miércoles, 2 de noviembre de 2011

Un día de pesca en un arroyo minuano

Desde que tengo uso de razón hasta los veinte años compartí con mi padre muchas salidas de pesca y caza a lugares cercanos de Minas. Los ríos Santa Lucía y Cebollatí fueron de los lugares más frecuentados en aquellos intensos contactos con la naturaleza del campo uruguayo.
Temprano por la mañana de cualquier día de verano de los años 1960, 61 o 62 salíamos en la Fordson del 51 por la avenida Artigas hasta la vieja estación de ferrocarriles, dábamos vuelta por el Paso del Amor, donde cruzábamos una pequeña cañada antes de tomar rumbo al campo de aviación militar de la Región 4 (hoy División 4) que estaba a orillas del Río Santa Lucía a unos 18 kilómetros al norte de Minas.
Antes habíamos cargado la camioneta con cañas, aparejos y demás enseres de pesca, así como un trozo de asado y unos chorizos para el mediodía. No faltaba el mate y algunos bizcochos para la tarde y algún refuerzo (torta mexicana) de mortadela o butifarra  para la noche.
Por camino de tierra llegábamos al destacamento de soldados, al mando de algún veterano sargento, que estaba a la entrada del campo militar. Como mi padre era coronel de esa Región Militar era uno de los lugares más conocidos por nosotros y los soldados amablemente nos abrían la portera para entrar nuestro vehículo. Recorríamos la pista auxiliar de pasto más o menos recortado hasta el fondo del campo donde pasaba el río que a esa altura –por pequeño– era más parecido a un arroyo. Encontrar un lugar para dejar la camioneta a la sombra no era complicado porque siempre encontrábamos en el borde del monte un tala grande o sauce frondoso.
Lo primero era mojarrear (pescar mojarritas, pequeños peces para luego ser usados de carnada) en alguno de los lagunones que se forman paralelos al río en las crecientes del invierno lluvioso y que luego quedan aislados por efectos de las sequía del verano. Sin embargo allí quedan los mejores lugares para pescar, los más profundos, los de agua más tranquila. El mojarrero, es una pequeña caña tacuara (bambú) de no más dos metros, muy flexible con una línea muy delgada, una boya (flotador) y un anzuelo mosquita (de minúsculo tamaño). Para pescar las mojarritas se encarna el anzuelito con un pedacito de lombriz de tierra que previamente se pone en la palma de la mano para atontarla con un par de palmadas. Junto a las mojarritas siempre sale algún dientudo (pez plateado de afilada figura con dientes prominentes), algún cabeza amarga (pez de boca grande y color oscuro) o alguna castañeta con muchas espinas que no sirve de carnada.
Estos momentos de mojarrear se dan siempre con abundante sol, cuando las chicharras (insecto de mediano tamaño que frota sus élitros y produce un ruido escandaloso) están en su apogeo. De niño siempre intenté verlas en las ramas de los árboles y me fue imposible por su color verde que las disimula en el follaje.
Guardábamos las mojarritas en un lugar fresco para tenerlas listas para el atardecer y la noche, momento de pescar las tarariras y bagres. Al terminar de mojarrear aprovechábamos a darnos un buen baño en los lugares donde el río corre entre arenales limpios. En esa parte del Santa Lucía que discurre con poca agua se pescan pejerreyes que desde el mar suben la corriente para desovar en agua dulce.
Mientras yo juntaba leña para el asado, mi padre aprontaba el segundo mate del día que nos servía para abrir el apetito y esperar a que la carne estuviera lista. A la sombra de algún canelón chisporroteaba el fuego y tomábamos mate mientras mi padre me enseñaba a distinguir el canto de los pájaros que abundaban en la zona. A esa hora se oían pájaros chicos: doraditos, mixtos, cabecita negra, jilgueritos y los clásicos cantos de benteveos y horneros. Los chingolitos atrevidos se acercaban a ver si podían comer alguna miga de pan que siempre caía al suelo. Más lejos se oían los pirinchos, esos pájaros desgarbados que poco han evolucionado y que vuelan con bastante torpeza.
Ya había brasas y con un palo mi padre las corría debajo de la parrilla hecha con varillas y alambre. Ahora cambiaba el olor a leña quemada por el de la carne y los chorizos asándose. En una lata negra de hollín por tantos fogones hervíamos agua para preparar la salmuera que le echábamos al asado. En viejas tablas de picar comíamos primero los chorizos con pan y luego el asado de remate. Nada de sanas ensaladas que distraen el apetito…
La hora de la siesta era sagrada para mi padre y encima de una lona sobre los pastos a la sombra, cumplía con el rito de descansar una hora. Yo aprovechaba a salir a cazar con la honda (resortera) metiéndome en el monte para aprovechar su sombra y disfrutar la vegetación exuberante alimentada por la humedad del río. ¡Cuánto me he arrepentido de esas infames cacerías de pájaros que hoy tanto quiero! Por ello mejor no cuento los detalles sino que intentaré describir esas caminatas por apretados senderos entre una vegetación abundante. Estos montes no se dan por cualquier parte del campo sino que bordean los cursos de agua que parecen venas del territorio uruguayo. Al separarnos unos 80 metros del río o arroyo desaparecen los árboles y solo quedan pastizales y algún matorral perdido en el mar de hierbas.
En el monte, en época de verano la vegetación hace complicado avanzar pero siempre se encuentran senderos sombreados y no falta alguna gallineta que al cloquear con sonidos de marimba delata su presencia y escapa caminando rápido entre la maleza. Las palomas de monte, más grandes que las domésticas sorprenden con su ruidoso vuelo al espantarse.
Por más silencioso que pretendiera ser mi paso por el monte se escandalizaban todos sus habitantes que incluía un carpincho hembra (capibara) con cuatro carpinchitos que asustados corrían a una de las lagunas profundas para zambullirse y verlos salir varios metros adelante nadando en perfecta fila con sus cabecitas afuera.
Al observar los camalotes en las orillas del río de los lagunones siempre encontraba en sus tallos el ramillete de pequeñísimos huevecillos de color rosado que algún caracol había depositado para asegurar que con su eclosión los caracolitos cayeran en el agua y sobrevivieran.
Un mamboretá o tatadiós (mantis religiosa) detenía mi paso para observar su postura de rezo, cuando en realidad tiene sus brazos siempre dispuestos a soltarse velozmente sobre otro insecto que será su presa y lo devorará inmediatamente.
Avanza la tarde y junto con el tercer mate aprontamos las cañas de pescar y los aparejos para estar listos en la noche. Juntamos todo los bártulos antes de que oscurezca porque la tímida luz del farol a carburo es poco lo que ayuda a encontrar cosas pequeñas entre los pastos.
Se calma el viento de la tarde que rizaba el agua del arroyo que ahora era un espejo quietito donde los saltos de algún dientudo dibujaban círculos concéntricos en la superficie. A toda hora el arroyo atrae con su belleza de agua calma, de camalotes en flor, de sarandíes asomando en las orillas y frondosos árboles, pero el atardecer con su luz ya escasa resalta la magia de ese espejo donde se mira el cielo. Parece que todo se detiene a la hora de ocultarse el sol. Los últimos cantos del zorzal, el hornero y los chingolitos presagian la noche. Ahora los irregulares vuelos de los dormilones (chotacabras) guiados por sus sistemas de ecolocalización son los fantasmas del aire en busca de insectos voladores. El chistido de una lechuza recuerda a otra ave de la noche. El mundo visual se encoge y gana terreno el oído que recoge el lejano mugir del ganado, el ladrido del esquivo zorro, y de fondo sonoro el croar de las ranas y los mil desafinados violines de los grillos.
De una lata mi padre sacaba una piedra de carburo y la metía en el depósito inferior del farol y en el superior un poco de agua del arroyo. Al abrir la llave de paso del agua para que gota a gota mojara el carburo, éste desprendía un gas inflamable que llegaba hasta una lámpara donde se le encendía y producía una luz medio triste pero que era lo que nos alumbraba. Del farol a mantilla ni noticias por aquellas épocas.
Con cañas tacuaras desarmables compradas en Solís de Mataojo y aparejos de chaura comenzaba la pesca en serio. Primero encarnábamos los aparejos que tirábamos a las zonas más profundas del arroyo. El peso del plomo en la punta garantizaba la pesca de fondo (bagre, anguila y no faltaba alguna inoportuna tortuga). Sobre una piedra grande y plana atábamos el extremo del aparejo a una piedra pequeña que al prenderse algún pez la haría rodar y hacer ruido. Podría decirse que con los aparejos pescábamos “de oído”.
Las cañas, mientras tanto, tenían una línea de nylon con un anzuelo en la punta y una boya (flotador) de ceibo pintada de blanco a un metro del anzuelo. El color blanco ayudaba a verla alumbrada por la tímida luz del farol a carburo.
Ahora hablábamos en voz muy baja y lo mínimo posible para no hacer ruido. En el silencio de la noche se oía potente el ruido del mate al acabarse el agua. Todo era concentración en las boyas de las cañas y en el sonido de las piedritas de los aparejos escondidos en la oscuridad.
Repentinamente una de las boyas comenzaba una danza delicada con muy sutiles y pequeños hundimientos pero que el ojo entrenado sabía que una tararira probaba la carnada. Mi padre, muy lentamente dejaba el mate, se paraba para estar preparado antes de que la reina del arroyo tragara la carnada y emprendiera la huida. Ahora los hundimientos de la boya son más claros y decididos. Para un pescador este momento es impagable porque se trata de interpretar con precisión los movimientos de la boya en el agua oscura con lo que está pasando un metro más abajo.
De pronto la boya desaparece bajo las aguas y mi padre levanta la caña con una violencia calculada para clavar el anzuelo en la boca del pez pero no quebrar la caña. La tararira opone una fuerte resistencia a salir del agua como es su característica. La caña se dobla hasta el límite y por unos momentos la lucha es pareja: el pez no aparece ni puede huir, pelea. Pero en poco tiempo se agotan sus fuerzas y el pescador gana la partida.
Varios minutos después el arroyo y nosotros recuperamos la calma. Vuelve el silencio profundo sólo roto por el ruido de los saltos de la tararira en los pastos que vigilamos con orgullo.
Ahora un pequeño sonido de piedras rodando rompe la tensa calma de la noche. Como un rayo me levanto y tomo con mucha delicadeza la chaura tratando de tensar el aparejo para que se trasmita por el algodón trenzado lo que sucede varios metros aguas adentro. No hay que apurarse ni confundir los tanteos del bagre con la decisión de tragarse la carnada. Ahora sí percibo un arrastre más fuerte y mi brazo que sostenía adelantado la cuerda pega un fuerte tirón recuperando violentamente unos centímetros del aparejo que hacen clavar el anzuelo en el pez. Con este instrumento de pesca la lucha con el bagre no es pareja, la resistencia de la chaura es mucho mayor a los intentos del pez por escapar y rápidamente lo saco fuera del agua. Debo tener mucho cuidado de tomarlo y no clavarme sus tres características y peligrosas espinas mientras saco el anzuelo de su boca. Me tiemblan las manos de la emoción que a mis diez años hacen inolvidables estas experiencias.
Con el botín robado al arroyo regresábamos de noche tarde a Minas atravesando el oscuro campo militar señalizado por un cielo increíblemente tachonado de estrellas como jamás volví a ver. Hoy, cincuenta años después, los recuerdos de aquellas incursiones por los campos donde pasaba el Santa Lucía permanecen en mí con la certeza de que nada ha cambiado y que allí me esperan siempre los misterios insondables del monte y el río.

viernes, 14 de octubre de 2011

¡FELIZ DÍA DE MUERTOS!

¡FELIZ DÍA DE MUERTOS!
Hace 35 años, recién llegado de Uruguay, notaba que al aproximarse el mes de noviembre, la Ciudad de México (primer lugar de encuentro con el país) se transformaba para celebrar el Día de Muertos. Perdón, ¿cómo dijo? ¿”Celebrar” el Día de Muertos? Sí, sí, me refiero a la fiesta de muertos. Aaahh… Pero en su país ¿no celebran el Día de Muertos? Bueno… celebrar… celebrar… no... más bien se recuerda a los muertos, se les lleva flores al cementerio; en realidad es un día de cierto recogimiento. Aahh…, no, aquí en México es una fiesta, se hace la ofrenda en la casa y en muchos lugares, en el propio panteón. Se hacen comidas y dulces especiales, se come pan de muertos y muchos le llevan música al muertito…
Grabado de José Guadalupe Posadas
"Para el habitante de  New York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la  frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: ´si me han de matar mañana, que me maten de una vez´.” (Octavio Paz, El laberinto de la soledad)
Por lo pronto las panaderías todas pintan en sus vidrieras calaveras y huesos anunciando el pan de muertos que en su elaboración recrean con la propia masa huesitos que se terminan espolvoreando con azúcar. 
Pan de muertos


Las florerías se pintan de amarillo ante tantas flores de cempasúchil o flor de muertos que solamente se usa en estos días. Muchas plazas y parques públicos exhiben jardines con estas flores. En las casas, escuelas y en muchos lugares de trabajo se montan las ofrendas de muertos que consisten en usar un espacio (ya sea en el suelo o sobre una mesa) para celebrar el regreso según la tradición del alma de los difuntos que vienen por una noche. En las casas la gente adorna una mesa con papel picado (en realidad papel recortado con figuras alusivas a la muerte), algún objeto del o de los difuntos familiares, fotografías, comidas en platos de barro y bebidas preferidas por ellos, si fumaba… unos cigarritos de su marca predilecta. Pero, ¿para qué todo eso si ya no están? Ah, no; no están pero vienen las almas de los muertitos y toman el aromita de las cosas, ¿entiende? Aahh… Hay que poner velas encendidas para guiar a las almas, muchas flores de cempasúchil, agua para saciar su sed, copal e incienso para purificar el ambiente, calaveritas de azúcar con el nombre del muertito, dulce de calabaza (zapallo) y tejocotes (especies de pequeños membrillos), jugosos trozos de cañas de azúcar, pan de muerto y muchos pétalos de cempasúchil de la ofrenda hasta la entrada de la casa para que las almas encuentren el lugar de la ofrenda.


Ofrenda de mi familia.
“Nuestra indiferencia ante la muerte es la otra cara de nuestra indiferencia ante la vida. Matamos porque la vida, la nuestra y la ajena, carece de valor. Y es natural que así ocurra: vida y muerte son inseparables y cada vez que la primera pierde significación, la segunda se vuelve intrascendente. La muerte mexicana es el espejo de la vida de los mexicanos. Ante ambas el mexicano se cierra, las ignora.” (…)
(…) “Adornamos nuestras casas con cráneos, comemos el día de los Difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa fanfarrona familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?” (ibidem)
En muchos panteones del Estado de México y Michoacán, se sigue con la tradición de ir a velar a los muertos desde la noche del 1° de noviembre hasta el amanecer del día 2. Montones de flores adornan las tumbas, se recorta la hierba, se arreglan las cruces, se les da una pintadita, y una vez que todo está limpio y despejado se ponen velas encendidas, se coloca la ofrenda que se tenía en la casa y vienen los músicos a tocarle al muertito su música preferida. Puede ser un mariachi, un trío y si no se cuentan con recursos para pagar los músicos se lleva una radiograbadora con pilas y listo.
La noche del 1 al 2 de noviembre en un panteón de Toluca.
El panteón se ilumina mágicamente con tanto cirio y velas encendidas, el frío de noviembre arrecia en las sierras altas pero la gente, abrigada con cobijas y rebozos, se sienta al lado de su muerto a acompañarle en esta noche tan especial. Aparece la comida, el café y también por qué no algún alipús (trago con alcohol) para soportar el frío y brindar por el recuerdo del muertito que está tan cerca.   

LA FERIA DEL ALFEÑIQUE EN TOLUCA
Como parte de la celebración de Días de Muertos, todos los meses de octubre en la ciudad de Toluca, capital del Estado de México, se lleva a cabo la Feria del Alfeñique en Los Portales del centro. Ya son 22 años que sin falta los artesanos dulceros del estado demuestran su habilidad y buen gusto en la elaboración de dulces de muchos tipos que todos tienen relación con la muerte.
Hace muchos años atrás la tradición del dulce pertenecía a nuestros vecinos del estado de Michoacán que eran famosos por las morelianas (especie de oblea de leche azucarada y quemada que llevan el nombre de la capital: Morelia) y en general por las frutas cristalizadas (abrillantadas), sin embargo el centro de gravedad de esta azucarada artesanía se ha trasladado a Toluca y La Feria del Alfeñique (creada en 1989) fue uno de los factores fundamentales que consolidaron este cambio.
Alfeñique es una palabra de origen árabe para designar una pasta de azúcar cocida y estirada en barras muy delgadas y retorcidas. De estas barras muy delgadas viene el otro uso de la palabra alfeñique para designar a un individuo muy flaquito y débil que aquel musculoso Charles Atlas ayudaba a transformar en un hombre de respeto…
Figuras de alfeñique.
“La tradicional Feria del Alfeñique se distingue por la venta y exposición del dulce de alfeñique y de la región principalmente, pero también cuenta con un parte cultural en donde se llevan a cabo exposiciones, conferencias, danza, música, teatro, muestra gastronómica, certámenes, conciertos, presentaciones de libros, talleres y proyecciones de video, concursos, y montajes de ofrendas tradicionales de la región del Valle de Toluca, algunas en formato monumental, lo que la convierte en un feria muy importante en la región. Todo esto goza de un ambiente muy familiar que permite el conocimiento de nosotros mismos y de nuestras milenarias tradiciones.” Así reza la información oficial del Ayuntamiento de Toluca, organizador de esta sabrosa y colorida feria.

MARIPOSAS MONARCAS
Por si esto fuera poco, muy cerca de Toluca, a unos 60 kilómetros al suroeste, de manera mágica e increíblemente puntual llegan los primeros días de noviembre las mariposas Monarcas en su vuelo desde Canadá. Escapando del terrible frío allende los Grandes Lagos, estos maravillosos insectos vuelan miles de kilómetros hasta llegar a una zona de pinos de la variedad oyamel donde se producen los apareamientos para volver con la primavera a reproducirse en Canadá. Los indígenas Mazahuas, una de las etnias predominantes del valle de Toluca, desde siempre han asociado la llegada de estos insectos con la llegada de las almas de los fieles difuntos.
Mariposas monarca apiñadas en un oyamel.
No hay duda: el 2 de noviembre en México es una verdadera fiesta que se espera y se disfruta. ¡Feliz Día de Muertos!


Un "pachuco" y la "catrina" en pleno festejo del Día de Muertos.

domingo, 2 de octubre de 2011

LAS COSTAS DE MICHOACÁN Y GUERRERO

LAS COSTAS DE MICHOACÁN Y GUERRERO
Siempre he creído que fui verdaderamente afortunado al conocer estos dos estados vecinos que tienen costas sobre el Pacífico mexicano. Y la única forma de conocer un lugar es vivir en él. No alcanza con pasar unas vacaciones o ser un atento escucha de lo que la gente cuenta o haber leído profusamente la historia y geografía de determinado lugar. El haber vivido varios años en la confluencia de esos estados permite que la piel se impregne de los sabores y olores del lugar, que los ojos se asombren y llenen de colores y formas. También los años vividos allí nos llenaron los oídos de la música regional de sus habitantes y del canto de las aves de la zona.
La vida diaria me hizo compartir la suerte de los lugareños, verdaderamente conocerlos, entender lo que significan las limitaciones de todo tipo que al principio de los años 80´s se vivían en la ciudad y puerto de Lázaro Cárdenas, estado de Michoacán. No voy a escribir sobre las bellezas naturales de sus playas y ciudades (en Guerrero se destacan Acapulco y Zihuatanejo; en Michoacán hacen lo propio Morelia y Pátzcuaro) que pueden consultarse en cualquier página web con intereses turísticos; tampoco de la zona urbana ni de los habitantes que llegaron a trabajar a este lugar; voy a escribir sobre la gente y su entorno rural tan distintos a mi país de origen: Uruguay.
Empezaré por decir que la Ciudad y Puerto de Lázaro Cárdenas se localiza exactamente en la desembocadura del Río Balsas que divide al estado de Guerrero al sur, con el estado de Michoacán al norte a unos 17° grados de latitud norte en plena zona tropical. Esta ubicación corresponde aproximadamente a Hawái en el hemisferio norte o Santa Cruz de la Sierra en Bolivia o Minas Gerais en Brasil en el hemisferio sur. Es una ciudad creada de golpe y porrazo a finales de los 60´s alrededor de la construcción de una enorme siderúrgica (“Las truchas”) donde había un pequeño caserío de pescadores llamado Melchor Ocampo.
Hubo que desmontar una selva baja para hacer lugar a un puerto de altura, a la siderúrgica, a las calles, casas, escuelas y hospital. Esa lucha contra la selva nunca termina porque al menor abandono de la limpieza de cualquier terreno inmediatamente la vegetación crece e intenta recuperar el espacio perdido. El aire del Pacífico proporciona una permanente humedad a los 35 grados que casi todos los días reinan en el lugar. Es muy poca la diferencia de temperatura entre el invierno y el verano como entre la noche y el día. Diríamos que en las noches “frías” de invierno la temperatura baja a 28 grados…
La lluvia hace su aparición en verano (julio) y diaria y puntualmente llueve por tres meses. Es una lluvia corta de no más de 30 minutos pero de una intensidad que asusta. No hay forma de protegerse si no es bajo un techo sólido porque el cielo se cae. Después de septiembre sólo llueve si hay algún ciclón en el mar (depresión o tormenta tropical o huracán) que desaparecen en noviembre. ¿Y el resto del año? Jamás llueve, pero la humedad del mar se siente todo el año.
LA FLORA
La vegetación en los meses de lluvia crece imparable. A tal punto que un agujero del mosquitero de una ventana cercana al suelo permite que se meta una guía de enredadera con más de 50 centímetros de crecimiento durante una sola noche… Es tal el desarrollo de las plantas y árboles en estos lugares de tierra roja que al año de haber plantado un almendro (Terminalia catappa) ya se puede sentar a su sombra.
La costa de esos estados está sembrada de palmas que brindan una abundante cosecha de cocos, limoneros tropicales, mangos, papaya y plátanos (bananeros). Salvo el mango que se cosecha una sola vez al año, al fin de la primavera, las demás plantas están en permanente cosecha.
Las huertas de cocos son interesantísimas de conocer porque la palma tiene una variedad de usos enorme. El coco lo utilizan para saciar la sed con su agua, para extraer su pulpa blanca y sabrosa que se puede comer fresca con un poco de chile piquín, limón y sal. Ya seca la pulpa se raya y es usada en repostería. Pero el mayor uso de la copra (pulpa seca al sol) es para extraerle aceites esenciales para la industria cosmética que con ellos se elaboran la base de casi todas los aceites y cremas que usamos. Pero no para ahí, el uso del coco que una vez extraída su gigantesca semilla dura, protegida por una cáscara muy resistente (dentro está la pulpa blanca y el agua) queda una abundante fibra vegetal inicialmente verde que se seca y sirve para hacer tapetes y felpudos naturales, cepillos, escobas y finalmente leña para cocinar o para alimentar los hornos de ladrillos de los lugareños.
Las hojas de la palma son el principal elemento constructivo de los techos de las viviendas en esas zonas, porque proporcionan una sombra muy fresca y no dejan pasar la lluvia. Por si fuera poco el tronco de la palma ya improductiva resulta una madera dura cada vez más usada en la costa del Pacífico mexicano.
Donde no hay huertas, el monte de la selva baja es impenetrable, espinoso, llenos de incestos y de un verde intensísimo en verano.
LA FAUNA
La fauna está en correspondencia directa con la exuberancia de la flora. Nada detiene a verdaderos ejércitos de hormigas y termitas que implacablemente retoman los espacios que los hombres creían haberles ganado. Si se deja caer un pequeño trozo de cualquier alimento en el piso de una casa perfectamente limpia, no pasan más de un par de minutos y esa pequeña porción de alimento cobra vida y comienza a caminar. Unas minúsculas hormigas rojas que permanentemente patrullan el piso no tardan en cargar con ella y llevársela fuera de la casa a su hormiguero.
Durante los meses del verano y con la presencia de la lluvia hacen su aparición los zancudos (mosquitos) a partir de las seis de la tarde y son un verdadero azote hasta las diez de la noche, momento en que desaparecen hasta el otro día. Es curioso ver a la gente sentada fuera de la casa para aprovechar el escaso fresco de la noche agitando trapos sobres las piernas para espantar esta plaga.
Asociados a los zancudos existen unas pequeñas lagartijas casi transparentes, las cuijas, que caminan por los techos dentro de las casas y que se encargan de mantener las habitaciones limpias de mosquitos y otros pequeños insectos. Aprendí a no echarlas y a soportar sus ruidos parecidos a pequeños besos que ha llevado a la gente a llamarlas besuconas.
Si la casa está cerca del monte seguramente recibirá visitas no muy agradables de víboras e iguanas que se metieron por cualquier puerta abierta, las primeras y por las ventanas de ventilación del baño, las segundas. Sacar a las iguanas del baño no es una tarea agradable porque resbalan en los azulejos y no pueden salir como entraron.
Muy atractivas son unas magníficas aves –entre muchas otras– que abundan en las costas de México: los pelícanos. En formación de cinco hasta veinte aves vuelan perfectamente alineadas casi tocando el mar con sus enormes alas y toman altura para dejarse caer en espectaculares zambullidas donde atrapan a pequeños peces como las anchovetas y sardinas. Una vez me regalaron un pelícano con un ala lastimada y se acostumbró perfectamente a vivir suelto en el jardín y a convivir con mis hijos que se encargaban de alimentarlo y cuidarlo.
Verdadera conmoción causó en Lázaro Cárdenas el hallazgo de un enorme caimán de más de tres metros en uno de los esteros (bañados, dirían en Uruguay) que se ubican cercanos al mar. Lo atraparon vivo y fue destinado a un pequeño zoológico local y luego al zoológico de Morelia, la capital del estado de Michoacán.  
LA GENTE
El omnipresente calor moldea a la gente del lugar. Ropas muy ligeras delatan los delgados y estilizados cuerpos de la mujer costeña. No usan pantalones ni short. Rigurosamente se ponen vestidos aunque vayan descalzas. Son muy elegantes al caminar modeladas por la necesidad de acarrear agua y ropa lavada. No les alcanzan las manos siempre ocupadas tomando de la mano chiquillos morenitos curtidos por el sol y alguna cubeta (balde) llena de agua, entonces recurren a ponerse un trapo arrollado formando un círculo grueso en la cabeza y sobre él asientan otra cubeta llena de ropa lavada en el río. Así caminan, erectas, elegantes, manteniendo equilibradamente la pesada cubeta sobre su cabeza.
Hay mucha agua en la región por el propio río Balsas que está contenido en una enorme represa (“La Villita”) productora de energía eléctrica antes de llegar al mar. Sin embargo en los jacales campesinos (humildes viviendas de vara, barro y palma) no hay agua ni luz. Por si fuera poco, la geografía de la costa del Pacífico siempre es montañosa y alcanzar un río o el mar significa un gran esfuerzo de bajar estrechas veredas por la selva cargando niños y enceres.
Al llegar al río, las señoras se ponen a lavar la ropa y a echarles un ojo a los chamacos para que no se metan en problemas. Todos están descalzos. Lavan y tienden la ropa sobre los matorrales para que no pese tanto en la subida del regreso. Al terminar el lavado todos se bañan para volver frescos a la casa. Claro, esto es un decir, porque el esfuerzo de la subida los empapa nuevamente de sudor.
Chorreando agua, lentamente la señora se pone en marcha con una carga que parece imposible de llevar. Pero en el jacal tendrá un poco de agua… Con cadencia y equilibrio recorre senderitos de hormigas pintados de rojo por la tierra tropical que apenas se asoma en aquel mar verde de la selva baja.
¿Y el señor? Descansando en una hamaca bajo la fresca sombra de una palapa (cuatro palos que sostienen un techo de palma). Pero uno no debe confundirse. El hombre se levanta muy temprano (4 o 5 de la mañana) y trabaja en la pequeñísima huerta propia de papaya, un poco de maíz y algunas hortalizas; o en la enorme huerta de palmas y limoneros como peón del dueño de la zona. Al mediodía descansa para evitar los esfuerzos a la hora de mayor calor. En la tarde corta leña para la cocina de barro con comal en el centro y a veces se va a pescar cuatetes (bagre de río) o a cazar iguanas para completar la comida. Debe además cuidar unas pocas gallinas o algún guajolote (pavo) para evitar que se los coman los zorros o los tlacuaches (especie de comadreja).
Las niñas, después de los seis o siete años, se hacen cargo y cargan con su hermanitos chicos. El hermano grande (seis años) se encarga de vigilar las gallinas y los guajolotes y de cargar leña con el padre. Con suerte van a una escuela que es una palapa con rústicos asientos debajo.


LA MÚSICA REGIONAL
Predominan en esta región un tipo de asociación musical que no pierde su vigencia: el dueto. Así, Bertín y Lalo, el Dueto Castillo, Dueto del Sur y Los dos de Guerrero son algunos de los más conocidos de Guerrero que –curiosamente– aunque sean tres no pierden la denominación tradicional de duetos. Del lado michoacano está el muy famoso Dueto Río Balsas, Los Michoacanos del Pinzán, Los Auténticos Michoacanos y muchos más.
Estos duetos interpretan fundamentalmente corridos con historias detalladas de lugares, mujeres y nunca falta alguna canción dedicada a personajes muy respetados en la zona, como los dos ya desaparecidos maestros normalistas y guerrilleros Genaro Vázquez y Lucio Cabañas.
La danza más conocida y popular en la costa de Guerrero (se extiende hasta la costa de Oaxaca) es toda una curiosidad. A mediados del siglo XIX con la fiebre del oro en California, muchos chilenos emigraban hacia el norte y en su travesía marítima desembarcaban por Oaxaca y Guerrero para reponer alimentos y agua dulce. En estas detenciones, hombres y mujeres del sur mostraban sus danzas, entre ellas las famosas cuecas que mucho gustaron a sus anfitriones mexicanos. Los de aquí aprendieron a bailarlas utilizando el pañuelo en la mano derecha (tal como se hace en Sudamérica incluyendo zambas, chacareras y pericones entre otras), las adaptaron a sus instrumentos (guitarra, bajo quinto, violín y a veces arpa), a sus voces y las llamaron chilenas.
https://www.youtube.com/watch?v=0fvjjutNkI8
Cerremos estos párrafos sobre la costa de Michoacán y Guerrero diciendo que nuestra experiencia por aquellos estados fue en los primeros años de la década de los 80´s. Por allí anduvimos en estas tierras hermanadas por una rica geografía, rica historia y ricas costumbres pero generadoras de inmensa pobreza humana. Lamentablemente, la gente bravía, siempre olvidada y trabajadora de la costa de estos estados, hoy vive –como muchas partes de México– un período de enorme violencia que mortifica, avergüenza y que no merece.

viernes, 23 de septiembre de 2011

La sastrería

Mi marido dice que estoy loca y no me cree que en esta casa tan antigua que compramos hay un hombre que se pasea por el jardín interior. ¡Cuántas veces lo he visto salir de lo que era el granero y con toda calma caminar mirando el suelo! Al principio me asustaba y por eso recurría a mi esposo toda alarmada pero cuando él salía corriendo para ver quién era nunca veía nada.
–¡Estás como loca mujer! Aquí no hay nadie– eso era todo lo que me decía hasta que finalmente, y luego de cuatro o cinco veces, ya no miró más a ver quien andaba ni yo volví a avisarle.
De verdad no sé qué me pasa pero no estoy mintiendo cuando digo que alguien camina por las noches en el jardín. Yo lo veo y no es una sombra, ni siquiera puedo decir que es un fantasma, es un hombre de carne y hueso (o al menos así parece) que se pierde en lo oscuro. Yo sé que soy medio rara y que muchas veces veo o presiento cosas que mi esposo ni cuenta se da.
Y esto me sucede desde niña, como que poseo un don… bueno, en realidad muchas veces pienso que es una maldición lo que tengo, porque me trae disgustos y aflicciones más que beneficios. No puedo olvidar mis vacaciones en San Pedro, en la casa de mi abuelita Cristina que me encantaba ir pero a veces sentía cosas raras que ya no me encantaban.
Aquella casa muy vieja con rejas negras y el piso de la entrada muy gastado de tanto usarlo los González-Santana y los González-Rojas de mi familia, era una gran ele que al entrar quedaba a la izquierda un patio abierto muy hermoso, con limoneros, guayabos, unos viejos plátanos que sus hojas siempre eran recortadas para envolver los tamales oaxaqueños que hacía mi abuelita. También había muchas matas de café muy cuidadas por mi abuelo que según él unas eran para cosechar granos de aroma y otras para cosechar granos de sabor y que al mezclarlos daba como resultado aquel café de olla que hoy tanto extraño.
Temprano, mi abuelo andaba con unas cajas de madera como cuartillos con los granos secos y blancos de café y los ponía en el comal de barro donde con una cuchara de madera les daba vueltas y vueltas. La casa se llenaba de olor a granos de café tostado y no podía haber un amanecer más sabroso.
El lado largo de la ele lo ocupaban cuatro cuartos en fila con puertas de madera y vidrio con cortinas blancas bordadas por mi abuelita. Todas las puertas daban al patio. En el lado corto estaba el comedor con una cocina que casi no se usaba, muy limpia y ordenada. El siguiente espacio era la cocina de humo donde en realidad se guisaba. Después estaba el baño con piso de piedra y terminaba en una especie de granero lleno de tiliches y cosas viejas de las que mi abuelo no quería deshacerse. Toda la ele estaba protegida de la lluvia y el sol por un amplio techo de madera con tejas de casi tres metros de ancho que también protegía un titipuchal de plantas en maceta.
Me acuerdo que cuando me acostaba mi abuelita me decía que no leyera mucho porque ya era tarde y “mañana tu abuelo te despierta temprano con esa escandalera que trae…”  Como a las doce de la noche dejaba de leer porque me ganaba el sueño y apagaba una vieja lámpara de bronce. Ese era el momento en que oía llorar un bebé claramente y en la casa no había ningún niño excepto yo que ya tenía como doce años.
El llanto venía del baño y yo abría la puerta de mi cuarto con mucho cuidado para no hacer ruido y ver qué pasaba, pero no se veía nada, ni siquiera una luz. Así se lo comenté a mi madre que no me hizo caso pero mi abuelita me oyó y se puso muy nerviosa y luego de insistirle por qué se ponía así se puso a llorar y me llevó a su recámara y me dijo que me lo contaría siempre y cuando yo le prometiera no comentarlo con nadie. En medio de llantos muy angustiosos me contó que ella había tenido otro bebé pero que un día al bañarlo se le cayó de los brazos y se golpeó muy fuerte su cabecita a tal punto que falleció.
–Tú, hijita, eres la única que oye a mi bebé que aún hoy sigue llorando.
            Así fue mi niñez, llena de sensaciones y sucesos raros, y ahora de adulta me siguen pasando cosas así que me dan miedo y cuando se lo he comentado a mi esposo él siempre se ha reído o me dice que deje de pensar en esas cosas.
            Fue el viernes por la mañana que íbamos en el auto hacia el centro de Toluca por la calle Nicolás Bravo y al detenerse el tráfico le señalé a mi marido una sastrería muy bonita y antigua a nuestra derecha. Con un ojo la contempló y acordó conmigo que ya no se ven de esas sastrerías. Los dos nos asombramos del mostrador y del maniquí de madera con su hermoso pie torneado.
–El sastre en la máquina de coser hace juego con los muebles porque se ve tan viejo como la Singer de pedal– dijo mi esposo mientras yo observaba los lentes pequeños del señor que le servían para ver por arriba de ellos hacia la calle.
–Te voy a regalar una boina como la que usa ese sastre– le comenté entusiasmada.
–Estás loca, mujer. Yo no usaría una gorra como ésa.
            El tránsito se puso en movimiento nuevamente y perdimos de vista a la antigua sastrería, pero yo me quedé pensando en traer el abrigo que me dio mi mamá para que me lo achicara y pudiera usarlo este invierno. Al comentárselo a mi marido él se adelantó a decirme que mañana sábado me traería en el carro a dejar el saco.
            Me levanté ese sábado con una sensación muy rara de inquietud y desasosiego. Me sentía ansiosa y no sabía por qué. Fui por mi saco, más bien el de mi mamá, que según ella era de muy buena tela y que a mí me gustaba por lo abrigado. Al descolgarlo del clóset sentí en mis manos la calidad de la tela y como en noviembre ya se empieza a sentir unos buenos fríos, me di cuenta de lo útil que me iba a ser. Mi marido terminaba de tomar su desayuno y ya era tanta mi inquietud que me preguntó:
–Oye mujer, ¿qué te pasa que no desayunaste nada y ni siquiera te has sentado en la mesa?
–De veras no sé qué me pasa pero no me siento bien. Bueno, no es que me sienta enferma pero tengo un desasosiego que no me deja ni pensar. Y sabes qué... estoy segura que hoy algo va a pasar.
–¡Ay mujer! ¡No empieces con tus cosas! Siempre andas...
–¡Ya, ya, mi amor! No me digas nada y olvídate de lo que te dije, por favor.
–Bueno, de acuerdo... pero vámonos de una vez a llevar ese saco a la sastrería.
            Sentada en el auto tenía la sensación de que iba hacia una nueva experiencia desagradable y apretaba el abrigo de mi mamá contra mi cuerpo como si me protegiera de algo malo. Por fin llegamos al centro y dejamos el carro en un estacionamiento a dos calles de la sastrería. Caminamos lentamente por la calle Nicolás Bravo. Yo le tomaba el brazo a mi marido y me cuidaba de no apretarlo para que él no me dijera nada de mis miedos e inseguridades. Me daba cuenta que él disfrutaba el clima de esa mañana fresca pero con un limpio sol que ya empezaba a entibiar. Caminaba de buen humor y me señalaba ropa de unas tiendas comentándome de calidades y precios. Yo a todo le decía que sí porque no me podía concentrar en su plática y nunca supe realmente de qué me hablaba.
            Rápidamente llegamos al final de la calle y no nos dimos cuenta que nos habíamos pasado de la sastrería. 
–¿Estamos tontos o qué? –me dijo mi marido.  –¿No era en esta cuadra?
–Si, pero ya nos pasamos... ¿no?
            Regresamos lentamente mirando con mucha atención los comercios instalados y no encontramos ninguna sastrería.
–¿Sabes qué? Seguramente está cerrada y por eso no nos damos cuenta donde es. Aunque yo creo que era por donde está esa farmacia. Mira, vamos allí y preguntamos dónde está.
            No quise contradecir a mi esposo pero la inquietud que sentía en mi interior me decía que algo raro pasaba. Entramos a la farmacia y muy decidido mi marido pregunta por una sastrería que estaba por allí. La dependiente, una muchacha joven y muy preocupada por su cabello que no dejaba de acomodárselo, le contestó que no tenía la menor idea. Sin embargo apareció el farmacéutico quien con mucha amabilidad me preguntó en qué podía servirme.
–Mire señor, buscamos una sastrería que está por aquí en esta cuadra.
–Nooo... señorita, no. Por aquí no hay ninguna sastrería.
–Cómo no, señor. Ayer pasamos por aquí y vimos una sastrería muy antigua. Juraría que en este lugar.
–¿Cuándo dijo que la vio, señorita? –Yo notaba que el farmacéutico arqueaba cada vez más las cejas.
–Ayer, señor. Ayer pasamos con mi esposo y la vimos abierta y estaba por aquí.
            El farmacéutico seguramente pensaba que yo estaba loca pero al ver asentir a mi marido mis afirmaciones con tanta seguridad tomó una extraña actitud de interés pero con cierto temor.
–Disculpen que les pregunte, pero ¿qué vieron exactamente ayer?
            Nos miramos desconcertados con mi marido y yo atiné a decirle qué importancia tenía lo que exactamente vimos. El señor ya visiblemente nervioso casi me rogó que le dijera lo que vimos porque le interesaba especialmente.
–Bueno, es que era una sastrería muy bonita con un enorme mostrador de madera tallada, un maniquí también de madera sin cabeza y con el pie torneado, y estaba un señor de lentes pequeños y boina azul cosiendo en una antigua máquina Singer de pedales.
–¿Qué edad tienen ustedes? –nos interrogó el farmacéutico con un hilito de voz y la frente perlada de sudor. Inmediatamente notó que nosotros ya lo mirábamos con desconfianza y que no estábamos dispuestos a seguir con el interrogatorio por lo que adelantó una mano como para detenernos. –Miren señores, parecerá de locos esta situación pero me doy cuenta que ustedes son muy jóvenes y no tendrán más de treinta años ¿no?
–Yo tengo veintiocho señor, pero ¿por qué se pone usted tan nervioso?– pregunté ya francamente interesada.
–Porque ustedes lo que vieron ayer era la sastrería que tuvo en este mismo lugar mi padre pero hace más de treinta años. En la casa aún guardo sus pequeños lentes y su boina azul…

Cédar Viglietti
Cocina de humo
           

sábado, 10 de septiembre de 2011

LAS FIESTAS DE PUEBLO EN MÉXICO

LAS FIESTAS DE PUEBLO

Quiero referirme en este artículo a aquellas noches mágicas de 1977 y años siguientes que de regreso en el autobús a la Cd. de México, después de haber dado clases de guitarra en Cd. Sahagún, me asombraban por ser testigo de una de las más hermosas tradiciones en plena campiña mexicana.

Pero es imposible hacerlo si no recurro al gran poeta y pensador mexicano Octavio Paz que en su ensayo El laberinto de la soledad analizó la formación de la personalidad del mexicano en su forma más íntima y profunda.

“El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual.” (…)

El último camión, como dicen en México al ómnibus, hacia el Distrito Federal salía de Cd. Sahagún a las diez de la noche. Medio cansado lo tomaba y muy pocos pasajeros me acompañaban así que me podía sentar del lado de la ventanilla con toda comodidad. La mayoría aprovechaba a dormir luego de una larga jornada de trabajo, pero yo venía con los ojos bien abiertos para no perderme aquel bello espectáculo nocturno de las fiestas de pueblo.

La mayoría de los pueblos en México conjugan dos nombres: el español y el indígena. Por ejemplos San Juan de Teotihuacán, San Miguel Zinacantepec, Santiago Tianguistenco y así sintetizan las dos culturas que formaron a este país. La solitaria carretera (por aquellos tiempos) que unía a Sahagún con el DF pasaba a un lado de pequeños pueblos y a tres entraba el camión a recoger pasajeros: Otumba (lugar de Otomíes), San Martín de las Pirámides y San Juan de Teotihuacán. Nunca faltaba que alguno estuviera de fiesta. Si no eran estos tres pueblos relativamente grandes, sería alguno de los pequeños que se veían a lo lejos.

(…) “El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros. En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros, sus danzas, ceremonias, fuegos de artificios, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos, dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados.”

Ora por aquí, ora por allá explotaban aquellos bellísimos fuegos artificiales en la oscuridad de la noche y en aquella soledad de entonces que hoy es cada vez menos. Abría bien los ojos para disfrutar aquellas luces de artificio o las infaltables ruedas gigantes que parecían rodar por el campo en la noche. Eran las ruedas de la fortuna, como le llaman en México, que formaban parte de una feria ambulante que iría recorriendo pueblos de acuerdo al santoral cristiano. Estas ferias eran como esos parques de diversiones (Parque Rodó en Montevideo) con muchos juegos mecánicos, tiro al blanco, puestos de antojitos (preciosa palabra para designar esos bocadillos mexicanos que tanto se antojan) y el infaltable pan dulce de fiestas.

De lejos, aunque sin detalles, se percibía esa alegría desbordada de los lugareños porque los fuegos artificiales eran desproporcionadamente grandes para el tamaño del pueblo. De cerca se apreciaban los pormenores: música de una banda de aliento —por no decir de mal aliento porque a esas horas el alcohol ya había hecho estragos— ya cansada pero dispuesta a seguir; los carros chocones (autitos chocadores) con sus luces y gritos de los ocupantes; un par de carruseles (calesitas) llenos de niños; algunos juegos de violentas sacudidas; los clásicos juegos de canicas (embocar una bolita de vidrio en huecos de una mesa) y tiros al blanco; los puestos de plátano macho (banana de gran tamaño) que se fríen y se les agrega leche condensada y azucarada; los infaltables hot cakes con miel de maple.

Para ir calentando el ambiente —que ni falta hacía— aparecía un torito que enloquecía a niños y jóvenes. Estos toritos son una variedad de fuegos artificiales puestos sobre una estructura de madera y cartón que semeja un toro y protege al muchacho que se la pone encima de su cabeza y espalda mientras corre entre el público y va soltando cohetes y luces mientras los niños corren detrás.

El momento culminante de la fiesta comenzaba al encenderse el castillo: otra variedad de fuegos de artificio que son una verdadera obra de artesanía que al encenderse aparecen dibujos recordatorios del santo o virgen patrona del pueblo mientras se sueltan coronas que se elevan al cielo estallando en mil colores. Al terminar el castillo que duraba un buen tiempo encendido, hacían su aparición los verdaderos fuegos artificiales que rebasaban en altura a la iglesia que hacía sonar sus campanas y testificaba así el momento sobresaliente de la fiesta.

(…) Son incalculables las fiestas que celebramos y los recursos y tiempo que gastamos para festejar. Recuerdo que hace años pregunté al presidente municipal de un poblado vecino a Mitla: “¿A cuánto ascienden los ingresos del municipio por contribuciones?” “A unos tres mil pesos anuales. Somos muy pobres. Por eso el señor Gobernador y la Federación nos ayudan cada año a completar nuestros gastos.” “¿Y en qué utilizan esos tres mil pesos?” “Pues casi todo en fiestas, señor. Chico como lo ve, el pueblo tiene dos Santos Patrones.”

No debe pensarse que estas fiestas son solamente preocupación de las autoridades municipales o estatales, en realidad la iglesia que lleva el nombre del santo patrono organiza cada año a un grupo de fieles que se les denominan mayordomos y que tienen el honor y obligación de recolectar dinero entre la comunidad católica del pueblo; traer a la feria ambulante, contratar a los artesanos que producen los fuegos de artificio; contratar los músicos foráneos que den realce a la fiesta; conseguir la participación de danzantes y músicos locales; encargarse de adornar la iglesia y el pueblo, entre muchas tareas más.

Un mexicano sin fiesta no es mexicano. En las oficinas de cualquier dependencia o empresa se organizan pequeñas celebraciones a la menor provocación: cumpleaños, día de algún santo y que algún compañero se llame como él, la entrega de equipamiento nuevo (“remojo” le dicen al brindis por una nueva computadora u otro implemento), en fin, motivos nunca faltan.

“Gracias a las fiestas el mexicano se abre, participa, comulga con sus semejantes y con los valores que dan sentido a su existencia religiosa o política. Y es significativo que un país tan triste como el nuestro tenga tantas y tan alegres fiestas. Su frecuencia, el brillo que alcanzan, el entusiasmo con que todos participamos, parecen revelar que, sin ellas, estallaríamos. Ellas nos liberan, así sea momentáneamente, de todos esos impulsos sin salida y de todas esas materias inflamables que guardamos en nuestro interior. Pero a diferencia de lo que ocurre en otras sociedades, la fiesta mexicana no es nada más un regreso a un estado original de indiferenciación y libertad; el mexicano no intenta regresar, sino salir de sí mismo, sobrepasarse. Entre nosotros la fiesta es una explosión, un estallido. Muerte y vida, júbilo y lamento, canto y aullido se alían en nuestros festejos, no para recrearse o reconocerse, sino para entredevorarse. No hay nada más alegre que una fiesta mexicana, pero también no hay nada más triste. La noche de fiesta es también noche de duelo.
Si en la vida diaria nos ocultamos a nosotros mismos, en el remolino de la fiesta nos disparamos. Más que abrirnos, nos desgarramos. Todo termina en alarido y desgarradura: el canto, el amor, la amistad.” (…)

Me resulta imposible cuantificar la cantidad de ferias (calesita y juegos mecánicos) que puede haber en México. Seguramente son miles. No se quedan mucho tiempo en ningún lugar porque un nuevo santo o virgen van a ser festejados en otro pueblo o en diferentes barrios de una misma ciudad. Las hay tan pequeñas y pobres que dan lástima. Son unos pocos juegos despintados pero que son solicitados en lugares también pequeños y olvidados. Las hay enormes que podrían hacer palidecer los parques de juegos mecánicos de muchas ciudades. Pero todas, con sus luces, sonidos, antojitos y pan dulce llaman a la gente y hacia allí van los vecinos atraídos como mariposillas a la lámpara.

Los pueblos y barrios las esperan y se preparan adornando con mil flores (naturales o de papel) el portal de la iglesia o capilla donde se venera el santo o virgen del santoral católico. Ingenuas y bellas guirnaldas de papel recortado engalanan las calles principales del lugar. Lanzamiento de cientos y cientos de cohetes en los días previos van preparando ese ambiente tan particular que se viven en los pueblos. Las familias se preparan para recibir a los parientes que hace ya tiempo se fueron del pueblo buscando mejores horizontes; porque ellos vendrán inevitablemente a reencontrarse con su gente, sus tradiciones y con su pasado que en esos días regresa intacto.


Cédar Viglietti

sábado, 27 de agosto de 2011

El Centro de Desarrollo para la Comunidad y el Centro Guitarrístico "Agustín Barrios"

El Centro de Desarrollo para la Comunidad

El 1º de marzo de 1977 volví a dar las clases de guitarra clásica en aquel magnífico espacio del Centro de Desarrollo para la Comunidad de Cd. Sahagún, estado de Hidalgo que dirigía Jesús Mora Luna, fino pintor hidalguense con una paleta que reproducía fielmente los tonos amarillentos y marrones que primaban durante la mayoría del año en los paisajes tan distintivos de los llanos de Apan.

Chucho, como le llamábamos con cariño a este gran amigo, forjó una institución única en Cd. Sahagún con un mínimo de recursos pero con una generosa actitud de ver siempre cómo sí se pueden hacer las cosas aunque parecieran imposibles. Así lo veíamos dando sus clases de dibujo o pintura, como atendiendo el mantenimiento de aquel espacio, haciendo labores de carpintería, o atendiendo escuelas primarias y secundarias que solicitaban su apoyo y experiencia artística.

Aparecieron los “viejos” alumnos de guitarra del año anterior e inmediatamente Chucho consiguió recursos para comprar un par de instrumentos, atriles, metrónomo, los métodos de Pujol, Aguado-Sinópoli, Estudios de Carcassi y de Fernando Sor. Los clásicos banquitos para poner el pie izquierdo fueron productos de la habilidad para la carpintería y siempre buena disposición de este joven pintor hidalguense. El taller de guitarra rápidamente tomó forma y las clases empezaban a dar sus frutos.

Debo destacar que conseguir partituras para los alumnos no era una tarea fácil cuando se comienza desde cero en un nuevo país. El proceso de nutrirse con obras para guitarra llevaba años en aquella época, situación que hoy con el internet es muy sencillo resolver, por lo cual recurría a la vieja Escuela Nacional de Música de la UNAM que funcionaba en aquellos años por la colonia (barrio) San Rafael de la Ciudad de México. Allí siempre encontré el cálido apoyo del maestro Alberto Salas quien me autorizaba a fotocopiar los textos musicales que necesitaba.

Un par de jóvenes rápidamente empezaban a destacar: Victorino Peña, talentoso y de buena motricidad; y Delfino Urdanivia, obrero metalúrgico de Diesel Nacional que, con tenacidad y ganas demostraba que podía romper las ataduras de aquellas manos acostumbradas al metal. Tiempo más tarde llegó una joven de Pachuca que ya estaba iniciada en el estudio de la guitarra, Enriqueta Ciprés, que tocaba muy bien y junto con Victorino formaron un buen dúo de guitarras.

Un poco antes ya había llegado el Ing. Luis Alberto Fonseca, Gerente de Diesel Nacional, quien había estudiado algún tiempo guitarra con el maestro hidalguense Baltasar González. Este ingeniero preparado, culto y con entusiasmo por nuestro instrumento fue una pieza muy importante para consolidar las clases de guitarra en el Centro de Desarrollo porque su sola presencia aseguraba la debida atención y apoyo de las autoridades del Combinado Industrial Sahagún.

El Centro Guitarrístico Agustín Barrios

En este marco de entusiasmo por la guitarra comenzó a gestarse la idea de formar un centro guitarrístico para iniciar tareas de divulgación y promoción de las seis cuerdas. En ese mismo año el Ing. Fonseca trajo una vez a don Baltasar González Campero, ilustre maestro de guitarra del estado de Hidalgo que había estudiado en 1939 con Ismael Guerrero de Pachuca. Nos fascinó la personalidad de este hombre de origen campesino que con infinita modestia nos contaba de sus andanzas musicales por el estado. Pese a su avanzada edad mostraba juveniles arrestos cuando hablaba de la guitarra y me preguntó si conocía la música de Agustín Barrios. Cuando le respondí que era ferviente admirador del genial paraguayo, soltó una frase que nos dejó estupefactos:

–¡Yo conocí al maestro Agustín Barrios “Mangoré”!

–¡Háblenos de él don Baltasar, por favor…!

Allí nos contó que lo conoció en Pachuca y que deslumbraba tocando sus composiciones y arreglos. Que la famosa obra “La hilandera” la había escrito en Tepeapulco, pequeño y muy antiguo pueblo conurbado con Cd. Sahagún. Poco a poco fue desgranando anécdotas del gran paraguayo hasta que nos contó que se marchó de Pachuca integrando un circo donde disfrazado de indígena paraguayo –para llamar la atención– tocaba la guitarra.

La vieja idea de ponerle a un centro guitarrístico el nombre de Barrios allí mismo tomó forma al saber que había andado y compuesto una obra por esa zona. Había una clara vinculación entre el estado de Hidalgo y Barrios. Porque, debo confesarlo, no me resultaba fácil proponer ese nombre en aquellos años donde casi nadie en México tocaba obras de Agustín Barrios y era apenas conocido por los comentarios y divulgación de don Juan Helguera en su programa “La guitarra en el mundo” de Radio Universidad Nacional Autónoma de México.

Con el ingeniero Fonseca, Jesús Mora Luna y los alumnos un buen día tomamos coraje y nos atrevimos a fundar el “Centro Guitarrístico Agustín Barrios”. Su presidente fue el Ing. Fonseca y el secretario quien escribe estas líneas. Ahora había que organizar el acto de inauguración y empezamos a preparar algunas obras del paraguayo que interpretaríamos con el ingeniero. Chucho realizó un retrato del músico basado en una vieja foto que teníamos. Mientras tanto fui a hablar con el maestro Juan Helguera y lo invitamos para que diera una charla sobre Barrios a la vez que también invitamos a don Baltasar González para realzar el acto inaugural.

Así fue que el día 22 de septiembre de 1977 se llevó a cabo la inauguración del centro guitarrístico según los detalles que en el modesto programa adjunto se pueden ver. Y ya no paramos en organizar conciertos y exposiciones de pintura que fueron haciendo crecer el entusiasmo de quienes formábamos parte del desaparecido –hace muchos años– Centro de Desarrollo para la Comunidad.

Guitarristas generosos y de mucho prestigio nos apoyaron en conciertos que no dejaban decaer aquel sueño hecho realidad en Cd. Sahagún. Así engalanaron y fueron parte de este Centro Guitarrístico Agustín Barrios, músicos como Gerardo Tamez, Roberto Limón, Javier Hinojosa, y las uruguayas Magdalena Gimeno y Cristina Zárate entre los que la memoria nos trae.

Un punto culminante fue el concierto que diera el guitarrista mexicano Javier Hinojosa que sirvió de merecidísimo homenaje al maestro don Baltasar González Campero, quien nos honró con su presencia. 

Con modestos alcances pero no menos importante fueron las presentaciones anuales de los alumnos y la celebraciones del Día de la Música con su patrona Santa Cecilia en el marco del propio centro guitarrístico. De esta última celebración recuerdo una hermosa copia realizada por nuestro director del Centro de Desarrollo, Jesús Mora Luna, a una famosa pintura de Santa Cecilia tocando el laúd que, de enorme tamaño, presidió las presentaciones musicales organizadas.

Pero sin duda el momento más importante que vivió el Centro Guitarrístico Agustín Barrios fue la inauguración del “Mural de la Guitarra” en el marco de unas Jornadas Culturales que trajeron a la Orquesta de Cámara de la Ciudad de México.
Nuestro buen amigo Chucho nos había presentado un joven pintor de gran talento: Miguel Ángel Hermann, oriundo de la ciudad de Apan, localizada a pocos kilómetros de Cd. Sahagún dentro del propio estado de Hidalgo. Con un nombre muy comprometedor para un pintor, Miguel Ángel nos regaló una obra magnífica de grandes proporciones que fue admirada por propios y extraños.

Al entrar al salón de actos del Centro de Desarrollo (hoy es una dependencia del FONACOT, institución de crédito del gobierno federal mexicano) la pared de la izquierda mostraba un mural de unos seis por cuatro metros donde una enorme y moderna figura tenía como cabeza un retrato de Fernando Sor que sostenía en una especie de enorme brazo (un pentagrama) los retratos de Fernando Carulli, Dionisio Aguado, Francisco Tárrega, Manuel M. Ponce, Heitor Villalobos y Agustín Barrios (entre los que recuerdo) que eran a su vez gigantescas notas de una partitura del propio Sor. Con muchísima pena –lo confieso– perdí la única foto que poseía y que ahora sólo en mi memoria –siempre frágil y medio gastada– ha quedado impresa.

Es muy difícil hablar de esa obra pictórica moderna y genial para quien no es un pintor, pero sí puedo decir que el orgullo y emoción que sentimos todos por verla en aquella enorme pared era aún más grande que las dimensiones del propio mural. ¡Cuánto daría por tener una foto de aquella maravilla que fue borrada sin contemplación alguna!

No faltaron las retribuciones a tan entusiastas labores y en una oportunidad la esposa del Lic. Francisco Javier Alejo (aquel Director General del Combinado Industrial Sahagún), quien era la persona que se encargaba de coordinar las labores sociales y culturales del Combinado, me ofrece la oportunidad de tocar como solista de la Orquesta Sinfónica del Estado de Michoacán. Era difícil decir que no a esa inmerecida propuesta que por aquellos años parecía un sueño inalcanzable.

Para aprovechar este inesperado ofrecimiento con la mayor dignidad posible me puse a estudiar el Concierto en Re Mayor para guitarra y cuerdas de Antonio Vivaldi que no ofrece dificultades y que podría tocarlo con las cuerdas de la orquesta. Así fue que el 5 de julio de 1979 tuve la fortuna de tocar esa obra en el Auditorio Municipal de Cd. Sahagún, siempre en el marco del Centro Guitarrístico Agustín Barrios.

Así fueron los años 1977, 78, 79 y cuando llegamos a la mitad de 1980 aparecen las malas noticias que nos anuncian la privatización del Combinado Industrial Sahagún y con ello se acaban los apoyos a las actividades culturales. Se acabaron las clases de guitarra, las presentaciones de alumnos, los conciertos y demás actividades artísticas.

Ya no está el Centro de Desarrollo para la Comunidad; ya no existe el Centro Guitarrístico Agustín Barrios; ya no está el “Mural de la Guitarra” de Miguel Angel Hermann; ya no está con nosotros don Baltasar González Campero. Pero nadie podrá borrar de nuestros recuerdos aquellas inolvidables páginas que escribimos con entusiasmo y alegría en aquel entrañable rincón del estado de Hidalgo.