lunes, 29 de junio de 2015

EL INALCANZABLE, Agustín Barrios Mangoré


Reseña sobre el libro-catálogo editado por el Congreso de la Nación del Paraguay a través del Centro Cultural de la República EL CABILDO.


Hoy el mundo vive tiempos de auge y esplendor en lo que a guitarra se refiere. Miles y miles de buenos guitarristas acceden a grabaciones, conciertos, videos y espacios para la docencia. Pero no siempre fue así. La guitarra mal llamada clásica –aunque deberemos aceptar esa denominación por extendida y entendida– pasó por tiempos muy difíciles. Tanto ella como sus antecesores (el laúd, la vihuela, la guitarra barroca) sufrieron un largo período de ostracismo por el volumen sonoro de nuevos instrumentos así como por el aumento de tamaño de las salas de concierto. La guitarra con su sonido tan íntimo, acotado a audiencias pequeñas no soportó la presencia poderosa e implacable del piano o las formaciones numerosas de cuerdas y, menos aún, las de instrumentos de aliento.

Así fue que luego de la segunda mitad del siglo XIX, retirados los Carulli, Sor, Aguado, Guiliani, Carcassi, Coste y demás, se vio prácticamente desaparecer a la guitarra de las salas de conciertos, refugiándose en la casi clandestinidad de las reuniones pequeñas de amigos que se resistían a ver eclipsado al instrumento de seis cuerdas.

Sólo alguien con una gran personalidad musical (tanto en el plano de la composición como la ejecución) podía rescatar a la guitarra a pesar de que prácticamente nunca mejoró sustancialmente su volumen; ese fue el músico valenciano Francisco Tárrega que con sus composiciones y aportaciones técnicas dio nueva vida a nuestro instrumento y bríos a los guitarristas que le siguieron.

La larga lucha por reivindicar a la guitarra explica un singular fenómeno en el mundo de la música: la aparición de un verdadero apostolado de los guitarristas del siglo XX por difundir a su instrumento formando Centros Guitarrísticos, Sociedades Guitarrísticas y demás agrupaciones de amigos de la guitarra. Este fenómeno no ocurre con el piano, ni con el violín y mucho menos con los instrumentos de aliento. Algo especial reúne a quienes gustan de la guitarra, ¿será que se abraza junto al corazón?, puede ser, pero creo más en un acto de justicia reivindicativa de un valioso instrumento que es una pequeña orquesta.

La música de Tárrega y su técnica guitarrística difundida por sus discípulos Miguel Llobet, Domingo Prat, Emilio Pujol, Daniel Fortea, Josefina Robledo y Pascual Roch, entre otros, jugaron un papel fundamental en España y en los países del Río de la Plata que tuvieron la fortuna de ser anfitriones por largos años de buena parte de esta pléyade de guitarristas y maestros merced a una época de oro en la economía de ambos países.

Debo hacer párrafo aparte con el guitarrista español Andrés Segovia, de tan fuerte personalidad que nunca aceptó haber recibido clases de nadie, situación poco creíble cuando compartía tertulias (“tocadas” dirían los jóvenes) con Miguel Llobet y otros maestros de la época. Este ejecutante dio su primer concierto en Montevideo en 1920 y contribuyó junto a sus compatriotas Antonio Manjón y Francisco Callejas a incrementar el ambiente guitarrístico de por sí existente en ambas márgenes del Plata.

Este es el ambiente guitarrístico que atrae al Río de la Plata a un hijo del Paraguay no reconocido en su propio país: Agustín Pío Barrios, uno de los más importantes compositores de música para guitarra y un notable intérprete de su instrumento.

¿Por qué Barrios dejaba su país? ¿Por qué no era reconocido en su propia tierra? Barrios nació 15 años después del mayor genocidio que conociera América Latina –quizás exceptuando las masacres de la conquista española–: la Guerra de la Triple Alianza, la infame invasión que Argentina, Brasil y Uruguay realizaron al Paraguay para casi acabar con la población de ese país. El historiador argentino Felipe Pigna ha sostenido que de los 1’300,000 habitantes del Paraguay antes de la Guerra de la Triple Alianza, quedaron solamente 300,000 personas vivas…  

Ese Paraguay arrasado por sus vecinos a instancias del viejo imperio británico que propició, incitó y financió la destrucción del país por ser un modelo de desarrollo independiente, no estaba como para apreciar a un joven músico por mucho talento que tuviera. Paraguay trataba simplemente de sobrevivir y recuperar su población masculina que se redujo a 28,000 hombres después del conflicto armado[i]. Aún hoy este país sudamericano no ha terminado de recuperarse desde el punto de vista de su desarrollo ni de la cuantiosa pérdida de su territorio desde esa época tan terrible[ii].

Uruguay y Argentina fueron los países que recibieron a Barrios y apreciaron, desde un principio, la calidad de sus composiciones y la ejecución de su guitarra. En corto tiempo, Barrios, de agradable personalidad y gentil presencia se dio a conocer y maravillaba con sus interpretaciones tan atinadas de partituras de los grandes clásicos en arreglos propios para la guitarra. Las primeras obras suyas, de marcados perfiles folklóricos, quizás no fueran las mejores, pero cuando tocó sus obras cumbres como La Catedral, Confesión, Las Abejas, algunos Valses y Danzas Paraguayas rápidamente sus partituras pasaron a ser ejecutadas por casi todos los guitarristas rioplatenses.

Situar a Barrios en el universo de los compositores para la guitarra no es tarea sencilla, pero no se puede tener dudas que junto a Fernando Sor y Francisco Tárrega ocupa un lugar de privilegio. Sin embargo se necesitaron más de 50 años para que la música de Agustín Barrios fuera reconocida por el mundo guitarrístico. Exceptuando a Uruguay, Argentina y en cierta medida Paraguay[iii], fue hasta 1977 –año en que el guitarrista australiano John Williams graba un disco con música del paraguayo– cuando el nombre de Barrios comienza a tomar su justa dimensión.

Hoy no existe un guitarrista que se precie como tal en este planeta, que no ejecute alguna obra de Barrios. Hace algunos años atrás algunos guitarristas jóvenes tocaban al paraguayo como advertencia de que se estaba al día en cuanto a repertorio “novedoso” del mundo de la guitarra.

Había muy poca literatura y mucho menos imágenes sobre este compositor y guitarrista sudamericano que apoyara la investigación que hoy se hace de sus obras y de su multifacética personalidad. A partir de 1960 aparecen las primeras páginas biográficas que comienzan a dibujar a este personaje romántico tardío de la música latinoamericana. Años más tarde aparecen algunos trabajos más sobre Barrios hasta que en 2007 se publica el libro-catálogo “EL INALCANZABLE, Agustín Barrios Mangoré” editado por el Congreso de la Nación del Paraguay a través del Centro Cultural de la República EL CABILDO.


Este extraordinario libro de 292 páginas impresas en papel couché mate de calidad ofrece información muy interesante y muchas veces novedosa sobre Barrios en español e inglés, pero fundamentalmente numerosas imágenes del paraguayo, sus familiares y alumnos, entre otros muchos retratos. Resultan particularmente atractivas las fotografías de algunas de las guitarras que Barrios utilizara en su vida artística, tan bohemia y andariega. Asimismo es apasionante leer algunas cartas que el paraguayo dirigiera a sus amigos y familiares rescatadas por sus admiradores, alguno de los cuales intervienen en la realización de este libro. Estas cartas –claramente reproducidas– permiten “escuchar” y conocer al Barrios hombre y las vicisitudes que rodearon su azarosa vida en este mundo.

“EL INALCANZABLE, Agustín Barrios Mangoré” es un trabajo colectivo encabezado por un investigador infatigable sobre la vida y obra de Barrios: Carlos Salcedo Centurión, estadounidense de padres paraguayos. Junto a Salcedo destacan –entre otros– en la investigación, recolección de fotografías, partituras, programas y objetos que pertenecieron a Barrios la Directora del Museo Cabildo de Paraguay Margarita Morselli; el guitarrista paraguayo y ex alumno de Barrios recientemente desaparecido Cayo Sila Godoy; la concertista paraguaya Luz María Bobadilla; el musicólogo y guitarrista estadounidense Richard Stove; y el luthier también estadounidense Frederick Sheppard, una de las personas que hicieron posible la publicación de este libro, al decir del propio Carlos Salcedo.

Este libro resulta muy atractivo a quienes admiramos a Barrios –“mangoreanos”, dicen sus autores– porque en él se reúnen 10 publicaciones anteriores sobre la vida de este músico, por lo cual entendemos que prácticamente no existen más trabajos sobre él. Lamentablemente es escasa la información sobre sus dos estadías en México y nula la información de su paso por el estado de Hidalgo. Existieron testimonios hidalguenses que conocieron a Barrios y lo oyeron tocar la guitarra, como el maestro Don Baltasar González Campero, guitarrista de origen campesino que había estudiado en 1939 con Ismael Guerrero en Pachuca. Precisamente Don Baltasar, a quien conocimos en Ciudad Sahagún, estado de Hidalgo, en el año 1977, nos contaba maravillado cuando conoció y lo oyó tocar al paraguayo en la capital de su estado.

Respecto a la presencia de Barrios en México, debe recordarse que fue en este país que compuso “La Hilandera”, más precisamente en el pueblo de Tepeapulco, Hgo., vecino a la actual Ciudad Sahagún, según nos comentó Don Baltasar González, que a pesar de sus 80 y tantos años mantenía nítidamente sus recuerdos sobre el guitarrista paraguayo.

El hecho de haber estado Barrios en Tepeapulco nos animó para que, junto a un grupo de alumnos y amigos, fundáramos el 21 de octubre de 1977, un Centro Guitarrístico en Ciudad Sahagún que le llamamos “Agustín Barrios”. Por cierto, en el acto de inauguración contamos con la presencia del maestro yucateco Juan Helguera como invitado especial.


En la fotografía se aprecia al Mtro. Juan Helguera a la derecha, al Ing. Luis A. Fonseca (Presidente del Centro Guitarrístico) al centro y quien escribe esta reseña a la izquierda.

El libro-catálogo “EL INALCANZABLE, Agustín Barrios Mangoré” manifiestamente llama a los lectores a continuar con la labor de investigación sobre este músico ya que permanecen en la oscuridad muchos períodos de su vida. Y lo hace con la urgencia de que cada año que pase es más difícil recoger información y, sobre todo, partituras que quedaron regadas en muchos lugares por donde pasó Barrios.

Debe hacerse notar que la información recogida en Uruguay –país donde Barrios vivió, compuso, dio conciertos y encontró a su principal mecenas  (Martín Borda y Pagola) que realizó ingentes gestiones para preservar sus partituras y la correspondencia intercambiada con él– fue muy pobre ya que no se ha hecho una verdadera investigación en la prensa de la época ni siquiera se tomaron datos muy interesantes sobre el paraguayo del libro “Origen e historia de la guitarra” del musicólogo uruguayo Cédar Viglietti, libro éste editado en 1973 y reeditado en 1976 por la editorial argentina Albatros.

Más allá de estas carencias del libro-catálogo, que seguramente se irán subsanando en posteriores investigaciones, plantearía un par de discrepancias respecto a algunas afirmaciones no exentas –una– de cierta exageración producto de una desmedida admiración por un músico que, como casi todos, tiene luces y sombras; y –otra– sobre las razones de que el nombre de “Mangoré” permaneciera “escondido por casi medio siglo”[iv].

La primer discrepancia: no toda la obra de Barrios es de excelsa calidad ni mucho menos. Hago mías las palabras de Viglietti en “Origen e historia de la guitarra”, en la página 205: “Realmente y en todo sentido sufrió altibajos, tanto en las ejecuciones en público como en las grabaciones y aún en sus composiciones: junto a una obra de calidad excepcional, perdurable, y de marcada originalidad, hállase otra con trivialidades o con acusada influencia europea, española principalmente.”

En este sentido es muy discutible la opinión de John Williams múltiplemente citada en el libro “EL INALCANZABLE, Agustín Barrios Mangoré” de que el paraguayo “es el más grande compositor de guitarra de todos los tiempos”. Creo más prudente situar a Barrios después de Fernando Sor y Francisco Tárrega (a quienes él tanto admiró), junto con los compositores Heitor Villalobos y Manuel M. Ponce.

La segunda discrepancia es con el juicio de la página 220 de este libro-catálogo donde se intenta dar una explicación sobre las causas que mantuvieron a Barrios medio siglo ignorado por el mundo con excepción hecha de Argentina y Uruguay. Allí se afirma que poco antes de la muerte de “Mangoré” en 1944 en El Salvador, algunos alumnos –presintiendo su fallecimiento–  hurtaron o no manejaron adecuadamente manuscritos, documentos y partituras de Barrios que posteriormente fueron vendidos o extraviados. Textualmente se dice: “La desidia y negligencia en el manejo de estos manuscritos luego de la muerte de Barrios, fue la causa principal para que el nombre “Mangoré” permanezca escondido por casi medio siglo.”

 Definitivamente esto no fue así. Me sumo a la opinión de muchos músicos y musicólogos que opinan que guitarristas (por ejemplos Andrés Segovia y Narciso Yepes) que tenían permanentes contactos con sellos discográficos internacionales que difundían su música por todo el mundo se negaron a tocar la música de Barrios para no darlo a conocer porque les resultaba un verdadero rival a nivel de la interpretación del instrumento de seis cuerdas.

En el libro “EL INALCANZABLE, Agustín Barrios Mangoré” se reconoce que el maestro español Andrés Segovia oyó tocar a Barrios y le solicitó la partitura de La Catedral que aparentemente nunca recibió porque en esa oportunidad el paraguayo no tenía una copia con él (la tocó de memoria). En este hecho se basan algunas opiniones para aseverar que Segovia nunca tocó ninguna obra de Barrios porque no le llegó a tiempo una copia (hecha a mano, en aquella época) de La Catedral.

Muchísimas oportunidades tuvo Segovia de tocar alguna obra de Barrios porque vivió entre 1937 y 1946 en la ciudad de Montevideo, Uruguay, donde abundaban las partituras de Barrios impresas o copiadas a mano. Es más, el guitarrista y compositor uruguayo Abel Carlevaro tomó clases con Segovia a partir de 1937 (en 1942 el propio maestro andaluz lo presenta en Montevideo[v]). Agreguemos que Carlevaro toca por primera vez en un concierto “Confesión”, esa exquisita obra de Barrios, en 1938[vi], mientras tomaba clases con el español. Posteriormente la graba en 1959 para el sello Antar y nos deja una interpretación sin par. Varias obras de Barrios tocó Carlevaro desde 1938 y Segovia muere en 1987…

Más allá de las burlas de Andrés Segovia sobre el uso de cuerdas de acero por “Mangoré” que seguramente no tenía los medios económicos para comprarse las de tripa que duraban muy poco, el maestro andaluz veía en Barrios –insisto– a un rival de su tamaño en el orden de la ejecución de la guitarra e inalcanzable en cuanto a la composición. Por ello se explica que nunca tocara nada del paraguayo. Era mejor que el sudamericano de origen indígena siguiera realizando grabaciones en los sello argentinos Odeón, Atlanta y Artigas y que jamás alcanzara a grabar en DECCA, RCA y CBS (Columbia), donde el español lo hizo.

Es muchísimo lo que la guitarra le debe a Segovia. Eso es indiscutible. Con su esfuerzo, dedicación, y –fundamentalmente– talento artístico colocó a este instrumento en las grandes salas de concierto. Su temperamento avasallante y su ejecución personalísima de altos quilates hizo que destacados compositores se fijaran en el instrumento de seis cuerdas y escribieran obras maravillosas que hoy engalanan el repertorio guitarrístico. Pero su personalidad egocéntrica –claramente demostrada en el hecho de no tocar jamás el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo porque le fue dedicado a Regino Sainz de la Maza y no a él– muchas veces nos privó de interpretaciones muy esperadas. El daño a Agustín Barrios por no tocar una sola de sus obras no es discutible ni se deben elaborar explicaciones de esa omisión con argumentos sin mayor sustento. Es un hecho histórico.



Planteadas estas pequeñas discrepancias y maravillado por esta edición que es un justo homenaje al músico paraguayo, debo agradecer a Frederick Sheppard su amistad y generosidad de haberme obsequiado un ejemplar del libro-catálogo “EL INALCANZABLE, Agustín Barrios Mangoré”, pero sobre todo agradecerle sus invalorables gestiones –junto a un numeroso equipo de investigadores– para lograr que esta impresión viera la luz.

Este libro de carácter oficial, por haber sido editado por el Congreso de la Nación del Paraguay a través del Centro Cultural de la República EL CABILDO, no es nada sencillo conseguirlo. No está a la venta en librerías ni en instituciones de estudio de música. Solamente lo he visto a la venta por internet con las dificultades y desconfianza que ese tipo de transacción genera. Por ello concluyo con una propuesta: hacer una segunda edición más económica para difundirla comercialmente por el mundo y una vez recuperados los gastos de la primera, subir el libro a internet a alguna página del Centro Cultural de la República del Paraguay para que los músicos e investigadores tengan libre acceso a su interesante contenido.

Cédar Viglietti L.




[iii] El propio Richard Stover, investigador del libro que se reseña, dice en la página 41: “En mi primer visita al Paraguay en 1990, encontré cierta ignorancia sobre la figura de Agustín Barrios Mangoré.”

[iv] Página 220 del libro que se reseña.

[v] Página 251 del libro “Origen e historia de la guitarra” de Cédar Viglietti. Reedición de 1976 por Editorial Albatros.

[vi]Dato proporcionado por el guitarrista e investigador uruguayo Alfredo Escande, ex alumno de Abel Carlevaro, en el programa radiofónico “En la tarde del sur” de la Emisora del Sur de Montevideo, Uruguay.


martes, 23 de diciembre de 2014

Información sobre mi padre, Cédar Viglietti Viscaints

Mi padre, Cédar Viglietti Viscaints nació el 1 de agosto de 1908 en Montevideo, Uruguay. Inició sus estudios de música en el Conservatorio Santa Cecilia de la capital uruguaya y de guitarra con su padre Jacinto Viglietti y luego con el maestro Enrique Russo. Precisamente su padre lo presionó para que iniciara la carrera militar donde llegó al grado de coronel. Sin embargo el estudio y luego la enseñanza de la guitarra, la investigación del folclor musical uruguayo y la literatura en general, ocuparon la mayor parte de su vida creativa. Escribió y publicó en la prensa nacional un sinfín de artículos y varios ensayos sobre la cultura, el folclor musical del Uruguay, el himno nacional y la guitarra. En 1955 publicó la novela El Clinudo obteniendo el primer premio del Ministerio de Instrucción Pública y Previsión Social. Entre los ensayos se destaca el publicado en 1968, Folklore Musical del Uruguay, también premiado por el mencionado ministerio. 
En 1976 publicó el libro Origen e Historia de la Guitarra en la editorial Albatros de Argentina, quien cambió el título original del ensayo ("Origen e historia de la guitarra en el Uruguay") sin autorización de mi padre para obtener así mayores ventas, fundamentalmente fuera del país del autor. La editorial aprovechó una extensa introducción sobre el origen de la guitarra en el mundo que mi padre investigó y escribió. Así, múltiples reediciones, sin autorización de Viglietti, dieron la vuelta al mundo con el título apócrifo, situación que mortificó mucho al autor al recibir calificaciones de "chovinista" por su libro dedicado a Uruguay. 




Cédar Viglietti murió en Montevideo el 30 de mayo de 1978 sin poder tocar la guitarra en público por decisión de la dictadura de entonces, que se vengaba así de la permanente actitud de oposición al régimen militar que mantuvo este soldado constitucionalista. Este blog tiene –entre otras– la intención de preservar la memoria de mi padre, su obra, su ejemplo y su pasión por la guitarra y la música, pasión que compartimos y se reflejará en esta publicación virtual.

sábado, 25 de octubre de 2014

¿Qué llevó a matar y secuestrar a estudiantes de Ayotzinapa?

Todo tiene un límite. La violencia, la inseguridad y la incertidumbre que vivimos en México han rebasado desde hace mucho tiempo cualquier intento de mirar distraídos hacia un costado como si nada sucediera. Tampoco es ético no opinar para salvaguardar una fuente de trabajo, un statu quo o hacernos los muertos para que no nos maten. Con respeto por las diversas opiniones, es necesario reclamar por la paz que hemos perdido y repudiar esta espiral de violencia sin fin. No dejemos que el silencio sea cómplice de la barbarie que nos asola.

Administraciones federales y estatales van y vienen y todas aseguran que controlarán la inseguridad y violencia y presentan cifras alegres de sus “logros” pero ya nadie les cree porque la realidad se impone con hechos y números aterradores de muertes y secuestros.

Los grandes medios de comunicación –fundamentalmente las cadenas televisivas Televisa y Televisión Azteca, los cómplices de la violencia– se empeñan en enmascarar los sucesos violentos excepcionales y esconder los cotidianos que suceden diariamente en ciudades y pueblos; promueven que sus “periodistas” se doblen para recoger las monedas que compran el silencio. Solamente reconocen los hechos que escapan al férreo control de la información de los gobiernos de turno o los que toman estado público y resulta imposible ocultarlos.

Ya no informan; deforman.

Triste papel el de los medios de comunicación de México…

Un poco de historia.
Hagamos un poco de historia para entender lo que hoy pasa en la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de la población de Ayotzinapa, Municipio de Tixtla en el estado de Guerrero.
Las Escuelas Normales Rurales surgieron en el México post revolucionario a partir de las década de 1920 cuando José Vasconcelos comenzó con un plan de escuelas rurales, escuelas de artes y oficios, bibliotecas, así como formación de nuevos maestros, pero vivieron su mejor momento durante el sexenio del General Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940) quien dio impulso a una experiencia de “educación socialista”, la cual dio pocos resultados por la aversión generada por el alto clero mexicano desde siempre y antes por la Guerra de los Cristeros (conflicto armado que se prolongó desde 1926 a 1929 entre el gobierno de Plutarco Elías Calles y milicias de laicos, presbíteros y religiosos católicos que resistían la aplicación de legislación y políticas públicas orientadas a restringir la participación de la Iglesia Católica sobre los bienes de la nación así como en procedimientos civiles).

A partir del fin del sexenio Cardenista, con Jaime Torres Bodet como Secretario de Educación Pública (SEP), las normales rurales dejaron de tener un lugar importante en el discurso educativo reduciéndoles el presupuesto con el fin de desaparecerlas por tener maestros y alumnos "comunistas”. Actualmente persisten 16 Escuelas Normales Rurales en su resistencia por sobrevivir bajo la constante persecución oficial y se mantienen aglutinadas en la FECSM (Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México) con la misión principal de dar oportunidad a hijos de campesinos de hacer una carrera normalista que, sin esas escuelas, no tendrían ninguna oportunidad de estudiar.

¿Quiénes se han graduado en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa?
De esta escuela normal rural salieron graduados dos personajes muy conocidos en el estado de Guerrero: Genaro Vázquez y Lucio Cabañas. Seguramente a muchos jóvenes mexicanos y a la mayoría de los extranjeros no les suenan estos nombres, pero quienes peinamos canas y vivimos en México sabemos muy bien quienes eran estos maestros que se convirtieron en leyenda de las luchas de los olvidados en México.
Genaro Vázquez Rojas, nacido en San Luis AcatlánGuerrero, el 10 de junio de 1931 y muerto en circunstancias confusas en MoreliaMichoacán, el 2 de febrero de 1972, fue un líder sindical del magisterio guerrerense que tras formar parte de la oposición política al gobierno de Guerrero, pasó a la clandestinidad y formó uno de los varios grupos armados que se desarrollaron en la Sierra Madre del Sur durante las décadas de 1960 y 1970.

Antes de alzarse en armas defendió a los indígenas y campesinos guerrerenses y logró llegar a la capital mexicana donde lo recibió el Presidente de la República Adolfo López Mateos, quien escuchó las denuncias de faltas de garantías constitucionales en el estado de Guerrero, de despojo de tierra a los campesinos, de represión por parte de pistoleros y policía y de fraudes electorales en varios municipios propiciados por el gobernador de entonces, Raúl Caballero Aburto.

Terminó siendo acusado de injurias por Caballero Aburto y encarcelado en Chilpancingo (capital del estado) en 1960, de donde salió liberado bajo fianza para terminar encarcelado en Lecumberri (famosa penitenciaría de la Ciudad de México, hoy sede del Archivo General de la Nación), de donde fue liberado en 1968 por un comando armado de la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), fundada por el propio Genaro Vázquez en 1959.

El otro personaje egresado de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fue Lucio Cabañas Barrientos, nacido en Atoyac de Álvarez, Guerrero, el 12 de diciembre de 1938 y muerto en una emboscada el 2 de diciembre de 1974 en Tecpan de Galeana, también en el estado de Guerrero. Este maestro campesino inició su formación política en la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), que en ese entonces dirigía Genaro Vázquez. Posteriormente fue elegido Secretario General de la FECSM (Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México), para el periodo de 1962-1963. Lucio decide alejarse de la ACG para acercarse más al Partido Comunista Mexicano (PCM).
Al recibirse como maestro es asignado al ejido de Mexcaltepec en la sierra de Guerrero, a una decena de kilómetros de Atoyac. Este ejido contaba con recursos forestales que habían sido usurpados por una compañía maderera. Es en este momento cuando organiza a los campesinos para reivindicar sus derechos sobre los bosques; momento donde comienza una larga persecución que se profundiza cuando funda, en 1967, el Partido de los Pobres. Este Partido comenzó como una organización política de lucha social y terminó –acosado– en un movimiento guerrillero.

Como podrá notar, estimado lector, esta Escuela Normal Rural de Ayotzinapa siempre fue un dolor de cabeza para las autoridades nacionales, estatales y municipales, así como para los terratenientes y caciques de la región por dar maestros pensantes, respondones, críticos, luchadores sociales. No les ha alcanzado a las autoridades que el presupuesto para la escuela siempre esté a la baja, ni que en el internado los muchachos duerman sobre cartones o petates en el mejor de los casos, ni que la comida sea mínima, ni que casi no tengan materiales de estudio. El asunto es el acoso y la persecución para acabar con la escuela que despierta conciencias.

El columnista mexicano César Navarro Gallegos con precisión ha dicho: “La reacción gubernamental frente a los estudiantes de Ayotzinapa debe explicarse igualmente desde las coordenadas que han determinado la política educativa hacia las normales rurales. Son instituciones que desde hace décadas subsisten bajo asedio del poder gubernamental y han resistido los proyectos para exterminarlas. Por ello, las persistentes movilizaciones desplegadas por los estudiantes de Ayotzinapa y otros normalistas rurales del país son expresión de una resistencia comprometida con la preservación de sus centros educativos y el derecho a la educación para jóvenes como ellos, surgidos de comunidades indígenas y campesinas. No es casual que en la batalla educativa que libran los estudiantes rurales y socialistas casi por regla general las autoridades educativas y el gobierno amenacen con cerrar sus escuelas o acudan a su persecución y represión. No los escuchan ni atienden, pero siempre pretenden atinarles.”

Hace poco tiempo, el 12 de diciembre de 2012, los estudiantes normalistas ya se habían enfrentado a las balas de la Policía Federal y de la Policía Judicial Estatal en Chilpancingo, cuando se manifestaban reclamando mejoras en las condiciones de estudio en la escuela-internado. Bajo las balas federales y estatales cayeron los normalistas Gabriel Echeverría y Jorge Alexis Herrera.

Juan Villoro, lúcido escritor y periodista mexicano, dice en el periódico Reforma: “En 1960 Excélsior publicó un desplegado en el que varias organizaciones exigían la destitución del gobernador Raúl Caballero Aburto. Ahí figuraban los alumnos de la Escuela Normal de Ayotzinapa, liderados por Lucio Cabañas. Desde entonces, los normalistas no han dejado de luchar. Dos maestros, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, buscaron un cauce legal para el descontento, fundaron asociaciones civiles, enfrentaron la intransigencia gubernamental y escogieron la lucha armada como última salida ante una realidad donde las demandas han sido contestadas con masacres: Iguala en 1962, Atoyac en 1967, Aguas Blancas en 1995, Ayotzinapa en 2014.”

Líneas más adelante continúa: “En los años sesenta del siglo pasado el analfabetismo alcanzaba en Guerrero el 62.1%. En esa década, Vázquez y Cabañas descubrieron que no podían enseñar a leer a alumnos que no podían vivir. Del aula pasaron a la sierra. Sus luchas armadas fueron relevadas por otras y recibieron la salvaje respuesta de la guerra sucia. Aunque los tizones de esa hoguera no han dejado de arder, el gobierno procuró ignorarlos: El PRI creyó que podía administrar el infierno, ha dicho el poeta Javier Sicilia.”
















 Concluye Villoro: “Sería gravísimo que en Guerrero se reactivara el expediente de criminalizar a las víctimas, famosamente utilizado por el presidente Felipe Calderón en 2010 cuando declaró que los 17 jóvenes acribillados en Chihuahua en una fiesta eran pandilleros.
Entre los muertos del 26 de septiembre se encontraban unos futbolistas. Fueron asesinados por el delito de ser jóvenes; es decir, posibles estudiantes; es decir, disidentes.
Horas después, los 43 normalistas pagaron el precio de protestar contra la violencia. Si la indignación rebelde no encuentra acomodo en la vida civil, una vez más lo encontrará en las armas.
Matar maestros significa matar el futuro. Guerrero es el paraíso envenenado donde la esperanza brota para ser aniquilada.”

No hay un único culpable de esta feroz matanza que ojalá no incluya a los 43 desaparecidos (aunque los testimonios dados por algunos actores del crimen al padre Solalinde*, no dejan mucha esperanza), el culpable es el Sistema Político Mexicano, incluido el Estado Mexicano y todos los partidos políticos que a muchos no nos representan. Me atrevo a pensar que seguramente los narcotraficantes no tengan ninguna responsabilidad en los hechos; ellos tienen responsabilidad de haber infiltrado todos los niveles de gobierno, todos los partidos, los empresarios y banqueros que se benefician del lavado de dinero del narcotráfico que suma el 75% del dinero circulante en México, según la DEA.

Este ajuste de cuentas a los jóvenes normalistas es del sistema político que no quiere voces contestatarias, que quiere “carro completo” (unanimidad de opiniones); que nos agachemos ante el atropello y la barbarie; que seamos dóciles, ignorantes y dejemos que se saquee México.
Los ciudadanos tenemos la palabra. Nuestra participación decidida, indignada y pacífica en las demostraciones contra el salvajismo puede y debe cambiar este rumbo que nos lleva al más profundo precipicio. No dejemos que este país oscuro e inhumano lo hereden nuestros hijos.



*Alejandro Solalinde, sacerdote mexicano de la iglesia católica, defensor de los derechos humanos de los migrantes y Premio Nacional de los Derechos Humanos 2012.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Curiosidades de aquí y de allá (segunda parte, la Navidad)

En artículo anterior comentaba algunas peculiaridades que me han enriquecido la vida por haber conocido dos países latinoamericanos que –a pesar de estar en un mismo continente, hablar un mismo idioma y tener una fuerte y común herencia española– tienen diferencias muy notables y curiosas. Efectivamente, Uruguay, mi país de origen, y México, mi país de adopción que me ha dado una nueva ciudadanía, son muy interesantes para reflexionar sobres su gente, costumbres, tradiciones, sabores, olores, climas y tantas cosas más que incluyen hasta el lenguaje: común pero distinto.

En esta segunda parte me dedicaré a comentar los festejos de la Navidad, ya tan próximos, que mostrarán claramente las diferencias entre un pueblo y otro. Es cierto que la tradición católica española desembarcó aquí y allá con una cantidad enorme de ritos y costumbres comunes para festejar la Navidad, pero son muy considerables las diferencias. Empecemos por el clima que predomina en diciembre en ambos países.

Por el hecho natural de estar cada país en hemisferios distintos parecería que ya hay una diferencia radical, pero el invierno mexicano es muy distinto dentro del propio país, que por ser tan grande y diverso encontramos que el centro y el norte son muy fríos en el invierno –que comienza el 21 de diciembre– y que la costa del Pacífico y el sureste siempre son calurosos en cualquier época. El centro es frío en invierno por la altura sobre el nivel del mar e incluye ciudades como el Distrito Federal, Toluca, Puebla, Pachuca, Querétaro. Mientras tanto ciudades como Guanajuato, Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, Saltillo, Monterrey, Chihuahua, Torreón y las fronterizas Tijuana, Cd. Juárez y Mexicali son frías en invierno por la latitud norte donde se ubican y no por la altura. Precisamente en estas ciudades está la mayoría de la población del país y por ello la Navidad está asociada, definitivamente, al frío invierno.

En el centro y norte de México tienen sentido las comidas y bebidas de Navidad que la mayoría de los mexicanos consumen y se justifica un pavo al horno con rellenos de almendras, nueces o avellanas, o una pierna de cerdo enchilada. También se justifica el ponche, muy rica bebida caliente que se prepara poniendo a hervir agua con trozos pelados de caña de azúcar, tejocotes (pequeña fruta invernal de sabor y consistencia muy parecida al membrillo), flor de Jamaica (una de las variedades del hibisco) que da sabor y color a esta especie de tisana, trozos de manzana, guayabas, pasas de uva y de ciruela, tamarindos (fruto de sabor ácido en forma de vaina de un árbol tropical) y rajas de canela. Toda esta mezcla de frutas se endulza con piloncillo (el conocido producto de la caña antes de purificarse para hacer el azúcar que se le llama rapadura en Uruguay y que se vende en la frontera con Brasil). Al hervir toda esta fruta y la flor de Jamaica resulta una dulce tisana, que se toma caliente y se come de paso la fruta. Este ponche mexicano se puede tomar con “piquete”, esto es con un chorrito de ron o de brandy que resulta en una bebida con alcohol muy sabrosa y especial para combatir el frío.

Ingredientes del Ponche.



Ponche listo para tomar.









En el centro de México hay un par de comidas que se preparan especialmente en Navidad y en Semana Santa (Semana de Turismo en Uruguay): el revoltijo o romeritos y el bacalao a la veracruzana (vizcaína). El revoltijo (término usado fundamentalmente en el Valle de Toluca) es una exquisita comida preparada con romeritos (planta silvestre prehispánica muy consumida por los aztecas que ahora se cultiva en las zonas rurales de la capital mexicana), papitas cambray (papas pequeñas), nopales (cactus), cebolla, ajo, mole (especie de salsa hecha con chiles, almendras, nueces y cacahuates molidos) y camarones secos. Amigo lector, este revoltijo tan exótico para cualquiera que no sea mexicano, es un verdadera delicia y créame que lo espero cada año para darme el gusto de saborearlo.

Revoltijo.

El bacalao a la veracruzana o a la vizcaína es una comida de origen español que se ha difundido por el mundo entero y que en México se le agregan unos chiles “güeros” (amarillo pálido), retorcidos y nada picantes. No por conocido, este platillo deja de ser sabrosísimo.

Mientras tanto en Uruguay la Navidad está asociada al calor, a la vida al aire libre, a la playa, con temperaturas que oscilan entre los 25 y 35 grados en todo el país; por ende las comidas de Navidad están enfiladas a prepararse en espacios abiertos como las carnes (¡vaya novedad!) asadas a las brasas. Es casi infaltable un tierno cordero a la parrilla, o un típico asado de carne vacuna con chorizos y algunas achuras (menudencias) como chinchulines (tripa de leche en México), mollejas, riñones y demás. También un lechón a las brasas o al horno es frecuente en estas fechas. No tan habitual es un pescado grande (corvina o lenguado) a las brasas, aunque sí se recurre a él en zonas costeras donde es más fácil adquirirlo. Estas carnes se acompañan con abundantes ensaladas verdes o rusa en el caso del lechón.

Asado con achuras.

Agrego aquí una achura que sólo la he comido en Minas, el pueblo donde nací: la tripa gorda rellena de fariña. Aclaremos qué es esto que ni los montevideanos conocen. En mi niñez y juventud, Minas la capital del Departamento de Lavalleja, lugar de paso en la ruta 8, tenía una gran influencia de Brasil a pesar de estar muy lejos de la frontera. Esto explica el uso en muchas comidas de la harina de mandioca (yuca o guacamota en México) proveniente de Brasil, donde simplemente le dicen “farinha” (harina en portugués que se pronuncia fariña). La fariña se prepara friendo primero cebolla y ajo y luego se agrega la fariña seca que se revuelve a la vez que se agrega caldo caliente de puchero hasta que se forma una pasta homogénea (pirón) que se deja cocinar unos minutos más. Se deja enfriar y se le agrega perejil picado. 
Se toma una tripa gorda (intestino grueso previamente lavado y dejado reposar en agua con vinagre para quitarle cualquier mal olor) se le ata una punta y por la otra se introduce el pirón y también se ata. Se pone en la parte alta de la parrilla y lentamente se cocina la tripa hasta que a último momento se baja la parrilla para dorarla. Al cortarla en trocitos encontraremos que el pirón sabe exquisito por la grasa que soltó la tripa rellena. Con verdadera sorpresa he visto en Montevideo que en las parrilladas ponen fariña seca, sin preparar, para que uno pase un trocito de tripa gorda en ella y así comerla. En fin, a eso le llaman tripa gorda con fariña…

Como el ponche en México, también en el Río de la Plata existe una bebida donde mezclan frutas picadas frescas de la temporada como durazno, manzana, naranja y frutillas (fresas), jugo de naranja, vino tinto, azúcar y hielo. Se trata del clericot o sangría. En fechas posteriores a la Navidad se le puede agregar peras y uvas, aunque ahora con la globalización ya no hay frutas de temporada y se consiguen todas todo el año.


Clericot o sangría.















Además de las comidas y bebidas en uno y otro lugar, existen diferencias muy importantes en las costumbres de adornar casas, calles, y –fundamentalmente– en las tradiciones para celebrar la Navidad. En Uruguay las cosas son bastante austeras, reflejo de una religiosidad bastante ausente en la mayoría de la población más allá de ser creyentes o no. En los años 50s y principios de los 60s las calles eran objeto de adornos luminosos verdaderamente atractivos, pero fueron desapareciendo paulatinamente hasta que muy recientemente aparece algún adorno en las calles. En las casas generalmente se pone un arbolito de Navidad casi para cumplir y prácticamente nada más. Es difícil ver un nacimiento o pesebre o algún adorno más. Los centros comerciales sí apuestan más a presentar adornos navideños para atraer a los consumidores.
Quizás lo más notable de los festejos navideños en Uruguay se produce en las noches del 24 y del 31 de diciembre cuando se tiran millones de cuetes y fuegos artificiales en un verdadero desafío entre los vecinos de una calle y otra. Llama la atención el fervor pirotécnico de niños, jóvenes y no tan jóvenes para recibir la Navidad y el Año Nuevo.



















Pirotecnia en Montevideo.


En México, el espíritu religioso y –fundamentalmente– el ánimo fiestero de la gente llevan a los festejos navideños al extremo de una verdadera maratón que jocosamente la llaman “Maratón Guadalupe–Reyes” en alusión al período que va desde el 12 de diciembre (Día de la Virgen de Guadalupe) hasta el 6 de enero (Día de Reyes). A los cuatro días de los festejos de la Patrona de México, arrancan Las Posadas, tradicional representación popular de los días previos al nacimiento de Jesús cuando María y José realizaban el peregrinaje desde su salida de Nazaret hasta Belén y pedían posada para pasar la noche. Estas pintorescas representaciones se han ido desvirtuando en los adultos y prácticamente se trata de festejos que sirven de pretextos para comer, beber y –muchas veces– bailar. Los niños, con su inocencia y pureza, mantienen la tradición sin alterarla y la representan con letanías, villancicos y velas. El momento culminante de Las Posadas y que encanta a los niños es cuando se rompe una piñata que tiene forma de estrella con siete picos; cada pico es un pecado capital. Debe romperse con un palo, que representa la fortaleza y fuerza de Dios, con los ojos vendados en representación de la fe ciega en el Señor. Al romperse, la caída de los dulces y las frutas representa las recompensas y dones que, por vencer al pecado, reciben todos los participantes.

Artesano haciendo una piñata cuyo cuerpo es una olla de barro.


"La piñata", pintura de Diego Rivera

Para cerrar este artículo debo reconocer que en ambos países la influencia de la “cultura” gringa ha ido ganado terreno e imponiendo –a través de su producto estrella: Coca Cola– la presencia de Santa Claus (Papa Noel en Uruguay) en detrimento de los ya tres tristes Reyes Magos. Por cierto, no hace muchos años se ha incorporado en México una linda costumbre: comprarle a los globeros –que están más puestos que un calcetín– globos inflados con gas de donde los niños atan su cartita a los Reyes Magos para soltarlos el 5 de enero. Al subir y alejarse el globo con tan importante mensaje, la emoción de los niños también sube y se mantiene así una tradición llena de fantasía y hermosos recuerdos que jamás nos abandonarán.


sábado, 25 de mayo de 2013

Curiosidades de aquí y de allá (primera parte)


Hace años unos familiares me preguntaron mi opinión sobre la posibilidad de dejar ellos Uruguay y venirse a vivir a México. Se trataba de buscar nuevos horizontes cuando Uruguay vivía una de las peores crisis económicas que tozuda y cuidadosamente gobiernos colorados y blancos se encargaron de instaurar. En aquella oportunidad les dije a mis familiares que evaluaran muy bien la posibilidad de emigrar porque les iba a ser muy doloroso desarraigarse de un país y echar raíces en otro; que el precio a pagar por dejar país, familia, amistades, costumbres, tradiciones y demás iba a ser muy alto.

Recuerdo que les dije que cuando uno abandona su país por un largo período, sin importar las razones (políticas, económicas, traslados laborales, etc.), algo pasaba en la cabeza que nunca más se encontraría sosiego ni aquí ni allá. Así lo viví yo cuando salí de Uruguay por motivos políticos (huyendo de la dictadura militar) y en México encontré el generoso asilo.

Es importante señalar que lo vivido por mí no necesariamente fue igual para todos los exiliados, porque cada uno vivió situaciones distintas según las edades, las profesiones, las experiencias y muchos factores más. Sin embargo podrían hacerse algunas generalizaciones: vivimos los casi 10 años de exilio en México extrañando desesperadamente e idealizando absurdamente a Uruguay. Me atrevo a decir que muchas veces no aprovechamos plenamente nuestra estadía en México para conocer más profundamente su riquísima cultura, sus tradiciones maravillosas, su geografía irrepetible, su gastronomía interminable y tantas cosas más por estar con nuestra cabeza mirando al sur.

Varios de nosotros regresamos a Uruguay en 1985 y las vicisitudes vividas en aquel país sudamericano post dictadura no fueron nada fáciles. Muchas cosas se habían trastocado en el país, en nuestras familias, en los amigos, que siguieron viviendo sin nosotros. Pero también se habían trastocado nuestras cabezas que ilusoriamente pretendían “subirse” al país en el mismo lugar e instante que lo habíamos dejado. La vida no esperó por nosotros…
Y luego, en Uruguay, extrañábamos México: su generosidad, todo lo que nos había dado –tanto en el plano espiritual como material–, la alegría de vivir que tiene el mexicano, sus cielos casi permanentemente soleados, sus sabores y olores.

El regreso a México en 1990 nos dio una nueva oportunidad de vivir plenamente y aprovechar todo lo que este maravilloso país ofrece a sus habitantes. Pero, amigo lector, no crea que es posible cortar de tajo el vínculo con el paisito. No señor. Siempre pasan por nuestra cabeza los recuerdos gratos de Uruguay… A veces, créame, parece que la vida nos castigó con añoranzas y nostalgias pendulares que jamás terminarán. ¿Será por ello que los griegos consideraban al exilio como el peor de los castigos? Algo de eso hay, porque “el exilio provoca una ruptura con un mundo de referencia y de signos, como la cultura y la lengua. Este quiebre en muchos casos es traumático porque se corta con el curso vital de la existencia. Esta situación nueva provoca un trauma en las personas y secuelas que perdurarán para toda la vida.” (http://orvex.org.p11.hostingprod.com/exilio.html)

Pero no hay que pasar por alto que esa ruptura produce una oportunidad fantástica de enriquecerse de la dualidad de destinos, de acrecentar nuestro bagaje cultural con lo que se deja y con lo que se adopta. Así que no dramaticemos y permítanme compartir algunas curiosidades de aquí y de allá.

Los insectos: manjares gastronómicos en México.
Entre los más de 190 insectos comestibles en México me referiré a 4 que son muy particulares y que a los lectores uruguayos les llamará la atención. En el estado de Oaxaca son muy abundantes los chapulines (pequeños saltamontes o langostas) que se fríen con chile y jugo de limón y que ya secos se ponen en una tortilla de maíz (cualquier alimento que pongamos en una tortilla ya se tiene un taco) y se agrega una cucharada de salsa picante. Mhmm… ¡a disfrutar un sabor muy agradable! Por cierto estos chapulines fritos y secos se venden por todo México y se pueden comer directamente sin hacerse un taco a la hora de tomar algún aperitivo (mezcal, tequila o cualquier otro licor). O sea ¡chapulines para picar…!
Chapulines

Otro insecto muy común en México es el gusano de maguey, una larva blanca y regordeta de unos 4 cm de largo de una mariposa que abunda en los valles centrales del país. Estas larvas se fríen hasta dorarse y se colocan en una tortilla con sal y alguna salsa picante y ¡listo!, otra comida sana y sabrosa.
Gusanos de maguey

El siguiente insecto quizá no sea del agrado de todo el mundo porque su olor –para muchos– no es muy agradable. Se trata de los jumiles, simples chinches que abundan en toda América Latina y que tiene como medio de defensa su característico olor repulsivo para las aves y los reptiles comedores de insectos. Recuerdo muy bien cuando una chica del sur del Estado de México llegaba a mi casa con una bolsita de nylon llena de chinches de monte vivas para que no se echaran a perder. Tomaba cuatro o cinco y las echaba a la sartén con aceite hirviendo, se oían un par de chasquidos y ya estaban listos. Luego ponía en una licuadora tomate verde (una variedad mexicana que no se come cruda y que al madurar no enrojece), cebolla, chile y un poco de agua. Licuaba y cocía esta mezcla y le agregaba los jumiles molidos. La salsa verde se llenaba de puntitos negros de las chinches molidas y –créase o no– quedaba muy rica para acompañar cualquier taco o quesadilla.
Jumiles antes de freírlos.

Ahora hablemos del caviar azteca: los escamoles. La variedad de platillos en México es inacabable y podríamos escribir páginas y páginas sobre todo lo que ofrece la cocina mexicana que en realidad es una suma de las cocinas poblana (del estado de Puebla), de la oaxaqueña (estado de Oaxaca), de la yucateca (estado de Yucatán) y de la michoacana (estado de Michoacán), además de varios platillos regionales. Pero los escamoles (huevecillos de unas hormigas del estado de Hidalgo), que se preparan friéndolos en mantequilla con un poco de chile, son una exquisitez sin parangón. Tiene su sabor y textura un refinamiento tal que se han ganado merecidamente llamarse el caviar mexicano. Precisamente en estos días que comienza la temporada de lluvia se realiza la recolección de estos huevecillos blancos antes de que las hormigas crezcan en su interior.

Escamoles frescos


Escamoles a la mantequilla








                           





El zapallo y el boniato
Para los lectores mexicanos comencemos por decir que zapallo es una denominación de origen quechua (lengua que hablaban los Incas y hoy muchos indígenas andinos) para lo que en México conocemos como calabaza. Efectivamente ese fruto bastante grande, hueco por dentro que nace de una planta rastrera a partir de una flor amarilla que aquí se come en tacos o sopa, en Uruguay es parte sustancial de pucheros (cocidos), guisos, sopas, etc. y forma parte de las primeras comidas de los bebés en forma de puré junto a las papas. Es decir, se usa fundamentalmente para las comidas saladas pese a su sabor dulce. Claro que también se prepara este fruto americano con azúcar en trozos en almíbar, en mermelada pero mucho más formando parte de guisados hechos con sal.
Puchero con boniato

En México, el zapallo se come exclusivamente en dulce (con un almíbar espeso) en la época de las festividades del Día de Muertos, anticipándose un poco a las fechas cercanas a la ya famosa Noche de Brujas.
Zapallo en almíbar

Un tubérculo muy conocido en México es el boniato, claro que aquí no se le llama así, sino camote y forma parte activa de los albures, esas expresiones tan mexicanas con doble sentido. En Uruguay el boniato es usado de forma similar al zapallo y también son parte de los primeros purés infantiles junto a la papa. Por cierto cuando se hace asado de tira al horno, infaltablemente se le agregan papas y boniatos cortados en trozos regulares que acompañan muy bien a la carne. Resta decir que hay una variedad de boniato que es blanco y en Uruguay se le llama batata y con él se hace ate (dulce) muy similar al de membrillo pero que resulta mucho más suave y delicado.
Asado al horno con papas y boniatos

Bueno, escribir y leer sobre estos temas culinarios despierta el apetito así que mejor dejo hoy por acá y usted y yo nos preparamos algo de comer; pero prometo seguir con las curiosidades de aquí y de allá en una segunda nota.