viernes, 30 de marzo de 2012

Julia

La joven pareja hacía pocos años que se había casado pero ya no disfrutaban como al principio las mieles de los descubrimientos mutuos, de los furtivos encuentros en su propia casa antes de la comida o al terminar la siesta bendita de cada día. Se les veía contentos sí, y hasta un poco enamorados, aunque ella, dos por tres se ponía de malas porque quería salir como fuera de Lázaro Cárdenas, apartada ciudad portuaria del estado de Michoacán. No aguantaba el calor tropical y la humedad permanente. Tampoco soportaba la lejanía de cualquier manifestación cultural, en especial del ballet que tanto tiempo le dedicara. No toleraba la falta de tiendas o lugares aunque sea para distraerse un poco. Todo era calor, sudor y malos olores y en verano, además, mosquitos.
Julia había nacido en Morelia y desde que tenía memoria bailaba ballet. No recordaba una vida anterior al baile. Su maestra michoacana un buen día fue sustituida por una maestra rusa de nombre complicado que había llegado a Morelia y que, según ella, había sido parte del cuerpo de baile del Bolshoi. Los padres de Julia no sabían si la rusa era mejor que la maestra local, pero sí sabían que era rusa y eso ya era suficiente.


Julia se destacaba entre todas las niñas por su dedicación sin pausas y por su  gracia natural. Al año la rusa demostró que no solamente era rusa sino que sabía del asunto del ballet y fue sacando adelante un grupo de bailarinas. Dije bailarinas, porque bailarines no había uno. En Morelia no había hombrecitos que bailaran ballet porque eso era “cosa de mujeres…” Cuando llegaba la presentación de fin de año la rusa gestionaba el auxilio de un joven bailarín del DF para que las muchachas tuvieran pareja para bailar.
Así Julia fue progresando y parecía que daría para más, pero la rusa, todavía joven y bonita, se casó con un notario bastante feo y viejo pero con mucho dinero y se fue a vivir al DF. Así terminó la carrera dancística de Julia y con apenas 15 años dejó de ser aquella promesa del ballet michoacano.
La práctica de la danza le dejó un cuerpo muy bonito que sabía mover con gracia cuando caminaba por la ciudad colonial. No había un hombre que no la mirara embelesado, y muchos aspiraban, o mejor dicho, suspiraban por casarse con esa bella joven. Los muchachos estaban atentos para ver a qué hora salía Julia de su casa para no perderse su cadencioso andar y tener alguna oportunidad de platicar con ella.

Joven bailarina

Pero fue Augusto, un joven sin mayores méritos ni atractivos que finalmente la conquistó y logró llevarla de blanco impecable al altar de la catedral de Morelia. Los varones, indignados y algunos resignados, se preguntaban qué le habrá visto Julia a este menso que ni picheaba ni bateaba. Las muchachas contentas, en cambio, porque no se llevó a ningunos de los buenos partidos que seguían en disputa.
Augusto ni siquiera tenía dinero que explicara su éxito con Julia y no tenía ninguna profesión de provecho o prestigio, mal le ayudaba a su padre, don Augusto, en negocios pocos prósperos que con mucho esfuerzo y dedicación apenas si daban para vivir. Un ejemplo de estos pobres negocios era la huerta de guayaba cercana a Morelia que daba más trabajo que beneficio por pequeña y por ser muy pobre la tierra. Producían más dinero las huertas de plátano y papaya que tenía en Lázaro Cárdenas pero no eran fáciles de atender por estar tan lejos de Morelia y por la pésima carretera angosta y llena de curvas que había que transitar para llegar a la costa. Además, una vieja deuda que tenían un par de intermediarios con don Augusto era una pesada carga para salir adelante.
Sin embargo un buen día los intermediarios lograron pagarle la deuda a don Augusto en especie: un restaurante modesto pero bien ubicado en pleno centro de Lázaro Cárdenas. Se llamaba “La Pacanda”, nombre purépecha de una isla del Lago de Pátzcuaro, que ofrecía comida sencilla pero bien hecha. Feliz don Augusto había logrado recuperar algo de lo perdido y hacia allí mandó a su hijo recién casado para que se hiciera cargo del restaurante.
El joven Augusto llegó con Julia al puerto michoacano feliz de estar cerca del mar para satisfacer una de sus aficiones preferidas: la pesca. ¿Y el negocio?, bueno… también lo ponía contento –pero no mucho– por aquello de independizarse un poco de sus padres y hacer algo por sí mismo. A Julia medio la conformaba salir de la casa de sus suegros, alejarse de la tutela de doña Clara que sólo velaba por el bienestar de su hijo y criticaba solapada y permanentemente a la joven.
El calor de Lázaro Cárdenas hizo su parte: le quitó mucha ropa a Julia que ahora fresca se la veía mucho más guapa. Blusas y faldas muy ligeras mostraban aquel bellísimo cuerpo que empezaba a hacer estragos entre la población masculina del puerto. De postre caminaba con un zarandeo muy femenino, mirándose las piernas que llamaba la atención.
Al principio Julia se encargaba de la caja registradora y Augusto de recibir los comensales y apurar a las cocineras y meseros. Cuando Julia salía en alguna ocasión de la caja, las miradas tropicales de los hombres enseguida se posaban en su cuerpo, aunque ella –siempre muy propia– no daba lugar a nada.
Cuando había pocos clientes se iba para su casa que estaba del otro lado de la plaza principal de la ciudad y el calor bochornoso volvía a jugar su papel porque era imposible atravesar ese espacio tan grande al rayo del sol, así que su falda revoloteaba por el camino más largo pero de sombra, pasando por debajo de los techos y marquesinas de varios comercios donde siempre era acechada por los galanes del lugar.
Uno de esos comercios era un salón de billar con una cantina maloliente al fondo donde sus asiduos clientes mataban el calor y el tiempo con cervezas y carambolas. Casi siempre estaba allí “Finito” Chávez, ex jugador de fútbol de discreto pasaje por el Morelia, alto, güero y ganador con las mujeres. Cuando veía venir a Julia dejaba todo para asomarse y ver aquellas piernas torneadas por el ballet y aquellas “caderas y pechos torneados por Dios”, así decía el “Finito” que hasta místico se ponía cuando veía a Julia.


La pesca traía bien ocupado a Augusto que por la mañana se iba al atracadero municipal sobre el propio Río Balsas donde llegaban las lanchas con motor fuera de borda de los pescadores del lugar con la captura para venderla rápidamente antes de que el calor echara a perder lo obtenido. Augusto les compraba dos o tres puños de anchovetas que les sobraban a los curtidos pescadores para usarlas de carnada en la noche, momento propicio para sacar algún buen pargo en el puerto entre los barcos amarrados en el muelle.
Uno de los meseros del restaurante, Javier, le acompañaba a pescar y lo iba poniendo al tanto de las técnicas de pesca y de las distintas especies que allí se sacaban.
–Mire, señor Augusto, tiene que ponerle al anzuelo un buen calambote porque si no lo pierde.
–Un buen ¿calam…qué?
–Calambote, señor Augusto, calambote. O sea que entre el anzuelo y la línea de nylon le debe poner una línea de acero de unos 15 o 20 centímetros para que las bicudas, pargos y jureles no se la corten a dentelladas.
Augusto, pescador de agua dulce, no conocía estas especies tan luchadoras que antes de subirlas al muelle cortaban cualquier línea de nylon. Poco a poco iba aprendiendo que a las barracudas les llamaban “bicudas” o “picudas” y eran muy buenas para hacer ceviche; que el pargo con colores rosados era ideal para freírlo; que los jureles tenían poca carne pero sabrosa.
Crecía el entusiasmo de Augusto por la pesca que la practicaba después de las 9 o 10 de la noche, momento bueno para capturar las especies de buen tamaño. Además, ya tarde por la noche no había mosquitos.
¿Y Julia? Julia esperándolo hasta dormirse abanicada por el ventilador de techo que era testigo de aquel cuerpo tan apetecible pero cada día menos atendido y satisfecho.
Augusto llegaba como a las dos de la mañana y en medio de una escandalera se ponía a limpiar el pescado obtenido para guardarlo en el refrigerador y no se echara a perder con tanto calor. Después a bañarse para quitarse el olor a pescado y el sudor; cuando se acostaba ya eran como las tres y media… Julia ya estaba de un humor de perros y estas pesquerías se hacían por lo menos dos o tres veces a la semana.
–Oye Augusto, llévame a cenar a aquel restaurante tan bonito de La Orilla, ¿si?
–Es que más tarde voy a ir a pescar, ¿por qué no cenamos temprano en el nuestro que en la noche hay poca gente?
–Olvídalo Augusto, olvídalo.
Las miradas sobre Julia no cedían y las de “Finito” Chávez empezaban a ponerla nerviosa porque iban acompañadas de algún piropo afilado y nunca grosero. Piropo tirado como una carambola de tres bandas: con mucho cuidado y tanteo. “No hay mujer más bella en este puerto”, y lo decía como una reflexión para sí mismo, no directamente a ella, y el dardo penetraba despacito, despacito en el cuerpo de Julia…
El “Finito” sabía bien del efecto de ese primer piropo y unos pocos más en los siguientes días fueron demoliendo, tabique por tabique, el muro de la resistencia –inicialmente muy digna– de Julia.
“Finito” recurrió en poco tiempo a ese misticismo falso pero que rara vez la fallaba: “Buenas tardes señorita, Dios la bendiga por ser tan bonita…”
–Gracias señor…

El arte del piropo.


¡Ay, Julia…! con esa respuesta lograste que “Finito”, sin calambote ni anzuelo, pescara a la más hermosa sirena del puerto. Su estampa de atleta, su cabello rubio, pero sobretodo su tenacidad y tanta dedicación hacia la joven fueron mejor carnada que cualquier anchoveta comprada por la mañana a los lancheros.
Ahora el “Finito” tenía que preparar la oportunidad para encontrarse con Julia y a la escasez de dinero tenía que anteponer el ingenio que en él era más abundante. No tardó nada en hablar con uno de sus cuates, Alberto, que tenía lancha con motor fuera de borda y también le gustaba la pesca. Sin mayores explicaciones convenció a su amigo para que invitara al mesero Javier y éste a Augusto a pescar mar adentro y asegurarse así la cancha libre para patear un par de penales al arco de Julia…
Javier, el mesero, no lo pensó dos veces cuando recibió la invitación de Alberto con quien varias veces había salido a pescar y sabía de las nuevas posibilidades de pesca desde una embarcación. Con mucho entusiasmo invitó a su vez al señor Augusto a pescar.
–Señor Augusto, tenemos que llevar unas rapalas y verá que con ellas sacaremos un buen robalo, el pescado más rico para comer, o algún dorado o gallo…
–¿Qué es una rapala, Javier?
–Son unos pequeños peces de plástico con anzuelos triples que se van jalando detrás de la lancha y simulan peces verdaderos y el robalo al intentar alcanzarlos y se engancha de los anzuelos. ¡Oh, ya va a ver usted, señor Augusto, qué pescadote vamos a sacar… Tenemos que salir como a las once de la mañana que hay mucho sol para que las rapalas brillen y atraigan al robalo y nos llevamos algo de comer porque se puede pescar como hasta las seis de la tarde.
El entusiasmo de Augusto creció como la espuma, de la misma manera que la sospecha de Julia que tras esta pesquería estaba el “Finito”, cosa que la puso muy excitada, a tal punto que animaba esta vez a que su marido saliera a pescar.
El día amaneció despejado pero unas nubes lejanas sobre el mar no eran buena señal, porque en pleno mes de octubre, en el Pacífico, los ciclones estaban a la orden del día y cualquier vientito era suficiente para erizar el mar y poner en problemas una lancha de pequeñas dimensiones como la de Alberto. Sin embargo temprano salieron a pescar sin alejarse mucho de la costa ni de la desembocadura del Río Balsas que es a su vez la entrada al puerto de Lázaro Cárdenas.
Atrevida, audaz y sin un pelo de indecisión, pasó Julia, con su falda muy agitada por el viento, por el salón de billar y constató que el “Finito” estaba más puesto que un calcetín para seguirla hasta la casa. Atrevido, audaz y sin un pelo de indecisión, “Finito” entró a la casa de Julia por la puerta entreabierta un par de minutos después que lo hiciera ella.
El viento empezó a soplar demostrando que no iba a ser cómplice de nadie y amilanó el entusiasmo de los tres embarcados que tomaron el camino de regreso y programaron otra salida para dentro de una semana. Medio mareados por las sacudidas del mar los pescadores frustrados llegaron al muelle municipal sobre el río Balsas.
El viento, sin embargo, no había incidido para que “Finito” abriera el marcador y marcara un primer gol por encima de la barrera y demostrara su oficio de buen pateador. Julia, siempre bailando en pequeños escenarios ahora conocía uno nuevo y mucho más grande y sentía profundamente la danza por dentro sin necesidad de la música de Tchaikovsky, Stravinsky o Saint-Saëns.
El destino, empujado por el viento imprevisto del Pacífico, hacía que en ese momento Augusto entrara a su casa –ajeno a las hazañas deportivas y a la danza clásica en su propia cama– en el momento justo en que oye los gemidos y gritos de Julia que festejaba el segundo gol de chilena magistralmente ejecutado por el “Finito” Chávez.

Cédar Viglietti

miércoles, 7 de marzo de 2012

Radio Azul, una inolvidable experiencia.

A principios de 1980, cuando ya habían acabado las clases de guitarra en Ciudad Sahagún, estado de Hidalgo, logré entrar al Programa Cultural Fronterizo del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) que consistía en hacer unas interesantísimas giras de conciertos por la frontera norte de México. Una vez metido en ese programa me ofrecieron participar en un programa de capacitación para maestros de guitarra clásica de las casas de cultura de todo el país que el INBA impulsaba.
Así conocí a varios maestros que con mucha amabilidad y paciencia me recibían para darles algunos tips  y recomendaciones sobre cómo mejorar la impartición de las clases de guitarra en sus respectivos lugares. Si bien los tips y recomendaciones no valían la pena, sí eran útiles las fotocopias de partituras que llevaba y que nutrían el acervo del maestro de la casa de la cultura visitada.

Casa de la Cultura

Así fue como llegué a Cd. Lázaro Cárdenas, puerto del estado de Michoacán sobre el Pacífico, donde en la Casa de la Cultura “José Vasconcelos” me encontré con un muy joven maestro con poca experiencia en la impartición de clases de guitarra a través de la lectura de partituras. Ello provocó que el director de la casa de la cultura me ofreciera quedarme a vivir en ese puerto michoacano para dar clases formales de guitarra clásica. La fascinación por el trópico, esa naturaleza desatada y fecunda, la cercanía del mar tan distante desde el centro de México y un sueldo fijo que es tan difícil de percibir cuando se vive de clases particulares y conciertos me llevaron a aceptar esa empresa en un lugar muy lejano de la capital mexicana, que en aquellos años demandaba más de 12 horas en auto por carreteras sinuosas e interminables.
Con tres hijos muy pequeños me mudé a la costa de Michoacán donde el calor era tan intenso que hacía dudar la permanencia allí. Se debe sumar a ello lo precario de los servicios como el agua; la luz; la falta de atención médica especializada en niños; carencia casi permanente de objetos de consumo básico; ausencia casi total de bibliotecas, librerías; escasísimas actividades culturales y un interminable etcétera más.
Sin embargo muchas cosas positivas ofrecía este lugar a cambio de tantos inconvenientes: la vida provinciana tan distinta al ajetreo del Distrito Federal y los municipios del Estado de México conurbados con más de 14 millones de habitantes en esa época; el contacto con un México mucho más profundo a través de la gente del lugar; la intensa vida en contacto con la naturaleza; un mar siempre tibio en cualquier época del año; la ausencia de señales de televisión (sí señor, aunque usted no lo crea, los televisores no eran más que un mueble con una carpetita para poner un florero o alguna maceta…); la pesca en el Océano Pacífico, uno de mis hobbies favoritos que merecerá un artículo aparte; el conocimiento de un mundo tropical desconocido y fascinante para un uruguayo cuyo país en nada se parece a este lugar.
Es interesante comentar que mucha gente venía a vivir a Lázaro Cárdenas desde lugares lejanos como el centro del país y de miles de kilómetros al norte por su experiencia en empresas siderúrgicas que se localizan en los estados de Nuevo León y Coahuila, dado que en este puerto michoacano se localiza una de las mayores siderúrgicas de México: Lázaro Cárdenas-Las Truchas (SICARTSA).
Al poco tiempo de llegar di un concierto de guitarra en la Casa de la Cultura donde asistió mucha gente dado lo poco que había qué hacer en ese puerto del Pacífico. Recuerdo que el calor era tan intenso que había que tocar con micrófono para competir con el ruido de los ventiladores a toda marcha. Usted amigo lector, que no toca la guitarra, quizá no sepa que para tocar con agilidad y precisión es necesario tener los dedos calientes y secos, y que los nervios generalmente atacan al guitarrista enfriándoselos y humedeciéndoselos. Pues ese día, con 35° de temperatura no faltó a la cita el frío en las manos… Del sudor ni le hablo.
Como se me ha hecho costumbre siempre explico en los conciertos las obras que toco y comento algo de sus autores para que el público tenga referencias de lo que escucha, y en esa oportunidad estaba entre el público el director de XELAC Radio Azul, el licenciado Nelson Galán quien siguió con mucha atención la música y mis palabras. Al terminar vino a platicar conmigo y me ofreció hacer un programa de música clásica en la estación que dirigía “pero entre disco y disco dar las explicaciones como hiciste en este concierto…”


Encantado acepté pese a no tener experiencia radiofónica. Y así comencé una aventura maravillosa de comunicación a través de la música en una estación de radio estatal que dependía de otra empresa estatal: Promotora Radiofónica del Balsas, que con escasos recursos para la estación, autorizaba a vender publicidad y complementar así sus ingresos. Nelson Galán me recomendó hacer el programa diariamente de 15 a 16 horas (hora de la siesta sagrada en los lugares tropicales) para acompañar a quienes descansan antes de seguir con el trabajo diario después de las 17 horas cuando el sol volvía a ser soportable.
Allí aprendí la importancia de tener prácticamente cautivo al auditorio, porque además de esta radio existía otra (Radio Horizonte) con programación y locutores dedicados exclusivamente a la difusión de valores comerciales sin proponer algo más que la música y comentarios ramplones del momento.
Además de casi no tener competencia, Radio Azul transmitía con cinco mil watts de potencia (bueno… aceptemos que eran como tres mil porque si le subían a cinco mil se prendía fuego la planta que estaba en la población vecina de Las Guacamayas), frente a la “otra” que apenas pasaba los 500 watts. Por eso era cierto el slogan de nuestro locutor estrella, Fernando Montaño, que proclamaba que… “¡Radio Azul transmite más allá del Horizonte!”


Con certeza nunca supe si mi programa de música clásica “prendía” en la gente, pero la realidad es que no había mucho para elegir y al director de la radio le gustaba, así que el proyecto se iba imponiendo. Sinceramente creo que la llamada “música clásica” ayudaba mucho a conciliar el sueño de esas siestas tan instauradas en los lugares tropicales y ayudaba a dormir más relajado.
El desmedido entusiasmo de Nelson Galán hizo que me ofreciera hacer otro programa de música latinoamericana muy en boga en aquellos años. Así nació “La Nueva Canción” donde desfilaron Silvio Rodriguez, Amparo Ochoa, Víctor Jara, Alfredo Zitarrosa, Chico Buarque y muchos cantantes latinoamericanos más.
La cosa no paró allí sino que al tiempito Nelson me ofreció la programación musical de la radiodifusora y colaborar con un niño que le decían “Kalimán”, que con escasos 10 o 12 años conducía con muchísimo talento y desenvoltura un programa infantil llamado “El Carrusel”. De esta forma se incorporó el viejo y gruñón “Pepe Pelícano” que le llevaba la contra en todo a “Tito Zorro”, personaje que el niño improvisaba con total desparpajo. Muchos niños, al no ser distraídos por la televisión, seguían con entusiasmo el programa y al salir de la escuela se daban una vuelta por la estación de radio para conocer a Tito Zorro y Pepe Pelícano, situación que me inhibía mucho al enfrentar el micrófono poniendo una voz de viejo y rezongón con público infantil delante.
Recuerdo que la coordinación de las escuelas primarias de la zona organizó una vez un desfile de primavera para alegrar a aquel pueblo tan olvidado. Todo estaba muy bien, pero a las maestras se les ocurrió invitar a Tito Zorro y a Pepe Pelícano que fueran en un carro alegórico de Radio Azul. No sabía cómo salir del paso para no desairar a las organizadoras que no entendían que no tendría la menor gracia ver a un tipo y a un chamaco sentados en un carro que acabarían con la magia que la radio lograba crear en la imaginación de miles de niños.
Después de haber visto cómo hacían las piñatas los artesanos mexicanos con cartón, papel, pegamento y pintura, logré hacer dos grandes caretas de zorro y pelícano que cualquier niño podía ponerse metiendo la cabeza completamente adentro. Así, el niño-locutor y uno de mis sobrinos se montaron en el carro alegórico y con las enormes máscaras de los personajes de la radio desfilaron por las calles de la ciudad saludando a una buena cantidad de seguidores de “El Carrusel”.
Cuando faltaba poco para que se celebrara el Día de las Madres, fecha de gran importancia en México, empezaban a llegar decenas de cartas de emigrantes mexicanos que trabajaban en Estados Unidos solicitando una canción para saludar a sus progenitoras que generalmente vivían en lugares inaccesibles de la sierra de Michoacán y Guerrero pero donde llegaba nuestra radio. En cada carta venía un billete de un dólar envuelto en una humilde hojita de cuaderno donde rogaban al “Sr. Locutor” que le dedicara “Las mañanitas a mi madre que vive en el paraje…” o –en algunos casos– “El rebozo de mi madre”, melancólica canción guerrerense muy escuchada entonces.
Solo mi amigo José Luz, originario de esa zona y conductor del programa “Rancho alegre”, era capaz de leer aquellas notitas tan conmovedoras y valiosas de los “mojados” a sus madres. Estaban escritas con tanta dificultad, desde el punto de vista de su redacción y ortografía, que suponía un verdadero reto leerlas al aire. Los 10 de mayo extendíamos dos horas más el programa de José Luz para no dejar ni una cartita sin leer.
Mucho aprendí en XELAC, Radio Azul, de esa magia de la comunicación radiofónica que tiene reglas y códigos pocas veces escritos pero que deben respetarse so pena de que el oyente realice ese acto tan simple de cambiar de estación. Fernando Montaño, experimentado locutor de emisoras comerciales, me enseñó muchísimo con su profesionalismo ejemplar. José Luz hizo que comprendiera el gusto musical de los campesinos michoacanos y guerrerenses. Con Jaime López aprendí cómo se maneja el auditorio joven a través de la cátedra que daba sobre la música de rock. Conchita Velázquez, quizá con una voz un poco aguda, ponía la distinción y seriedad en el micrófono. Nelson Galán, el director de la radio, lograba el trabajo en equipo y el compromiso permanente con los oyentes de la región en pos de una emisora atractiva con dignidad y calidad.
Quiero cerrar este artículo con una reflexión sobre la enorme responsabilidad que se asume al frente de un micrófono en una radioemisora tan particular como fue Radio Azul en el comienzo de la década de los 80´s. Piénsese que era un lugar con dos emisoras de AM, sin televisión, casi sin teléfonos, no existían los celulares ni el internet, y con una sierra junto al mar que no hacía fácil los traslados de tanta gente que vivía en rancherías de difícil acceso, con una temporada de lluvias copiosísimas que complicaba aún más el tránsito por veredas de barro rojo que atravesaban una selva baja pero muy tupida. En esas condiciones la radioemisora era muchas cosas: la fiel compañía; el entretenimiento; la única posibilidad de informarse (por cierto retransmitíamos, a través del teléfono, los excelentes noticieros de Radio Educación de la Ciudad de México); casi la única ventana al mundo exterior; la guía cuando algún huracán se acercaba a las costas de Michoacán; la posibilidad de evaluar los daños de los temblores (terremotos) tan frecuentes en ese lugar; en fin, usted puede imaginar el significado de esta extraordinaria estación de radio y entender ese momento tan conmovedor cuando una joven mujer –de muy humilde vestido y muestras en sus zapatos de caminos lodosos para llegar hasta la ciudad, pero perfectamente presentada con impecable peinado– nos traía un viejo disco de 33 r.p.m. de María Dolores Pradera para compartir con los oyentes…


A la izquierda el Lic. Nelson Galán, a la derecha Fernando Montaño y al centro el autor del artículo (1982)

sábado, 11 de febrero de 2012

Una obra del último recital de guitarra de mi padre Cédar Viglietti Viscaints


Luego de haber podido armar un audio con música uruguaya interpretada por Cédar Viglietti Viscaints (me llevó muchísimo tiempo vencer mi torpeza informática y necesité de la ayuda decisiva de un joven alumno…) hoy presento esta grabación, no profesional aunque realizada con mucha dignidad, del último concierto de mi padre realizado el 2 de julio de 1974 en la Sala Millington Drake de la ciudad de Montevideo. Este concierto fue organizado por el Centro Guitarrístico del Uruguay “Conrado P. Koch”.
En esta oportunidad mi padre interpreta “Triste”, recopilado por Luis Alba en 1886, y da una extensa explicación sobre el origen de esta expresión musical auténticamente uruguaya.

lunes, 30 de enero de 2012

REDESCUBRIENDO A MI PADRE

La lectura del libro “Los pioneros de la naturaleza uruguaya” del médico, investigador en trasplantes y medicina regeneradora, destacado pintor y escritor uruguayo radicado en Canadá, Daniel Skuk, me produjo una gran emoción por revivir a un notable personaje de las ciencias naturales de Uruguay, muy querido por mi familia: el Prof. Francisco “Pancho” Oliveras. Este verdadero Quijote de la naturaleza que recorrió a lo largo y ancho el país con un nutrido grupo de profesores, estudiantes, maestros, botánicos y zoólogos reunió una de las más importantes colecciones de arqueología, paleontología, geología y zoología, las que a partir de su donación al estado uruguayo constituyeron la base para la creación del Museo Nacional de Antropología.

Mi padre, Cédar Viglietti Viscaints, compartió con este magnífico docente de generaciones de investigadores y maestros uruguayos, aquellos inolvidables campamentos del “Centro de Estudios de Ciencias Naturales” que siempre fueron motivos de gratísimos recuerdos y un sinfín de anécdotas en el seno familiar.

Recuerdo a Pancho bonachón, siempre alegre, alto, de bombachas gauchas (pantalón muy ancho pero ajustado en el tobillo que facilita montar a caballo y las tareas propias del campo), de alpargatas de yute y boina vasca. Cuando entraba a mi casa a charlar con el viejo se le veía inquieto porque había abandonado por un momento a la gente del “Centro” en algún campamento cerca de Minas y trataba de ser breve en su visita.


Con mucha dificultad –por ser muy chico– recuerdo algún campamento al que fuimos en familia. Tal es el caso de La Charqueada, puerto fluvial sobre el Cebollatí en el departamento de Treinta y Tres, donde nos sacaron esa foto a mi hermana y a mí fascinados con el pequeño carpincho abandonado que pasó a ser adoptado por el conjunto de campamentistas. Pero sí recuerdo claramente haber ido varias veces al Arequita, ese cerro que es un ícono de la Ciudad de Minas en Uruguay, a acompañar a mi padre que iba a tocar la guitarra “a campo abierto” ante todos los integrantes del “Centro”, como se aprecia en la foto del precioso libro de Daniel Skuk y que ha estado desde siempre ilustrando este blog.


Resulta muy interesante saber que al influjo de Pancho Oliveras y su incansable labor por difundir las ciencias naturales y la protección del medio ambiente en Uruguay, el “Centro de Estudios de Ciencias Naturales” hizo pública en 1945 una declaración en la prensa de Montevideo donde advertía sobre evitar la destrucción de grutas o cerros –“monumentos de la naturaleza”– que “significa hacer desaparecer para siempre un libro que, leído con habilidad por el hombre le revela un detalle del secreto, más viejo que la humanidad, pero secreto todavía, como lo es el del origen del mundo…”

Con este lenguaje, quizás ingenuo pero sensible, un pequeño grupo de uruguayos se adelantaba a su época en la defensa de la ecología como bien lo señala el Dr. Skuk en su libro. Personalidades de diversos ámbitos se adherían a esta declaración como Fernando Della Santa (secretario general del Ateneo de Montevideo), el doctor Washington Buño (decano de la Facultad de medicina), los escritores Carlos Sabat Ercasty, Emilio Oribe, Francisco Espínola, el escultor Ramón Bauzá, el notable músico Eduardo Fabini, el musicólogo Lauro Ayestarán, los arqueólogos Rodolfo Maruca Sosa y Antonio Taddei, “el coronel –guitarrista y narrador– Cédar Viglietti”, el geógrafo Jorge Chebataroff, el zoólogo Raúl Vaz Ferreira, el médico y escritor Isidro Más de Ayala y varios personajes más.

Debo confesar que me entero hoy, a través del libro del Dr. Skuk, de estas actividades donde mi padre participaba y que hoy me llenan de legítimo orgullo. De  la misma manera sé ahora que artículos escritos por mi padre sobre el “Centro de Estudios de Ciencias Naturales” fueron publicados en el diario La Tribuna Popular entre los años 1949 y 1953.
Páginas más adelante, el Dr. Skuk hace una referencia muy conmovedora para quien escribe estas líneas en el capítulo “Los conciertos de Viglietti” narrándonos un momento de la noche en el campamento de la “Quebrada de los Cuervos” en el departamento de Treinta y Tres. Permítaseme tomar en forma textual dos párrafos de este capítulo para dejar intacta la sensibilidad del autor del libro “Los pioneros de la naturaleza uruguaya”:
“Pero esa primera noche de campamento, tras dar cuenta de la cena, el personaje fue Cédar Viglietti. Y es que el coronel no tuvo más remedio que ceder al pedido de sus compañeros, a quienes el viaje y la jornada de actividades en la ciudad de Treinta y Tres no parecían haber rendido. O, si rendidos, no lo suficiente para perderse la oportunidad de un concierto de aquel que, como Mario Pariente Amaro, solía jerarquizar con su guitarra los fogones del campamento.
Todo se preparó en forma sencilla pero casi religiosa: los faroles fueron apagados y alguien sugirió sabiamente prohibir los aplausos; nada debía quebrar la magia virgen del entorno. Y así se sucedieron… estilos, vidalas, tristes y aires camperos, en el silencio absoluto de la medianoche, apenas a la luz de la luna llena y los rescoldos del fogón. Sólo los nítidos timbres de la guitarra osaron impregnar las sombras escondidas en la vegetación nocturna. Todo es posible en el hechizo de la noche, y un escalofrío conmovió a aquel que pudo imaginar cómo los dedos de Viglietti, en esos momentos, pulsaban las cuerdas etéreas de la propia quebrada.”


    Viglietti en la guitarra y a su izquierda Pancho Oliveras. Fotografía publicada en el libro “Los pioneros de la naturaleza uruguaya”.

viernes, 20 de enero de 2012

De cacería con mi padre

No tengo dudas que lo que se hereda no se roba, pero también he aprendido que todo cambia como dice la hermosa canción del chileno Julio Numhauser. Y a pesar de haber sido cazador mi abuelo Jacinto Viglietti, cazador mi padre y cazador yo mismo, hoy me he transformado en un ornitófilo que admira y respeta a las aves. Sin embargo durante los finales de la década de los 50´s y toda la de los 60´s desarrollé junto a mi padre una intensa actividad de caza de perdices, martinetas, patos y liebres que en aquella época me fascinaba.
Inicialmente teníamos una perra mezcla de Setter de nombre “Pinta” que pese a no ser de raza pura medio servía para cazar perdices por los campos del Departamento de Lavalleja en Uruguay. Poseedora de un discreto olfato sustituía esta carencia con un intenso entrenamiento en campos cercanos a la ciudad de Minas que afortunadamente los teníamos a la mano.
No recuerdo de qué manera mi padre se vinculó con un señor de curioso nombre, Siul Samot Stratta, que era presidente del Pointer Club Uruguayo, una institución con mínima organización pero que criaba a los mejores perros del mundo para olfatear a las perdices y martinetas. Tiempo más tarde nos enteramos que los nombres Siul Samot provenían de Luis y Tomás invirtiendo el orden de las letras. Este amigo Siul vio el trabajo que había hecho mi padre con la perra “Pinta” y nos prometió que nos regalaría una cachorra Pointer con la condición que la entrenáramos y no permitiéramos que se cruzara con algún perro sin su autorización.


Así apareció Sporting Select Gacela, una cachorrita Pointer con pretencioso nombre que abreviamos en “Gala” y que comenzamos a educarla en la caza de la perdiz chica. Para ilustrar al lector debo aportar algunos datos sobre esta ave sudamericana cuyo nombre científico es Nothura Maculosa y que en lengua guaraní se llama inambú. Es un ave mediana, regordeta, de cuello largo, excelente caminadora. Su vuelo lo realiza excepcionalmente cuando se siente acorralada, y se trata de un aleteo veloz y ruidoso porque tiene que vencer con sus cortas alas la gravedad de su pesado cuerpo.
Este vuelo tan característico asusta a cualquier caminante desprevenido que se sorprende del ruido que produce. La gente de campo no es sorprendida porque instantes antes de volar da unos cortos silbidos que anticipan el escándalo del batir de alas. Vuelo corto (entre 80 y 120 metros), generalmente recto y a baja altura que intenta prolongar con planeos bamboleantes y torpes.


Habita pastizales en campos abiertos naturales o cultivados de casi todo el país, desde los alrededores de Montevideo hasta el extremo norte. Come granos y otros vegetales (hojas tiernas, brotes); también insectos adultos, crisálidas y orugas. Por su régimen alimenticio, que incluye semillas de un gran número de malezas e insectos dañinos, debe considerársele como un ave muy beneficiosa.
Nidifica en la primavera austral desde septiembre a mayo –lapso en el que hace varias posturas– en el suelo, junto al pie de alguna mata. Oculta tan bien su nido que resulta muy difícil descubrirlo. Pone de 4 a 8 huevos brillantes de color chocolate oscuro uniforme.


La cacería de la perdiz consiste en que el perro busque e identifique su olor, “marque” su presencia (adopta una postura rígida de gran atención y cautela) y provoque su vuelo que es aprovechado por el cazador para tirar con su escopeta y derribarla. Inmediatamente el perro deberá recogerla muerta y traerla en su boca, sin morderla, hasta las manos del cazador.
Para comenzar el entrenamiento de “Gala” mi padre rellenó una vieja calceta con muchas plumas de perdiz que se transformó en el juguete permanente de la perrita. Después de los 6 meses comenzamos a sacarla al campo a jugar con la pelota de plumas que se la escondíamos y ella rápidamente hallaba. Poco a poco le quitamos la calceta de plumas y ella buscaba el olor de la perdiz en el aire. Le reprimíamos cualquier persecución a otra ave que no fuera perdiz.
Luego venía un ejercicio bastante duro y cansado para quien escribe estas líneas porque había que enseñarle a “batir” el campo en zigzag para encontrar el olor (siempre con el viento de frente) y mi padre aprovechaba mis energías de los 9 o 10 años atándome el extremo de una cuerda de 25 metros a la cintura y el otro extremo al collar de la perra. Yo debía tirar de la cuerda cada vez que “Gala” completara su extensión por la izquierda para llevarla ahora a la derecha y al completarse este lado volver a jalar para llevarla al otro y no permitirle alejarse del cazador.
Se escribe sencillo, pero luego de estos ejercicios con una perra totalmente excitada y fuerte yo quedaba para el “arrastre” (muerto) como se dice en el argot taurino. Mi padre… caminaba tranquilo y daba instrucciones, eso sí.
Ahora había que salir con la escopeta porque la perra demostraba su poderoso olfato y encontraba perdices y las hacía volar. Debíamos derribarlas para que “Gala” no se frustrara en correrlas, conmigo de arrastro, claro. Temíamos que con los primeros tiros la perra se asustara pero era tan grande su excitación que no se espantaba con las explosiones.
De pronto la perra se detenía bruscamente y medio agachada se paralizaba “marcando” la presencia de una perdiz. Había que acariciarla premiando esa actitud y luego de unos pocos pasos detrás de la perdiz, invisible entre los pastos, sentíamos el silbido que anticipaba el vuelo y yo debía tirarme al suelo para facilitar que mi padre efectuara el disparo de su escopeta belga calibre 20 y no me diera a mí.
Si el tiro era bueno y caía la perdiz la perra se serenaba al encontrarla, pero si se fallaba intentaba correr tras ella y ¿quién creen ustedes que la detenía a costa de jalones que quemaban las manos y doblaban la cintura? ¡Adivinaron! El que escribe… Por fin llegó el momento de sacarla al campo sin la cuerda esperando que obedeciera cada vez que se le gritaba. Pero “Gala” demostró tener una personalidad muy independiente y la obediencia no era lo suyo, así que sobraron muchas oportunidades en que salía corriendo y no hacía caso a nada hasta las cansadas (mías) en que lograba alcanzarla y traerla atada de la correa.

Liebre uruguaya de origen europeo.

¡Ay mamita si se encontraba con una liebre! Comenzaba a correrla sin ninguna posibilidad de alcanzarla y desaparecía en el horizonte. ¿Quién creen que la iba a buscar a 25,000 kilómetros de distancia en aquel mar de pastos? ¡Volvieron a adivinar! Cuando lograba traerla con la lengua afuera (la mía) me encontraba con mi viejo sentado a la sombra de algún arbolito comiendo tangerinas que me decía:
–Bueno… ¿seguimos?
Yo ya no tenía aliento para contestar pero diga usted que la juventud de entonces hacía milagros.
El viejo era un tirador discreto que de 10 tiros pegaba 6 o 7, así que yo debía correr tras la perra 3-4 veces cada diez tiros para reprenderla por no obedecer el grito de detenerse y para que dejara de correr tras el vuelo de la perdiz. Pero con el tiempo empezó a obedecer (a esa altura yo ya era un corredor consumado) y ¡por fin! a los 9 años Papá me dio una escopeta belga también, calibre 28 (calibre muy pequeño) que obligaba a tirar inmediatamente que la perdiz emprendiera el vuelo para evitar que se alejara y el tiro ya no le hiciera nada. Creo que ese calibre tan pequeño desarrolló mi puntería porque tiempo después mi padre se compró una escopeta Beretta calibre 16 y me pasó la calibre 20 y yo ya lograba acertar 9 de 10 tiros.
Recuerdo cuando íbamos cerca del Río Cebollatí a cazar martinetas, especie de perdiz pero mucho más grande y pesada que vive en los pajonales de zonas muy húmedas. No es sencillo cazar en estos lugares porque la martineta se mete donde hay paja brava (esa especie de zacate ornamental en México con filos cortantes) y la perra se tajeaba todo el hocico de tal manera que teníamos que detenerla un momento para pasarle un trapo con agua oxigenada y parar la hemorragia. Era verdaderamente difícil tenerla quieta ante su excitación por buscar las emanaciones de estas aves.

Martineta

De pronto la perra se detenía petrificada y a unos pocos metros más adelante levantaba pesadamente vuelo una gorda martineta que era un blanco más fácil que una perdiz de vuelo mucho más rápido. Al matarla se complicaba para nosotros y la propia perra encontrar la pieza porque la paja brava era más alta que cualquier hombre y ocultaba el lugar donde caía esta ave tan preciada.
La calidad de la perra “Gala” era tal que Siul Stratta nos invitó a participar en un concurso sudamericano de caza donde participaban perros Pointer de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Nuestra perra ganó el primer premio en una maravillosa demostración que incluyó –accidentalmente– una estampida de ganado Hereford que al pasar a su lado mientras marcaba una perdiz, ni la inmutó y continuó su labor de caza. De postre, entre la primera y segunda perdiz (de las tres que se le otorga para calificarla) se le atraviesa una liebre corriendo y con mi padre vimos todo perdido porque la perra saldría como tiro corriendo tras ella y se acabarían allí todas sus posibilidades de obtener un buen puntaje. Ese día fue la única vez en su vida que “Gala” hizo caso al grito del viejo que la paró en seco y con ellos sumó muchos puntos por obediencia. La revista Diana (de caza, tiro, canofilia y pesca) de Argentina la sacó en una sus portadas como ejemplo de perro de caza. Dicho sea de paso de mí no hicieron ninguna mención, ni me sacaron fotos…


Es momento oportuno para recordar a un minuano amigo de mi padre, Samuel “El Vasco” Rodríguez –a la sazón gerente de la sucursal del Banco Comercial en Minas– que, además de finísima persona era un magnífico tirador. Con su escopeta Remington calibre 20 (cuando todos los tiradores usaban calibres mayores, 16 y 12, obteniendo mayores oportunidades de acierto) participó de ese concurso sudamericano haciendo gala de su extraordinaria puntería y asegurando que cada tiro fuera una perdiz derribada y evitar así que los perros concursantes corrieran tras la presa que escapaba.
¡Híjole, manito! Después de escribir sobre perdices se me despertó el apetito y las ganas de comerme una perdiz en escabeche, situación imposible en México porque no existe esta ave, pero se la puede sustituir por una codorniz que es igualmente sabrosa y se consigue en los mercados. Les comparto una receta uruguaya de Perdices al Escabeche que si usted se anima a prepararla le encantará:


Ingredientes para 4 personas:
4 perdices o 4 codornices que en México y seguramente en muchos países se consiguen.
2 cebollas grandes
4 zanahorias
8 dientes de ajo
8 champiñones
20 granos de pimienta negra
4 hojas de laurel
2 chiles serranos (en el caso de México)
Sal al gusto
1 taza de aceite de oliva.
1 taza de vinagre de manzana o de vino blanco.
1 taza de agua.
Preparación:
Lavar bien las perdices y secarlas, freírlas una a una en el aceite de oliva, hasta que queden doradas, salarlas.
Cortar las cebollas, las zanahorias, los chiles y el ajo en rodajas finas.
Aprovechar el aceite de oliva y colocar en camadas, de la siguiente forma:
1º - Cebolla.
2º - Laurel, ajo y champiñones.
3º - 2 perdices.
4º - Zanahoria y pimienta en grano.
5º - ½ taza de vinagre.
6º - Repetir una segunda camada.
Colocar en fuego lento y tapar la olla, pasados 7 u 8 minutos, poner el agua.
Cuando la zanahoria esté cocida, está lista la receta.
Dejar enfriar y guardar en el refrigerador en un recipiente hermético. Ya tiene usted una magnífica cena fría y ligera.
 
¡Buen provecho!

viernes, 6 de enero de 2012

DIA DE REYES

Diciembre y enero en Uruguay eran meses hermosísimos para mis cuatro años de vida: llegaba el verano con ese calor tan lindo que nos sacaba ropas gruesas a cambio de un cómodo short y una remera (camiseta) de manga corta; mucha luz para jugar afuera de la casa hasta casi las nueve de la noche que apenas oscurecía; ir a bañarse al arroyo Campanero o al río Santa Lucía; la Navidad; el Año Nuevo y… la noche de Reyes Magos.
Por cierto, Papa Noel (Santa Claus, en México) no pintaba como hoy. Era un gordito barrigón y de barba blanca más cercano a los avisos gringos de la Coca Cola que a los niños uruguayos.
¡Cuántas emociones juntas para tan pocos años! Me hago cargo que lo vivía así porque era un niño de clase media con posibilidades de tener unas cenas muy lindas –aunque sin lujos– de Noche Buena y Fin de Año, y recibir los ansiados juguetes el 6 de enero…  Digo esto porque en mi viejo barrio Las Delicias de la ciudad de Minas, lamentablemente no todos los niños tenían acceso a lo que yo tuve.
Eran años de una vida sencilla –hablo con precisión del año 1955– donde los niños de 3, 4 o 5 años jugábamos con pequeños autitos de latón o madera (el plástico aún no era usado), algún rompecabezas también de madera, juegos de mesa, alguna escopeta que disparaba un corcho o una espada de madera que nos hacía imaginar aventuras que habíamos visto en algún libro de cuentos con coloridas ilustraciones. En mi caso, nunca faltó una guitarrita. La televisión no existía y al cine todavía no íbamos.




Sí teníamos una gran capacidad de asombro ante cualquier novedad, en aquella época tan simple y hermosa a la vez. El mero paso de un auto nos llamaba la atención porque en aquellos años casi no circulaban vehículos en Minas. Los ómnibus de la ONDA (Organización Nacional De Autobuses) que pasaban un par de veces al día hacia Melo, Treinta y Tres o Lascano eran toda una atracción por sus escandalosos motores que rugían al subir el cerro del barrio Las Delicias.
Un atractivo aparte –muy especial para mí– era el guinche (grúa) del señor Matheus que me parecía poderosísimo y mágico por cómo podía arrastrar cualquier auto con absoluta facilidad. Si estaba dentro de la casa o en el fondo, mi mamá o mi hermana Graciela, me gritaban que pasaba el guinche de Matheus y yo dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo para correr hasta el porche para ver aquella máquina prodigiosa.




Como todo niño nos portábamos más o menos, peleábamos mucho con mi hermana Graciela, dábamos guerra a la hora de la siesta obligatoria del verano, en fin… pero siempre hacíamos buena letra cuando se acercaba el día de Reyes, que en los calendarios uruguayos de entonces decía “Día de los Niños”. Permítaseme comentar que la fuerte influencia de los gobiernos batllistas (término acuñado por la enorme personalidad del político José Batlle y Ordóñez) que eran totalmente alejados de cualquier religión, inducían a poner en los calendarios en el día 25 de diciembre “Día de la Familia” y nada de Navidad, así como el 6 de enero “Día de los Niños” y no Día de Reyes...

Esa noche del 5 de enero de 1955 pusimos los zapatos con mi hermana en el arbolito de Navidad con la esperanza que los Reyes tuvieran poca memoria, fueran generosos y nos dejaran algún juguete. Con mucha emoción cortamos un poco de pasto y pusimos un recipiente con agua para los camellos (allá en Uruguay no andan a caballo ni en elefante… los tres en camellos), y nos acostamos con los nervios de punta.

Al otro día nos despertamos tempranísimo y corrimos hacia el arbolito de Navidad. ¡En mis zapatos había un auto rojo a pedal! ¡No lo podía creer! Era maravilloso, brillaba su gruesa lámina roja, tenía un volante plateado y era enorme… bueno, así lo veía yo. Mis padres me preguntaban qué me parecía, pero yo no podía hablar de la emoción. Los que hablaban eran mis ojos agrandados por el asombro. Lo acariciaba para medir en toda su extensión ese enorme regalo. No me animaba a sentarme en el asiento de madera pero tocaba las ruedas de metal con un acabado de hule que me parecían ruedas de verdad.




No se podía tener un mejor regalo. Mi padre lo levantó para llevarlo a la vereda (acera) pero yo no quería que lo levantara sino que fuera rodando porque era un auto, no un juguete. Finalmente me senté para empezar a pedalear cuando mi padre me dice una frase que la recuerdo aún con emoción:

–En realidad, los Reyes dejaron el auto en el taller de Matheus y él lo trajo anoche en su guinche.

Me bajé inmediatamente del autito para pararme bien y soportar mejor semejante noticia que no sabía si no era más importante que el propio regalo.
–¿Lo trajo el guinche de Matheus? – balbuceé mientras me temblaban las piernas de sólo pensar que mi autito haya subido por la Av. Varela enganchado a aquella grúa prodigiosa.

–Sí, sí. Lo desenganchó aquí y lo entramos con tu madre…

Era demasiado. Ya no podía dar pedal porque mi imaginación le ganaba a mis piernas. Estaba paralizado tratando de concebir aquella maravilla y miré hacia el kiosco policial por donde llega la Av. Varela y vi, con toda claridad y detalle, al guinche de Matheus trayéndome aquel autazo rojo brillante enganchado a la más poderosa grúa de mi pueblo.

sábado, 31 de diciembre de 2011

¡FELIZ AÑO 2012!

Estimados lectores:
tuve la fortuna de que la magnífica guitarrista Berta Rojas me distinguiera con este saludo de Año Nuevo que comparto con ustedes. Se trata de "Las abejas", obra que compusiera Agustín Barrios en Tepeapulco, estado de Hidalgo, México y que Berta interpreta de manera magistral junto al cubano Paquito D' Rivera en un exquisito arreglo. Así, cualquier año empieza bien... ¡Felicidades!

http://www.youtube.com/watch?v=aVsM250p8_U

viernes, 23 de diciembre de 2011

Una Navidad

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.

En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás. En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso.

Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

Decile a... susurró el niño

Decile a alguien, que yo estoy aquí.

Eduardo Galeano

sábado, 3 de diciembre de 2011

Mi tía, la soltera

¡Ay, qué calores pasaba mi tía! La pobre ya había llegado a los cuarenta y nada de nada. Se ahogaba en las noches de verano y yo la oía revolcarse en la cama con una inquietud que ni los tés de tilo ni los asientos de malva lograban apaciguar. Y no era fea, un poco gorda sí, pero atractiva, de bonita cara. Cuando yo era chico ella me contaba de amores que había tenido con algunos galanes desconocidos pero ahora me doy cuenta que eran mentiras, o más bien fantasías para darse manija e intentar mantener al alza su precaria autoestima.
            ¿Por qué se quedó soltera? ¡Quién sabe! Yo me acuerdo que tuvo un novio que venía a visitarla con un traje que de muy viejo se veía todo flojito, sin forma y con una camisa sin ballenitas que los cuellos se daban vuelta hacia arriba. Muy tímidamente tocaba el timbre y en un susurro el pobre preguntaba por la tía. Mi abuelo le recibía con una adustez digna de mejor causa: “Un momento joven” y le cerraba la puerta como para no facilitar las cosas. Y cuando salía mi tía toda perfumada creo que el galán ya no sabía qué hacer o decir. Se sentaban en un banco de la plaza de que estaba frente a casa y allí pasaban los minutos sin hablarse casi. Mientras mi abuela repasaba cuidadosamente la escena desde las persianas de la ventana del living. Esa relación no pasó de ahí.
            Mi hermana que vichaba por una rendija de la pared de tablas que separaba el dormitorio nuestro con el de la tía, me decía: “Ay, otra vez a la tía le pica todo el cuerpo”. Como era chica yo le seguía la corriente y le comentaba los problemas que da ser alérgica y discretamente volvía poner la foto de Peñarol sobre la rendija y cambiaba de tema. Pero yo sabía que por las noches la tía se consumía sin remedio en una cama de brasas.
            No se me olvidarán jamás las vacaciones de julio de ese año y no precisamente porque me fui a examen en francés, sino porque fui testigo de algo increíble. Todo empezó cuando encontraron a una muchacha muerta cerca del Paso del Amor (romántico nombre de un camino de tierra que cruza una cañada medio sucia y maloliente). Estaba sin seña alguna de violencia. Pálida, –ya sé que todos los muertos son pálidos– pero increíblemente pálida, y depositada con mucho cuidado en el pasto, y digo depositada porque no fue arrojada: fue puesta con mucho cuidado en el suelo. Los vecinos dijeron que seguramente se había envenenado, pero el Dr. Fernández, médico con mucha experiencia y ojo clínico, dijo que eso no era envenenamiento y le comentó a mi padre que la muchacha tenía dos agujeritos en el cuello como si le hubieran clavado dos veces un catéter para hacerle una transfusión. Mi padre le preguntó al doctor en medio de risas si no sería un vampiro. Pues esa misma pregunta se hizo todo el pueblo de Minas y nadie se reía.
            Un periodista del diario La Unión se enteró de los agujeritos y tituló “¿Vampiros en Minas?” pero la quietud tan típica del pueblo no se alteró demasiado. El resto del país ni se dio por enterado de lo que medio inquietaba a los serranos. Sin embargo fueron pasando los días y ante la presión de la familia de la muchacha ya no se hizo más averiguación y le dieron cristiana sepultura. Los viejos decían “... ya van a ver cuando aparezca otro cadáver vacío de sangre, ahí sí se van a preocupar y harán averiguaciones...” Pero nunca apareció nada más y el frío de julio congeló los miedos y las teorías de vampiros.
            El primer día de esas vacaciones acompañé a mis abuelos, a mis padres y a mi hermana hasta la agencia de ómnibus Solís-Minas ya que se iban a Montevideo, mientras que a mí me tocaba quedarme para estudiar y dar el examen de francés. Afortunadamente mi tía era buena para los idiomas y me ayudaría.
            Mi tía me trajo como loco todo el día repasando la gramática y el vocabulario. En la noche me acosté temprano pero la lectura de Emilio Salgari me atrapó y ya eran como la una de la mañana y yo seguía leyendo. Fue a esa hora que sentí unos golpecitos en una ventana. No era la de mi cuarto. El ruido venía del cuarto de mi tía. Sentí que se levantaba inmediatamente y encendía la luz. Yo apagué volando mi lámpara y descolgué el cuadro de Peñarol para echar un ojo por la rendija de las tablas. Vi a la tía en camisón que descorrió la cortina de su cuarto con mucha calma y como si ya estuviera acordado abrió la ventana. Un tipo flaquito y menudo se metió con toda confianza. Mi tía lejos de asustarse cerró rápidamente la ventana por el intenso frío y le preguntó: “¿Usted quién es y qué quiere?”
–Soy Carlos el vampiro y necesito tu sangre.
– ¿Quién?
–Mirá, hay gente que no cree en vampiros pero yo soy un vampiro. Es más te lo puedo demostrar– abrió la boca y dos enormes colmillos brillaron en la oscuridad.   Mi tía muy tranquila se rió y le dijo que si él era un vampiro ella era la princesa Margarita. Yo no podía creer que la tía estuviera tan calmada y dueña de sí misma. Se le veía segura y canchera. Él era quien se veía inseguro al fallarle el truco de los colmillos y su aspecto no daba para sentir miedo alguno. Era bien flaquito, narigón, ligeramente jorobado, con unos championes demasiado grandes para sus piernas, unos pantalones vaqueros que le quedaban cortos y un buzo apretadito al cuerpo casi infantil. Pero la cara de desgraciado y desprotegido no tenía nombre. Daba lástima.
            El pobre tipo empezó con una larga explicación sobre la necesidad de sangre fresca, que desde la muchacha del Paso del Amor no se alimentaba bien, que la luz del día le hacía un daño mortal y que no tenía a dónde ir. Mi tía oía y se le notaba que empezaba a compadecerse de él, pero no mucho, porque de pronto se le iluminó la cara y le propuso:
–Está bien Carlitos (así le dijo en diminutivo) yo te voy a ayudar, pero para tomar mi sangre tendrás que dejarme satisfecha a mí. No he conocido a ningún hombre en la intimidad y si tú me satisfaces de tal modo que te diga que no puedo más entonces yo te doy mi sangre sin quejidos ni lamentos.
            El pobre desgraciado no tenía idea en lo que se estaba metiendo, desconocía totalmente los calores de la tía, ignoraba el volcán contenido en aquel cuerpo regordete y aceptó el trato. Allí se selló su suerte.
            Fueron noches interminables para Carlitos que ya no veía lo duro sino lo tupido. La tía resultó insaciable. El pobre vampiro hacía maravillas en la cama; todo lo intentó y preguntaba en el amanecer –cada vez con menos esperanzas– si mi tía se sentía satisfecha.
–No Carlitos, todavía no– y lo escondía en el ropero para que no le diera el sol cerrando con llave la puerta del mueble y de su cuarto.
–Tía...
–¿Qué m´hijito?
–¿Me tomás la lección de francés?
–Ay... no... ahora no que ando ocupada.
Lo que hacía era irse a la tienda de Jairalah a comprarse camisones y ropa interior para volver a las batallas acaloradas de la noche pero que poco a poco empezaron a entibiarse. Tibias pero no por ella, sino por Carlitos que iba perdiendo fuerzas y entusiasmo visiblemente. El pobre vampiro ya tenía ojeras por el piso, la verdad que iguales a las mías por no dormir, vichar por la rendija y no alcanzarme las manos para tantos quehaceres.
            Una noche el vampiro decidió jugarse el todo por el todo y arremetió con imponente fuerza a mi tía, quien parecía que ahora sí tiraría la toalla. Cuando eran como la seis de la mañana los dos se quedaron exhaustos y dormidos. En realidad los tres nos quedamos dormidos, porque yo ya no podía más.
            Fue como a las ocho de la mañana que me despiertan los sollozos inconsolables de la tía. Como tiro saco el cuadro de Peñarol, miro por la rendija y la veo en un mar de lágrimas observando aterrada las cenizas de Carlitos tiradas en la cama iluminadas por el tibio sol de julio.



Cédar Viglietti 
           

                                                                             

sábado, 19 de noviembre de 2011

CARTA A UN HIJO DE MARÍA DEL CARMEN

Recibí un comentario sobre el artículo LA SOLIDARIDAD Y LA BUENA SUERTE de una vieja amiga que solicitó mi amistad a través de la página de Facebook “Minuanos que peinan canas” donde aparecimos los dos en una foto del liceo de Minas. Lamentablemente, después de escribirme el mensaje, ella misma imposibilitó en Facebook que le conteste al eliminarme. Su comentario está en el artículo de marras, y me dice que tiene un hijo en el Ejército. A su hijo le mando esta carta con respeto y con el sincero ánimo de reconstruir, en forma virtual hoy, aquella vieja amistad con María del Carmen.


Estimado joven oficial:
Hace un buen montón de años que conocí a tu madre en aquel entonces único liceo de Minas; fuimos compañeros de clases que además de compartir lo diario del liceo compartíamos una linda amistad porque nuestros padres, militares ambos, compartían también sus profesiones y la afición por la guitarra.
Recuerdo con afecto y muy claramente a tu abuelo cuando llegaba a casa con una guitarra pequeña, de esas medio decimonónicas, es decir un poco más pequeña que las actuales. Tocaban con mi padre mientras tu madre y yo intercambiábamos los chismes y anécdotas del liceo. Sí es cierto que nuestra amistad se reforzaba con la amistad de nuestros padres.
De esa época tengo magníficos recuerdos y yo no escapé a la vocación de todo hijo de militar: también vestir el uniforme. Me encantaba ir a los cuarteles con mi padre, andar entre los “milicos”, como llamaban todos los oficiales a la tropa sin ánimo de ofender sino usando un término acuñado dentro del propio ejército. Pese a mis pocos años (5 o 6) y de pantalones cortos pero con aire marcial y mucha concentración marchaba con la tropa en la plaza de armas. ¡Qué orgullo ver a mi padre de uniforme con la espada en la cintura! Espada que aún guarda mi hermana y que cuando la visito miro con cariño. Los oficiales no usaban en aquellos años ninguna arma en el cinto porque no tenían que defenderse de nadie ni de nada.
También me emocionaba mucho en los desfiles militares ver la tropa preparada para marchar con las banderas, con el oficial al mando que gallardo manejaba su espada y pedía permiso a su superior para iniciar la parada.
Recuerdo el respeto que en esa época se les tenía a los militares, porque si había cualquier contingencia (inundaciones, incendios, etc.) estaban siempre del lado de la gente metiendo el hombro para ayudar a que las cosas salieran adelante. Mi padre fue Subjefe de la entonces Región Militar No. 4 (hoy División de Ejército 4) sirviendo junto a su jefe el Gral. Pratto e innumerables veces el personal militar era enviado por mi padre a pintar escuelas públicas, a cortar árboles que algún temporal había tirado, sacar gente en apuro por la crecida de algún río, etcétera. No se me olvidan nombres de militares que fielmente sirvieron junto a mi padre en la región militar como el Tte. Cnel. Omar Oscar Sosa, el My. Strapolini, el Cap. Barba, el My. Mainard, el My. Parodi y tantos y tantos oficiales que ahora se me olvidan sus apellidos. Es natural que me acuerde de los grados que tenían en aquel entonces y que no los haya nombrado con el grado superior que seguramente alcanzaron. Entre ellos estaba tu abuelo y su guitarra…
Nunca fui anti militar ni metí a todos los militares en la misma bolsa, ni los mido con la misma vara, como me dice tu mamá. No podría hacerlo por un problema de formación desde la cuna, porque viví mi niñez y juventud rodeado de militares.
Y ahora te escribo a ti porque tu madre, mi vieja amiga María del Carmen, está enojada y confundida y se puso en la vereda de enfrente. Con esta carta a un joven oficial del Ejército Nacional intento cruzar la calle para no perder la amistad de tu madre que durante muchos años la he recordado con afecto y nostalgia de aquellos años tan lindos en mi vida.
Nunca he hablado ni dejo que hablen mal de la institución “Ejército” como una sola cosa ni hago responsable a quienes no metieron las manos en actos injustificables que no se pueden defender si se tiene decencia. Ésta no es una pose de último momento para “quedar bien”. Es más, es ella con su breve comentario que mide a todos los militares con la misma vara y defiende a quienes no se debe defender e involucra así a la mayoría de sus integrantes que tuvo y tiene las manos limpias.
Para que veas que lo que digo no es pose transcribo un fragmento de otro artículo que escribí en este mismo blog:

Hoy leo en un diario de Uruguay: “En el Ejército, la noticia de los procesamientos (en particular de Dalmao, quien se encuentra en actividad) cayó "muy mal", aseguraron a El País fuentes castrenses.”

¿Qué cayó mal en los militares? Creo, en realidad, que algunos cuadros veteranos del Ejército, pretenden diluir sus responsabilidades en crímenes injustificables desde cualquier punto de vista, en el conjunto de las fuerzas armadas cuya mayoría no participó en aquellos acontecimientos. ¿A quién le puede caer mal que se depuren las fuerzas armadas de integrantes que ensuciaron el uniforme con crímenes atroces? Mi padre, militar del arma de infantería, siempre me enseñó a respetar al Ejército y a sentirse orgulloso de él. Me hablaba del espíritu artiguista de las Fuerzas Armadas (en referencia a José Artigas, héroe nacional fundador del Ejército uruguayo) y, créanme, sentía yo un gran orgullo del uniforme que él llevaba.

Jamás oí de mi padre que Artigas torturara o asesinara a los prisioneros. Recuerdo cuándo me explicó que Artigas dijo, luego de la feroz batalla de Las Piedras contra los españoles, “Clemencia para los vencidos, curad a los heridos”. Tampoco me contó que Artigas esperara a que una mujer embarazada tuviera a su bebé para luego matarla y robarle el hijo. Nunca me dijo que Artigas hiciera desaparecer a los detenidos. Jamás me contó de cobardías tales. Me hablaba de hechos heroicos, del respeto por el enemigo vencido, de la valentía de los soldados orientales (recuerde, amigo lector, que el nombre oficial del país es República Oriental del Uruguay).

Fueron pocos los militares que ensuciaron esa tradición artiguista y que llevaron al resto del Ejército por caminos equivocados que nunca volverán a recorrerse. No importa la cizaña del diario El País, siempre tan mal intencionado y dando espacio a lo poco malo y abyecto que queda dentro de las Fuerzas Armadas sin hacer un comentario condenatorio.

Sépanlo los jóvenes militares uruguayos: Nibia era una hermosa muchacha que jamás portó un arma; que jamás le hizo daño a nadie; que nunca se apropió de un bebé ajeno; que jamás robó en una casa en medio de un allanamiento, que jamás le puso una capucha a nadie para que luego no la reconocieran por algún acto deshonroso.

Y tenía 24 años…



Este artículo está publicado en este mismo blog el 13 de noviembre de 2010, hace poco más de un año y no corregiría ni una sola palabra.

¿A quién puede molestar lo que escribí entonces o lo que escribí ahora?
Es evidente que mi nuevo artículo se refiere a una época muy precisa donde unos pocos (militares y civiles) llevaron a muchos a pensar y creer con odio que el enemigo era la gente que hoy está en el Frente Amplio. Mi artículo no habla del enfrentamiento del Ejército con los Tupamaros, que terminó en 1972. Yo escribo sobre el año 1975 y 1976.

Como mi compañera Nibia, yo jamás tuve un arma en la mano, salvo la escopeta calibre 20 con la que salía con mi padre a cazar perdices, cosa que hoy me arrepiento mucho porque he aprendido a respetar y querer las aves.

Sí están en la vereda de enfrente quienes dieron el golpe de estado sin ninguna justificación, siguiendo directivas de políticos y empresarios ambiciosos con el apoyo de un país guerrerista (EEUU) cuando ya habían derrotado en 1972 al MLN (al cual, por cierto, jamás pertenecí); quienes asesinaron a sangre fría a gente desarmada; quienes torturaron hasta la locura a gente atada; quienes mataron a una joven para robarle a su hijo recién nacido; quienes violaron jovencitas y mujeres indefensas; quienes robaron en cada allanamiento y cargaron camiones militares con el botín. También están en la vereda de enfrente quienes sin hombría ninguna mantienen silencio sobre la suerte de mucha gente desaparecida, hecho que sigue echando sal a una herida vieja y profunda. ¿Tú no crees que tu madre te buscaría hasta el fin del mundo y hasta el fin de su vida si no supiera nada de ti?

Estoy seguro, joven oficial, que tú y tu madre no justifican estos excesos porque también estoy seguro que ni tu abuelo ni tú (simplemente por tu edad, debes tener entre 30 y 35 años) participaron de estas barbaridades inhumanas. Por eso creo que no estamos en veredas diferentes aunque tengamos ideas políticas diferentes. Como equivocadamente se le atribuye a Voltaire, yo me afilio a la frase "Estoy en desacuerdo con tus ideas, pero defiendo tu sagrado derecho a expresarlas", y créeme que tanto tú, como tu mamá y yo, que pensamos distinto, debemos estar de acuerdo con ella. Los que dieron el golpe de estado en 1973 no estaban de acuerdo con esta frase.

Con los años he aprendido que la vida no se divide entre militares y civiles, como si unos fueran los malos y otros los buenos. El hombre en general es un puñado de luces y sombras, pero hay muchos que son casi solo sombras, civiles y militares. Hay algunos civiles dentro de la propia izquierda que han vivido ocultando sus bajos instintos y que han hecho un daño irreparable que no tiene perdón. Así ha ocurrido hasta dentro de mi propia familia. Ser de izquierda no es un salvoconducto que garantiza integridad, decencia y sensibilidad.

No vivas “padeciendo” por lo que otros mal hicieron y que yo denuncio para que no haya más de esos tipos dentro de las fuerzas armadas. Tú tienes la oportunidad de ser un oficial ejemplar, de servir al país, de ser decente a carta cabal, de ser un buen hijo, un buen esposo y un buen padre. No te sientas ni dejes que algunos pocos viejos y resentidos oficiales te hagan sentir parte de quienes no honraron a la patria y han tapado con tierra y cal los delitos que cometieron. Nadie puede sentirse orgulloso de lo que oculta. El espíritu de cuerpo en el ejército es sano y vale si es por cosas que te den orgullo a ti y a los demás.

Finalmente te pido que saludes a tu madre de mi parte y dile que me mande su correo electrónico así podremos recordar los viejos tiempos. Ella me pidió “ser amigos” en Facebook pero veo que ahora ya me eliminó y eso se puede arreglar. Saludos sinceros para ti. Cédar Viglietti.