martes, 23 de noviembre de 2010

Orígenes políticos de mi padre (Segunda Parte)

Después de haberme desahuciado los médicos del Hospital Militar de Uruguay por severos problemas al nacer, mis padres volvieron a la ciudad de Minas (Uruguay) al no encontrar una solución por parte de los pediatras militares. Allí consultaron con el médico militar de la ciudad, el Dr. Fortunato Omar Estrada y éste les recomendó que me llevaran con el Dr. Godofredo Fernándes.
 
Este formidable pediatra con apellido de origen portugués (por eso la s final) no solo manejaba la medicina emanada de sus estudios universitarios, sino la utilización de hierbas y hojas que complementaban sus tratamientos. “Lástima que es comunista” decía la gente ganada por los prejuicios que durante tantos años la prensa grande (diarios y radios) difundía a los uruguayos.
 
Debo decir que el anticomunismo promovido en Uruguay es único. Lo pude comprobar en México donde la gente no tiene ese prejuicio. Los políticos de centro y derecha de Uruguay abusaron de la credulidad de la gente contando las historias más terribles de que “los comunistas se comen a los niños crudos” y “si llegaran al gobierno les quitarían los niños a la gente para mandarlos a Rusia o a Cuba” y demás locuras que penetraban –por increíble que parezca– en las cabezas de los ciudadanos.

Usted, amigo lector, creerá que exagero, pero así era. Siempre se sustituía la argumentación política contra la izquierda por la más burda mentira que diera miedo. El Cuco en Uruguay (Coco en México) era el comunismo. Y el Dr. Fernándes …era… era… comunista (así, en voz muy bajita porque es una mala palabra) … ¡ay mamita!

¿Cuántos niños minuanos recibieron la atención médica de Godofredo? Imposible saberlo. Fueron muchísimos. Si los niños eran pobres (la mayoría) no les cobraba la consulta a los padres. Allá iba con su viejo auto Ford del 46 (estoy escribiendo sobre los años sesentas, eh) a realizar las visitas a cualquier lugar, por difícil que fuera el acceso. Su humanismo, su sensibilidad y un ojo clínico infalible resolvieron los problemas de salud de numerosos niños minuanos.
 
A mí me salvó la vida con guaco (enredadera medicinal) y otras hierbas. Y naturalmente de aquellas visitas a mi casa aprovechó para hablar con mis padres e inducirlos a una visión política más amplia y menos prejuiciosa. A su vez la lectura del Semanario Marcha por parte de mi padre jugaba un importante papel para acercarlo a la izquierda y, naturalmente, el Partido Nacional hizo “méritos” al alejarse sistemáticamente de las causas de la mayoría de la gente y comprometerse exclusivamente con la gente de mucho dinero.

En las elecciones de 1963 mi padre votó a la izquierda por primera vez y desde ese momento no abandonó las posiciones progresistas hasta sus últimos días. Nunca se afilió a ningún partido, pero ya retirado de la vida militar fue candidato a diputado por el Departamento de Lavalleja por el Frente Izquierda de Liberación (coalición liderada por el Partido Comunista del Uruguay).

Días atrás, un periodista del Semanario Arequita de la Ciudad de Minas, Uruguay, tuvo la amabilidad de hacerme una entrevista por internet y allí le contaba de las actividades de mi padre en el ámbito militar. Transcribo una parte de mi respuesta donde toqué este tema:

Lo que no es muy conocido es su papel como militar en la entonces Región Militar N° 4, hoy División de Ejército. La dictadura militar uruguaya lamentablemente ensució mucho la labor de los militares, pero a comienzos de los años sesentas mi padre –siendo subjefe de esa región militar que comprendía Lavalleja, Maldonado, Treinta y Tres, Cerro Largo y Rocha– miró mucho por la tropa que siempre vivió en malas condiciones. Así dedicó los campos militares ociosos, como el de aviación que está sobre las costas del Santa Lucía al oeste de Minas, a la cría de ganado y a la agricultura para ofrecer a los soldados carne y verduras a precios de costo de producción. Recuerdo la inauguración de la carnicería y luego de una panadería en el Batallón N° 11 de la avenida Artigas. No se me olvidan tampoco las actividades que encabezaba para juntar fondos para que los niños de los soldados tuvieran juguetes en el Día de Reyes. No faltaron los enemigos de estos proyectos puestos en marcha por un hombre sensible y así empezó la leyenda negra del “Koljós de Viglietti”, amañada acusación de que su condición de “comunista” hacía daño al ejército. No tardaron en quitarle el puesto de Subjefe de la Región 4 y dejarlo sin actividades militares porque “se preocupa más por conseguir un tractor que un tanque de guerra”.



Cédar Viglietti Ledesma, Noviembre de 2010.

Los orígenes políticos de mi padre (Primera parte)

Ya hacían esas tibiezas tan lindas de octubre, después del largo invierno de 1958, cuando mis padres nos aleccionaron a mi hermana y a mí para que supiéramos que en unos días más le entregaríamos un ramo de rosas blancas a un señor que iba a pasar por casa.

Unos días antes habíamos acompañado a mi padre por Treinta y Tres y Cerro Largo en un viaje hasta la frontera de inspección por batallones del este del país, y recuerdo que en el viaje nos hablaba de un señor que se llamaba “Chiquito” Saravia y que había muerto por la zona donde pasaríamos. A mi hermana de siete años (un año más que yo) le había impresionado mucho la historia que mi padre nos contaba sobre la muerte de “Chiquito” Saravia.

Recuerdo vagamente que paramos en una cuchilla pelada y una simple cruz señalaba el lugar dónde habían matado a este personaje que mi padre admiraba mucho. Nos dijo que juntáramos muchas flores del campo para ponerlas en la cruz y así, con mucho entusiasmo empezamos a juntar muchas flores silvestres que abundaban por ese mes de octubre.

Mi hermana juntaba las flores sí con entusiasmo pero no con mucha alegría. Era toda seriedad. Cuando teníamos un buen montón las depositamos en la cruz donde mi madre las acomodó con cierta dignidad y de pronto mi hermana suelta un llanto incontenible.

–Pero Graciela, ¿por qué llorás?– le preguntó mi padre.

–¿Te pasó algo?– interrogó mi madre.

–Es que me da mucha lástima lo que pasó a este pobre niño– fue la respuesta empapada en lágrimas de mi hermana.

–Pero ¿a qué niño, m´hija?

–A este chiquitito Saravia que se murió aquí…

Mi padre tuvo que repetir en versión mejorada la clase de historia sobre uno los personajes más conspicuos del Partido Nacional (Blanco) para que mi hermana ya no sufriera más.

Estos fueron los orígenes políticos de mi padre, era blanco y herrerista, cosa no muy frecuente dentro de los militares de aquella época.

Finalmente llegó el día esperado de la entrega de las rosas blancas. Nos bañaron, peinaron y vistieron con ropa nueva y blanca que nos mantuvo sentados –para no ensuciarnos–hasta el momento preciso en que pasaría un montón de autos, camiones, tractores y ómnibus con banderas blancas. Se trataba de la “Caravana de la victoria” que venía de tardecita de Treinta y Tres y pasaría por Minas, entrando por el barrio Las Delicias. Alguien había preparado la escena porque de pronto un ómnibus muy adornado se para frente a mi casa que casi hacía esquina con la ruta 8 que une a Minas con Treinta y Tres. Se abre la puerta y baja un señor muy alto con el pelo y bigotes muy blancos y a él le entregamos el ramo de rosas blancas que mi madre había cortado de nuestro jardín. El señor se agacha y nos da un beso a mi hermana y a mí, y mira hacia mi casa donde mi padre de traje blanco de lino y mi madre de vestido blanco aguardan en el porche sin salir de casa. El señor levanta su mano y saluda con cierta discreción a mi padre quien le devuelve una leve inclinación de respeto y admiración pero conteniéndose por su carácter de militar en activo, situación que le imposibilitaba las actividades políticas.

Estallaron los aplausos de la gente, fundamentalmente los vecinos que entendían más que nosotros de aquel intercambio mesurado de saludos.
Mi hermana y yo, hinchados de orgullo, no cabíamos dentro de la ropa que sin entender mucho nos dábamos cuenta que habíamos hecho algo muy importante. Los años nos fueron dando justa dimensión de aquella acción: Luis Alberto de Herrera 1 había recibido las rosas y nos había dado un beso…



1 Los lectores que no son uruguayos deben saber que Luis Alberto de Herrera (Montevideo, 22 de julio de 1873 - 8 de abril de 1959) fue un político, periodista e historiador uruguayo, principal caudillo del Partido Nacional durante más de 50 años. Fue una de las principales figuras políticas de Uruguay en el siglo XX.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Hoy es el Día de la Música

La celebración de este día se realiza los 22 de noviembre por la tradición cristiana de recordar la muerte de una joven romana (Cecilia, año 232) convertida al cristianismo que muy poco –por no decir nada– tenía que ver con la música.
Una frase del acta de martirio que sufrió Cecilia perseguida y finalmente asesinada por Turco Almaquio, supuestamente hace referencia a que enfrentó el tormento cantando. Esa es toda la relación que tuvo Cecilia con la música. Sin embargo fue suficiente para que la posteridad la ligara a esta bella arte y se convirtiera en patrona de los músicos.
Lo importante es que muchísimos años después –prácticamente olvidado el martirio de la joven romana– el gran músico italiano Giovanni Pierluigi da Palestrina (c. 1525–1594) escribiera la Misa Santa Cecilia que dio paso a que muy diversos compositores escribieran obras en su honor. Se podría afirmar que Palestrina, Maestro de Capilla de la Sixtina, con su misa logró consagrar el 22 de noviembre como el Día de la Música.
Para los guitarristas resultan particularmente importantes las pinturas de Santa Cecilia tocando el láud (padre de nuestro instrumento), como la realizada por Carlo Saraceni (Venecia c.1570–1620) que ilustra esta nota. Saraceni, pintor de los inicios del período barroco, fue seguidor de la escuela de Michelangelo Merisi da Caravaggio (1573-1610), quien también pintó varias obras con ejecutantes de laúd.

sábado, 13 de noviembre de 2010

SUCEDIÓ EN URUGUAY

La Justicia dispuso el procesamiento con prisión del primer militar en actividad, por las graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la última dictadura: el general Miguel Dalmao fue enjuiciado ayer por la muerte en torturas de Nibia Sabalsagaray, en 1974.

No fue suicidio, fue un crimen: "Sometida a diversos tormentos, la detenida falleció"

El juez Penal de 10º Turno, Rolando Vomero, dispuso ayer el procesamiento con prisión del general Miguel Dalmao y el coronel (r) José Nelson Chialanza como "coautores" de un delito de "homicidio muy especialmente agravado", en el marco de la indagatoria penal por el crimen de la militante de la UJC, Nibia Sabalsagaray, el 29 de junio de 1974.

(Fragmento tomado hoy, 9 de noviembre de 2010, de la página web del diario uruguayo La República,
http://www.larepublica.com.uy/)

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Nibia Sabalsagaray

Acabo de escribir esta segunda nota sobre los orígenes políticos de mi padre cuando me entero del procesamiento del general Miguel Dalmao, Jefe de la División de Ejército IV con asiento en Minas, y del coronel (retirado) José Nelson Chialanza por el asesinato de la joven maestra de literatura Nibia Sabalzagaray en 1974.

Conocí a Nibia porque fuimos compañeros de militancia en la Unión de la Juventud Comunista (UJC), integrante del Frente Amplio desde su fundación en 1971. Por cierto el Frente Amplio gobierna a la República Oriental del Uruguay desde el año 2005 luego de haber triunfado en dos elecciones democráticas.

El primero de mayo de 1974, en plena dictadura militar, la UJC participaría en una manifestación de los trabajadores en Montevideo en conmemoración de las históricas luchas de la clase obrera. No era fácil manifestarse en aquellos momentos cuando las fuerzas represivas estaban atentas a suprimir cualquier intento de exteriorizar el descontento de la gente ante la falta de democracia.

Se decidió hacer dos manifestaciones simultáneas para evitar concentraciones muy visibles que facilitaran la represión. Una de ellas fue en La Unión, barrio atravesado por la avenida 8 de Octubre, al noreste del centro de la capital uruguaya.

En aquel tiempo yo tenía una pequeña motocicleta que me ayudaba mucho a moverme por la región este de Montevideo y decidí dejarla guardada en la casa de mi abuela paterna que por aquel entonces vivía en la avenida 8 de Octubre y Belén, en pleno barrio de La Unión. Le expliqué a mi abuela que volvería al rato por la moto y que iría a una manifestación a unas 5 o 6 cuadras de allí.

La manifestación fue duramente reprimida con palos, gases y detención de trabajadores y jóvenes en general. En medio de las corridas, buscábamos salir de la avenida 8 de Octubre por calles aledañas pero allí estaban esperándonos las camionetas de la Guardia Metropolitana para atraparnos y subirnos a ellas. Acorralado y gaseado me encuentro con Nibia y Ofelia Fernández, compañeras y muy amigas que con pañuelos trataban de taparse la nariz para no aspirar los gases lacrimógenos. Ellas me preguntan para dónde ir, suponiendo que tendría una respuesta por conocer mucho esa zona. Lo único que se me ocurrió fue volver a 8 de Octubre e ir a la casa de mi abuela a refugiarnos hasta que pasara el disturbio.

Corrimos hasta la avenida nuevamente, sin que nos atraparan porque el operativo policial estaba pensado para detener a los manifestantes que salían a las calles laterales. Llegamos a la casa de mi abuela y entramos como bólidos, tosiendo y con los ojos irritados por el gas. Mi abuela no entendía lo que pasaba y traté de explicarle que la policía no nos dejaba manifestarnos, pero una sordera muy avanzada no ayudaba a comprender mucho lo sucedido. Le presenté a mis compañeras, Ofelia –casi recibida de médico– y Nibia –profesora de literatura– que le dieron sendos besos con gases lacrimógenos…

Mi abuela preparó té con galletitas y pasamos un buen rato charlando con ella. Estaba encantada con las jóvenes que acababa de conocer porque tenían “mucha distinción y fueron muy amables”, así me dijo al otro día que volví a su casa.

Pasado el momento represivo y ya tranquila la zona, Ofelia decidió irse por sus propios medios y yo llevé en la motocicleta a Nibia hasta el barrio Parque Rodó de la ciudad. Fue la última vez que la vi. Menos de dos meses después muere asesinada en el Batallón de Comunicaciones N° 1.



Nibia en primer plano y Ofelia detrás, con el puño en alto.
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Hoy leo en un diario de Uruguay: “En el Ejército, la noticia de los procesamientos (en particular de Dalmao, quien se encuentra en actividad) cayó "muy mal", aseguraron a El País fuentes castrenses.”

¿Qué cayó mal en los militares? Creo, en realidad, que algunos cuadros veteranos del Ejército, pretenden diluir sus responsabilidades en crímenes injustificables desde cualquier punto de vista, en el conjunto de las fuerzas armadas cuya mayoría no participó en aquellos acontecimientos. ¿A quién le puede caer mal que se depuren las fuerzas armadas de integrantes que ensuciaron el uniforme con crímenes atroces? Mi padre, militar del arma de infantería, siempre me enseñó a respetar al Ejército y a sentirse orgulloso de él. Me hablaba del espíritu artiguista de las Fuerzas Armadas (en referencia a José Artigas, héroe nacional fundador del Ejército uruguayo) y, créanme, sentía yo un gran orgullo del uniforme que él llevaba.
Jamás oí de mi padre que Artigas torturara o asesinara a los prisioneros. Recuerdo cuándo me explicó que Artigas dijo, luego de la feroz batalla de Las Piedras contra los españoles, “Clemencia para los vencidos, curad a los heridos”. Tampoco me contó que Artigas esperara a que una mujer embarazada tuviera a su bebé para luego matarla y robarle el hijo. Nunca me dijo que Artigas hiciera desaparecer a los detenidos. Jamás me contó de cobardías tales. Me hablaba de hechos heroicos, del respeto por el enemigo vencido, de la valentía de los soldados orientales (recuerde, amigo lector, que el nombre oficial del país es República Oriental del Uruguay).

Fueron pocos los militares que ensuciaron esa tradición artiguista y que llevaron al resto del Ejército por caminos equivocados que nunca volverán a recorrerse. No importa la cizaña del diario El País, siempre tan mal intencionado y dando espacio a lo poco malo y abyecto que queda dentro de las Fuerzas Armadas sin hacer un comentario condenatorio.

Sépanlo los jóvenes militares uruguayos: Nibia era una hermosa muchacha que jamás portó un arma; que jamás le hizo daño a nadie; que nunca se apropió de un bebé ajeno; que jamás robó en una casa en medio de un allanamiento, que jamás le puso una capucha a nadie para que luego no la reconocieran por algún acto deshonroso.

Y tenía 24 años…

sábado, 30 de octubre de 2010

Celebración del Día de Muertos en México

"Según la creencia de la civilización mexicana antigua, cuando el individuo muere su espíritu continúa viviendo en Mictlán, lugar de residencia de las almas que han dejado la vida terrenal. Dioses benevolentes crearon este recinto ideal que nada tiene de tenebroso y es más bien tranquilo y agradable, donde las almas reposan plácidamente hasta el día, designado por la costumbre, en que retornan a sus antiguos hogares para visitar a sus parientes. Aunque durante esa visita no se ven entre sí, mutuamente ellos se sienten.

El calendario ritual señala dos ocasiones para la llegada de los muertos. Cada una de ellas es una fiesta de alegría y evocación. Llanto o dolor no existen, pues no es motivo de tristeza la visita cordial de los difuntos. La exagerada hospitalidad de los mexicanos es proverbial. Ésta se manifiesta a la menor provocación, aún más si los visitantes son sus parientes ya fallecidos. Hay que deleitarlos y dejarlos satisfechos con todo aquello que es de su mayor agrado y asombro: la comida.

Desde remotas épocas hasta la actualidad, el “banquete mortuorio”, resplandece en todas las moradas nacionales, desde los humildes jacales o casas rústicas, hasta los palacios y mansiones.

La comida ritual se efectúa en un ambiente regiamente aderezado en el que vivos y muertos se hacen compañía.

Cada pueblo y región ofrece variados diseños e ideas para este evento, pero todos con la misma finalidad: recibir y alimentar a los invitados, y convivir (o tal vez “conmorir”), con ellos”.

Eduardo Merlo Juárez (Arqueólogo mexicano)

Día de Muertos

Con la influencia anglosajona de la fiesta de Noche de Brujas, o Halloween, en que aparecen monstruos, vampiros, brujas y fantasmas, México ha olvidado a sus propios personajes del Día de Muertos, como la famosa Catrina que tantas veces dibujó José Guadalupe Posada. Diego Rivera también pintó a la Catrina en su mural Sueño dominical de una tarde en la Alameda Central y la vemos bailoteando en los cartones del juego de La lotería.
La Muerte adquiere muchos nombres: La Pelona, la Flaca, la Fría, la Apestosa, la Huesuda, la Calaca. José Guadalupe Posada la representa con un sombrero de ala ancha, lleno de flores y unos dientes que se adelantan intentando sonreír, pero en realidad van a morder.
Nuestra tradición de Día de Muertos no se hace con hechizos, encantamientos ni horripilantes caracterizaciones, sino con historias, relatos, cuentos y leyendas que han perdurado en la memoria de los mexicanos durante siglos.
Fragmento de un artículo de Elena Poniatowska, escritora y periodista mexicana.

martes, 26 de octubre de 2010

Agustín Barrios en México





Fue en el año 1977 en Ciudad Sahagún, estado de Hidalgo (ubicado al norte de la ciudad de México) cuando con amigos y alumnos de guitarra fundamos el Centro Guitarrístico “Agustín Barrios”. Su presidente fue el Ing. Alberto Fonseca, a la sazón Gerente de producción de la empresa Diesel Nacional y alumno del curso de guitarra que impartíamos en el Centro de Desarrollo para la Comunidad. Con mucha emoción y expectativa recibimos, el día de la fundación del Centro Guitarrístico, al maestro yucateco Juan Helguera, quien nos ofreció una charla sobre el músico paraguayo. En el acto inaugural el Ing. Fonseca y quien esto escribe tocamos un par de piezas de Agustín Barrios.


Inauguración del Centro Guitarrístico Agustín Barrios. En la fotografía se aprecian sentados en primera fila al Maestro Juan Helguera y al Ing. Luis Alberto Fonseca cuando hacía uso de la palabra quien esto escribe.



Podrá pensarse que es curioso poner el nombre de Agustín Barrios a un centro guitarrístico en la República Mexicana, cuando parecería ser ajeno a ese lugar y cuando por esas fechas el gran compositor paraguayo era popular solamente en Sudamérica y todavía no había sido difundido por los grandes guitarristas. Sin embargo Agustín Barrios vivió en México, precisamente en la ciudad de Pachuca, capital del estado de Hidalgo, y escribió la famosa obra “La hilandera” en un pequeño pueblo que frecuentaba: Tepeapulco. Hoy esta pequeña población con una rica y muy larga historia, está conurbada a Ciudad Sahagún, hecho que explica la natural vinculación de Barrios con esa zona.

Cuando apareció el Ing. Fonseca en Centro de Desarrollo a tomar clases de guitarra, me contó que había tomado clases previamente con Don Baltasar González, un hidalguense que había conocido nada menos que a Agustín Barrios. Imaginarán la emoción que tuve al oír hablar del compositor paraguayo tan famoso en Sudamérica con una referencia tan cercana. Inmediatamente le pregunté al ingeniero si era posible conocer a ese viejo maestro mexicano. A los pocos días aparece mi alumno con un señor de casi 80 años, de origen campesino, muy sencillo y agradable: Don Baltasar González, persona que nos encantó a todos con sus historias y anécdotas sobre la guitarra.

                    Programa del concierto del guitarrista Ariel Hinojosa en homenaje a Don Baltasar González Campero

 

Así nos contó de su vinculación con Barrios y el motivo del arribo del paraguayo a México. Con todo detalle, Don Baltasar nos refirió que cuando se inauguró el primer vuelo comercial entre Argentina y México, estas naciones intercambiaron delegaciones artísticas para celebrar este hecho histórico. Así, un conjunto de baile regional mexicano y un mariachi fueron a Buenos Aires; y a la Ciudad de México llegó un conjunto de danza argentina y el compositor y guitarrista Agustín Barrios Mangoré. No resulta extraño que el paraguayo viniera como un aporte de Argentina al evento que celebraban los dos países, en virtud de que Barrios vivía en ese momento en ese país y había compuesto una buena cantidad de música inspirada en el folklor y música popular argentina.

No tardó el pulque (bebida fermentada de origen indígena muy popular en México por aquellos años cuarentas) en atraer a Barrios a los llanos de Apan (zona cercana a Tepeapulco y productora de pulque de gran calidad en México) lo que explicaría por qué “La Hilandera” la escribió aquí.

Según el maestro hidalguense no le fue bien a Barrios, quien pasaba penurias económicas al no tener conciertos para ganarse la vida. Por ello, nos contó Don Baltasar, cuando le ofrecieron tocar la guitarra en un circo, donde lo presentarían como “un fenómeno de la guitarra traído directamente de las selvas del Paraguay”, Barrios acepta y se disfraza con plumas y taparrabo de indio paraguayo para justificar “ese fenómeno de las selvas del Paraguay”. Esto explica esas fotos lastimosas que han recorrido el mundo cuando se trataba de uno de los mayores compositores del mundo para guitarra y –sin duda– del mayor guitarrista del siglo veinte (basta escuchar sus grabaciones de 1913 a 1942) que había llegado a tocar y asombrar con su ejecución y sus obras a todo un continente y hasta la propia ciudad de Londres. Preferimos divulgar las fotos que recuerdan a Barrios con mayor dignidad; no porque sea indigno su espíritu indígena guaraní, siempre a flor de piel en los paraguayos, sino porque era más que suficiente su arte para distinguirlo y permitirle vivir con decoro. Sin embargo la personalidad de Barrios tenía altibajos y le asaltaban momentos de gran depresión donde abandonaba la guitarra, así como momentos de euforia que lo llevaban a componer sin desmayos.

No tuvo mucha suerte Barrios. Jamás Andrés Segovia interpretó una pieza suya que hubiera sido el gran detonante para que su obra se difundiera. Quizá los celos profesionales de Segovia frente a un intérprete con mayor técnica guitarrística y enorme talento musical hayan ganado la partida de no hacer nada para darlo a conocer al gran público al que él tenía acceso.

La poca suerte que tuvo fue en sus últimos años de vida. El Salvador, tan lejos de su tierra, lo rescató de un triste final empujado por su irrefrenable bohemia. En ese pequeño país centroamericano encontró un lugar donde apreciaron y reconocieron su talento musical. El general Maximiliano Hernández Martínez, Presidente de la República de El Salvador le ofreció una estadía permanente en 1939 y le pidió aceptara el nombramiento como profesor de guitarra del Conservatorio Nacional de Música.

El 7 de agosto de 1944 sufrió un segundo infarto (el primero fue en México) que le ocasionó la muerte a los 59 años. El sacerdote que lo acompañó en su agonía comentó que Barrios dijo: "No temo al pasado, pero no sé si podré superar el misterio de la noche".

Cerremos estas líneas con un poema del propio Agustín Barrios que lo pinta en cuerpo y alma:


EL BOHEMIO

!Cuán raudo es mi girar! Yo soy veleta
que moviéndose a impulsos del destino
va danzando en loco torbellino
hacia los cuatro vientos del planeta.

Llevo en mí el plasma de una vida inquieta
y en mi vagar incierto, peregrino,
el Arte va alumbrando mi camino
cual si fuera un fantástico cometa.

Yo soy hermano en gloria y en dolores
de aquellos medievales trovadores
que sufrieron romántica locura.

Como ellos, también, cuando haya muerto,
!Dios solo sabe en qué lejano puerto
iré a encontrar mi tosca sepultura!

El puente de Feliciano

A Marta y Angel, tan queridos.


Pillo y desalmado era Feliciano. Analfabeto en el papel pero no en la vida. Sabía leer entre líneas cualquier conversación y escribir a punta de lengua cualquier discurso para salirse del apuro. Chaparro y panzón pero ágil y decidido. El color miel de sus ojos delataba el mestizaje, lo rojizo y turbio su afición por el mezcal.
No eran las cuatro de la mañana pero ya había alborotado jacal, mujer e hijos. ¡Pobre de María! Mujer sufrida y abnegada que, aunque dócil (quizá por eso), no se escapaba de golpes y reclamos. Una feroz trompada de Feliciano le había volado tres dientes y desfigurado su hermosa cara morena. ¡Cómo extrañaba sus dientes! A toda costa quería ponerse unos postizos para tapar la coladera de su belleza.
–¡Déjese de chingaderas, mujer! ¡Usted no necesita nada!
–Pero Feliciano...
–¡Ni madres!
Los cuatro burros de Feliciano, verdadero tesoro por aquellos lares, ya estaban esperando que les acomodaran la pesada carga para llevarla hasta Pahuatlán. Debajo de la jacaranda se juntaban jaulas con pollos, calabazas, costales de granos crudos de café, una bolsa muy limpia de manta con los bordados de María y unas pencas de plátano macho. Entre los pollos se destacaba un fino gallo de riña que era la esperanza de Feliciano para obtener de su venta unos buenos centavos.
–Feliciano...
–¡¿Qué chingaos quieres?!
–No... nada... –chiquitita la voz de María termina escondiéndose. No se anima a pedirle un radio a pilas para espantar tanta soledad con un poco de música y radionovelas. Y es que María vio a su hermana Matilde con un radio nuevecito que le regaló su esposo y sintió envidia de la buena por tener un aparato de esos. Ella no podía olvidar cuando iba a Pahuatlán esa música tan hermosa que se escuchaba en el jardín principal de las bocinas del palacio municipal. Eran sones huastecos que inundaban los árboles de la plaza y hacían callar a los pájaros. ¡Qué bonito sería tener esa música en la casa!
María juntó coraje.
–Feliciano...
–¿Qué pues...?
–Tráeme un radio por favor. Todo el día me la paso sola. No hablo con nadie. Estamos muy lejos del pueblo y de cualquier gente ...
–¡No estés chingando, mujer!
–Pero Feliciano... nunca me traes nada. Te pedí ponerme mis dientes y nunca me haces caso, ahora...
–¡¿Ahora qué pinche vieja?! Ahora te voy a madrear para que entiendas... –Feliciano arremetió contra María con pésimas intenciones, pero la mujer logró salir a tiempo del jacal y salvarse de los golpes poniendo distancia de por medio.
–¡Estas mujeres de ahora quieren radio, quieren dientes! –se quedó mascullando el arriero.
Mientras el campesino ataba la carga en los burros María entró al jacal y tomó un espejo que le había regalado el marido.
Feliciano unió los burros con una reata y jaló del primero poniéndose en marcha. Apenas había dado unos pasos y oyó el grito de María:
–¡Si no me compras los dientes ni el radio ahi te guardas este pinche espejo que me regalaste que no hace más que recordarme lo fea que estoy! –el objeto voló por el aire rumbo a la cabeza del arriero que apenas tuvo tiempo de esquivarlo. Se hizo añicos contra el suelo. Rápidamente Feliciano tomó el pedazo más grande para devolvérselo a su mujer. Pero María había calculado bien las distancias y ya estaba muy lejos como para ser alcanzada con el pedazo de espejo. El arriero lo tuvo sopesando un momento en su mano y terminó guardándolo en un saco de café. Los días de viaje suavizarían el coraje que Feliciano ahorita se iba masticando.
Arriero y bestias se encaminaron rumbo a San Pablito por senderos húmedos y apretados por matas de café, platanares y limoneros. El frío y niebla de la mañana poco a poco se iban cambiando por tibiezas y pedazos de cielo azul. Feliciano no aflojaba el paso porque sabía que un poco antes de llegar a San Pablito tenía que tomar a la izquierda rumbo a Pahuatlán y atravesar un pequeño riachuelo que en tiempos de seca no era nada, pero que si llovía se convertía en un obstáculo casi insalvable.
Cerca de las once de la mañana hace un alto para que descansen y tomen agua los burros. Él toma traguitos de mezcal con pedazos de cecina y tortillas. Inquieto mira el cielo que por el sur amenaza con lluvia. No lo piensa más y se pone en marcha nuevamente.
Apresura el paso hasta donde es posible porque el camino sigue siendo de bajada y se puede resbalar algún animal. Los gastados huaraches parecen tener ojos para pisar en terreno firme y esquivar piedras que los burros sueltan atrás y ruedan vereda abajo. Lejanos truenos espolean a Feliciano que empieza a sudar por el esfuerzo.
Falta poco para llegar al río pero no cesan los truenos por el sur y sabe el arriero que la lluvia lejana le puede ganar la carrera y llegar primero al paso. Resoplan las bestias, se le agrandan los ojos a Feliciano siempre mirando de reojo al sur. Parecería que la tormenta no se acerca pero el oído del campesino no se engaña y sabe que los truenos allá, en poco tiempo es agua acá. Les grita a los burros para que aceleren su marcha. Ya se divisa el paso, pero aún está lejos porque la vereda por la sierra no es recta, es un interminable camino de hormigas que con parsimonia hombres y bestias trazaron.
–¡Chingada madre! –aunque nadie le escucha Feliciano lanza imprecaciones al cielo que lejos se quiebra en mil cubetazos que indefectiblemente irán a parar al cauce del río. Ya pasó hace mucho el mediodía y el arriero tiene varias horas hechas de veredas intransitables. Si no pasa hacia Pahuatlán ahora, ya no podrá hacerlo hasta el otro día. Quedarse a pasar la noche aquí es peligroso porque Feliciano tiene cuentas pendientes con arrieros que usan este mismo lugar para pasar hacia el pueblo.
Los pollos y el gallo se alborotan con tantas sacudidas, los burros están a punto de reventar por el esfuerzo, Feliciano parece un demonio salido del infierno contestando con insultos a las voces de los truenos. La carrera parece suicida. Siempre queda una vuelta más en la vereda. Ya van casi patinando entre las piedras. La mano firme de Feliciano no deja de jalar de la reata arrastrando casi a los cuatro burros. Ahora ya oye el agua correr. No es agüita cantarina, es agua que se desborda y el ruido va en aumento. Corren los cinco y llegan al paso jadeantes, exhaustos. Feliciano arremete y se mete al agua pero ésta ya ganó todo el cauce y corre con incontenible fuerza. Duda el arriero, los animales se resisten a seguir adelante. Les mienta la madre y arremete nuevamente por otro lado pero el río crece a cada segundo. Tropieza Feliciano y con el agua a la rodilla resbala. Pierde pie y siente un vacío en el estómago. El agua se lo lleva pero no suelta la reata. Los burros están bien parados en la orilla y logran sostener al arriero que aterrorizado siente que le vuelve la vida al cuerpo. Temblando –más de miedo que de frío– logra asirse a unas matas y salir a lo seco. Se le fueron las ganas de mentar madres. Agradecido acaricia a los burros que le salvaron la vida y busca un lugar donde atarlos para que puedan descansar.
Cuando termina de amarrar los burros aún le tiemblan las manos y las piernas. Busca leña para hacer fuego y secarse un poco. Los truenos crecen, ahora están cerca. La noche se adelanta con la oscuridad de la tormenta. Feliciano encuentra en la barranca una cueva donde medio meterse. Baja la carga y la pone a resguardo de la lluvia que no tarda en aparecer. Enciende el fuego y se queda en cuclillas echando miradas recelosas a la oscuridad. Cambia el miedo de la arrastrada en el agua por otro mayor: encontrarse con el güero Martín. Ahora Feliciano recuerda las chingaderas que le hizo a Martín y el juramento de venganza que éste profirió en público en San Pablito.
–¡Chingue su madre! Este canijo es capaz de encontrarme aquí –masculla entre dientes. La soledad y la oscuridad empiezan a refrescarle la memoria a Feliciano que revive cuando le bajó a María y la convenció que se fuera a vivir con él.
¡Buuum! estalló el cielo a través de un espantoso rayo que pareció partir en dos la tierra. Se estremeció Feliciano y del alma le salieron unas palabras que parecían una plegaria: “Daría mi alma al Diablo porque hubiera un puente aquí”.
–¡Para servirte mi Feliciano!
–¿Eh? –saltó estremecido el arriero. Como un rayo manoteó su machete dispuesto a cobrar cara su vida. Con un ojo vio que no era el güero Martín. ¡Era un catrín de ciudad en plena sierra!
–¿Qué diablos quiere usted? –balbuceó.
–Servirte mi amigo, servirte.
El campesino desconfía de la increíble serenidad del hombre impecablemente vestido que sin ningún temor se acerca a la luz del fuego.
–No dé un paso más y dígame quién es y qué quiere conmigo– se oye a un Feliciano inseguro y temeroso.
–Cálmate, mi Feliciano, cálmate. No me amenaces con ese machete porque me puedo enojar y te lo meto por donde no te cabe– firme la voz y las intenciones del personaje que ni se inmutaba por la actitud amenazante del arriero.
–Tu me invocaste y yo no soy de los que deja pasar oportunidades –continuó el catrín con las manos en las bolsas. Vestía impecable traje negro, camisa blanca y corbata de moño colorada. Del cuello le colgaba una bufanda de seda roja. Los zapatos negros brillaban como si jamás hubieran pisado tierra suelta.
Mudo, Feliciano medía con la mirada al extraño personaje mientras iba bajando el machete y diluyendo su actitud de desafío.
–¿Quién es usted, Don... ? –se amansaba rápidamente la voz de Feliciano.
–¿Cómo que quién soy? ¡El Diablo, pendejo! ¿No dijiste “Daría mi alma al Diablo por que hubiera un puente aquí”? Bueno, pues aquí me tienes, ¡carajo!
Ante tanta autoridad Feliciano no dudó ni tantito de quien se trataba. Intentó rápidamente zafarse de la situación: “No me haga caso señor Diablo. Yo solamente abrí mi bocota de puro menso que soy.”
–¡No te rajes maricón! ¡Ya te tomé la palabra y ahora mismo voy a construir un puente a cambio de tu alma! –la voz del diablo tronaba más que los rayos y el ruido de la lluvia se opacaba.
El arriero pensaba desesperadamente en cómo entretener al Diablo mientras ganaba tiempo para buscar una solución a la situación. Se le ocurrió desconfiar de sus posibilidades.
–¿A poco usted sólo puede construir un puente? Se tardaría meses y seguro no lo acaba.
–¿Qué no lo acabo? Tengo mis ayudantes para eso. Es más, te apuesto a que lo termino antes de que cante tu pinche gallo.
Feliciano miró la jaula donde estaba quietecito su fino gallo de riña. ¿Qué podía perder en esa apuesta? Ya veía perdida su alma y quien sabe qué más se acumularía.
–Señor Diablo, si no termina el puente antes de que cante mi gallo ¿me devuelve mi alma? –la voz del campesino sonó tembleque y suplicante.
–¡Pinche marica! ¡No te cagues en tus calzones! Está bien. Te apuesto tu alma a que lo termino antes de que cante el gallo. Pero no te atrevas a tocar a ese animal ¿eh?
–No, señor Diablo, cómo cree.
El extraño personaje ya no perdió tiempo y con un potentísimo chiflido llamó a un ejército de extrañas criaturas que no medían más de un metro. Eran una especie de chamacos con patas de cabras que pese a la lluvia juntaban como locos cantidades enormes de piedras. La diabliza se movía a velocidad increíble y poco a poco lo que parecía sin concierto tomaba forma de puente. ¿Qué sostenía al arco que empezaba a volar por encima del río? ¡Quién sabe! Pero el puente avanzaba en el aire sostenido desde una sola orilla.
Feliciano estaba fascinado mirando progresar el puente hasta que cayó en la cuenta que al acabarlo perdía su alma. Aterrorizado empezó a mirar para todos lados buscando una salida. Vio al gallo que ni se movía echado en la jaula. “Este pinche gallo ni va a cantar. Falta mucho para que salga el sol y el muy güey duerme”, pasó por la cabeza del arriero. Acercarse a la jaula era imposible; el Diablo con un ojo miraba la construcción y con el otro vigilaba los pasos del arriero.
Crepitaba la fogata y Feliciano ya veía a su alma entre las llamas pero del infierno. El puente seguía avanzando imparable y a gran velocidad. El Diablo parado y con los brazos cruzados miraba con sonrisa burlona al desesperado campesino que no dejaba de dar vueltas buscando zafarse de la situación.
De pronto Feliciano ve el trozo de espejo de María medio metido en un costal de café y sin dudar un instante lo toma y se sienta a un lado del fuego. Comienza a moverlo de tal modo que el reflejo de las llamas dé en la cabeza del gallo. Al puente le faltaban unas pocas piedras para terminarse y Feliciano ya aterrorizado insiste con el espejo hasta que la luz reflejada confunde al gallo con el amanecer. Y cuando no falta más que un par de piedras para concluir el puente el gallo se despereza y emite un potentísimo canto que paraliza a la diabliza justo antes de terminar.
Dicen los campesinos del lugar que por todo el valle y las montañas se oyó esa noche un grito diabólico: “¡Me lleva la chingadaaaaaa!”.
Ahí quedó el puente, intacto y hecho para toda la vida. Sólo se desacomodan un par de piedras que los vecinos siempre están pegando.


Vocabulario

Tortillas: Especie de panqueque hecho con harina de maíz. Prácticamente todas las comidas se acompañan con tortillas.
Huaraches: Sandalias toscas.
Vereda: Camino hecho por el paso de hombres y bestias por lugares de sierra o selva.
Chaparro: Petiso, bajito de estatura.
Mezcal: Bebida alcohólica destilada muy parecida al tequila.
Jacal: Rancho muy pobre.
Chingaderas: Expresión derivada del verbo chingar que Octavio Paz explica como violar. El mayor insulto en México es “Hijo de la chingada” que equivale a decir Hijo de la violada. “Déjese de chingaderas” equivale en Uruguay a Déjese de joder.
Ni madres: No joda, expresión muy grosera.
Manta: Tela de algodón sobre la cual se hacen los bordados.
Pencas: Racimo de donde cuelgan las bananas.
Plátano macho: Banano de gran tamaño que se come cocido.
Chingaos: De Chingado, equivale a Carajo.
Sones huastecos: Música popular de la zona Huasteca (comprende parte de los estados de Hidalgo, Tamaulipas, Veracruz, San Luis Potosí, Querétaro y la sierra norte de Puebla).
Pinche: Adjetivo despectivo que equivale a “...de mierda” (ej: pinche auto es igual auto de mierda.)
Madrear: Complicadísima expresión que quiere decir reventar. “Te voy a madrear” equivale a Te voy a reventar.
Arriero: Quien conduce burros con carga a zonas de difícil acceso. No se trata de arriar ganado como en Uruguay.
Coraje: Además del significado obvio, en México quiere decir bronca. Se usa aquí también la expresión “Hacer coraje” que equivale a Enojarse.
Cecina: Charque (carne salada).
Chingada madre: Equivale a Puta madre.
Cubetazos: Viene de cubeta (balde).
Reata: Cuerda, soga.
Mentar madres: Insultar a la madre.
Güero: Hombre blanco.
Canijo: Sinvergüenza, pasado de vivo.
Le bajó a María: Le quitó a María, se la ganó.
Catrín: Pituco, tipo bien vestido de la ciudad.
Pendejo: Imbécil, estúpido.
Menso: Tonto.
Chamacos: Niños.


jueves, 30 de septiembre de 2010

El brazo

Era casi mediodía, el sol caía a plomo en ese verano caluroso y seco. El monte era un escándalo de chicharras que en desafinado coro taladraban los oídos de los monteadores. La luz del sol se iba descubriendo a cada hachazo que tumbaba una dura rama de tala, coronilla, molle, timbó o viraró. Cada tanto se oía el ruido de campana del acero de las hachas que rebotaban al no golpear correctamente esas maderas tan duras.
Julián era el monteador más veterano con apenas treinta ocho años y él sí lograba que cada golpe entrara en la madera con un ruido seco y sordo. Dos de sus cuatro gurises le ayudaban a recoger la leña y a apartar las ramas delgadas que no servían para cargar en el camión que vendría la próxima semana a llevarse ese pedazo vivo aún de monte para que en las parrilladas de Montevideo se convirtiera en cenizas.
Las ropas de Julián no podían ser más humildes: unas bombachas no muy anchas y raídas de color pardo, camisa de manga larga remangada, pañuelo atado en el cuello que cada tanto desanuda para secarse el sudor, boina parda que en algún tiempo fue negra y un par de alpargatas rancheras batarazas que luchaban por contener los dedos que se escapaban por los agujeros. Juliancito, el mayor de los varones con apenas diez años, tenía puesta una vieja camiseta de Peñarol, unos pantaloncitos vaqueros muy gastados y zapatos de plástico sin cordones. Su hermano José de siete años tenía una camisita roja, un short azul y unas zapatillas grandes de suela de hule que evidentemente eran de algunas de las hermanas y que él había heredado.
El trabajo era agobiador por el esfuerzo y el calor. Julián esperaba terminar antes de las cinco de la tarde para caminar unas dos leguas hasta su rancho y después de unos mates carpir la quinta de su propiedad. Quinta que trabajó su abuelo y que ahora su padre casi no podía atender por los serios problemas de columna que le dejó la doma de caballos. Cuando nació Pompeya, su hija mayor, hoy con quince años, Julián lamentó que no fuera un varón para que le ayudara en las tareas del campo, pero la gurisa era buena para lavar ropa en el arroyo, acarrear agua, cuidar a sus hermanos y atender a los animales de la casa. A los dos años nació Teresa, también guapa para ayudar en lo que se ofreciera, pero mujer para la mala suerte de Julián que no veía venir un varón. Cuando nació Juliancito aquello fue una fiesta. “Por fin alguien que aprendería a domar caballos...” decía el abuelo, “...y a trabajar la quinta...” agregaba Julián que más práctico pensaba en un par de brazos fuertes para hacer producir la tierra.
Juliancito se crió en medio de muchas privaciones tan comunes entre la gente de campo pero también rico en conocimientos de la naturaleza. Ahora que estaba de vacaciones ayudaba al padre y en los ratos libres se dedicaba a sus aficiones favoritas: pescar y cazar. Su hermano José ya lo acompañaba a mojarrear o a tirarles piedras a los pájaros. Por la noche le encantaba ir con su padre a pescar a la laguna. Se ofrecía inmediatamente a prender el fogón para matear o para asar a las brasas algún pedazo de capón que de vez en cuando aparecía en la casa y así esperaban el pique de alguna tararira.
El ruido de las hachas seguía implacable sobre el duro monte y sólo se detenía cuando alguno de los hombres ofrecía un tabaco y entonces todos hacían un alto para armar un cigarrito. De mano en mano corría la tabaquera de goma y el papel para armar JOB que retenía las hebras oscuras del tabaco “Cerrito”. Aquellas manos duras y toscas parecían delicadas al momento de liar los cigarros que eran una magra recompensa ante tanto trabajo. Los hombres comentaban sobre los soldados que muy cerca de allí hacían maniobras militares y estaban sorprendidos de los disparos que el día de ayer alteraron los habituales ruidos del monte criollo.
–¡Julián!
–¿Qué, papá?
–Prendé el fuego y poné agua a calentar pa´ unos mates.
Rápido el niño se puso a juntar charamuscas para encender el fuego mientras mandaba a su hermano José que fuera con la lata a buscar agua al arroyo que allí cerquita serpenteaba entre piedras. Con sorprendente habilidad Juliancito empezó a soplar la llamita que en un momento abarcó todo el conjunto de ramas delgadas que empezaron a crepitar mientras arrimaba la lata renegrida de tantos fogones.
Juliancito buscaba unas ramas más gruesas para asegurar el fuego cuando mete la mano entre los yuyos para agarrar un palo y siente que dos agujas se le clavan como un disparo. Dio un salto para atrás y pegó un alarido de dolor y susto. El grito desgarró el ruido de las chicharras y de los pájaros. Fue un momento de parálisis de todos los hombres que miraron alarmados hacia el niño que se agarraba la mano. Julián agarró su hacha y corrió donde su hijo.
–¡Papá, papá, me picó una víbora!
–¡¿Dónde está m´hijo?! ¡¿Dónde está?!
Por la cabeza de Julián pasó la imagen de una víbora de la cruz, abundantes por allí y comenzó a buscarla entre los pastos. Rápidamente la encontró pero no era una crucera... ¡era una coral! Sin dudar un instante con el hacha partió en dos a la pequeña serpiente y corrió donde lloraba el niño. Julián sabía perfectamente lo que era una picadura de coral, sabía por oír a su padre que había visto morir a gente fuerte por una simple picadura de una víbora pequeñita pero terrible. Julián sabía que contra ese veneno no había ningún antídoto.
–¡Venga pa´acá gurí!– el niño lloraba más de asustado que de dolor y dócilmente se dejó tomar por su padre. Julián como un rayó arrimó a su hijo a un tala y le preguntó:
–¿Dónde te picó m´hijito?
–Acá papá– dos puntitos de sangre señalaban la mano derecha del niño.
Ese rudo monteador de piel bronceada por tanto trabajo al sol, que a duras penas sabía leer y escribir, que cuando iba a la ciudad parecía incapaz de tomar una decisión por su enorme timidez fuera de su ambiente, tomó el bracito de su hijo y poniéndolo encima del tronco del tala descargó implacable un golpe de su hacha a la altura del codo.
Un incipiente grito del niño se ahogó en un profundo desmayo.
–¡¿Qué hiciste Julián?!– Preguntó totalmente fuera de sí uno de los jóvenes monteadores que vio caer el bracito entre los pastos.
–¡Era una coral, carajo! ¡Traéme rápido algún trapo!
Veloces los hombres se sacaron las camisas sudadas para alcanzárselas a Julián que empapada su frente se apuraba en contener los delgados pero potentes chorros de sangre que salían del muñón.
–¡Hay que atarle el bracito!– Gritó un monteador que se sacaba el pañuelo con el cual hicieron un improvisado torniquete con un pedazo de rama.
–¡Hay que llevarlo con un doctor, Julián!
–¡Vamos con los milicos que están ahí cerquita! Ellos tienen en qué llevarlo rápido.– Propuso otro monteador.
Las chicharras despiadadas acuchillaban con su escándalo a aquella desesperada comitiva que corría por el campo llevando un bulto pálido, ensangrentado, inerme y chiquito. A Julián les sostenían sus tropiezos los brazos fuertes de sus compañeros porque sus lágrimas brotaban incontenibles y no le permitían ver claramente el camino; pero apretaba con inmensa angustia el cuerpecito del niño contra su pecho para transmitirle esa vida que por el bracito se escapaba...

Cédar Viglietti
Diciembre de 1999
Nota: a partir de 1967 se logró producir el antídoto para el veneno de esta serpiente.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Un cuentito: El sopapo

A la memoria de mi padre.

¡Otra vez! ¡Ahí anda ese chiquilín insoportable con la honda colgada del pescuezo! Les juro que a mi no me caen mal los niños, al contrario; pero a ese gurí no lo puedo ver. Que cuando no son vacaciones de verano, es la semana de turismo, o las vacaciones de julio y si no los sábado y domingos... ¡Carajo! No se puede andar tranquilo porque en cualquier momento ¡zas! una pedrada. Y nadie le pone un límite. Que le tire a las cotorras vaya y pase; a los insoportables y escandalosos gorriones que cada día toman más territorio… bueno. Pero este chiquilín le tira hasta los horneros, que no cantan nada bien pero dicen que ellos son pajaritos de Dios. Y vuelan piedras por todos lados. La rotura de vidrios de los vecinos ya ha provocado buenos líos con este botija y sus padres. La madre no le dice nada pero el padre lo tiene sentenciado: “Te veo tirándole a algún zorzal y te mato. Te aseguro que no te dejo un hueso sano.” El padre es flor de tipo, se pasa todo el día escribiendo o tocando la guitarra. Me encanta acercarme a la ventana sin que me vea y oír los sonidos de la guitarra. ¡Cómo disfruto los estilos, los tristes y las milongas! Por eso me gusta tanto el verano, porque con el calor el señor abre la ventana y los sonidos inundan el patio bajo el parral. Él no sabe que yo lo estoy escuchando; bueno… eso creo, porque a veces me da la sensación que toca para mí. Me encantan los sonidos graves de la quinta cuerda y los cristalinos de la primera. Cuando yo canto –que no es por nada pero soy reconocido en este asunto– pienso que pulso a veces la quinta cuerda y me floreo con la primera. En realidad toda mi familia ha salido buena para el canto aunque algunos dicen que no servimos para nada más. Pero a este hombre de la guitarra yo le retribuyo su música con mi canto. Y me consta que me oye con toda atención. No es muy amplio mi repertorio pero lo suficientemente afinado como para que él se acerque a la ventana a oírme por las mañanas bien temprano. Dicho sea de paso me han dicho que cantar temprano no es bueno para la garganta pero a mí es cuando más me gusta. El amanecer con sus colores y perfumes me inspiran. Y reconozco que soy medio romántico porque en la primavera canto con más ganas. En verano después de mi serenata, me doy un atracón de higos bien maduros que me han dicho hacen muy bien a la garganta. Mmm… esas brevas son el mejor desayuno. Me encanta el verano. Me gusta mucho el amanecer, andar bajo la sombra del ombú, de los nísperos, de la propia higuera, disfrutando de la humedad de la mañana. No soporto el mediodía, ahí es cuando descanso bajo la sombra y ya no hago nada. Espero el atardecer que trae aire fresco y antes de acostarme –me gusta dormir temprano para levantarme también muy temprano– canto alguna melodía. A mis vecinos envidiosos los oigo decir: “Ahí está el tipo ese, nomás se la pasa cantando y no hace un carajo.” Les juro que eso me da rabia porque la música también es un trabajo ¿o no? Está bien, reconozco que no soy como otros que tienen la profesión de albañiles y construyen casas, o los carpinteros que se pasan taladrando maderas. Pero cuando canto todos se detienen un momento a escucharme y dicen “…¡pucha, ese tipo es Gardel!…” Ahí está la cosa. Mi canto proporciona gozo a los demás y a mí me da trabajo hacerlo, porque tengo que ensayar, cuidarme la garganta en invierno y bueno… Dios me dio este don que no le dio a los demás, así que cada uno en lo suyo. Pero dejemos el arte porque ahí anda el pendejito ese con la honda y ya me empiezo a calentar. ¿Qué daño le han hecho los pájaros a este gurí? ¿Eh? ¿Por qué diablos los apedrea? El otro día le da un hondazo a don Ramón que estaba sentado tomando mate a la sombra de los transparentes y le partió los lentes. Atontado quedó el viejito que del impacto se cayó de su silla petisa. ¡Puta madre! Parece que tira para este lado… ¡Pum!
¡Ay, carajo! Aunque no puedo ni moverme del dolor veo que viene el padre enojado. Con dificultad oigo que le dice al chiquilín “…pero... ¿qué hiciste gurí?”
Yo ya no puedo ni pensar bien, la sangre me ahoga y no me deja respirar pero con un ojo veo el soberano sopapo que el señor de la guitarra descarga violentamente en su hijo diciéndole “…¡muchachito del diablo, te dije que nunca mataras a un zorzal porque no te iba a dejar un hueso sano y ahora te voy a cumplir!”

Cédar Viglietti


lunes, 30 de agosto de 2010

Pequeña historia de una guitarra con mucha historia

No tengo los datos precisos en cuanto a fechas, pero recuerdo cuando mi padre contaba cómo había conseguido la guitarra Enrique García que ilustra esta nota.
Un trío mexicano, acompañando a una cantante, llegó al Río de la Plata a finales de los años 50´s para realizar una gira por Argentina y Uruguay. No le fue bien a este grupo de músicos y pronto tuvieron que considerar volver a México: para ello debían comprar los pasajes de regreso. Las penurias económicas por el fracaso de la gira artística los obligó a vender una de sus guitarras: la de mayor valor fue la elección, para quedarse con el requinto y otra de acompañamiento. Así se selló la suerte de esta guitarra Enrique García construida en 1921.





Sin conocer la ciudad de Montevideo se dirigieron a la calle Sarandí y “tantearon” a las casas de remates y anticuarios para ver quién les daba más dinero por ella. Una casa de remate, asesorada por un conocedor, les pagó lo suficiente como para acordar la venta. Y allí quedó exhibida a un precio muy superior del pagado a los mexicanos.



Acierta pasar mi padre por el lugar y con la natural curiosidad de cualquier guitarrista entra a la casa de remate a ver de cerca la guitarra. Al ver la etiqueta con la firma de Enrique García tuvo un sobresalto y al tocarla y oír su sonido ya no podía separase de ella. Los aros y contratapa eran de Jacarandá de la India, la tapa armónica de Pino Abeto alemán, el diapasón de ébano africano y el sonido… fantástico. El precio era muy alto, seguramente muy alejado de lo que le pagaron al trío azteca, pero mi padre dejó una seña para ir a conseguir el dinero.
Los ahorros de mi casa no alcanzaban, préstamos familiares tampoco alcanzaban, hasta que finalmente recurrió a la Caja Militar (era coronel de Infantería) por el préstamo que alcanzaría para comprarla.
Al morir mi padre en 1978, la García llegó a mis manos y regresó a México de donde había partido para Uruguay.


¿Quién fue Enrique García?
Enrique García Castillo nació en Madrid en 1868, hijo de Juan García, un gran constructor de guitarra que llamaban el “Stradivarius de la guitarra”. De su padre aprendió el arte de hacer guitarras y al morir éste entró al taller de José Ramírez (el gran luthier español que forjara toda una generación de constructores de guitarras). Más tarde instaló su propio taller de guitarra en Barcelona y tuvo de aprendiz y ayudante a Francisco Simplicio.
Resulta interesante ver la página de las guitarras Ramírez (http://www.guitarrasramirez.com/diagrama.html) donde se muestra la escuela de constructores de guitarra de Madrid donde aparece Enrique García.
Cultivó una fuerte amistad con Miguel Llobet, con Emilio Pujol y con el propio Francisco Tárrega, quien le dedicara una foto el 22 de junio de 1900 en Barcelona, según cuenta Wolf Moser en su libro sobre Tárrega (1996, Lyon).
En la primera foto bajo estas líneas aparece Enrique García, parado a la izquierda con su elegante bigote, acompañado, entre otros, por Miguel Llobet al centro y Emilio Pujol sentado a la derecha.


La siguiente fotografía resulta particularmente interesante no solamente por mostrar a Enrique García (sentado a la derecha), sino porque aparece Andrés Segovia muy joven (sentado, segundo a la izquierda) escuchando y mirando con toda atención a Miguel Llobet. 

Esta actitud de atención arrebatadora por quien toca, se había dado unos veinte años antes cuando el propio Miguel Llobet devoraba con sus ojos y oídos a la guitarra que interpretaba Francisco Tárrega (última foto de esta serie).

domingo, 15 de agosto de 2010

Toño, el lobisón

A Ariel y Alba, tan amigos siempre.


Don Rúben le decía a Teresita que no jodiera más. Que no volviera a embarazarse. Que ya estaba bien con seis hijos varones y que era evidente que Dios no le iba a dar una hija a esa familia. Pero Teresita quería jugar una última carta para darse el gusto de tener una hija, una niña que le acompañara durante su vida, alguien de su mismo sexo que entendiera sus sentimientos, una mujercita para vestirla con tanta ropita que año tras año cosiera con tanta dedicación y esperanza.  
La madre de Teresita, experimentada mujer que veía el lado práctico de la vida, también se oponía a que su hija se embarazara de nuevo porque ya eran demasiados chiquilines en esa casa y no daban abasto a atender tantas necesidades. Argumentaba doña Alma que la chacra ya no daba más y que Raúl trabajando de sol a sol apenas les daba de comer a todos, que ella ya andaba cansada para ayudarla con tantos gurises.
–¿Ya viste Teresa que no te alcanzan los platos ni los cubiertos para que puedan comer todos juntos, que los gurises andan medio descalzos y con la poquita ropa que tienen toda agujereada y rotosa?
–Si mamá, pero quiero tener una hija y creo que ahora sí podré. Algo me dice que el próximo embarazo será especial y además tengo mucha ropa para la niña.
–Si, si... ¡ya conozco tus embarazos especiales...! Más te vale que me hagas caso y que te cuides, mujer.
          Los días de verano en ese paraje llamado Rincón de Zevallos, junto al río Santa Lucía, pasaban siempre iguales: calor y tábanos en el día, mosquitos en la noche. Raúl –desde muy temprano– juntaba agua en el río para acarrearla en la carreta tirada por bueyes para regar una magra siembra de hortalizas y maíz por no tener mayores posibilidades de fertilizarla ni de exterminar las innumerables plagas que implacablemente le ganaban buena parte de la cosecha. A media mañana se oía el hacha contra el monte para hacer leña para la cocina o para reparar el corral de los chanchos. Poco antes del mediodía Raúl detenía un momento sus labores para tomarse unos mates y fumarse un tabaco antes de la comida. Por la tarde doblaba el lomo en la chacra hasta que al caer el sol abandonaba las tareas y se ponía a matear y a escuchar la radio bien bajita para no gastar mucho las pilas. 
          Invariablemente un par de los gurises más grandes ayudaban al padre en las tareas más pesadas y los más chicos medio ayudaban y otro medio estorbaban a la madre que atendía a la casa, la comida, las gallinas, los patos, los pavos, los chanchos y la vaca.
          El único alivio a esa vida tan dura y austera era la venta de algunos lechones y pavos a fin de año que les permitía ir a Minas a comprarse ropa y algunas poquitas –muy poquitas– cosas para medio ir viviendo. Teresita aprovechaba esa ida a Minas para escaparse a la capilla del barrio Las Delicias que llevaba su nombre y asistir a misa esa única vez al año para siempre pedirle a Dios que le enviara una niña.
          Dios no la oyó. El 19 de septiembre nació el séptimo hijo varón y murió en ese acto toda esperanza de que Teresita tuviera una niña porque ella misma pidió al doctor, en medio de un llanto inconsolable, que la ligara para ya no tener más hijos. 
          Fue al otro día de nacer Antonio que en el propio hospital Vidal y Fuentes otra parturienta se interesó por los hijos que había tenido Teresita y, al saber la cantidad, muy asustada le dijo que rezara mucho por ese niño porque podría ser lobisón. 
          –¡¿Cómo que lobisón?!– reaccionó Teresita aterrada por la sola palabra.
          –Bueno... son cosas que se dicen... y seguramente usted las oyó. Dicen que cuando ya se tienen seis hijos varones... el séptimo es... lobisón...– se notaba arrepentimiento de la señora por haber abierto la boca, pero ya era tarde, Teresita se sentía paralizada por el miedo de que su pequeño Antonio fuera...
–¡No! ¡no! Mi bebé no es lobisón y ojalá Dios la castigue a usted por andar diciendo esas cosas– el llanto brotó incontenible y su pecho agitado conmovió al niño que también empezó a llorar asustado.

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El tiempo fue pasando y Toñito crecía sano, fuerte, alegre y sin ninguna señal de alarma de lo que aquella mujer en el hospital había dicho. Sus padres ya habían olvidado cualquier referencia sobre lobisones y vivían siempre muy atareados para dar de comer a tanto crío.  
A los doce años Toñito terminó la primaria y la posibilidad de seguir estudiando ya que por esos parajes no había liceo cerca, por lo que tuvo que dedicarse con muchas más energías a las tareas del campo.
Su abuelo Rúben se había encariñado con él por lo dócil y afectuoso que era, aunque nunca se olvidaba que era el séptimo hijo varón y él –como mucha gente de campo– creía que sin remedio ese muchacho en su adolescencia sería lobisón, por lo que ahora que ya estaba grandecito era particular objeto de discreta, pero atenta vigilancia.
Rúben había pensado en hablar con su yerno Raúl sobre esta situación, pero éste era un hombre de pocas luces y mucho trabajo físico y seguramente se alarmaría y no sabría qué hacer, por lo que decidió esperar.
Toñito mientras tanto adquiría una altura respetable, aunque era flacuchento y su tío abuelo observaba inquieto que le aumentaba significativamente la cantidad de pelos en los brazos y piernas.
¡Las noches de viernes de luna llena! Esa era la preocupación de don Rúben... porque él sabía que ya pronto Toñito se convertiría en lobisón cuando lo bañara la luz de la luna llena de un viernes. Recordaba que hacía muchos años atrás su padre y abuelo discutían en las noches de fogón sobre en qué se convierte un muchacho lobisón. Su abuelo, hombre que había nacido en Salto, siempre había oído por allá que el muchacho lobisón bañado por la luz de la luna se convertía en un animal del tamaño de un perro grande con orejas caídas y de color negro con manchas doradas o naranjas. En cambio, su padre sostenía que entre la peonada y los chacareros de Lavalleja se decía que el muchacho lobisón se convierte en el primer animal que vea esa noche de viernes. Así podría ser perro, ternero, chancho o cualquier otro animal.  
¿Qué hacer? En principio don Rúben necesitaba averiguar mucho más sobre los lobizones para estar preparado para cuando su nieto se convirtiera en uno. Pensó en ir al boliche del camino y entre caña y caña estirar la lengua a los concurrentes, pero descartó inmediatamente esa idea porque seguramente se alborotaría el gallinero y la gente empezaría a hablar y terminarían amargándole la vida al pobre Toño cuando de pronto no iba a pasar nada.
Esa idea de que no va a pasar nada le daba vueltas en la cabeza y muchas veces se dejó llevar por esa posibilidad, pero siempre alzaba la guardia porque no olvidaba las palabras de Walter Ferrada: “Mire don Rúben, podrán decirme lo que quieran, pero séptimo hijo varón… clavau es lobisón”.
Muchas veces había acompañado a su hija Teresita a la capilla del barrio Las Delicias de Minas y mientras esperaba que terminara la misa iba hasta el bar de Leonel Rodríguez donde aprovechaba a cortarse el pelo con Ferrada que era un hombre muy entendido en cosas del campo y que siempre tenía la posibilidad de hablar con paisanos que venían de muchos lugares a cortarse el pelo. En una oportunidad Ferrada le había contado de un caso de lobisón en poblado Colón, pasando Mariscala, cerca del Cebollatí, pero en aquel entonces Rúben no había prestado mucha atención a la historia ni a la solución de ésta por lo que ahora necesitaba hablar con Ferrada. Fue así que después de varios años Rúben se apareció una tarde por la peluquería de Ferrada y éste lo recibió extrañado porque hacía mucho tiempo que no iba por ahí. 
–Pero ¿qué dice don Rúben? ¡Qué milagro verlo por aquí! Pensé que ya no se cortaba más el pelo...
–No, no....déjeme Ferrada. Córteme el pelo si quiere, pero vengo a hablar con usted de algo muy importante así que no tendrá más remedio que escucharme...
–´Ta bien, ´ta bien... siéntese y largue el rollo nomás...
Don Rúben le contó afligido sobre lo difícil que era para él saber que se aproximaba un momento crucial en la vida de su nieto y que no tenía con quien compartir esta desgracia. También le pidió a Ferrada que le contara qué se podía hacer una vez que se convirtiera, cómo sacarle esa maldición, pero de forma permanente. Ferrada con mucha paciencia oyó al viejo y liando un cigarro de tabaco “Cerrito” le comentó sobre las posibilidades de la conversión en cuanto lo bañara la luz de la luna llena en alguna noche de viernes al tiempo de estar en plena adolescencia. 
–¿Y en cuál animal se convertirá? Porque mi abuelo contaba que por allá por Salto se convierten en una especie de perro, pero de orejas caídas, color medio naranja.
–Mire don Rúben, ese animal existe, pero del lado argentino, es un Aguará-Guazú. Es un pariente del zorro, pero mucho más grande, así que por aquí no se convertirá en Aguará-Guazú sino en el primer animal que vea al momento de darle la luz de la luna, o sea que puede ser perro, ternero, caballo, según los animales que anden por allí.
–Y después que se convierta ¿qué hago?
–Y.… hablarle para que no se asuste y permanezca con él hasta el amanecer que recuperará su forma humana. Trate de que no salga corriendo por ahí porque la gente se asusta por la rara actitud que asumen estos animales que son mitad gente y mitad bicho. Pero debe tener cuidado con la gente que tratará de golpearlo o matarlo porque las heridas que le causen al animal las tendrá el muchacho.
–¿Y cómo se puede resolver de una vez por todas que este muchacho ya no sea lobisón?
–¿Usted tiene revólver, don Rúben? 
–Tengo uno medio viejo calibre 38, pero no voy a lastimarlo, ¿no?
–Claro que no, don Rúben, pero tendrá que hacer lo siguiente: a una bala de su revólver deberá cambiarle el plomo por otro, pero de plata pura y cuando el muchacho se convierta en animal deberá darle un tiro a su sombra. No al animal, don Rúben, ¿eh? ¿Sí me entendió? A su sombra, porque al cuerpo lo mata, ¿eh? Al recibir la sombra el tiro verá que en ese momento el muchacho recuperará su forma normal y nunca más será lobisón.
Nunca supo don Rúben si los consejos de Ferrara fueron un alivio o un montón más de preocupaciones, pero sí le agradeció al peluquero minuano haberlo escuchado y animado para tener idea de qué hacer si se cumplía el presagio que no lo dejaba en paz.

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Ilustración para música de Juan Falú de Ricardo Abella (Argentino, nacido en 1950)


Esa luna llena en viernes no faltó a la cita... Fue en noviembre del año 1965. Toñito ya tenía 13 años cuando luego de haber mateado con sus hermanos hizo la invitación de ir a pescar al arroyo por la noche. Los hermanos más grandes no quisieron saber de nada porque ya andaban de amoríos y los viernes son sagrados para esos asuntos. Sólo Miguel, su hermano un año mayor, aceptó la oferta de ir a pescar y se comprometió a mojarrear por la tarde para tener carnada en la noche.
Don Rúben se enteró de los preparativos de pesca y salió disparado al almanaque para confirmar lo que ya sabía muy bien: esa noche sería luna llena... Sin dudar un instante intentó desalentar a los muchachos argumentando que en las noches de luna llena no se pesca nada y que si sacaran algún pescado éste se echaría a perder enseguida por los efectos de la fase de la luna. Agregó que las tarariras en luna llena no tienen hambre y que por eso no agarraban el anzuelo. Pero la repuesta de Miguel fue tajante: –´Ta bien Tata, si usted no quiere ir a pescar quédese en casa y listo, a nosotros nos gusta mucho el arroyo y el monte con luna llena.
 El viejo Rúben se dio cuenta que nada iba a convencer a los muchachos de no ir a pescar, porque la sola promesa de tomar unos mates junto al arroyo mientras se remojan unas mojarras enganchadas en el anzuelo era lo suficientemente atractivo como para ya no oír más razones astronómicas ni dificultades técnicas sobre la pesca de la tararira y el bagre amarillo, por lo que decidió sumarse a la comitiva de la noche y prometió llevar un pedazo de capón para asarlo a la orilla del arroyo mientras los muchachos pescaban.  Lo importante era estar con Toñito ante cualquier eventualidad y ayudarle para que no se metiera en algún lío difícil de salir.
Miguel a la cinco y pico de la tarde ya estaba mojarreando en uno de los tantos lagunones que se forman paralelos al río Santa Lucía. Toñito mientras tanto cumplía con su tarea de carpir la quinta arrancando los yuyos de las zanahorias y los zapallitos. 
Don Rúben también anduvo ajetreado curando una bichera de uno de los bueyes, pero no se había olvidado de comprar un costillar de capón en el almacén del camino y ya lo tenía adobado colgando de la fiambrera. Tampoco olvidaba su viejo 38 y la bala de plata que tan discretamente Juan Gavarret le hizo en su joyería. 
Cada minuto que acercaba al atardecer ponía a Don Rúben más ansioso y con los nervios de punta, situación que no pasó por alto su esposa Alma que le preguntó en qué andaba que lo veía muy inquieto.
–Nada mujer, nada... Lo que pasa es que voy a ir a pescar con Toño y Miguel nomás...
–Mejor cuidate que ya estás viejo para andar como gurí chico corriendo de aquí para allá. 
Antes de que oscureciera los muchachos estaban ya instalados en un claro del monte junto a un lagunón que forman las crecientes del Santa Lucía, con un montón de leña para el asado de capón y se dedicaban a los aprontes de los tres aparejos y de las dos cañas tacuaras con boyas de ceibo pintadas de blanco. Rúben no perdía tiempo y preparaba el fuego para calentar agua para tomar unos mates mientras echaba un ojo hacia el este por donde aparecería la maldita luna llena. Trataba de calmar sus nervios diciéndose a sí mismo que seguramente no pasaría nada y que eso del lobisón eran todas pavadas de la gente bruta del campo.
Los muchachos ya habían tirado los aparejos de chaura a las partes más profundas del arroyo para intentar sacar algún bagre evitando los piques de las tortugas siempre tan molestas al sacarles el anzuelo que se lo tragan todo. Los últimos cantos del zorzal y de algún benteveo buscando su pareja dieron paso a los chingolos que tan lastimeramente chispean para despedir la luz de la tarde. Ahora empezaban el croar de las ranas con esos sonidos de madera y agua y los severos chistidos de las lechuzas en sus cacerías nocturnas. 
El monte se hacía cada vez más oscuro con cada minuto que pasaba y detrás de unos altos sauces que sobresalían del resto de los árboles se empezaba a percibir un tinte amarillento de la luz de la luna que no tardaría en aparecer. Los nervios de don Rúben estaban deshechos por esa espera que sólo él soportaba y se acordó del Padrenuestro que de niño mal había aprendido y comenzó a repetirlo para sí mismo.
Los muchachos ya tenían las cañas apoyadas en los sarandíes observando con mucha atención a las boyas esperando los clásicos piques de las tarariras que las hundirían en las aguas negras del lagunón. El mate pasaba de mano en mano y en la oscuridad de la noche sólo se oía el ruido de la bombilla cuando acaba con el agua.
El temblor de las manos de don Rúben ya había hecho chorrear el mate cuando a Toñito se le ocurre ir a defecar entre los pastos. El viejo Rúben vio que el muchacho desapareció tras unos arbustos y como rayo dirigió su vista hacia los sauces por donde redonda y amarilla la luna se asomaba.
–¡Toñito! ¡M´hijo!– las dos palabras se les escaparon de la garganta ahogada ya por la angustia. De pie y mirando hacia los arbustos bañados por la luz de la luna llena tanteó el revólver que llevaba oculto en la cintura.
La respuesta a esas palabras desesperadas fue un extraño gruñido de un animal parecido a un perro que se agitó amenazante amparado en la oscuridad. 
–¡Tata, ¿qué está pasando?!– Miguel puesto de pie se acercaba a su abuelo que extraía su pistola apuntando a la bestia oscura.
–¡Quedate ahí Miguel que yo arreglo esto!
–¡Espere Tata, espere!– Miguel al ver la pistola en manos del viejo intentó detenerlo tomando su brazo pero no logró más que el tiro entrara pleno por el cuerpo del animal que fulminado cayó entre estertores de muerte.
–¡Toñito! ¡Toñito! ¡¿Qué hice Dios mío, qué hice?!– don Rúben desesperado quería darle vida al animal ensangrentado, pero ya era tarde... Como un rayo una única idea pasó por su cabeza atormentada y sin hacer caso a los gritos de Miguel puso la pistola en su boca y se disparó una bala de plomo.
–¡Tata, Tata! ¡Pero...! ¡¿Qué hizo?!– Miguel paralizado por el terror de lo que acababa de ver no se animaba a acercarse a su abuelo que yacía encima del perro.
–¡Miguel, Tata! ¡¿Qué está pasando?!– era la voz asustada de Toñito que subiéndose los pantalones apareció detrás de unos arbustos iluminado por la luna sin entender ese cuadro de gritos y balazos que rompieron esa clara noche de noviembre.
–¡El Tata se enloqueció, Toñito, se enloqueció! ¡Mató al Sultán y después se mató él!

                                        Cédar Viglietti 

Lobisón carnavalero, pintura de Luis Alberto Solari 
(Uruguay, 1918-1993)