.
Los championes viejos tenían soberanos agujeros en la suela y les ponía unas plantillas de goma de los pedazos cámaras de autos que me vendía Farah en la gomería (vulcanizadora en México) de la vuelta. No usaba calceta porque se agujereaban por bien que recortara las plantillas de goma.
De regreso nada de sentarse a descansar un poco.
–¡No te sientes en ningún lado ni toques nada que das asco! Antes de meterte a bañar agarrá la damajuana y andá a traerme kerosén.
Allá iba –hasta el copete de cansancio– a la estación de nafta (gasolinera) a comprar cinco litros de kerosén para la vieja cocina (estufa) Volcán.


Antiguas damajuanas

Al fin, ya limpio y bien peinado intentaba sentarme un momento cuando oía a mi madre:
–Andá a la panadería y traete unos bizcochos para tomar la leche de la merienda.
–¡Eehh che! ¿Y mi hermana?
–Tu hermana acaba de recoger y doblar la ropa que lavamos, así que ¡movete!
¿Cómo íbamos a tener obesidad o sobrepeso? Todo era esfuerzo físico, entrenamiento puro, caminar, moverse. Mi padre tenía auto pero éste se usaba solamente algún sábado o domingo para ir a pasear en familia o para ir pescar o cazar cerca de Minas. Se nos gastaban las zapatillas, los pantalones a la altura de las rodillas, las camisas con los botones arrancados, los buzos (suéteres) con los codos agujereados, pero les aseguro que no se nos gastaban las asentaderas.
Los niños de hoy viven sentados. Van sentados en el coche a la escuela donde al llegar se sientan. Sentados regresan para sentarse a comer. Sentados hacen la tarea y al terminar se sientan a ver la televisión. Sentados cambian de canal porque existen los controles y no se paran a darle vueltas a aquella matraca que tenían los primeros televisores. Siguen sentados ahora con los videojuegos o en la computadora para finalmente sentarse a cenar y acostarse a dormir. La única parte del cuerpo que trabaja son los pulgares para accionar los infinitos aparatos electrónicos como celulares, controles de TV y estéreos, tabletts, i pad y tantas invenciones más.
Ay, niños de hoy. Sólo me resta decirles ¡Pobres de sus asentaderas!

lunes, 11 de junio de 2012

Viejas pildoritas minuanas

Historias que no son cuento

·         Una noche de 1968 salimos de pintada en Minas para que algunos pocos muros gritaran nuestra inconformidad con las Medidas Prontas de Seguridad (M.P. de S.) que el presidente Jorge Pacheco Areco había instaurado para reprimir a la gente que se manifestaba contra sus políticas económicas y antisociales que irían arrimando a la dictadura militar. ¿Qué son las M.P. de S.? Son poderes de emergencia que habilitan al Poder Ejecutivo de Uruguay a suspender transitoriamente algunas garantías constitucionales ante casos graves e imprevistos de ataque exterior o conmoción interior.

Era mi primera vez que salía a pintar y debo reconocer que con 16 años estaba nervioso por los resultados de esta aventura libertaria. La consigna era pintar ¡ABAJO LAS MEDIDAS! y cambiar de lugar para repetir la acción sin que nos vieran los vecinos de un pueblo muy pequeño donde se reconocía fácilmente a cualquiera. Me acompañaba Raquel para hacer de “campana” y avisarme –mientras escribía en el muro– si alguien se aproximaba.
Recuerdo que en el primer muro me puse a escribir con un grueso crayón que elaborábamos con parafina y tierra de color y en medio de la escritura oigo que pasa un señor en bicicleta y nos saluda con esa atención tan pueblerina: 
–Buenas noches…
–Pero Raquel, no me avisaste nada que venía un ciclista– le reproché medio asustado.
–¿Sabés qué pasa? Yo de noche no veo nada, ni con los lentes…


Pintamos cuatro o cinco muros más y terminamos con buena suerte nuestra pequeña aventura. Al otro día me fue imposible no ir a admirar mi obra nocturna y tomé un ómnibus por la calle Batlle que iría por la avenida Artigas donde estaba el primer muro pintado. Cuando miro hacia el muro veo –con terror  e inmensa vergüenza– que había escrito ¡ABAJO LAS MEDIAS!

·     Muy pocas veces la policía de aquella época nos pescaba in fraganti repartiendo volantes o pintando alguna pared, en la mayoría de los casos nos detenían simplemente porque era público y notorio que militábamos en alguna organización de izquierda. Así, nos iban a buscar a nuestros domicilios y nos llevaban a la comisaría de la Plaza Rivera. En ese lugar no tenían calabozos para menores de edad y con 15 o 16 años nos metían en uno común con varios borrachos, actores de alguna pelea callejera, raterillos de poca monta y algún golpeador de mujeres.


Al meternos allí nos sacaban los cinturones y los cordones (agujetas) de las zapatillas deportivas para evitar cualquier intento de suicidio. Era muy desagradable el olor a orines y vómitos de los borrachos y no faltaba algún detenido que nos pedía cigarros de mala manera y que no se convencía que no fumábamos. Intentaban asustarnos al vernos muy jóvenes pero rápidamente aprendimos un truco que no fallaba para sacarnos de encima a esos tipos. Era tan intensa la campaña anticomunista del gobierno en radio, TV, y periódicos que le metían verdadero miedo a la gente sobre lo que eran capaces los comunistas y mucha gente se creía que se comían a los niños crudos o que, en el mejor de los casos, se los llevaban a Rusia.
A la menor molestia de algún preso común le soltábamos aquel terrible virus de que habíamos sido detenidos por ser comunistas (dicho casi en secreto y mirando para los costados). ¡Ay mamita! El calabozo rápidamente se dividía en dos partes: la gente bien por un lado y los comunistas delincuentes por otros. Se acababan en un santiamén las molestias.
Ya que estábamos metidos allí, bien aburridos por horas o días –según fuera la causa de la detención– aprovechábamos a “concientizar” a los presos comunes y les echábamos unos rollos insoportables sobre la lucha de clases y su condición de deshechos de la sociedad capitalista y demás. No pasaba un día que nos separaban de los presos comunes –para que no los echáramos a perder– y nos llevaban a una comisaría rural cerca del arroyo Campanero donde podían aislarnos.

·         En 1968 habíamos creado en Minas una réplica juvenil del Movimiento de Defensas de las Libertades que en Montevideo desplegaba una gran actividad contra las Medidas Prontas de Seguridad que el gobierno de Jorge Pacheco Areco utilizaba ya no como algo excepcional sino como una forma permanente de imponer las más duras decisiones económicas contra la mayoría de la población y favorecer así a los grandes capitales que hacían su verano. A esta pequeña organización integrada por un grupo de jóvenes de distintas tendencias políticas la llamamos Movimiento Juvenil por las Libertades (MJL) y nos dedicamos a realizar una intensa labor propagandista a nivel estudiantil. Naturalmente, al llegar las vacaciones de verano, esa labor se vio interrumpida y el descanso ganó la partida.

Sin embargo un hecho de gran repercusión mediática puso al MJL al borde de la desaparición. Lo que durante meses no había podido descubrir la policía minuana porque estaba confundida con aquella firma de MJL en volantes y pintadas, al célebre comisario de Inteligencia y Enlace –Alejandro Otero– le llevó cinco minutos  desbaratar.

El comisario Otero.

Sucedió que en febrero de 1969 un comando del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) asaltó en Punta del Este el Casino San Rafael y luego de cometido el robo huyeron con el dinero con rumbo desconocido. Una de las hipótesis que manejó el comisario Alejandro Otero era que habían huido hacia Piriápolis y luego utilizando la ruta 60 habrían llegado a la ciudad de Minas. Así, la tranquila, calurosa y siestera capital serrana se vio invadida por los policías del Departamento de Inteligencia y Enlace de Montevideo que en un operativo totalmente fallido lograron una equívoca pista seguramente proporcionada por algún vecino que no lograba conciliar el sueño de la obligada siesta veraniega y atento vigilaba la actividad de algunos jóvenes.

El poderoso departamento del comisario Otero allanó la casa de un joven minuano que no tenía absolutamente nada que ver con el MLN pero que sí tenía en su casa algunos volantes del MJL que no habían sido repartidos en los últimos días de clase del liceo departamental. Frustrados los célebres policías de Montevideo, arrojaron el despreciable botín del allanamiento a sus pares minuanos y se mandaron mudar de esa aburrida ciudad donde nunca pasaba nada.

Producto de la inteligencia y el enlace montevideanos, los sagaces policías minuanos tenían ahora información para terminar con su dolor de cabeza: el Movimiento Juvenil por las Libertades. Bruscamente se nos acabaron aquellas vacaciones encerrados en los calabozos de la comisaría cercana al arroyo Campanero…
Después de varios días nos soltaron, pero estábamos indignados por la tremenda afrenta de habernos cortado las vacaciones así que fuimos con “El Pastilla” a vengarnos de esa terrible injusticia y en la noche les pintamos tres letras en la Jefatura de Policía por el lado del callejón de la iglesia: MJL

viernes, 27 de abril de 2012

¡Los Olimareños en Michoacán!

Quienes nacimos en el interior hace más de 50 años, sin televisión, sin internet  y con pocas estaciones de radio para oír (en Minas apenas había dos radiodifusoras: Radio Lavalleja y Emisora del Este) éramos atrapados por la música folklórica que transmitía Radio Rural, estación de triste recuerdos porque fue una de las tantas que incitaron y defendieron con sus comentaristas al golpe de estado de 1973. Sin embargo, en la mañana temprano difundía música folklórica uruguaya y argentina con la incomparable voz de la arachana (gentilicio de los nacidos en el departamento de Cerro Largo, Uruguay) Amalia de la Vega, los argentinos Antonio Tormo, Los Trovadores de Cuyo, Atahualpa Yupanqui y Eduardo Falú.
Amalia de la Vega, nacida María Celia Martínez Fernández en la ciudad de Melo en 1919 y fallecida en el año 2000, ha sido en mi opinión la mayor figura del canto popular uruguayo e injustamente relegada por muchos años después de recuperada la democracia. Además de contar con una voz privilegiadamente clara y afinada interpretó muchas formas musicales uruguayas que hoy casi no se oyen, como los estilos, tristes, cifras, cielitos, gatos, huellas y vidalitas, entre otras, que eran del gusto de la gente del interior del país.
Los citados argentinos aportaron una copiosa discografía de sus aires y ritmos que no forman parte del folklor uruguayo (zambas, chacareras, cuecas, entre otros) pero que fueron y aún hoy son interpretados por los cantantes al oriente del Río Uruguay.
Pero un buen día de 1962 aparece un dúo de canaritos[i] de Treinta y Tres (departamento del este de Uruguay) que tomaron el nombre de “Los Olimareños” por el río Olimar que pasa por su terruño, y refrescan la música rural uruguaya con canciones del maestro Ruben Lena y del salteño Víctor Lima. Así se sucedieron chamarritas, milongas, polcas, serraneras  y las curiosas e infaltables canciones llaneras de origen venezolano tan lejanas al Uruguay pero que impuso este dúo formado por Pepe Guerra y Braulio López.


Verdadera sensación causaron Los Olimareños en los uruguayos durante los años 60´s y principios de los 70´s hasta que la dictadura militar los prohibió, aunque –curiosamente– la madrugada del 27 de junio de 1973 utilizó algunas de sus canciones para enlazar a todas las estaciones de radio del país y anunciar el tristemente célebre golpe de estado. Nacía sola la dictadura. No tenía cantantes que la acompañaran y le dieran un marco de dignidad a lo indigno. Asombrados del cinismo militar amanecimos esa mañana con las voces de Pepe y Braulio interpretando “A Don José”, canción artiguista de Ruben Lena.
Pasaron los años y el exilio desparramó a un montón de uruguayos por el mundo, entre ellos a Los Olimareños que iniciados los 80´s fueron a dar a México sin que –en mi caso– me enterara de su arribo al país azteca. Por ello casi me infarto cuando veo pegado en un muro de la Ciudad de Lázaro Cárdenas, Michoacán, un poster anunciando una presentación del dúo uruguayo Los Olimareños.


No podía creer que a 750 kilómetros de la Ciudad de México, en aquel pueblo olvidado de Michoacán, se presentara este dúo tan significativo para los uruguayos y tan admirado por mí. Aquellos humildes cantores de pueblo pero que arrastraban multitudes en Uruguay ¡los íbamos a tener en Lázaro Cárdenas! Iba a ser un encuentro muy especial porque un pedacito tan querido de nuestro Uruguay llegaba a ese lugar sin televisión, casi sin radio, sin internet y casi sin teléfonos.
No está de más recordar que en 1981 el contacto con Uruguay desde México era escasísimo y mucho más desde ese puerto del Pacífico mexicano. Todo se circunscribía a lo que podíamos escuchar en alguna emisora internacional de onda corta (Radio Moscú, Radio Habana y alguna triste mención de la BBC de Londres), que captábamos con una larga antena instalada en la azotea de la casa. Cuando íbamos a la Ciudad de México, a través de los compañeros que allí vivían, nos enterábamos de algo más. Si asistíamos a la embajada uruguaya en la capital azteca para solicitar algún trámite nos recordaban puntual y del mal modo que éramos parias y no teníamos derecho a nada porque no éramos ciudadanos uruguayos. Ya rechazados mendigábamos algún diario viejo para leer algo del paisito y muy pocas veces y de mala gana nos daban la sección de avisos clasificados de El País que devorábamos para encontrarnos con nombres de calles, barrios, empresas, comercios conocidos y soñar con el regreso. Cuánto odiábamos a esos funcionarios uruguayos representantes de la dictadura militar y cuánto me molesta hoy ver alguna que quedó en la actual embajada que ahora es muy amable y simpática…

Público en el Estadio Centenario de Montevideo escuchando a Los Olimareños.

Por todo esto se entenderá que encontrarse con Los Olimareños en un lugar tan lejano de todo era un milagro que no esperábamos. Y allí estábamos las dos únicas familias de exiliados uruguayos del puerto sentados en primerísima fila, pegaditos al escenario de aquel parque al aire libre, a la sombra de enormes parotas, esperando al famosísimo dúo. Lamentablemente no había nadie más… Ni una persona más que fuera a escucharlo, salvo un par de muchachos que se encargaba del sonido. Amigo lector, si usted es uruguayo le costará entender que a Los Olimareños nadie los fuera a escuchar, pero si es mexicano no necesito decirle que en México eran prácticamente desconocidos y mucho más en ese lejano puerto.
No crean que nos desanimamos; ni ellos ni nosotros. Los invitamos a nuestra casa y a la sombra de los almendros y ya preparando un fuego para un asadito, nos sacamos el gusto de oírlos cantar y charlar hasta el cansancio. La sencillez, bonhomía y generosidad de Pepe y Braulio nos empaparon de inimaginables sentimientos de nostalgia por nuestra patria distante.
Quizá algún lector joven no entienda de manera cabal lo que sentíamos en esos años, porque hoy es tan fácil acceder a través del internet a cualquier información, estaciones de radio, diarios y hasta hablar con la familia por Skype que han hecho cambiar dramáticamente las distancias. Por ejemplo, y a pesar de tener una antena de onda corta muy bien hecha y de un espíritu diexista[ii] empecinado jamás pude oír nada de Uruguay o Argentina. Unas pocas veces pudimos escuchar una radio brasileña trasmitiendo fútbol y nos quedábamos embobados con ello.
El mate, ese amigo inseparable, se transformó en algo muy lejano, porque con muchas dificultades se conseguía yerba mate argentina en la Ciudad de México exclusivamente. En Lázaro Cárdenas metíamos un montón de yuyos (hierbas) locales en un vaso y nos hacíamos una infusión que tomábamos con bombilla (especie de popote metálico para tomar mate) para no perder la costumbre.
Pero volvamos con Los Olimareños. Pepe y Braulio nos comentaron que regresarían al DF en un par de días así que teníamos tiempo para invitarlos a ir a la playa y a pescar en la escollera que estaba en la desembocadura del Río Balsas en el mar.

A la izquierda se aprecia la escollera.

–¿Y vos Pepe, sabés pescar?
–Ah claro que sí. Pero mirá que Braulio no sabe ni agarrar una caña, eh.
Nos instalamos en la escollera con las cañas e inmediatamente vimos que Pepe sabía del negocio y tiraba muy bien el reel. Braulio era un desastre y al primer tiro se le hizo una galleta bárbara (enredo de la línea en el carrete) y mientras le ayudamos a desenredarla ya tenía un pescado enganchado. Al segundo tiro, lo mismo, otro fenomenal enredo pero ahora enganchó dos pescados a la vez. Pepe miraba aquello y no lo podía entender. Recogía su reel y tiraba cerquita de donde Braulio lograba mal lanzar y nada…
Para evitar enredos y demoras le encarnábamos y tirábamos la caña a Braulio y no hacía más que recoger uno o dos pescados por tiro. Pepe… nada. Mascullaba bronca nomás...
Pero nosotros, amigo lector, ¿qué podíamos decir? Estábamos encantados de tener aquellos increíbles compañeros de pesca que nos hicieron sentir cerquita a la patria que estaba tan lejos al sur.


https://www.youtube.com/watch?v=met4w0Ly4PI
Este es mi pueblo (Carlos Puebla)

Milonga del fusilado (Carlos Ma. Gutiérrez – Pepe Guerra)


[i] Expresión uruguaya muy usada en Montevideo para designar a los habitantes del interior del país. Proviene de los emigrantes de las Islas Canarias que la mayoría se asentaron fuera del departamento de Montevideo.

[ii] Diexismo es la afición de escuchar radioemisoras lejanas o exóticas. El nombre proviene de las siglas DX, donde la D significa distancia y la X, incógnita.

viernes, 30 de marzo de 2012

Julia

La joven pareja hacía pocos años que se había casado pero ya no disfrutaban como al principio las mieles de los descubrimientos mutuos, de los furtivos encuentros en su propia casa antes de la comida o al terminar la siesta bendita de cada día. Se les veía contentos sí, y hasta un poco enamorados, aunque ella, dos por tres se ponía de malas porque quería salir como fuera de Lázaro Cárdenas, apartada ciudad portuaria del estado de Michoacán. No aguantaba el calor tropical y la humedad permanente. Tampoco soportaba la lejanía de cualquier manifestación cultural, en especial del ballet que tanto tiempo le dedicara. No toleraba la falta de tiendas o lugares aunque sea para distraerse un poco. Todo era calor, sudor y malos olores y en verano, además, mosquitos.
Julia había nacido en Morelia y desde que tenía memoria bailaba ballet. No recordaba una vida anterior al baile. Su maestra michoacana un buen día fue sustituida por una maestra rusa de nombre complicado que había llegado a Morelia y que, según ella, había sido parte del cuerpo de baile del Bolshoi. Los padres de Julia no sabían si la rusa era mejor que la maestra local, pero sí sabían que era rusa y eso ya era suficiente.


Julia se destacaba entre todas las niñas por su dedicación sin pausas y por su  gracia natural. Al año la rusa demostró que no solamente era rusa sino que sabía del asunto del ballet y fue sacando adelante un grupo de bailarinas. Dije bailarinas, porque bailarines no había uno. En Morelia no había hombrecitos que bailaran ballet porque eso era “cosa de mujeres…” Cuando llegaba la presentación de fin de año la rusa gestionaba el auxilio de un joven bailarín del DF para que las muchachas tuvieran pareja para bailar.
Así Julia fue progresando y parecía que daría para más, pero la rusa, todavía joven y bonita, se casó con un notario bastante feo y viejo pero con mucho dinero y se fue a vivir al DF. Así terminó la carrera dancística de Julia y con apenas 15 años dejó de ser aquella promesa del ballet michoacano.
La práctica de la danza le dejó un cuerpo muy bonito que sabía mover con gracia cuando caminaba por la ciudad colonial. No había un hombre que no la mirara embelesado, y muchos aspiraban, o mejor dicho, suspiraban por casarse con esa bella joven. Los muchachos estaban atentos para ver a qué hora salía Julia de su casa para no perderse su cadencioso andar y tener alguna oportunidad de platicar con ella.

Joven bailarina

Pero fue Augusto, un joven sin mayores méritos ni atractivos que finalmente la conquistó y logró llevarla de blanco impecable al altar de la catedral de Morelia. Los varones, indignados y algunos resignados, se preguntaban qué le habrá visto Julia a este menso que ni picheaba ni bateaba. Las muchachas contentas, en cambio, porque no se llevó a ningunos de los buenos partidos que seguían en disputa.
Augusto ni siquiera tenía dinero que explicara su éxito con Julia y no tenía ninguna profesión de provecho o prestigio, mal le ayudaba a su padre, don Augusto, en negocios pocos prósperos que con mucho esfuerzo y dedicación apenas si daban para vivir. Un ejemplo de estos pobres negocios era la huerta de guayaba cercana a Morelia que daba más trabajo que beneficio por pequeña y por ser muy pobre la tierra. Producían más dinero las huertas de plátano y papaya que tenía en Lázaro Cárdenas pero no eran fáciles de atender por estar tan lejos de Morelia y por la pésima carretera angosta y llena de curvas que había que transitar para llegar a la costa. Además, una vieja deuda que tenían un par de intermediarios con don Augusto era una pesada carga para salir adelante.
Sin embargo un buen día los intermediarios lograron pagarle la deuda a don Augusto en especie: un restaurante modesto pero bien ubicado en pleno centro de Lázaro Cárdenas. Se llamaba “La Pacanda”, nombre purépecha de una isla del Lago de Pátzcuaro, que ofrecía comida sencilla pero bien hecha. Feliz don Augusto había logrado recuperar algo de lo perdido y hacia allí mandó a su hijo recién casado para que se hiciera cargo del restaurante.
El joven Augusto llegó con Julia al puerto michoacano feliz de estar cerca del mar para satisfacer una de sus aficiones preferidas: la pesca. ¿Y el negocio?, bueno… también lo ponía contento –pero no mucho– por aquello de independizarse un poco de sus padres y hacer algo por sí mismo. A Julia medio la conformaba salir de la casa de sus suegros, alejarse de la tutela de doña Clara que sólo velaba por el bienestar de su hijo y criticaba solapada y permanentemente a la joven.
El calor de Lázaro Cárdenas hizo su parte: le quitó mucha ropa a Julia que ahora fresca se la veía mucho más guapa. Blusas y faldas muy ligeras mostraban aquel bellísimo cuerpo que empezaba a hacer estragos entre la población masculina del puerto. De postre caminaba con un zarandeo muy femenino, mirándose las piernas que llamaba la atención.
Al principio Julia se encargaba de la caja registradora y Augusto de recibir los comensales y apurar a las cocineras y meseros. Cuando Julia salía en alguna ocasión de la caja, las miradas tropicales de los hombres enseguida se posaban en su cuerpo, aunque ella –siempre muy propia– no daba lugar a nada.
Cuando había pocos clientes se iba para su casa que estaba del otro lado de la plaza principal de la ciudad y el calor bochornoso volvía a jugar su papel porque era imposible atravesar ese espacio tan grande al rayo del sol, así que su falda revoloteaba por el camino más largo pero de sombra, pasando por debajo de los techos y marquesinas de varios comercios donde siempre era acechada por los galanes del lugar.
Uno de esos comercios era un salón de billar con una cantina maloliente al fondo donde sus asiduos clientes mataban el calor y el tiempo con cervezas y carambolas. Casi siempre estaba allí “Finito” Chávez, ex jugador de fútbol de discreto pasaje por el Morelia, alto, güero y ganador con las mujeres. Cuando veía venir a Julia dejaba todo para asomarse y ver aquellas piernas torneadas por el ballet y aquellas “caderas y pechos torneados por Dios”, así decía el “Finito” que hasta místico se ponía cuando veía a Julia.


La pesca traía bien ocupado a Augusto que por la mañana se iba al atracadero municipal sobre el propio Río Balsas donde llegaban las lanchas con motor fuera de borda de los pescadores del lugar con la captura para venderla rápidamente antes de que el calor echara a perder lo obtenido. Augusto les compraba dos o tres puños de anchovetas que les sobraban a los curtidos pescadores para usarlas de carnada en la noche, momento propicio para sacar algún buen pargo en el puerto entre los barcos amarrados en el muelle.
Uno de los meseros del restaurante, Javier, le acompañaba a pescar y lo iba poniendo al tanto de las técnicas de pesca y de las distintas especies que allí se sacaban.
–Mire, señor Augusto, tiene que ponerle al anzuelo un buen calambote porque si no lo pierde.
–Un buen ¿calam…qué?
–Calambote, señor Augusto, calambote. O sea que entre el anzuelo y la línea de nylon le debe poner una línea de acero de unos 15 o 20 centímetros para que las bicudas, pargos y jureles no se la corten a dentelladas.
Augusto, pescador de agua dulce, no conocía estas especies tan luchadoras que antes de subirlas al muelle cortaban cualquier línea de nylon. Poco a poco iba aprendiendo que a las barracudas les llamaban “bicudas” o “picudas” y eran muy buenas para hacer ceviche; que el pargo con colores rosados era ideal para freírlo; que los jureles tenían poca carne pero sabrosa.
Crecía el entusiasmo de Augusto por la pesca que la practicaba después de las 9 o 10 de la noche, momento bueno para capturar las especies de buen tamaño. Además, ya tarde por la noche no había mosquitos.
¿Y Julia? Julia esperándolo hasta dormirse abanicada por el ventilador de techo que era testigo de aquel cuerpo tan apetecible pero cada día menos atendido y satisfecho.
Augusto llegaba como a las dos de la mañana y en medio de una escandalera se ponía a limpiar el pescado obtenido para guardarlo en el refrigerador y no se echara a perder con tanto calor. Después a bañarse para quitarse el olor a pescado y el sudor; cuando se acostaba ya eran como las tres y media… Julia ya estaba de un humor de perros y estas pesquerías se hacían por lo menos dos o tres veces a la semana.
–Oye Augusto, llévame a cenar a aquel restaurante tan bonito de La Orilla, ¿si?
–Es que más tarde voy a ir a pescar, ¿por qué no cenamos temprano en el nuestro que en la noche hay poca gente?
–Olvídalo Augusto, olvídalo.
Las miradas sobre Julia no cedían y las de “Finito” Chávez empezaban a ponerla nerviosa porque iban acompañadas de algún piropo afilado y nunca grosero. Piropo tirado como una carambola de tres bandas: con mucho cuidado y tanteo. “No hay mujer más bella en este puerto”, y lo decía como una reflexión para sí mismo, no directamente a ella, y el dardo penetraba despacito, despacito en el cuerpo de Julia…
El “Finito” sabía bien del efecto de ese primer piropo y unos pocos más en los siguientes días fueron demoliendo, tabique por tabique, el muro de la resistencia –inicialmente muy digna– de Julia.
“Finito” recurrió en poco tiempo a ese misticismo falso pero que rara vez la fallaba: “Buenas tardes señorita, Dios la bendiga por ser tan bonita…”
–Gracias señor…

El arte del piropo.


¡Ay, Julia…! con esa respuesta lograste que “Finito”, sin calambote ni anzuelo, pescara a la más hermosa sirena del puerto. Su estampa de atleta, su cabello rubio, pero sobretodo su tenacidad y tanta dedicación hacia la joven fueron mejor carnada que cualquier anchoveta comprada por la mañana a los lancheros.
Ahora el “Finito” tenía que preparar la oportunidad para encontrarse con Julia y a la escasez de dinero tenía que anteponer el ingenio que en él era más abundante. No tardó nada en hablar con uno de sus cuates, Alberto, que tenía lancha con motor fuera de borda y también le gustaba la pesca. Sin mayores explicaciones convenció a su amigo para que invitara al mesero Javier y éste a Augusto a pescar mar adentro y asegurarse así la cancha libre para patear un par de penales al arco de Julia…
Javier, el mesero, no lo pensó dos veces cuando recibió la invitación de Alberto con quien varias veces había salido a pescar y sabía de las nuevas posibilidades de pesca desde una embarcación. Con mucho entusiasmo invitó a su vez al señor Augusto a pescar.
–Señor Augusto, tenemos que llevar unas rapalas y verá que con ellas sacaremos un buen robalo, el pescado más rico para comer, o algún dorado o gallo…
–¿Qué es una rapala, Javier?
–Son unos pequeños peces de plástico con anzuelos triples que se van jalando detrás de la lancha y simulan peces verdaderos y el robalo al intentar alcanzarlos y se engancha de los anzuelos. ¡Oh, ya va a ver usted, señor Augusto, qué pescadote vamos a sacar… Tenemos que salir como a las once de la mañana que hay mucho sol para que las rapalas brillen y atraigan al robalo y nos llevamos algo de comer porque se puede pescar como hasta las seis de la tarde.
El entusiasmo de Augusto creció como la espuma, de la misma manera que la sospecha de Julia que tras esta pesquería estaba el “Finito”, cosa que la puso muy excitada, a tal punto que animaba esta vez a que su marido saliera a pescar.
El día amaneció despejado pero unas nubes lejanas sobre el mar no eran buena señal, porque en pleno mes de octubre, en el Pacífico, los ciclones estaban a la orden del día y cualquier vientito era suficiente para erizar el mar y poner en problemas una lancha de pequeñas dimensiones como la de Alberto. Sin embargo temprano salieron a pescar sin alejarse mucho de la costa ni de la desembocadura del Río Balsas que es a su vez la entrada al puerto de Lázaro Cárdenas.
Atrevida, audaz y sin un pelo de indecisión, pasó Julia, con su falda muy agitada por el viento, por el salón de billar y constató que el “Finito” estaba más puesto que un calcetín para seguirla hasta la casa. Atrevido, audaz y sin un pelo de indecisión, “Finito” entró a la casa de Julia por la puerta entreabierta un par de minutos después que lo hiciera ella.
El viento empezó a soplar demostrando que no iba a ser cómplice de nadie y amilanó el entusiasmo de los tres embarcados que tomaron el camino de regreso y programaron otra salida para dentro de una semana. Medio mareados por las sacudidas del mar los pescadores frustrados llegaron al muelle municipal sobre el río Balsas.
El viento, sin embargo, no había incidido para que “Finito” abriera el marcador y marcara un primer gol por encima de la barrera y demostrara su oficio de buen pateador. Julia, siempre bailando en pequeños escenarios ahora conocía uno nuevo y mucho más grande y sentía profundamente la danza por dentro sin necesidad de la música de Tchaikovsky, Stravinsky o Saint-Saëns.
El destino, empujado por el viento imprevisto del Pacífico, hacía que en ese momento Augusto entrara a su casa –ajeno a las hazañas deportivas y a la danza clásica en su propia cama– en el momento justo en que oye los gemidos y gritos de Julia que festejaba el segundo gol de chilena magistralmente ejecutado por el “Finito” Chávez.

Cédar Viglietti