sábado, 9 de marzo de 2013

Luis Cubilla, aquel y éste.


Hace un montón grande de años la radio era la gran herramienta de entretenimiento que no tenía competencia con otro medio de difusión a pesar de los primeros escarceos de la televisión en blanco y negro. Escribo de aquellos lejanos años de los inicios de la década de 1960 que con 8 o 9 años de vida me fascinaba escuchar a don Carlos Solé, magnífico narrador de los partidos de fútbol que transmitía Radio Sarandí los sábados y domingos. Por influencia de mi padre me hice hincha de aquel maravilloso Peñarol que –entre otros– formaba con Luis Maidana, William Martínez, Néstor Goncálvez, Aguerre, Borges, Matosas, Pancho Majewski y el legendario Luis Alberto Cubilla.

Solé narraba con mucha emoción las gambetas de Cubilla que se “comía” la pelota y hacía delirar al público. No podía ver esas moñas exquisitas pero me las imaginaba con lujo de detalles y disfrutaba las locuras del “Negro” Cubilla a través de la radio.


“Jugó algunos partidos en reserva, donde deslumbró con sus moñas endiabladas, sus desbordes, su olfato de gol. Cuando subió a Primera no salió más. Fue campeón uruguayo del ‘59, ‘60 y ‘61, campeón de América en el ‘60 y ‘61 y del Mundo en el ‘61, con Peñarol. Hizo goles de todos los colores y en partidos importantes. Luego se fue al Barcelona de España, de allí a River argentino donde fue figura. Restuccia lo fue a buscar cuando formó aquel gran equipo que quería la Libertadores. Fue campeón uruguayo varias veces y finalmente campeón de América y del Mundo en 1971. En su etapa tricolor estaba maduro. Ya no solo era el caprichoso habilidoso que esperaba una y otra vez al marcador para volverlo a eludir, sino el delantero de todo el frente de ataque, colocando pases magistrales para que convirtieran sus compañeros.”  (Fragmento de un artículo de Jorge Pasculli publicado en el diario uruguayo “La República”)

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En 1985 volví a Uruguay del exilio mexicano y todavía relativamente joven me reintegré a la militancia en una de las organizaciones juveniles del Frente Amplio donde nuestra “veteranía” combinaba bien con los jóvenes que salían airosos y combativos de la dictadura cívico-militar. Vivíamos en aquellos años los primeros desencuentros con el gobierno de Sanguinetti que hacía lo imposible por ocultar los interminables crímenes de algunos militares y policías que asolaron el país durante la dictadura. Por ello se organizaban manifestaciones pidiendo Verdad y Justicia para desentrañar las acciones cobardes de quienes amparados en su uniformes y armas habían cometidos múltiples delitos.

Así fue que la Av. Rivera (triste nombre que recuerda al genocida de la población Charrúa), a la altura de Villa Dolores (triste lugar donde se localiza un zoológico que ya no debería existir) fue el escenario de una pequeña manifestación de unos 200 jóvenes que pedíamos terminar con la impunidad de los uniformados.

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En todos esos años fue destacado integrante de la Selección. Su jugada más recordada fue aquella pelota que frente a la URSS robó en la línea en el último minuto del alargue. La robó de atrás, tirándose al piso. La “cuchareó”, la trajo para adentro y enseguida metió el centro para que Espárrago la cambiara de palo. Los uruguayos seguían sorprendiendo al mundo, con jugadores de la audacia indomable de Cubilla.
Todavía le faltaba otro récord. Ser parte del Defensor ‘76 que cambió la historia. (Idem)

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El entusiasmo de los más jóvenes, casi niños, era muy grande y marchaban dando voces y tirando pequeños volantes exigiendo al gobierno colorado que terminara con la complicidad hacia los terroristas de estado. Un par de “veteranos” cerrábamos la marcha que buscaba no entorpecer el tránsito por esa recurrida avenida de Montevideo, aunque sí debían los autos bajar la velocidad para evitar cualquier accidente con los manifestantes.

De pronto un coche al llegar a la manifestación acelera dirigiéndose a los primeros muchachos que rápidamente se hacen a un lado para evitar ser atropellados. Uno de ellos da un manotazo al capó del auto reclamando con un grito la actitud del automovilista. Una sonora frenada pone aún más tensión a ese momento ya de por sí tenso. El conductor del auto se baja intempestivamente con un extintor metálico en la mano, gritando insultos y amenazas. Rápidamente los “veteranos” nos adelantamos a la cabeza de la manifestación para calmar a aquel hombre y evitar cualquier incidente.

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Fue un grande dentro de la cancha. Comenzó siendo un pícaro admirable por sus ocurrencias. Cuando sus energías menguaron terminó siendo un genio, un titiritero capaz de hacer jugar maravillosamente a los que corrían por él. Fue un ganador. Y aunque fue un hombre de familia y amigos, fue un solitario al que le quedó marcada aquella sonrisa desafiante de botija feliz que te invita a quitarle la pelota… (Idem)

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–¡Hijos de puta! ¡Comunistas de mierda! ¡Los voy a reventar! ¡¿Quién me tocó el auto?!
Al acercarme reconozco al exaltado señor. ¡Era Luis Cubilla…! Quizás sólo yo lo podía reconocer porque los muy jovencitos no tenían idea de quién era ese hombre. Aquel admirado jugador de mi niñez y juventud, aquel hombre que tantas alegrías me había dado a mí y a todos los peñarolenses, aquel puntero derecho endiablado que llegó a levantarle los más precisos centros al ecuatoriano Alberto Spencer para que la metiera de cabeza, ahora se había transformado en un energúmeno que quería agredir a aquellos chiquilines.

Con dificultades logramos calmarlo hasta que se subió a su auto y se fue. Seguramente Cubilla no se dio cuenta de mi desencanto, de la frustración que tenía por encontrarme con tamaña estrella del fútbol uruguayo pero ahora fuera de sí. Ya no podría ir con mis viejos amigos de Minas y presumir orgulloso de que había estado con el “Negro” Cubilla. No podía juntar aquella imagen del atleta joven y de pícara sonrisa que los diarios difundían con ésta otra imagen de un gordo petiso hecho una furia que en vez de una pelota de fútbol blandía un extintor.

Descanse en paz aquel formidable futbolista uruguayo.

lunes, 14 de enero de 2013

Charles Darwin pasó por Minas...


Resulta muy interesante leer el diario “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” de Charles Darwin por múltiples razones, entre ellas, el punto de vista de un visitante inteligente y curioso de apenas 22 años que nos brinda de primera mano puntos de vista muy agudos y detallados de paisajes, gente, flora y fauna de la campaña (interior) de Uruguay en 1831.

El famoso naturalista inglés, sin estar muy convencido de su vocación de investigador, aceptó una invitación de un capitán inglés para hacer un recorrido por el mundo para medir corrientes oceánicas y cartografiar diversas costas donde él podría hacer investigaciones geológicas y recolectar ejemplares de la flora y fauna de cada lugar. El viaje duró 5 años y recorrió una buena parte del hemisferio sur de acuerdo a lo que indica el plano adjunto.


Así, Darwin se embarcó en el Beagle el 27 de diciembre de 1831 y regresó a Inglaterra el 2 de octubre de 1836, tiempo suficiente para despertar en el joven naturalista el interés en entender las reglas de la evolución de las especies que lo hicieran tan famoso.
Pero vayamos al encuentro de Darwin con las tierras, gente, flora y fauna del Uruguay que con mucho escrúpulo el naturalista fue relatando en su cuaderno de viaje. Estos apuntes corresponden a una visita de una estancia (hacienda) en el Departamento de Maldonado:

“Pasamos la primera noche en una casita de campo aislada. Noto allí bien pronto que poseo dos o tres objetos (y sobre todo una brújula de bolsillo) que producen el más extraordinario asombro. En todas las casas me piden que enseñe la brújula e indique en un mapa la dirección de diferentes ciudades. Produce la más intensa admiración el que yo, un extranjero, pueda indicar el camino (porque camino y dirección son dos voces sinónimas en este país llano), para dirigirse a tal o cual punto donde jamás estuve. En una casa, una mujer joven y enferma en cama, hace que me rueguen ir a enseñarla la famosa brújula. Si grande es su sorpresa, aún es mayor la mía al ver tanta ignorancia entre gentes dueñas de miles de cabezas de ganado y de estancias de grandísima extensión. Sólo puede explicarse esta ignorancia por la escasez de visitas de forasteros en este remoto rincón. Me preguntan si es la tierra o el sol quien se mueve, si en el norte hace más calor o más frío, dónde está España y otra multitud de cosas por el estilo. Casi todos los habitantes tienen una vaga idea de que Inglaterra, Londres y América del Norte son tres nombres diferentes de un mismo lugar; los más instruidos saben que Londres y la América del Norte son países separados, aunque muy cerca uno de otro, y que Inglaterra ¡es una gran ciudad que está en Londres!”

Charles Darwin a los 22 años.

Es evidente que los estancieros uruguayos de aquella época no se destacaban por sus conocimientos ni cultura (¿ahora sí?) pero sigamos porque el joven Charles siguió a caballo hasta Minas, capital del departamento de Lavalleja, donde a los serranos no nos fue mejor:

“Al día siguiente llegamos al pueblecillo de Las Minas. Algunos cerros más, pero en resumen el país conserva el mismo aspecto; sin embargo, un habitante de las Pampas vería de seguro en él una región alpestre. La comarca está tan poco habitada, que apenas encontramos una sola persona durante un día entero de viaje. El pueblo de Las Minas aún es menos importante que Maldonado; está en una pequeña llanura rodeada de cerrillos pedregosos muy bajos. Tiene la forma simétrica de costumbre, y no deja de presentar un aspecto bastante bonito con su iglesia enlucida con cal y sita en el centro mismo del pueblo. Las casas de los arrabales se elevan en el llano como otros tantos seres aislados, sin jardines, sin patios de ninguna especie. Es la moda del país; pero eso da, en último término, a todas las casas una apariencia poco cómoda. Pasamos la noche en una pulpería o taberna. Gran número de gauchos acuden por la noche a beber alcohol y a fumar cigarros. Su aspecto es muy chocante: suelen ser fornidos y guapos, pero llevan impresos en la cara todos los signos del orgullo y de la vida relajada; muchos de ellos gastan bigote y cabellos muy largos, ensortijados por la espalda. Sus vestidos, de colores chillones; sus grandísimas espuelas resonantes, en los talones; sus cuchillos, llevados en el cinto a modo de dagas (de los cuales hacen tan frecuente uso), les dan un aspecto muy diferente de lo que pudiera hacer suponer su nombre de gauchos o simples campesinos. Son en extremo corteses; nunca beben sin pediros que probéis su bebida; pero mientras os hacen un saludo gracioso, puede decirse que están dispuestos a asesinaros si se presenta ocasión.”

"Boleando ñanduces"

Esta primera descripción de mis coterráneos en 1831 no deja de ser interesante y podríamos resumirla –con un poco de humor– en tres palabras: “asesinos pero corteses…
Al día siguiente Darwin y sus acompañantes avanzan en territorio minuano y llegan hasta la estancia (hacienda) de un rico criador de ganado, don Juan Fuentes. Al llegar, le llama la atención a Darwin la formalidad que se debe seguir cuando se arriba a una casa en el campo:

“Cuando un forastero se acerca a una casa, hay que guardar algunas ceremonias de etiqueta. Se pone al paso el caballo, se recita un Ave María, y no es cortés echar pie a tierra antes de que alguien salga de la casa y os diga que os apeéis; la respuesta estereotipada del propietario es: Sin pecado concebida. Se entra en la casa entonces, y se habla de generalidades durante algunos minutos; luego se pide hospitalidad para aquella noche, lo cual se concede siempre, por supuesto. El forastero come con la familia y le dan un aposento, donde hace la cama con las mantas de su recado (o silla de las Pampas).”

Esta costumbre de gritar “¡Ave María purísima!” (que no recitar todo un Ave María) y esperar –si se es bien recibido– la respuesta “¡Sin pecado concebida!” se mantiene aún en algunos lugares de nuestra campaña aunque va cayendo en desuso.
Al final del párrafo, el joven Darwin hace mención al “recado”, en clara referencia a esta particular silla de montar el caballo que reúne sustanciales diferencias con otras sillas de otros países. Sugiero ver la siguiente ilustración que muestra el “recado” y sus partes.



Se asombra Darwin que el estanciero Juan Fuentes se muestre hospitalario con todas las personas que, sin conocerlas, acoge amablemente al punto de que manda matar unas reses para agasajarlas. Esta hospitalidad es propia de todo el campo latinoamericano sin distinción de posición social, situación que hemos confirmado al ver el esfuerzo que gente de escasos recursos hace por atender al forastero recién llegado.

“Después de haber sido testigo de la grosera riqueza indicada por un número tan grande de hombres, vacas y caballos, casi es un espectáculo el mirar la miserable casucha de don Juan. El piso se compone sencillamente de barro endurecido y las ventanas no tienen vidrieras; los muebles de la sala consisten en algunas sillas muy ordinarias, algunos taburetes y dos mesas, Aunque hay muchos forasteros, la comida sólo se compone de dos platos (inmensos en verdad), conteniendo el uno vaca asada, el otro vaca cocida y algunos trozos de calabaza; no se sirve ninguna otra hortaliza y ni siquiera un pedazo de pan. Una jarra grande de barro cocido, llena de agua, sirve de vaso a toda la compañía. Y, sin embargo, este hombre es dueño de varias millas cuadradas de terreno, cuya casi totalidad puede producir trigo y con un poco de cuidado todas las legumbres usuales. Se pasa la velada en fumar y se improvisa un pequeño concierto vocal con acompañamiento de guitarra. Las señoritas, sentadas todas juntas en un rincón de la sala, no comen con los hombres.”


Comentemos que seguramente este “concierto vocal” estuvo compuesto de canciones verdaderamente folklóricas de la Banda Oriental (parte del espacio geográfico que hoy ocupa Uruguay y que se ubica al oriente del río del mismo nombre): Tristes, Estilos, Milongas, Cifras, Cielitos, Huellas y algunos más.

No deja de ser interesante la descripción que hace Darwin de las famosas “boleadoras”, instrumento de caza usado por los indígenas de la región para capturar los ñandúes (avestruces americanas)  y que definitivamente han dejado de usarse. Hoy sólo las vemos –degradadas ellas– en algunas coreografías de danzas muy edulcoradas y por lo tanto ajenas al folklor rioplatense.

Hay dos especies de bolas: las más sencillas, que se emplean para cazar avestruces, consisten en dos piedras redondas, cubiertas de cuero y reunidas por una tenue cuerda trenzada, como de unos ocho pies de longitud; la otra especie sólo difiere de ésta en que consta de tres pelotas reunidas por una cuerda a un centro común. El gaucho tiene en la mano la más pequeña de las tres y hace girar las otras dos en derredor de la cabeza; luego de hacer puntería las arroja, y las bolas van a través del aire girando sobre sí mismas como balas de cañón enramadas. En cuanto las bolas dan contra cualquier objeto, se enroscan cruzándose en derredor de él y se anudan con fuerza.”

Es curioso destacar que el antiguo uso de las boleadoras (hasta como instrumento de agresión entre los mismos gauchos) marcó el lenguaje de los uruguayos con expresiones como “ando boleado” o “me bolié” para decir que se está perdido o confundido. Estos términos hacen referencia a lo que les pasa a los avestruces, caballos o vacas que al enredarse las patas con las boleadoras pierden el paso y caen violentamente, perdiendo la orientación por el golpe que se dan.
Después de un largo periplo por Argentina, Charles Darwin regresa a Uruguay y rumbo al actual Departamento de San José fue testigo de la habilidad de los gauchos para cruzar un río con su caballo y así nos expresa en su diario el asombro que le produjo.

“En aquel día un gaucho me dio un regocijado espectáculo por la destreza con que obligó a un caballo repropiado a atravesar un río a nado. El gaucho se desnudó por completo, montó a caballo y obligó a éste a entrar en el agua hasta perder pie; dejóse escurrir entonces por la grupa y le agarró la cola; cada vez que el animal volvía la cabeza, el gaucho le arrojaba agua para asustarle. En cuanto el caballo llegó a la margen opuesta, irguióse de nuevo en la silla el gaucho e iba montado con firmeza, bridas en mano, antes de haber salido por completo del río. Bello espectáculo es ver a un hombre desnudo jinete sobre un caballo en pelo: nunca hubiera creído que ambos animales fuesen tan bien juntos. La cola del caballo constituye un apéndice muy útil: he atravesado un río en barca acompañado por cuatro personas, arrastrada de la misma manera que el gaucho de que acabo de hablar. Cuando un hombre a caballo tiene que cruzar un río ancho, el mejor medio consiste en agarrar la pera de la silla o la crin del caballo con una mano y nadar con la otra.”



Charles Darwin también llegó hasta Mercedes, la capital del Departamento de Soriano, muy próximo al encuentro de los ríos Uruguay y Negro. Allí visitó una estancia de un hacendado inglés sobre las costas del arroyo Bequeló y tuvo oportunidad de observar con detención una acción muy particular: el adiestramiento de perros pastores. Veamos las observaciones del naturalista inglés.

“Durante mi residencia en esa estancia estudié con cuidado los perros de pastor del país, y este estudio me interesó mucho. Encuéntrase a menudo, a la distancia de una o dos millas de todo hombre o de toda casa, un gran rebaño de carneros guardado por uno o dos perros. ¿Cómo puede establecerse una amistad más firme? Esto era motivo de asombro para mí. El modo de educarlos consiste en separar al cachorro de su madre y acostumbrarle a la sociedad de sus futuros compañeros. Se le lleva una oveja para hacerle mamar tres o cuatro veces diarias; se le hace acostarse en una cama guarnecida de pieles de carnero; se le separa en absoluto de los demás perros. Aparte de eso, se le suele castrar cuando aún es joven; de suerte que cuando se hace grande, ya no puede tener gustos comunes con los de su especie. Por lo tanto, no le queda deseo ninguno de abandonar el rebaño; y así como el perro ordinario se apresura a defender a su amo, el hombre, de la misma manera éste defiende a los carneros.”

Líneas más adelante concluye Darwin:

“El perro de pastor acude todos los días a la granja en busca de carne para su comida; en cuanto le dan su ración huye, como si tuviese vergüenza del paso que acaba de dar. Los perros de la casa se le muestran muy hostiles, y el más pequeño de ellos no vacila en atacarle y perseguirle. Pero, en cuanto el perro de pastor se encuentra ya junto a su rebaño, vuélvese y comienza a ladrar; entonces, todos los perros que antes le perseguían huyen a todo correr. Asimismo, una banda entera de perros salvajes hambrientos rara vez, y hasta se me ha dicho que nunca, se atreven a atacar a un rebaño guardado por uno de esos fieles pastores. Todo esto me parece un curioso ejemplo de la flexibilidad de los afectos en el perro. Ya sea salvaje, ya educado de cualquier modo que lo estuviere, conserva un sentimiento de respeto o de temor hacia quienes obedecen a su instinto de asociación. En efecto, no podemos comprender por qué los perros salvajes retroceden ante un solo perro acompañado de su rebaño, sino admitiendo en ellos una especie de idea confusa de que quien va con tanta compañía adquiere cierto poderío, como si le acompañasen otros individuos de su especie.”


Concluyo este artículo con un juicio que el naturalista inglés, Charles Darwin, hace de ese personaje emblemático llamado gaucho y que con el correr del tiempo no escapó a cambios en su naturaleza hasta llegar a lo que hoy es nuestro hombre de campo rioplatense.  Sin duda quedan firmes trazos y conductas del aquel gaucho, que Darwin conoció en 1831, en los trabajadores rurales actuales (troperos, domadores, alambradores, chacreros, monteadores, tamberos y demás oficios de los habitantes del campo), pero no sería justo dejar de reconocer que el tiempo ha cambiado profundamente la esencia libertaria de aquel personaje.

“Los gauchos o campesinos son muy superiores a los habitantes de la ciudad. Invariablemente, el gaucho es muy servicial, muy cortés, muy hospitalario; nunca he visto un ejemplo de grosería o de inhospitalidad. Lleno de modestia cuando habla de sí mismo o de su país, al mismo tiempo es atrevido y valiente.”

Pintura del uruguayo Juan Manuel Blanes

sábado, 5 de enero de 2013

De pesca en el Cebollatí


Artículo escrito para una publicación de
uruguayos en México hace más de 15 años.

            Tome usted la ruta 8 que une Minas con Treinta y Tres y saliendo de la ciudad serrana pasará por un curioso lugar que se llama El Penitente (unas rocas en un cerro tienen la forma de una persona arrodillada rezando), luego aparece un hermoso lugar de descanso: Villa Serrana. Más adelante la carretera se bifurca y usted debe tomar la de la izquierda hacia Mariscala, pequeña villa tirada entre los pastos. Pasando este lugar viene la recta final: una carretera trazada con regla que sube y baja las suaves ondulaciones del terreno (cuchillas). Unos kilómetros después se ve a lo lejos y a la derecha Poblado Colón, tan pequeño y olvidado que ni a villa llega, y finalmente aparece el río Cebollatí que atraviesa la ruta 8.


El pueblo Mariscala.
         
              A la derecha del puente, a unas tres cuadras y en medio del monte criollo que bordea el río hay un claro que tiene huellas de anteriores campamentos. Ese es el lugar indicado para instalarse. Frondosos molles, enormes talas y coronillas forman grandes espacios de sombra muy adecuados para acampar.
            A los pocos minutos de llegar la “invasión del campo” ya se deja sentir. Aparecen los primeros tábanos, esos insectos de mayor tamaño que una mosca y que clavan eficazmente su aguijón para extraer la sangre del que se deje. Ya pasan de las diez de la mañana y comienza el concierto de las chicharras, el escándalo de los horneros, los últimos gritos de los benteveos (ellos empiezan temprano por la mañana y reanudan por la tarde), los brincos de los pequeños saltamontes (langostas) y los graciosos vuelos irregulares de las mariposas blancas.


Río Cebollatí
            
             Al mediodía es el mejor momento para la pesca de los niños. Cañitas tacuaras de 2 m con un pequeñísimo anzuelo mosquita, una diminuta boya (flotador) y un pedacito de lombriz complementa el delicado equipo.
            Con la propia línea se golpea el agua para atraer las mojarritas que una vez pescadas serán la carnada de peces mayores. Rápidamente los niños tienen un buen montón de mojarras, esas flechitas de plata de no más de 9 cm. A esa hora pocos predadores andan en el agua, algún dientudo1 perdido corretea una mojarrita. Quien anda activo es el Martín Pescador, ave que desde una rama atisba atentamente cuanto movimiento ocurre en la superficie del agua, esperando que una mojarrita se descuide y ¡zas! se zambulle espectacularmente para atraparla con su fuerte pico.
            Poco a poco comienza a caer la tarde. Los primeros avisos sonoros los da el crespó-crespó2 de la pava de monte, siempre lejana y arisca que parece desafiar a los tenaces cazadores. La simpática gallineta se anima a esta hora a dejar el monte e ir a abrevar al río, con cada paso mueve su corta y erguida cola; camina rápido luciendo sus colores pardos y corto pico amarillo. Los benteveos llaman a gritos a su pareja aprontándose para pasar la noche. Y de pronto el Cebollatí parece tomar vida. Con los últimos rayos de sol el espejo del río se rompe en mil círculos con los coletazos furiosos de los dientudos que persiguen a las últimas mojarras del día antes de irse a descansar. Coinciden con ellos las reinas del río: las tarariras que empiezan su jornada de predación. Parece un concierto infernal de coletazos, persecuciones y escapes. El agua hierve durante unos 30 minutos hasta que poco a poco se calma y comienza a llegar la noche junto con los implacables mosquitos.


Parte angosta del río.

         Este fenómeno de verdadera cacería en el agua se repite exactamente al amanecer. ¿Quién concierta estas fuerzas? ¿Es la proximidad de la noche y del día según el caso? ¿Es el hambre de los que vienen y de los que se van? ¿Quién lo sabe?
            Mientras tanto en el monte se apagan los cantos de los pájaros. Ya no se oyen los cardenales rojos, amarillos o azules, ni los gargantillos, ni los músicos. Apenas quedan los últimos cantos del zorzal y los trinos tan nostálgicos y tristes de los chingolos.
            Es la hora de dos aves que se apoderan de la noche: el urutaú  y el dormilón. El urutaú (palabra guaraní para designar a una especie de lechuza) comienza la cacería de pequeños roedores gracias a su finísimo oído y a su aguda vista. El dormilón, una de las tantas variedades de los guácharos o chotacabras, basa su técnica de caza de insectos en un sistema de sonar. Igual que los murciélagos emiten un sonido inaudible para nosotros pero que rebota en los objetos y al recibirlo, el ave tiene un perfecto panorama del ambiente.
            El río se transforma en la noche. Con la obscuridad crece el silencio y el misterio. Las aguas parecen más densas y ya no se ven los círculos que la rompen pero se oyen claramente los coletazos violentos de las tarariras alimentándose de mojarras o de algún cabeza amarga3 . El monte impone respeto. Las sombras de la noche lo hacen más tupido e impenetrable.
El río Cebollatí al atardecer.

            Ahora se debe hablar en voz baja para no espantar a los bagres y tarariras que se acercan a los aparejos de chaura y a las cañas tacuara respectivamente.
De pronto una boya gorda y blanca empieza a moverse con pequeños hundimientos. La tenue luz del farol a mantilla la delata. Sin hacer ruido se toma la caña que descansaba sobre una horqueta de palo. Se tensan los nervios y se clava la vista en la boya que ahora se mueve rápidamente hacia un costado. Este momento de gran emoción es una silenciosa lucha entre los nervios que quieren levantar la caña y la experiencia que indica no apurarse y esperar a que el pez trague completamente la carnada. ¿Cuánto esperar? No mucho, porque si la tararira encuentra con sus dientes el anzuelo soltará la carnada. Seguramente quien no es pescador no podrá entender lo que encierran esos escasos segundos donde la adrenalina invade nuestro cuerpo y se desborda la pasión. La caña parece no pesar, las manos se humedecen, las piernas tiemblan de emoción y nada existe en el mundo más que esa boya que de pronto se hunde en las aguas negras del río. Ahora sí estalla el volcán contenido. Con la suficiente fuerza para que el anzuelo se clave en la boca de la tararira se da un fuerte tirón a la caña. No se debe pasar de entusiasmo en el jalón porque se rompe la tacuara y se pierde todo. El pez no se rinde y lucha tenazmente por mantenerse en el agua. Se oyen los coletazos y la caña se dobla hasta el límite. No se puede aflojar la tensión de la línea. El pescador intuye hasta donde aguanta la tacuara y dosifica las fuerzas. Se cansa la formidable reina del río y aparece su cuerpo que no deja de sacudirse. Se deposita el triunfo sobre los pastos y termina la lucha.
Tarariras en los pastos...

Claro que esta tararira no era tan grande como el bagre que Don Juan De Brun Carvajal pescó aquí mismo en este río. Contaba este pícaro minuano que pescando sin farol y sin luna empezó a revolear el aparejo para tirarlo muy lejos. El río tiene 120 metros de ancho, distancia inalcanzable para un buen lanzamiento que nunca excede de 50, pero el entusiasmo era grande. Cae el aparejo y siente Don Juan un pique tremendo. No duda y pega el tirón con todas las fuerzas disponibles porque aquí no hay caña que se rompa, es la pura chaura, ese hilo de algodón trenzado que aguanta cualquier bicho. El bagre es pesado y luchador. No se entrega. Don Juan recoge con entusiasmo y trata de ver el tamaño pero está muy oscuro. Se oyen los coletazos nada más. Parecería que el bagre trata de ganar la otra orilla, pero Don Juan no es primerizo y no le afloja un tranco de pollo. Ahi lo trae ya. Le grita al petizo Ramírez que traiga una linterna para alumbrar al bagre en el momento de subirlo por la barranca.
– ¡Dale petizo, alumbrame acá!
Don Juan interrumpe el relato y mira las caras de expectación de los oyentes que fascinados esperan la conclusión.
–¡¿Qué creen? Cuando el petizo Ramírez alumbra para abajo en la barranca veo que traigo enredado de una pata al “Negro” Eulalio agarrado de unos camalotes! ¡Estaba pescando del otro lado del río…!
Cédar Viglietti
Don Juan de Brun con su esposa EmiliaDon Juan De Brun con su esposa Emilia.




1 Pez plateado y esbelto con grandes dientes que no sirve para comer por tener muchas espinas. Abunda en todos los arroyos y ríos de Uruguay.
2 Estas palabras parece decir con su canto esta ave de negro plumaje y copete rojo. Tiene casi el tamaño de una gallina (más estilizada y con larga cola).
3 Pez de color casi negro que cuando es pequeño (no más de 10 cm) resulta muy atractivo como carnada.

miércoles, 19 de diciembre de 2012





Estimados lectores:
vaya un agradecimiento sincero por la lectura paciente y generosa de este blog, a la vez que les deseo muchas felicidades en estas fiestas decembrinas y un año 2013 pleno de trabajo, salud y alegría. Reciban un fuerte abrazo.  Cédar Viglietti.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

SANTA CECILIA Y EL DÍA DE LA MÚSICA


Santa Cecilia, con el ángel y el láud

Cecilia tocando el laúd acompañada por un ángel.

Historia verdadera con un poquito de humor.

Los músicos festejamos el 22 de noviembre el Día de la Música ya que la Iglesia Católica y la Ortodoxa celebran a Santa Cecilia que ha quedado en el calendario cristiano como Patrona de la Música.
Cecilia fue una joven romana de confusísima historia que en realidad nada tuvo que ver con la música y que vivió –aparentemente– entre los años 180 y 230 después de Cristo. Cuanto más se intenta investigar sobre la vida de esta joven más confusa se hace su historia al extremo de que se puede dudar de su existencia. Por una parte se habla de una tal Cecilia martirizada y muerta en la isla de Sicilia, muy al sur para ser tomada en cuenta; también se habla de una Cecilia africana pero como se corre el riesgo de que haya sido negra y eso a la iglesia no le gusta… mejor abandonemos estas pistas y vayamos a otras más al norte.

Dos versiones contradictorias y sin mayor documentación concurren para hablarnos de esta romana que vivió –siempre aparentemente– en los tiempos del emperador Marco Aurelio. Una versión sencilla y de bajo perfil nos cuenta que Cecilia, muchacha de un barrio romano, se había enamorado de un joven de nombre Valeriano y estaba lista para casarse con él. Pero hete aquí que Valeriano tenía un hermano de nombre Tiburcio, enamorado también de Cecilia y que no estaba dispuesto a consentir el matrimonio de la joven, por lo que en un ataque severo de celos mata a la muchacha romana para evitar su casamiento. No es difícil imaginar que luego de cometido el crimen Valeriano se enfrentara a su propio hermano y terminaran ambos muertos cerrándose así una más de tantas tragedias amorosas muy de los italianos... perdón… romanos.
Santa Cecilia con viola da gamba
Cecilia ahora con una viola da gamba.

Hay otra versión, ésta mucho más noble y donde se asoma la mano de la Iglesia Católica que rápidamente retoca algunos detalles y compone una fea situación mundana en una historia de buena progenie de la cual nadie se puede avergonzar. Claro, esta nueva y digna historia no se hace de la noche a la mañana. No, no, no. La Iglesia necesitó más de 300 años para pulir el guión y así en el año 480 –aproximadamente– saca a luz un texto titulado “Actas de santa Cecilia” donde se aclara cualquier tipo de dudas y aparece con todo su brillo la nobleza de la joven romana que los músicos reclamábamos. Para mejor disfrute de este santo guión copio y pego de Wikipedia un par de párrafos de las referidas actas que no tienen desperdicio:

Según este texto, Cecilia había sido una virgen de una familia senatorial romana de los Metelos, que se había convertido al cristianismo desde su infancia. Sus padres la dieron en matrimonio a un noble joven pagano, Valerius («Valeriano»). Cuando, tras la celebración del matrimonio, la pareja se había retirado a la cámara nupcial, Cecilia dijo a Valeriano que ella había entregado su virginidad a Dios y que un ángel celosamente guardaba su cuerpo; por consiguiente, Valeriano debía tener el cuidado de no violar su virginidad. Valeriano pidió ver al ángel, después de lo cual Cecilia lo envió junto a la tercera piedra miliaria de la vía Apia, donde debía encontrarse con el papa Urbano I. El diálogo, según la tradición, transcurrió así:
Cecilia: Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio, si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí.
Valeriano: Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides.
Cecilia: Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo, verás al ángel.
Valeriano obedeció y fue al encuentro de Urbano, el papa lo bautizó y Valeriano regresó como cristiano ante Cecilia. Entonces se apareció un ángel a los dos y los coronó como esposos con rosas y azucenas. Cuando Tiburcio, el hermano de Valeriano, se acercó a ellos, también fue convertido al cristianismo y a partir de entonces vivió con ellos en la misma casa, en completa pureza.

Ay, amigos lectores, les juro que hago un esfuerzo para no comentar nada de este trío tan virtuoso.

Cecilia con un laúd teorbe

Pero sigamos porque la historia de la Iglesia católica no termina aquí sino que continúa con la persecución, martirio y muerte de estos tres tristes muchachos a cargo del prefecto Turcio Almaquio. Nuevamente retomo a Wikipedia que a su vez retoma otra parte de las “Actas de santa Cecilia”, para no perdernos detalles porque se viene un climax de violencia y crueldad que ninguna película de terror de hoy lograría igualar:

El prefecto Turcio Almaquio condenó a ambos hermanos a la muerte. El funcionario del prefecto, Máximo, fue designado para ejecutar la sentencia. Pero se convirtió al cristianismo y sufrió el martirio con los dos hermanos. Cecilia enterró sus restos en una tumba cristiana. Luego la propia Cecilia fue buscada por los funcionarios del prefecto. Fue condenada a morir ahogada en el baño de su propia casa. Como sobrevivió, la pusieron en un recipiente con agua hirviendo, pero también permaneció ilesa en el ardiente cuarto. Por eso el prefecto decidió que la decapitaran allí mismo. El ejecutor dejó caer su espada tres veces pero no pudo separar la cabeza del tronco. Huyó, dejando a la virgen bañada en su propia sangre. Cecilia vivió tres días más, dio limosnas a los pobres y dispuso que después de su muerte su casa debía dedicarse como templo. El papa Urbano I la enterró en la catacumba del papa Calixto I (155-222), donde se sepultaban los obispos y los confesores.
La Enciclopedia Católica señala que el relato en sí no tiene valor histórico; es un romance pío, como tantos otros recopilados en los siglos V y VI. En cambio, la existencia de los tres mártires mencionados es un hecho histórico.
Bueno, amigos músicos, quedémonos tranquilos porque la Enciclopedia Católica nos asegura que la existencia de los tres mártires es un hecho histórico y consolémonos que Cecilia no era de esas muchachas que perdían la cabeza así nomás y que a pesar de la terrible situación tuvo el tino de dar limosna a los pobres…

Ejecución de Santa Cecilia
Ejecución de Cecilia.

¿Y la música dónde queda?

Ah, bueno… la música se deriva de un perdonable error de traducción de esas famosas “Actas de santa Cecilia” donde en un momento se habla de que Cecilia, en pleno sufrimiento de su martirio, le cantaba a Dios con un “instrumento”. Un traductor piadoso y quizá músico creyó ver en el texto original en latín a un órgano, ese bello instrumento musical de teclado, cuando en realidad se trataba de un “instrumento de tortura” a la que era sometida la joven romana.

Pero bueno… los músicos no somos muy exigentes y nos acomodamos a lo que hay, que no es tan malo, no vaya a ser que nos cambien de patrona y terminemos con otra que nos salga peor. Además, de estos hechos relatados en las “Actas de santa Cecilia” pasaron más de mil años hasta que el papa Gregorio XIII, en el año 1594, la canonizó y le dio oficialmente el nombramiento, por «haber demostrado una atracción irresistible hacia los acordes melodiosos de los instrumentos. Su espíritu sensible y apasionado por este arte convirtió así su nombre en símbolo de la música». A ver señores: ¿quién se atreve a cambiar estas palabras de aquel preclaro santo padre? Nadie, ¿verdad? Así que hoy, 22 de noviembre, día de Santa Cecilia, festejamos el Día de la Música y sanseacabó.

martes, 6 de noviembre de 2012

RETAZOS CON HUESO


Andrés Segovia

Cuando el guitarrista español Andrés Segovia vivió en Montevideo, entre 1937 y 1946, ofreció –para disfrute de los uruguayos– numerosos conciertos en el país. En una oportunidad interpretó una obra española a gran velocidad que asombró al público acostumbrado a oírla mucho más lenta. Al terminar el concierto, un crítico de música de un conocido periódico lo esperó al final del concierto y sin mayor prudencia le descerrajó una pregunta que tenía más tono de crítica que de interrogación:
–Maestro, ¿por qué toca usted tan rápido esa pieza española?
Al instante y sin pensarlo dos veces el guitarrista español contestó:
–¡Porque puedo!

Andrés Segovia

Miguel Aceves Mejía en Uruguay

En Uruguay, el más famoso cantante mexicano por los años 50´s y 60´s fue sin duda Miguel Aceves Mejía. Ni Pedro Infante ni Jorge Negrete alcanzaban la popularidad que el “Rey del falsete” tenía en el pequeño país del Plata. La explicación de este fenómeno de popularidad se debía a que la esposa de Aceves Mejía, Rita Martínez, era argentina y el cantante iba con frecuencia a ese país a diversas presentaciones acompañadas siempre de un gran éxito. Llegó incluso a tener una buena amistad con el entonces presidente argentino Juan Domingo Perón.
En una oportunidad cruza el Río de la Plata y emprende una pequeña gira por Montevideo y Salto, ciudad al noroeste de Uruguay. En un avión DC 3 parte de Montevideo a Salto haciendo una escala técnica en Tacuarembó, departamento del centro del país. La gente de Tacuarembó se enteró de esta escala donde viajaba Aceves Mejía y se aglomeró en la pista de pasto donde bajaría el avión para solicitarle al cantante mexicano que les interpretara alguna canción. Miguel, en una demostración de sencillez y cariño por el público uruguayo se bajó del avión con su mariachi y a la sombra de una de las alas de la aeronave, sin micrófono y al aire libre deleitó con su voz a los cientos de asistentes que agradecieron con gritos y aplausos las canciones del cantante nacido en Chihuahua.

Miguel Aceves Mejía

La muerte de Amado Nervo

A pesar de la distancia tan grande entre México y Uruguay ha habido acontecimientos que unieron a estos dos países que han marcado mi vida y han dado motivos para esta breve crónica de “retazos con hueso”, popular nombre de la carne más barata del país azteca. Uno de los más importantes fue la muerte de Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz, notable escritor, periodista y diplomático mexicano que se hizo llamar Amado Nervo y que llegó a ser una gloria latinoamericana de la poesía.
En 1918, Amado Nervo recibió el nombramiento de ministro plenipotenciario de México en Argentina y Uruguay simultáneamente, pero fijó su residencia en el Parque Hotel de la Playa Ramírez de la capital uruguaya. Allí fue donde un sábado 24 de mayo de 1919 murió de insuficiencia renal lejos de su tierra mexicana.

Amado Nervo de meses en brazos de su nana.
Amado Nervo muy pequeño con su nana.

Uruguay y todos los países de Latinoamérica se conmovieron ante la muerte del poeta mexicano que recibió honores de Jefe de Estado siendo designado por el parlamento uruguayo como  "Príncipe de los poetas continentales". Su velatorio se instaló en las escalinatas de la Universidad de la República con la asistencia del Presidente uruguayo Baltasar Brum y sus ministros. Tres días de Duelo Nacional enmarcaron las ceremonias y su féretro fue llevado al Panteón Nacional donde permaneció un tiempo ya que entre los honores dispuestos estaba la construcción de un ataúd-mausoleo de mármol uruguayo. Una vez ejecutado el mismo y en otro día de duelo nacional, se le llevó al puerto de Montevideo donde lo aguardaba el Crucero de guerra “Uruguay”, buque insignia de la flota que lo conduciría custodiado por cadetes de la Escuela Naval hasta su México natal. A la salida del puerto lo esperaba un crucero argentino de la Escuela Naval, que seguía a la nave uruguaya. En Río de Janeiro aguardaba el buque “Barroso” con los jóvenes navales brasileños, también en Venezuela y Cuba  se unen buques de guerra a acompañar al poeta nayarita (originario del estado de Nayarit) hasta el puerto de Veracruz.

Amado Nervo

Concierto del Sur de Manuel M. Ponce

En nota anterior decíamos del privilegio de que Uruguay haya acogido al gran guitarrista Andrés Segovia durante y después de la Guerra Civil Española porque su presencia atrajo a varias figuras de la música así como estrenos de obras de compositores que de otra manera no hubieran llegado a Montevideo. Un caso fue el estreno en 1939 del Concierto en re mayor para guitarra y orquesta del compositor italiano Mario Castelnuovo-Tedesco que se realizó en Montevideo, interpretado por Andrés Segovia y la Orquesta Sinfónica del SODRE.

Los protagonistas del concierto.
Lamberto Baldi, Manuel M. Ponce y Andrés

El caso que ocupa esta nota fue otro estreno notable el 4 de octubre de 1941 del Concierto del Sur para guitarra y orquesta del músico zacatecano (originario del estado de Zacatecas) Manuel María Ponce, interpretado por Segovia y la Sinfónica del SODRE, dirigida por el director italiano Lamberto Baldi y no por el mexicano como comúnmente se cree. En esa misma velada musical Ponce sí dirigió tres de sus obras: Suite en estilo antiguo en versión orquestal, Chapultepec y Poema elegíaco. Según las crónicas de la época el éxito de la música de Ponce fue extraordinario. Este Concierto del Sur se presentó inmediatamente en Buenos Aires y allí sí dirigió la orquesta el propio Ponce además de interpretarse otras obras suyas como Ferial, Estampas nocturnas y el Concierto para piano y orquesta.
Es de destacar que Ponce dudó mucho en escribir el Concierto del Sur para su amigo Andrés Segovia por miedo a que la guitarra –con sonido tan íntimo– no pudiera enfrentar a los “tutti” de la orquesta. Al respecto veamos un testimonio que el propio Segovia dejó sobre la creación de este magnífico concierto:
“Desde la primavera de 1926, los temas principales de esta obra ya germinaban en el espíritu de Ponce, pero las circunstancias de mi vida errante, que nos separaron por largos años, le impidieron continuarla y llevarla a su fin. La obra esperó hasta que, venciendo miedos y dudas sobre la factibilidad de escribir para guitarra con acompañamiento orquestal, Mario Castelnuovo-Tedesco se adelantó a Ponce, completando su hermoso Concierto en re mayor. El mismo Ponce dirigió la orquesta cuando toqué el concierto de Castelnuovo-Tedesco en México, y esa inolvidable experiencia fue justo el aliciente que el compositor mexicano necesitaba para exhumar y revivir sus temas y trabajar en ellos con ardor. Cuando llegué a mi casa en Montevideo unas semanas después, me esperaban ya los primeros frutos de su labor. Con esa admirable paciencia que ennoblecía todas sus empresas, ya fueran mecánicas o espirituales, Ponce escribió el concierto en el mejor papel aéreo y me lo envió, una sección tras otra, para su prueba final en la indomable guitarra."
Cierro esta nota con un fragmento de la crítica musical que Ponce realizara en mayo de 1923 en el diario El Universal con motivo del debut de Segovia en México. El compositor mexicano compara a Segovia con el violoncelista Pablo Casals y escribe que escuchar la guitarra de Segovia había sido: "…experimentar una sensación de intimidad y bienestar hogareño, evocar remotas y suaves emociones envueltas en el misterioso encanto de las cosas pretéritas, es abrir el espíritu al ensueño y vivir unos momentos deliciosos en un ambiente de arte puro..." 

Después del concierto.
Sentados: Segovia, Paquita Madriguera (esposa de Segovia), Ponce y Eduardo Fabini.

lunes, 24 de septiembre de 2012

EL COMPOSITOR Y GUITARRISTA ABEL FLEURY Y UNA GUITARRA YACOPI


El compositor argentino Abel Fleury nacido en Dolores, Provincia de Buenos Aires, el 5 de abril de 1903, jugó un papel de primera línea en la música latinoamericana para guitarra con la creación de piezas basadas en los ritmos folklóricos de su país. No creo que haya un guitarrista rioplatense que no haya tocado su hermosa y tan conocida “Milongueo del Ayer” o el “Estilo Pampeano”.  Pero fueron muchas más sus composiciones, entre las cuales destaco la chacarera “Trinos y alas” que Fleury le dedicara a mi padre.


Guitarrista dotado de muy buena técnica y sensibilidad en la ejecución, incluía en sus numerosos conciertos autores “clásicos” como J. S. Bach (del que interpretaba La Chacona), S. L. Weiss, G. F. Händel, Napoleón Coste, Francisco Tárrega, Fernando Sor, Mozart o Beethoven entre otros. Así también fue un gran difusor de la música latinoamericana para guitarra con obras de los brasileños Heitor Villa-Lobos y Lorenzo Fernándes, del paraguayo Agustín Barrios, del uruguayo Eduardo Fabini, del mexicano Manuel M. Ponce y del boliviano Eduardo Caba.



En su libro “Origen e historia de la guitarra” (1976) mi padre escribía:
Abel Fleury (1903-1958) logró sostenida influencia –quizás más que Barrios– en ambas márgenes del Plata; en tanto el paraguayo prevalecía entre los guitarristas cultos pero no sobre el resto, el argentino, con su “Estilo Pampeano”, de 1927, y su “Milongueo del Ayer” del 26, entusiasma tanto a unos como a otros.[…]
[…] Visitamos Fleury en Buenos Aires, veinte días antes de su muerte. No creía en su próximo fin. Se empeñó desde la cama, en tocarnos su última milonga, “Garuando”; tan débil estaba que hubo de bajar como dos tonos la guitarra.
–Cuando me levante, mi primer concierto lo daré en el Uruguay, tengo una deuda allá: sabiéndome enfermo, del Centro Guitarrístico me enviaron por adelantado el importe de un concierto.
En realidad se sabía que ya no podría cruzar más el río… Tiempo después dicho Centro colocó una placa recordatoria en su tumba en la Chacarita.[…]

Su partida definitiva al silencio inspiró en el poeta Pedro Boloqui las siguientes palabras:
Ha muerto más la armonía,
lograda en su arte nativo,
mantiene su nombre vivo,
como un farol en la huella,
nunca el olvido hará mella,
para arrancarlo de aquí.
Y, si dejó tras de sí
tiernos corajes vibrando,
en ellos sigue flotando
el alma de Abel Fleury

 En los conciertos que daba mi padre jamás faltó una obra de su amigo Abel Fleury. Además de las piezas antes nombradas tocó “Te vas milonga”, el malambo “Mudanzas”, la cifra “Sobretarde”, las milongas “De clavel en la oreja” y “A flor de llanto”, el estilo “El Tostao”, y recuerdo sus muy buenos arreglos del candombe “Pena mulata” y “Milonga triste” de Sebastián Piana.

El cáncer terminó con la vida de Fleury el 9 de agosto de 1958 en la ciudad de Buenos Aires. Los múltiples gastos que había tenido la familia con los cuidados de la penosa enfermedad de Don Abel, obligaban a su esposa Nelis Guerra (con tres hijos) a vender una de sus guitarras para medio salir del paso. Así llegó a Minas, Uruguay, la señora Nelis para ofrecerle a mi padre una de sus guitarras, un excelente instrumento del vasco radicado en Buenos Aires, José Yacopi.

¿Quién fue José Yacopi? Fue hijo de un lutier genovés Gamaliel Yacopi (originalmente este apellido se escribía con i latina) radicado en España en la ciudad de Vitoria, País Vasco, donde precisamente nació su hijo José el 28 de diciembre de 1916. Perseguida la familia por los franquistas en España, partieron para Francia de donde huyeron de los nazis a la Argentina para radicarse en San Fernando, Provincia de Buenos Aires. Allí se formó José y se constituyó en unos de los más renombrados lauderos del mundo que tuvo como clientes a María Luisa Anido, Julian Bream, Irma Costanzo, Eduardo Falú y Narciso Yepes entre otros. Jose Yacopi  fallece a los casi 90 años de edad el 11 de agosto de 2006, constituyéndose su hijo Fernando en el continuador de esta dinastía de constructores de instrumentos de cuerda.

José Yacopi

Fuera de Argentina resulta muy curiosa la madera que en aros y contratapa, de muchas de sus guitarras, utilizara José Yacopi: algarrobo negro (Prosopis nigra), árbol natural de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay, cuya madera es dura, densa y muy durable.  Pero más curioso aún es que esta madera no era maciza, sino que era triplay (compensada, como dicen en Uruguay). Sin embargo el sonido de las guitarras Yacopi es inigualable: potente, destacándose los bajos que son muy profundos y los agudos aterciopelados –si cabe esta expresión–.

La guitarra que adquirió mi padre a la viuda de Fleury fue utilizada inicialmente por mi madre y posteriormente mi padre me la dejó a mí. Con ella llevo más de cuarenta años y la música de Abel Fleury sigue sonando en esta parte norte de Latinoamérica en una de sus guitarras, privilegio que tengo con este instrumento que me acompaña fielmente.

Adjunto a esta nota un programa –tesoro que guardo– del concierto que Don Abel diera en el Centro Democrático de la ciudad de Minas en el año 1957 (el lector encontrará dos errores de imprenta: donde dice Corte, debe decir Coste; y donde dice Rauro, debe decir Lauro), así como también una vieja foto que Fleury dedicara a mis padres y que presidió por muchos años el estudio de guitarra de mi casa paterna.