sábado, 21 de mayo de 2011

Recuerdos de mi barrio (2da. Parte)

Hubo un segundo intento de cine en el barrio Las Delicias de Minas, Uruguay, pero esta vez en una “sala”. Una cooperativa de consumidores de productos para la agricultura abandonó un viejo galpón (espacio techado con paredes rústicas) a un lado de la sede del Club de Fútbol Las Delicias, por la calle Garibaldi. Allí se juntaron un montón de sillas de cardo (palma) y madera y se improvisó un cine que podía funcionar en invierno y en horario matiné además de cobrar una módica entrada. No duró mucho la sala de cine. Por modesto que fuera el pago por entrar, mucho mayor era la modestia económica de la gente del barrio que signó la suerte de esa “empresa del séptimo arte”.
Caminando de la sede del Club Las Delicias por la vereda sur en aquellos años encontrábamos una tienda de ropa, botones, hilos y cosas así de la familia Bordón que la atendía la “Negrita”, como le decían a la señora. Luego esta tienda se cambió sobre esta misma calle, pero cruzando la avenida Varela, y amplió el giro comercial. En esa misma esquina estaba otro bar y a un lado un almacén, ambos comercios de la familia Prego. Recuerdo que la esposa de Julio Prego, Gladys Quinteros, daba clases de ballet a niñas del barrio.
Otro ícono del barrio Las Delicias era la capilla Santa Teresita que está pegada a lo que era mi casa, frente a la Plazoleta Río Branco (Plaza Olegario Villalba, suena mucho mejor, ¿no?). Luego de vivir tantos años en México donde las iglesias y capillas son verdaderos lugares de asistencia de feligreses que las llenan en cada misa, me doy cuenta que la capilla de mi barrio casi no atraía a los católicos porque casi siempre estaba vacía. Un escaso 15% de su capacidad era lo que asistía a la misa de los domingos. ¡Ay esa campana que los domingos a las ocho de la mañana me despertaba implacablemente! Desde muy temprano el padre Inmediato llegaba en bicicleta desde el centro sudando la gota gorda por la subida de la Av. Varela y ya lo esperaban doña Celina, la catequista, y Rosita que tocaba el armonio.
Recuerdo que cuando enseñaban catecismo a unos pocos niños del barrio, ponían a un chiquilín con una canasta que a la salida de las clases premiaba con un bizcocho a los asistentes y funcionaba para atraer a otros chiquilines que por comerse un croissant  eran capaces de sentarse un buen rato en la capilla. A mis 8 o 9 años la idea de comerme un bizcocho me gustaba pero no así las clases de catecismo, por lo que se me ocurrió una idea genial: faltando 5 minutos para terminar el catecismo entré a la capilla, me senté respetuosamente en una banca y cuando todos los niños salían y tomaban un bizcocho yo hice lo mismo. Aquello era una maravilla pero la genialidad duró muy poco, porque a la siguiente clase entré faltando unos minutos y ¡zas! doña Celina me agarra de un brazo y me dice: “Cedarcito (así me decían para diferenciarme de mi padre) ya vi que no te ganas el bizcocho así que ahora no te dejaré salir hasta que te aprendas el padrenuestro.” ¡Soné como arpa vieja! Casi media hora me llevó aprenderme el padrenuestro y confieso que al final el bizcocho que me dio doña Celina me supo a derrota. Allí empezó y terminó mi acercamiento a la iglesia…
Los lectores que no son de Uruguay, deben saber que en ese país es radicalmente diferente el clima en invierno al del verano, situación bien diferente al centro y buena parte de la costa de México. Los meses de diciembre, enero y febrero (verano austral), que coinciden con las vacaciones mayores de los escolares, ofrecen cálidos días y noches que los uruguayos disfrutan mucho luego de haber soportado largos meses de un invierno frío, húmedo y ventoso. Recuerdo haber leído que cuando el naturalista inglés Charles Darwin, en su periplo por Sudamérica, bajó del barco en un invierno montevideano dijo de los uruguayos: “Conocí a los sobrevivientes de este clima…” Por ello el carnaval, que se celebra en febrero (pleno verano), es un acontecimiento que no pasa desapercibido y es muy disfrutado por los uruguayos.
En Minas, durante los años de la década de los cincuentas y primera mitad de los sesentas el carnaval era una fiesta popular incomparable que la gente esperaba ansiosamente porque coincidía con un país donde la economía popular todavía tenía cierta dignidad y aún no había sido golpeada por los gobiernos blancos y colorados que olvidaron a la gente humilde.
Recuerdo claramente el corso (desfile) que organizaba la Comisión Municipal de Fiestas en el centro de la ciudad donde los niños no podíamos caminar por las veredas (aceras) porque nos enredábamos con tantas serpentinas y papelitos (papel picado) que la gente arrojaba al paso de los carros alegóricos, las murgas, los cabezudos, el carro con la “Miss Carnaval” y mucha gente disfrazada que se plegaba al desfile. Todo era música alegre que difundía una red de parlantes (bocinas) por todo el centro. Recuerdo la vieja canción “El carnaval del Uruguay” que compusiera Armando Oréfiche y que interpretaban los Lecuona Cuban Boys (grupo fundado por el mayor músico cubano: Ernesto Lecuona).
Los niños gritábamos excitados por la presencia de los cabezudos que era lo más atractivo del corso, y por las mascaritas que medio nos asustaban y medio nos divertían. Usábamos coloridas caretas de cartulina y antifaces para que nadie nos reconociera aunque todo el mundo sabíamos quiénes éramos. Los primeros pomos de plástico hacían su aparición, aquellas botellitas que en el tapón tenían un pequeño agujero y servían para lanzarles un fino chorrito de agua a niños y adultos que soportaban de buen humor la ligera mojada carnavalera. Por cierto molestábamos a los niños más chicos con unas pelotitas de aserrín envueltas en papel de aluminio y atadas con un elástico que golpeaban las cabezas de los incautos y regresaban muy rápido a nuestra mano para ocultar al agresor. Nos divertía mucho golpear, pero cuando éramos receptores de un golpe nos quedábamos serios y rascándonos la cabeza.
Así era el corso por el centro. Pero los siguientes días de carnaval ese corso visitaba los distintos barrios de Minas. Camionetas con parlantes anunciaban desde la mañana la llegada en la tarde del desfile de carnaval al barrio Las Delicias que desde temprano los chiquilines esperábamos con muchas expectativas.
La subida de la Avenida Varela provocaba un descanso de los carros alegóricos que resentían en su recalentados motores el esfuerzo para llegar hasta la Plaza Olegario Villalba (ya no le digo más plazoleta Río Branco). Mientras tanto personal de la Comisión Municipal de Fiestas adelantaba el clima carnavalero con piñatas (simples bolsas de papel rellenas de caramelos y galletitas) que las rompíamos a ciegas debajo de algún jacarandá de la plaza. Verdaderos remolinos de chiquilines y rodillas raspadas en el suelo disputaban los caramelos que arrojaban las piñatas y alcanzábamos un grado de excitación tal que con el comienzo del desfile estallábamos con la mejor fiesta que podíamos imaginar.
Nuestro barrio hacía un aporte particular al carnaval con el tablado en plena Av. Varela entre el bar “Las Delicias” y el viejo kiosco policial. El constructor Ruben Estrada aportaba los tanques y las maderas para levantar el escenario que estaba adornado con un telón que alguien pintaba y participaba luego en un concurso para elegir el mejor tablado de Minas.
Vale la pena detenernos nuevamente para intentar explicar lo que eran estos tablados carnavaleros que han cambiado bastante en los últimos años. En Minas, en las décadas del cincuenta y sesenta se trataba de escenarios populares en plena calle y con libre acceso donde se presentaban conjuntos musicales; grupos de baile folklórico, español, de tango; tríos de música romántica; tríos de música paraguaya; cantantes de tango; comediantes, humoristas y alguna murga (conjunto de voces a capella que combinan la música y el teatro ligero de muy discreta calidad, muy gustada por los montevideanos) que muy de vez en cuando aparecía.
En el caso de Las Delicias y por aquellos años la gente disfrutaba mucho más a Francisco Amor (cantante de tangos ya venido a menos), a Mastrángelo y sus muñecos (gracioso ventrílocuo), o algún trío paraguayo, que a una triste murga minuana rejuntada a última hora. Estos tablados se financiaban con la colaboración de comercios y vecinos del barrio y con parte de la utilidad del consumo del Bar Las Delicias que sacaba mesas y sillas a la calle.
Pero todo terminó… Las políticas fondomonetaristas de blancos y colorados acabaron con las serpentinas, papelitos, cabezudos, Mastrángelo y sus muñecos, el tablado, el corso y aquel espíritu carnavalero que tuvimos el privilegio de vivir. ¿No lo merecían los minuanos? Unos pocos dijeron que no. Todo fue cortado de un tajo salvaje y los minuanos enredados en sus propios problemas, confundidos ante tanta pérdida, no se dieron cuenta de quién les robó la alegría de aquellos años y han mantenido a esos descoloridos partidos en el gobierno del Departamento de Lavalleja, cuya capital Minas no ha vuelto a recuperar aquel espíritu para festejar –como antes– el carnaval de febrero.  
 

viernes, 13 de mayo de 2011

Recuerdos de mi barrio (1era. parte)

La plazoleta Río Branco es el centro del barrio Las Delicias de la ciudad de Minas en Uruguay. Fue un viejo sitio de paso de diligencias que venían de Brasil e iban a Montevideo del cual ya no hay rastros, ni siquiera aquel viejo ombú en el fondo de mi casa que ofrecía a los viajeros una sombra generosa y fresca en primavera y verano.  
El nombre de esta plazoleta –¿por qué no plaza, si ocupa toda una manzana?– quedó para que la gente lo cambiara y le pusiera el de algún minuano ilustre (Olegario Villalba, fino pintor por ejemplo) y rescatar así ese espacio que recuerda a un ave de rapiña del viejo imperio brasileño: José María da Silva Paranhos Junior, encantado de que lo conocieran como Barón de Río Branco.
Este señor de triste recuerdo para Argentina, Bolivia y hasta la Guyana Francesa, que con malas artes se apropió de buena parte de los estados de Santa Catarina y Paraná, antes argentinos; de una buena porción de territorio boliviano; y hasta de una parte de la Guyana Francesa (aunque en este caso “entre bueyes no hay cornadas”, ¿no?) no merece tener en Minas su nombre en una plaza, y menos aún ponérselo una ciudad uruguaya en el departamento de Cerro Largo, en la frontera con Brasil, que antes dignamente se llamaba Villa Artigas,  aunque haya tenido el Sr. da Silva la “bondad” de dejarnos navegar las vías fluviales del río Yaguarón y la Laguna Merín que compartimos con el vecino del norte (por eso se le recuerda...).
En la década de los años cincuenta y algunos años de los sesentas esa plazoleta vivió un esplendor que es bueno rememorar para que las nuevas generaciones sepan de sus raíces, qué vecinos la poblaban y qué cosas allí pasaron.
Desde siempre tuvo un kiosco policial donde un par de veteranos guardiaciviles (así se les llamaba) se aburrían de constatar que en el barrio Las Delicias no pasaba nada. Un sencillo uniforme con ancho cinturón de cuero sostenía un espadín, seguramente inútil ante un afilado facón, pero que era claro signo de una autoridad civil reconocida por todos que se encargaba más de disuadir cualquier pleito que reprimir un hecho consumado.
Creo que un guardiacivil se apellidaba Jauregui y lo recuerdo dejando recostada su bicicleta fuera del kiosco donde seguramente una sagrada siesta preparaba un tranquilo recorrido en su rodado hasta el Cementerio del Este, regresar después por las viviendas obreras a un lado del Parque Rodó y si no estaba muy cansado se daba una vuelta por el Hospital Vidal y Fuentes para regresar por la muy empinada subida de la Av. Varela.
Frente al kiosco estaba el viejo bar (híbrido de café y cantina mexicana) “Las Delicias”, según unas muy atractivas letras de neón, cuyos dueños eran los hermanos Leonel y Álvaro “Chiche” Rodríguez. Allí cortaba el pelo Walter Ferrada que atendía en una especie de tapanco donde estaba la mesa de billar. A un lado, don Cacho Capricho –excelente persona– atendía su almacén (tienda de abarrotes diríamos en México) con un siempre alegre y dispuesto muchacho que hacía los repartos en bicicleta, el Yoyo. Es oportuno decir que en aquellos años se usaba “la libreta” para comprar. Esto es que cada cliente tenía una libreta donde Cacho anotaba el producto y el importe de lo que se llevaban. Cada principio de mes Cacho sumaba el total de lo adquirido y el cliente le liquidaba al almacenero el total de lo consumido. Una especie de tarjeta de crédito actual que era financiada por la prosperidad económica de entonces y el propio almacenero con su política de precios. Jamás alguien perdía la libreta o intentaba alterar lo escrito por Cacho Capricho.
Un poco más allá estaba la carnicería de Fernández, hombre de sólida posición económica, con su mano derecha, Cacholo, que atendía un comercio con carne de muy buena calidad. Más hacia el Parque Rodó estaba la casa de la familia Diano, donde el joven Jorge (citado en el artículo “Cuando los comunistas tomaron Minas” de este mismo blog) se transformaría en una de los personajes más conocidos de Minas. Por cierto tenía una hermana muy bonita, seria y formal, la Coqui.
A la vuelta estaba (y sigue estando) la panadería “Las Delicias” que era atendida por la joven y muy trabajadora Mireya. Pocos minutos antes de las diez de la mañana ya estaba con una canasta en la escuela No. 12 esperando el recreo para vender bizcochos de muy buen tamaño que no se parecían en nada a los que luego conocí en Montevideo.
Otro comercio de muchos años fue el almacén de la familia Martínez, cuya viuda sacó adelante a sus tres hijos (Orlando, Winston y Claudina) atendiendo su comercio muy al estilo de los viejos almacenes de campaña (tiendas campesinas) donde había de todo un poco. Enfrente estaba el bar del Pelao Arana (muchos años después se mudó por el Tanque de Agua) que formaba parte de un triángulo de comercios junto a una estación de nafta (gasolinera) y la gomería (vulcanizadora) del “turco” Farah. Es interesante aclarar que la palabra nafta tiene origen en una sigla de una empresa rusa  exportadora de combustible que abastecía a Uruguay y Argentina. En enormes cajas de madera con la palabra NAFTA pintada venían los tanques (tambos) con gasolina.
También es oportuno aclarar una pésima costumbre de los habitantes de los países del Río de la Plata de utilizar indiscriminadamente con los inmigrantes de origen árabe y –peor aún– armenio el gentilicio “turco”. El apellido Farah es de claro origen libanés pero jamás pudo sacarse de encima que le llamaran “turco”.
Me detengo un momento a describir una vieja bomba de nafta ya muy vieja por aquellos años que había en la estación. Se trataba de un armatoste de 1931 de unos tres metros de alto con forma de faro marítimo, con un depósito de vidrio transparente en la parte más alta, y una palanca para bombear la gasolina. El operador preguntaba cuántos litros quería y bombeaba a mano hasta ver que la nafta llegaba a las distintas marcas del depósito transparente. Colocaba luego la manguera en el auto y por simple gravedad llenaba el tanque del vehículo.
Otros “turcos” nacidos en el Líbano fueron doña Carola y Tannús Chalit que habitaron la vieja casa de ladrillos a la vista junto a la capilla Santa Teresita. Tía y sobrino tenían un almacén poco surtido pero una gran generosidad y cariño hacia mi hermana y hacia mí. ¡Cómo nos gustaban unas especies de tortas fritas con semillas pegadas (imaginen en México una especie de tortilla gruesa de harina de trigo con ajonjolí), platillos exquisitos con carne de cordero y tantas cosas más que nos convidaba doña Carola! Con mucho respeto veíamos a Tannús rezando de rodillas con la cabeza apoyada en el suelo sobre un pequeño tapete y mirando siempre para el mismo lugar, la lejana Mecca. Nos fascinaba verlo fumar tabaco en el narguile, un extraño aparato de vidrio con mangueras de goma, junto con algún paisano libanés como el dueño de la tienda Jairalah que estaba en el centro de la ciudad.
Por aquellos años no faltaron las funciones de cine en el barrio. Ante la ausencia de televisión, el cine tenía asegurado el éxito entre el público ingenuo que no faltaba a ver “cintas” de muy mala calidad pero que bien entretenían. El lugar más habitual y que duró unos cuántos años fue el cine al aire libre –durante el verano y por la noche– frente a la sede del Club de Fútbol Las Delicias. Un viejo pizarrón de lámina anunciaba la función del sábado que nos anticipaba alguna vieja película mexicana, argentina o americana.
Con mi hermana Graciela teníamos entre 6 y 8 años y nos llevábamos nuestras sillitas petisas (chaparras) y las acomodábamos entre las mesas que se ponían en la calle para atender al grueso de los asistentes que veían cine mientras consumían cervezas, refrescos, refuerzos (tortas mexicanas) y frankfurters (hot dogs) del bar que atendía el “Nenito” Cedrés. 
Recorrimos casi todo el catálogo de las películas en blanco y negro de Cantinflas y Miguel Aceves Mejía (entre las mexicanas), Luis Sandrini y Niní Marshall (entre las argentinas) y Cisco Kid y Roy Rogers (entre las americanas). Cuando se terminaba el primer rollo de la película y mientras el “Nenito” lo cambiaba aprovechábamos a ir corriendo con mi hermana a cenar algo en casa. Recuerdo que unos años más adelante seguíamos yendo al cine en la calle pero en mi caso llegaba siempre tarde al segundo rollo porque eran mayores las ganas de tocar un ratito las piecitas en guitarra del músico italiano Fernando Carulli.
Cédar Viglietti

miércoles, 27 de abril de 2011

VIEJOS RECUERDOS DE MI ESCUELA

Hoy, la escuela N° 12 ”Juan Zorrilla de San Martín” del barrio Las Delicias, cumple sus primeros cien años de formar e instruir a los niños de una zona muy amplia de la Ciudad de Minas. Quienes fuimos alumnos de esa escuela mantenemos intacto y muy adentro el recuerdo lleno de sonidos, sabores y colores de nuestro paso por esta institución sin que los años –en mi caso muchos– nos borren lo esencial: el orgullo de haber sido parte de su magnífica historia.
Aquella tarde de marzo de 1957, de la mano de mi madre, caminé hacia la escuela de impecable túnica blanca y nuevecita moña azul. Nada podía meter en los bolsillos porque no lograba despegarlos, y el cuello me dolía por las raspadas que me daba tanta cantidad de almidón en la túnica. “No te preocupes que el miércoles la túnica ya estará blandita” me decía mi madre para atajar mis reproches porque yo no quería ni saber de la escuela. Hasta los zapatos Incalflex me apretaban por nuevos y argumentaba que no podía caminar. Pero nada detuvo esa marcha penosa hasta la escuela y con grandes esfuerzos me aguanté sin llorar ese primer día.
En esos años la escuela no tenía jardinera o jardín de niños como para ir preparándonos y aceptar que las madres nos dejaran por cuatro horas. Corrían las lágrimas frente al portón de aluminio de la escuela, pero dentro del salón y en pocos minutos ya nos olvidábamos del abandono materno.
Recuerdo perfectamente el salón de clases: era el que estaba junto a la dirección con piso de madera. Los bancos de eran para dos niños y ya tenían muchos años de uso con enormes manchas de tinta sobre la mesa. En el centro, un agujero servía para poner un tintero de loza que la maestra llenaba con tinta Pilka para que pudiéramos mojar nuestras plumas y escribir no más de una palabra corta antes de volver a mojarla. La birome o bolígrafo… ni sus luces todavía. Ah… recuerdo el papel secante que teníamos que pasar para absorber la tinta sobrante que nunca se secaba y evitar así el repinte al cerrar el cuaderno.
El clásico lápiz negro alemán Johann Faber N° 2 era el más usado, pero varios niños recibían aquellos lápices marrones que tenían grabado CNEPN (Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal). La goma de borrar preferida era la de pan Dos Banderas porque no manchaba el cuaderno. Los trabajos especiales o muy importantes lo hacíamos en hojas o cuadernos “Tabaré” aunque abundaban los cuadernos de tapas grises del CNEPN.
En primer año me tocó de maestra a Pochocha, una mujer gordita y de muy buen carácter, casada con un peluquero que tenía su negocio en la calle Treinta y Tres casi 25 de Mayo. Yo me sentaba en la primera fila con Almita Jauregui. En segundo la maestra fue la “Negra” Pereira, alta, de muy buen talante, a quien recuerdo con mucho cariño. En tercero tuve a la maestra Ivonne, menos paciente que las anteriores y medio enojona aunque creo que fue el año que más aprendí.
Nos impresionaban mucho los compañeros que llegaban a caballo a la escuela. Uno de ellos fue mi gran amigo José Antonio Rotella. ¡Cuántas cosas compartimos con José Antonio! Otra compañera que venía a caballo era Teresita Larrosa; había que ver con qué distinción montaba su caballo. Las dos piernas para el mismo lado del caballo le daban un aire de reina inalcanzable que ella abonaba con un poquito de altivez.
Otros amigos inolvidables de aquellos años eran Heber Terra, Alberto Rodríguez, Antonio Bayarres, los hermanos Diano, Carlos Ortega y tantos más que los años y la distancia me han borrado sus nombres.
Varias niñas de entonces han quedado en mi memoria: Marlene Sotelo y su prima Isabel, Alba Varela, Iris Vega y aquella niña un poquito mayor que yo –creo que se llamaba Norma– que bailaba tan bien la música española y siempre era el número fuerte de las fiestas de fin de año.
A la hora del recreo disfrutábamos mucho jugando a la agarrada (simple juego de correr y atrapar a otro niño del equipo contrario) o a la bolita (canica) que no se jugaba como vi en Montevideo años después. En aquellos años jugábamos al chante y cuarta y la bolita se arrojaba tomada con las yemas de los dedos pulgar e índice producto del impulso que se daba con el brazo; no con el pulgar como se jugaba en la capital. También jugábamos a la troya, con un triángulo dibujado en el suelo donde se trataba de sacar el máximo posible de bolitas con un certero tiro desde una raya con nuestra esfera de vidrio preferida.
El trompo de madera también ocupó buena parte del tiempo del recreo, así como el yoyó que tenía a verdaderos maestros en chiquilines que realizaban toda clase de suertes.
Cuando llovía y no podíamos salir al patio exterior nos teníamos que conformar jugando a la payana (palabra de origen quechua que significa recoger o recolectar) en el patio interior. Por cierto, en México se le dice a este juego matatena. Varios conseguíamos payanas de mármol del desperdicio de una marmolería cercana a la escuela.
La merienda no era muy variada: el típico refuerzo (torta en México) de mortadela o de dulce de membrillo; las galletitas María, tortas fritas (especie de buñuelos mexicanos) del día anterior o las frutas del momento (manzana, tangerina) o la más común: banana. De la panadería Las Delicias se ponía la jovencita Mireya con una canasta de bizcochos que vendía a medio (cinco centésimos de entonces) cada uno. Varios chiquilines se comían simplemente una roseta o pedazo de pan. ¿Refrescos o jugos? No. Sólo el agua de la canilla donde había que hacer cola para tomar.
Los baños daban pena. Siempre sucios y malolientes. Hasta hoy no entiendo por qué siempre fue así. No había wáter y jamás papel. Eran unas letrinas que no merecía nadie. ¡Pobre del niño con algún problema intestinal! ¿Hoy estarán mejor?
Había servicio de comedor para los niños de mayores carencias. Para ello se adaptó una parte de los sótanos donde se servía una comida preparada por los presos de la cárcel departamental. Con mucho esfuerzo subía la Av. Varela una motoneta triciclo que traía desde el centro una gran olla con la comida para los niños, quienes esperaban con su cuchara en el bolsillo la hora del almuerzo.
De vez en cuando llegaban algunos niños nuevos provenientes de otros departamentos. ¡Pobres! No les dábamos una cordial bienvenida realmente. Les hacíamos pagar el derecho de piso con bastante crueldad. Recuerdo a un buen niño, Ruben Amado Sosa, que para enfrentar nuestro acoso acuñó una fama que después vimos no correspondía a su buen carácter. Se paraba entre dos pinos que estaban atrás de los baños y nos amenazaba con golpearnos. Así se defendía y le decíamos “El hombre malo”. El clásico “¡Te espero a la salida!” cerraba la discusión entre Ruben Amado y otro niño que al traspasar el portón de aluminio se liaban a golpes de puño. Esa fue una pelea muy comentada porque reunió un montón de chiquilines y porque fue abruptamente interrumpida por la directora “Coca” Ferranti que llegó remangándose y diciendo “¡¿A ver quién tiene ganas de pelear?!” En un instante se nos fueron las ganas de repartir trompadas a todo el mundo y salimos volando para nuestras casas.
Merece un párrafo aparte esta directora de fuerte carácter y personalidad. Aquella escuela –en aquellos años– no era ningún ejemplo de tierna convivencia, ni dulzura por doquier. Siempre había alguna bronca gorda para resolver y la directora Irma “Coca” Ferranti tenía los suficientes arrestos para parar en seco a algunos alumnos repetidores e indisciplinados de 6° que parecían hombres o algún padre agresivo que nunca faltaba. Una vez mandó llamar a la abuela de un chiquilín con problemas de enuresis (la madre lo había abandonado) y ésta se apareció con un palo para ajustarle in situ las cuentas a su nieto. “Coca” se interpuso entre palo y  niño, paró el golpe con el antebrazo y rápidamente le quitó el bastón a la enfurecida señora y de un rápido movimiento lo quebró contra su pierna. Acto seguido puso en su lugar a la airada señora y le explicó con severidad que así no se arreglaban las cosas…
¡Qué lindas eran las fiestas de fin de año! Entre los cantos y bailes disfrutábamos muchísimo esa época de calor que ya prometía vacaciones. Se armaba una especie de tablado junto a la canilla y allí subíamos a bailar alguna tarantela, una zamba o algún pericón. En segundo año recuerdo que cantamos una canción mexicana: “Las mañanitas”, que muchos años después volvería a cantarla muchas veces en México, ya que equivale al “Que lo cumpla feliz” de Uruguay. No faltaba la niña que bailaba tan bonito la música española. Y a partir de 3°, en mi guitarra, me tocaba interpretar alguna piecita obligado por mi maestra y con el beneplácito orgulloso de mi padre.
Mucho más podría contar: los paseos al Parque Rodó por el portoncito frente a la canilla, aquel inolvidable viaje a la playa, las penitencias (plantones interminables) que nos ligábamos con José Antonio Rotella por andar corriendo (como si fuéramos niños…). Pero lo importante ya está dicho: el imperecedero amor hacia esta escuela que marcó nuestra infancia y toda nuestra vida; el tan grato sabor que nos queda cuando escribimos estas desordenadas líneas que nos hacen revivir la pureza de nuestra niñez que, a través de la magia del recuerdo, hoy se convierten en un simple pero muy sincero homenaje a sus jóvenes cien años de vida.


Cédar Viglietti  (México, 2011)

domingo, 10 de abril de 2011

Un ombú, un tesoro y una venganza

Hace unos 10 años escribía para una revista de uruguayos en México con la intención de que los emigrantes y sus hijos mantuvieran vivos en sus recuerdos los paisajes, la flora y fauna del paisito que habían abandonado. Mis andanzas de juventud en Uruguay sirvieron de algo muchos años después. Este es un artículo escrito para aquella publicación que puede servir hoy a quienes no tuvieron oportunidad de conocer el campo y los ríos uruguayos.


Era tan grande que amanecía primero en su copa; el sol pintaba con tonos amarillos las ramas más altas cuando aún estaba oscuro a ras de tierra. Este ombú (palabra guaraní derivada de Umbí que significa “sombra”) era el árbol preferido de los benteveos que allí tenían su seguro observatorio para curiosear lo que pasaba a doscientos metros a la redonda.

            Viví veinte años en una casa del barrio Las Delicias de la ciudad de Minas, Uruguay, que en su terreno tenía este hermosísimo árbol (en realidad es una hierba gigantesca) cuya leña no sirve para nada, ni para hacer fuego –se deshace al secarse­­­­­­–, no da frutos, no es medicinal, pero ofrece una fresca sombra en lugares donde generalmente no hay otro árbol. 

            El campo uruguayo, cuando no lo atraviesa algún río o arroyo, generalmente no tiene árboles (salvo en estos últimos 30 años donde ha surgido una reforestación con eucaliptos, de dudoso beneficio para el suelo uruguayo). Es una planicie cubierta de pastos y cada tanto un ombú con algún rancho recostado a su sombra. El hombre de campo no hace su casa en el monte junto al río porque sabe que en cualquier momento se viene la creciente y la llanura inmensa no contiene las aguas desbordadas. Para hacer rancho elige las cuchillas (suaves elevaciones del terreno) que son seguras, y allí se puede encontrar un ombú solitario que dará sombra, abrigo, ramas para colgar la fiambrera (especie de jaula con malla para que no entren las moscas y poder guardar alimentos al fresco) y lugar de juegos para los gurises (niños en guaraní).

            Así es el ombú, árbol solitario que se cría guacho (solo, sin madre) y que en primavera da racimos de pequeñas flores blancas o racimos de bolitas verdes que no florecen. La gente de campo dice que hay ombú macho (el de las bolitas verdes) y ombú hembra (el de las flores blancas). En otoño pierde sus hojas y descubren sus rugosas e irregulares ramas. 

            Por cierto, existe una leyenda guaraní sobre cómo fue creado el ombú que la maestra normalista e investigadora Teresa Villafañe Casal ha rescatado:

“Umbí, la esposa del jefe de una tribu, ha conseguido que los indios cultiven la tierra. El verdor auspicioso de las plantas de maíz anunciaba la cosecha. Pero el deseo de lucha privó en los hombres, y un día dejaron sus campos y se fueron a pelear.

Umbí quedó encargada del campo cultivado. Ella debía cuidarlo para que las mujeres y los niños no padecieran hambre.

La luna llena anuncia con síntomas infalibles una terrible sequía. Umbí comprende lo difícil que será cumplir su misión.

Día a día las plantas de maíz van perdiendo su lozanía. Una a una caen vencidas. Pero Umbí está dispuesta a no cejar. Con la energía y la resistencia de que sólo las madres son capaces, decide salvar los granos necesarios para volver a sembrar.

De pie frente a las plantas que quedan vivas, trata de darles sombra con su cuerpo y las humedece con sus lágrimas. Desafía a Gúneche, dios que le manda la sequía. Resiste desesperadamente la heroica mujer, pero su agotamiento es visible. El Gúneche, al fin, ante el sacrificio sublime de la leal esposa, de la madre que lucha por sus hijos, por su tribu resuelve ayudarla en su obra. Pero no envía la lluvia que tanto ansía, sino que transforma a Umbí en un árbol, en una hierba gigante, que con su sombra consigue salvar una planta de maíz que dará los granos para la próxima cosecha.

Cuando regresaron los indios, el jefe vislumbró, a través del tronco retorcido y rugoso, la lucha que tuvo que sostener su leal Umbí.

Desesperado, se abrazó al árbol, y la sombra de éste lo cobijó, como en un último esfuerzo de la noble india para ser útil a su esposo, a sus hijos, a su tribu.”

Pero volvamos al ombú de mi casa.

Decían los vecinos de mucha edad que ese árbol tenía más de 150 años y que a fines del siglo pasado y principios de éste sirvió de parada de las diligencias que venían de Brasil hacia Montevideo. Allí cambiaban los cansados caballos por los de refresco, mientras seguramente los pasajeros se sacudirían el polvo de los interminables caminos y descansarían un momento a la sombra del ombú.

Cuando trabajábamos la tierra de la quinta familiar encontramos no pocas veces huellas de ese lugar de descanso: monedas de oro y de cobre brasileñas de uno o dos Reis. Seguramente estos pequeños hallazgos fueron comentados con algunos vecinos y allí comenzó a gestarse una ingenua y letal leyenda. Siempre se acercaba alguien a sugerir que debajo del ombú había un tesoro enterrado y que era de monedas de oro brasileñas…

Hubo épocas en que arreciaban los consejos de quitar el ombú y hacerse rico con el tesoro. Invariablemente mi padre sostenía que el tesoro era el propio ombú cuyo tamaño llamaba la atención de propios y extraños. Imagínese que para rodear el tronco se necesitaban ocho personas…

En 1970 se vendió la casa para irnos a radicar a Montevideo y allí comenzó la tragedia del ombú. La compró alguien convencido del tesoro de monedas de oro y trajo un ejército de gente con sierras, hachas y una pala mecánica.

Aquel árbol que fue refugio de cansados viajeros, atalaya de esos astutos pájaros llamados benteveos, insustituible lugar de juegos de muchos niños que pasamos por ahí y fresca sombra de tantos veranos, acabó arrancado de cuajo.

Del tesoro, ni rastro…

Pero el ombú ya muerto en un terreno de junto, estaba vivo para vengarse.

Desde siempre hubo, a unos siete u ocho metros del añoso árbol, un encharcamiento de agua limpia que jamás le dimos importancia porque estaba en un terreno vecino. Pues ese encharcamiento era un manantial que alimentaba al ombú, y al no estar éste comenzó rápidamente el agua a ganar terreno y a invadir la casa. No hubo fuerza humana que contuviera ese ojo de agua hasta tal punto que anegó todo el terreno y tuvieron que construir un drenaje especial para salvar la casa.

Allí estaba presente el viejo y querido ombú, riéndose con sus benteveos, con sus antiguos fantasmas que venían desde el Brasil y dejaban caer alguna monedita de oro.

 

                                                                       Cédar Viglietti (h)





sábado, 26 de marzo de 2011

COMENTARIO DE UN LECTOR AFICIONADO SOBRE "CIEN AÑOS DE SOLEDAD" DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ

Hace varios años un joven estudiante me pidió que escribiera un comentario sobre la novela “Cien años de soledad” del escritor Gabriel García Márquez para tener una idea de cómo se escribe un artículo de esa especie y así cumplir con su tarea. Antepuse que no era quien para escribir sobre tan importante obra, que no era (ni lo soy) escritor, ni analista literario y ni siquiera un buen lector. Pero me pidió que lo hiciera como un lector aficionado cualquiera y que a cambio me regalaría una buena edición de la novela que había perdido tiempo atrás. Las ganas de volver a tener esa gran novela me tentaron y escribí el presente artículo.


A esta altura de la literatura hispanoamericana no es ninguna novedad que "Cien años de soledad" es una de las mayores obras que se han escrito en nuestra lengua. La prosa tan amena, la creatividad sin fin, la incorporación de tradiciones indígenas y mestizas y fundamentalmente "la magia" –tan cotidiana en la vida de los latinoamericanos– tratada con una increíble naturalidad hacen de esta novela un libro imprescindible para entender nuestro continente desde el río Bravo hasta la Patagonia.
            Los lectores norteamericanos y europeos, que han leído tantas traducciones, se han asombrado del llamado "realismo mágico". Les parece mentira que un escritor pueda "inventar" tantas situaciones y personajes sacados de una chistera inacabable; cuando en realidad García Márquez recurre a la exageración; pero eso sí, con un gran desparpajo y una exquisita inspiración. La verdadera magia está en la forma de escribir con tanta frescura y exuberancia; en atreverse a contar cosas aparentemente absurdas con la mayor naturalidad; en ser un genial mentiroso a quien el lector le gusta creerle aunque sepa lo falaz que es.

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No se trata de una novela histórica aunque cuenta la historia improbable del pueblo de Aracataca donde nació el autor. No cuenta la historia de su familia aunque, como ha reconocido García Márquez, su familia está presente: "Recuerdo que cuando era niño y veía pasar a mi abuela siempre volaban mariposas amarillas..."
            Cada personaje es un verdadero tratado de fascinante locura. José Arcadio Buendía que trazó con maestría las calles de Macondo para que todos tuvieran las mismas posibilidades de luz y acceso al río, terminó atado a un árbol luego de infructuosos intentos para encontrar oro con un imán, utilizar el movimiento perpetuo o "atrapar" a Dios en una placa de daguerrotipia para probar su existencia. Ursula, aparentemente centrada pero revisando cada hijo para ver que no tuviera cola de puerco o permitiendo que su esposo esté atado a un árbol del fondo de la casa. José Arcadio, el hijo con monumental falo, fuerza y hambre de 10 hombres que termina domado por la dulce Rebeca. O el tímido Aureliano que se enamora de una niña impúber (Remedios) y espera su primera menstruación para desposarla. Es el mismo Aureliano que se transforma en el coronel Aureliano Buendía, uno de los más temidos y audaces caudillos de toda la costa caribeña. O Remedios, la bella, que vivió al margen de la vida, sin mancharse en este mundo y que terminó ascendiendo y desapareciendo en el cielo en un acto de inesperada levitación.

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            Es muy interesante como García Márquez maneja los personajes que en muy pocas páginas transforman su personalidad. Tal es al caso de la dulce y menudita Rebeca que esperó pacientemente que cuajara el noviazgo con un italiano muy delicado e indeciso y finalmente termina metiéndose en la hamaca del bruto y maloliente José Arcadio. Un José Arcadio que se desayuna con 16 huevos crudos, que marchita las flores con sus tremendas ventosidades y que es capaz de jugar vencidas con cinco hombres a la vez. Resulta fascinantemente bestial la brevísima descripción del primer encuentro amoroso entre ambos: ..."la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito." También fascinante y no exenta de humor es la inmediata conclusión de la escena amorosa de Rebeca: "Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable,...”
            La transformación de Meme que luego de los fogosos encuentros con Mauricio Babilonia, donde su personalidad es incontenible, se transforma en la sumisa muchacha que acepta el enclaustro en un convento luego de la muerte de su amado. Su propio hijo, aparentemente mutilado por el encierro a que lo somete su abuela, resulta ser el único Buendía lúcido capaz de descifrar unos extraños manuscritos que definen esta obra literaria.
            En esta novela se pueden apreciar innumerables efectos logrados por el escritor en personajes, ambientes y situaciones que, parafraseando a Ursula cuando define su familia, la hacen una historia "...de locos..."
            La clave de esta locura es la exageración genial de hechos posibles transformándolos en actos de "magia". Tal es el caso de la descripción de la fuerza de José Arcadio Buendía, que se necesitaron 10 hombres para tumbarlo, 14 para amarrarlo y 20 para arrastrarlo. O el rejuvenecimiento e instantáneo envejecimiento del gitano Melquíades mediante el solo efecto de ponerse o sacarse los dientes postizos. La curiosa muerte de José Arcadio, cuya hemorragia del oído recorrió calles hasta meterse por debajo de la puerta en la casa de su madre, quien inmediatamente adivinó la suerte de su hijo. La lluvia de flores amarillas durante toda una noche cuando murió José Arcadio Buendía. La proliferación de los animales de Aureliano Segundo (las yeguas parían trillizos, los conejos crecían de la noche a la mañana, etc.).
            Pero detengámonos un momento en estos actos de "magia", que los latinoamericanos porfiadamente sostenemos no son productos de una elucubración fantasiosa del autor sino de  una exageración de la realidad –en todo caso mágica–  que vivimos diariamente.  Por cierto es difícil creer que se produzca una lluvia de flores amarillas, pero ¿qué pensar de una lluvia de arena? ¿Acaso no suena a fantasía que del cielo caiga arena? Pues bien sabemos que cuando el Popocatépetl tuvo un episodio de erupción, en el DF llovió abundante arena que provocó varios accidentes viales.
            En la presa Brockman, Municipio de El Oro, Mexico, del cielo caían millones de papelitos y no había pasado ningún avión. Pero aún más, los papelitos desafiaban a la gravedad y no caían. Avanzaban. Y no había viento que impulsara nada. Solamente se veían avanzar y dar vueltas en el aire. Algún papelito llegó a caer –muy pocos– y resultó que eran mariposas Monarcas que llegaban desde Canadá al Estado de México y Michoacán el día 2 de noviembre, cumpliendo puntualmente con la tradición de ser las almas de los niños muertos que visitan a sus familiares.
            La convivencia con los muertos, fenómeno recurrente en la novela de García Márquez, llega a tal extremo en nuestra vida diaria que una señora de Metepec cuenta –y no hay por qué no creerle– que por las noches atraviesa el patio de su casa un señor que sólo ella ve. "Al principio me asustaba, ahora ya no, porque sé que es el señor que murió hace muchos años en esta casa tan antigua...", dice.
            ¿Suena posible que la lluvia se lleve casas, autos y gente? ¿Que el viento arrastre a las personas y que tres hombres fuertes sean necesarios para atajar a alguien que rueda por la calle? Con los sucesos recientes de la costa de Oaxaca y Guerrero sabemos que eso y más es posible.
            Así es nuestro continente; impredecible, alucinante, crisol de tres razas (india, europea y africana) que da por resultado un lugar único, mágico e irrepetible.
            Pero también se deben reconocer las numerosísimas aportaciones absolutamente creativas de García Márquez, entre las que destaca el llanto que oyó Ursula de su hijo José Arcadio cuando aún estaba en su vientre. Llanto que Ursula llegó a definir como un anuncio de la incapacidad para amar de ese futuro hombre. Vale la pena recordar aquí cómo el autor no escatima el humor en este momento tan dramático y describe la alegría de José Arcadio Buendía porque tendrá un hijo ventrílocuo. Otro ejemplo de creatividad es la obsesión de Ursula durante toda la novela de que la consanguinidad fuera a procrear un niño con cola de puerco, situación que se produce al cierre de la novela.
            Resulta apasionante el final de esta maravillosa obra literaria porque García Márquez cierra un círculo que supo de complicaciones y vericuetos interminables. Uno a uno los personajes van desapareciendo, no quedan ni los descendientes (el último es devorado por las tenaces hormigas que tanta destrucción causan a lo largo de la novela), ni sus casas, ni el pueblo que es devastado por el viento.
            A lo largo de la novela la soledad se impone. José Arcadio Buendía acaba muerto solo bajo el castaño. El coronel Buendía termina encerrado solo en su taller. Rebeca, tan sola que nadie sabe en que día realmente murió. Amaranta, reseca, sola, pactando con la muerte su ida del mundo. Meme, abandonada en un claustro de monjas. Remedios, la bella, sola en el mundo y sola en su partida aérea.
            Se cierra el círculo. Porque la obra comienza con un personaje fascinante (el gitano Melquíades) que despierta el interés de José Arcadio Buendía por interpretar unos antiguos manuscritos que finalmente resultan ser como un verdadero oráculo. Manuscritos que los Buendía, de generación en generación, sienten la curiosidad de descifrar hasta que finalmente el hijo de Meme lo logra y lee su propio destino: morirá al momento de leer el último párrafo y no quedará nada de su familia ni de su pueblo.
            Así termina esta magnífica novela. Ya no hay nada de qué escribir. Todo ha terminado.
            Queda la hermosa sensación de haber leído algo irrepetible y genial. De ser un lector afortunado por haber tenido la oportunidad de leer en el idioma original una obra sin par. Finalmente queda nuestra imaginación enriquecida por habernos adentrado en un mundo alucinante y frondoso y por haber convivido con personajes que –a través de la lectura– nos harán seres humanos más lúcidos y sensibles.
                        México, octubre de 1997.

martes, 8 de marzo de 2011

Ramona Malacría

A mis hijos Guillermo y Martín


No sé ni cómo empezar a contarte esto que no se lo he dicho a nadie. Allá en Minas es imposible contarlo por que conocen a Ramona Malacría y se reirían de mí y dirían que estoy loco.  Por eso aprovecho esta visita aquí a Montevideo y te lo cuento. Lo único que te pido es que me oigas hasta el final y no te rías. ¿Vos te acordás de Ramona Malacría? ¿Cómo que no? ¿Nunca la viste pasar por la plazoleta Río Branco? Bueno, si la hubieras visto no te olvidarías de ella. Porque es una mujer muy extraña. Es alta, delgada, camina como una modelo: erguida y cadenciosamente. Tiene bien dorada la piel y unos increíbles ojos azules claros. Es veterana, debe tener unos cincuenta años. Si ya sé que es muy vieja, pero además es una pordiosera, una bichicome que anda todo el día en la calle caminando delante de tres perros que la siguen a todos lados. No tiene zapatos. Chancletea unas alpargatas todas rotas pero jamás pierde su porte sereno y altivo. Mi viejo siempre dice que es una reina extraviada. Quien la ve lamenta su mugre y los jirones de telas que alguna vez fueron ropa, pero lo lamenta porque es imposible ser indiferente ante ella. Su belleza, aunque degradada, se asoma sugerente a través de sus ojazos azules Esa es la famosa Ramona Malacría. Bueno, ahora ya puedo contarte lo que me pasó. Empiezo por decirte que el gofio me encanta. Solo, con un poco de azúcar, o con leche es una de mis meriendas preferidas. También me gusta mucho cuando la vieja hace una torta que queda suavecita. Casi diría que me olvido de lo feo de ir a la tahona y atravesar el maldito Parque Rodó. Porque el Parque Rodó no es feo, al contrario, ¡es tan lindo pasear bajo sus árboles! o recorrer los interminables jardines con rosas de todos los colores. Y ni te cuento del zoológico. ¡Cuántas horas me pasaba mirando a los monos o al oso pardo! ¿Te acordás del Pisto? ¡Qué mono hijo de puta! Siempre andaba con la pistola parada y el desgraciado se pajeaba todo el tiempo. Y ahí nosotros mirando y acomodándonos la bragueta para disimular el bulto. Me acuerdo del día que se cogió a la mona. ¡Que lo parió! Casi nos morimos de excitación. Ah, si, es cierto, también estaba el perro dingo, el carpincho, las águilas, los cuervos... bueno, y todos los demás bichos. Pero te decía que hay tantos árboles en el parque que uno puede caminar dos horas sin ver el sol. Pero en la noche la cosa es distinta. No hay una sola luz. Todo es sombra. No se ve un carajo, apenas para caminar y no tropezarse. Y ¡mamita... ! si justo al pasar por las jaulas aúlla el dingo o ruge el oso te aseguro que te cagás en los calzoncillos. No te alcanzan los ojos para mirar para todos lados, ni las patas para correr. Por eso no me gusta atravesar el parque de noche. ¡Tiiiito! (ésta es la voz de mi madre) ¡Andá a buscar un kilo de gofio a la tahona! Tito, Tito. Siempre yo. ¿Y qué querés? ¿Qué vayan tus hermanas? Andá, haceme el favor. Y ahí voy yo a las siete de la noche a la tahona. Y vos sabés lo oscuro que está a esa hora en invierno. La duda me asalta. La maldita duda. ¿Atravieso el parque o doy toda la vuelta por la calle? Por el parque de noche me da miedo y por la vuelta también, porque está el sorete del Chato Sosa en la esquina de la panadería siempre dispuesto a romperme la jeta porque le miro a la hermana. Como si yo le hiciera algo a la Mireya. Nomás la miro y ella... bueno, para qué te voy a mentir, ella también me mira. Ese día, más bien esa noche, decidí ir por el parque... Después de todo ya tengo 15 años y estoy crecidito. Me metí en el parque y caminaba con mucha calma... bueno, esa sensación quería dar. No me apuraba para no mostrar miedo. El camino me lo sé de memoria y no necesito luz. Paso los guayabos, sigo frente a la jaula de los avestruces y por atrás de la jaula del oso me meto en la calle de los pinos grandes. A esa altura la oscuridad es total. Me aturde el ruido de mis pasos en tanto silencio. Puta madre... ya estoy arrepentido de haber venido por aquí. De pronto desde un costado oigo: “Tito...” (ésta no es la voz de mi madre). Me paro, no por valiente sino más bien por cagón porque se me paralizan las piernas y no puedo rajar de ahí. “Vení Tito, no tengas miedo...”  Creéme que la voz se oía bien suavecita y amable, además se ve que me conocía. Miro hacia el costado y veo una mujer bellísima con un vestido todo blanco. “Vení botija que hoy le vas a ver la cara a Dios.”  Ahora la voz era burlona y sobradora pero obedezco como tarado y camino hacia ella. Aunque casi no se veía, la distinguía claramente. No me preguntes por qué pero parecía que la mujer tenía luz propia. Al acercarme veo más claramente una mujer joven y hermosísima. Estaba vestida como de tules, tenía un pelo castaño y sedoso. Con una sonrisa provocativa me tiende las manos y yo fascinado y medio asustado –aunque cada vez menos asustado y más fascinado– me dejo tomar de mis manos. Me acerca a su cara y siento un delicioso perfume en su piel. Con suavidad me abraza y besa mi cuello. Y cuando estoy recibiendo una sensación indescriptiblemente nueva, agradable y delicada, siento su mano decidida y casi violenta en mi bragueta.  Me aprieta los huevos casi hasta el dolor, pero me gusta, loco, me gusta. ¿Qué edad tenía? Yo que sé, nabo. En ese momento no se lo pregunté. Pero dejame seguir contando. Era joven. Con la otra mano que le quedaba libre no perdió el tiempo y tomó una de las mías y la puso en sus tetas... ¿Cómo qué mano? No jodas, qué importa cual de mis manos era. Si, claro que a mí me sobraba una mano. ¿Dónde la tenía? Y no sé, estaba muy oscuro para ver dónde mierda la tenía. ‘Tá bien, ‘tá bien, la tenía en el bolsillo. ¿Tá? Y entonces cuando toco sus pechos, los siento suaves y firmes... ¡Tarado serás vos! Pero carajo, ¿no entendés que estaba viviendo algo muy especial, que nunca había tocado una mujer? ¡Mirá si me iba a acordar de meterle la otra mano en las caderas! Decime una cosa: ¿vos alguna vez tocaste una mujer? ¿A quién? ¿A la sirvienta? Ah, pero el culo y por arribita de la ropa. Si, si, pero no podés comparar. Esta estaba totalmente desnuda; los tules se movían con el viento y se le veía todo. Pero muy natural, viste. Entonces empezó a sacarme los pantalones y el calzoncillo. ¿Pelitos en dónde? Ah, si. Tenía pelitos como rulitos. Y mientras yo le metía mano como loco en los pechos ella me metía mano como loca en la pistola. ¿Sabés cómo la tenía? Durísima, loco. Entonces nos acostamos entre las plantas y yo me subí arriba de ella. En ese momento pensé: “¿encontraré el augerito” No lo encontraba aunque serruchaba como loco. “Esperá m’hijo, esperá” me dijo la tipa y agarrándomela con la mano la colocó en la entrada y zas pa’ dentro. Bueno, no sabés qué bárbaro. Me molestaba su tonito maternal: “Despacio m’hijo, despacio. ¿Para qué te apurás?” Pero yo estaba dale que te dale y hummm... “Esperá, esperá muchachito, ¿qué hacés?” Pero ya era tarde. Entre sus brazos me entró un sueño suavecito y me quedé dormido muy dulcemente. No sé si fue un minuto o más. De repente siento que me lame la cara un perro y una voz desagradable y aguardentosa me dice: “¡Salíme de encima, che!” Me despierto y me invade un olor insoportable a sudor y orines. Aterrado me doy cuenta que es una vieja con harapos, en chancletas, con los dientes sucios y cariados. Desesperado me quito de encima y busco los calzoncillos y el pantalón pero no puedo contener el vómito tibio y ácido que me salpica las piernas. Cayéndome y limpiándome con la mano corro mientras me persigue por muchos metros la carcajada estridente de la maldita vieja Ramona Malacría.
                                                       Cédar Viglietti 

sábado, 26 de febrero de 2011

Aquella noche en el Cementerio Central

Historias que no son cuentos

Los balazos se oían por las calles 18 de Julio, Sarandí, Treinta y Tres, Florencio Sánchez, Domingo Pérez y hasta W. Beltrán. Todos esos pasos de la ciudad de Minas eran asolados por peligrosos pistoleros entre ocho y diez años que preparaban emboscadas para atrapar en fuego cruzado a los malhechores de siempre en los interminables juegos infantiles de cow boy.
Uno de estos niños minuanos era Milton Fornaro que a veces lograba desaparecer en algún desfiladero secreto y por más que lo buscaban no daban con él. Pero otro niño, Ricardo Zabalza, ya se había percatado del desfiladero escondido. Milton tenía una debilidad que le costaba la vida: las pastillas de menta que compraba en la farmacia Gortari.
Precisamente la banda de Ricardo se apostaba por Treinta y Tres y Domingo Pérez y allí, paciente, esperaba que asomara Milton –distraído con su paquete de pastillas de menta– para acribillarlo a balazos y terminar con esa amenaza. En esa esquina, a punta de balazos, Ricardo labró el nombre de “El pastilla” Fornaro y así lo conocimos sus amigos que disfrutamos desde siempre su amistad, sus cuentos y novelas que le han dado un lugar muy importante en las letras uruguayas.
Esas amistades de niños nunca se olvidan, como no olvidaban los estudiantes minuanos aquellas primeras manifestaciones callejeras del año 1969. No olvidaban que siendo apenas un puñado de jóvenes habían recibido el aliento y apoyo solidario del joven Ricardo Zabalza Waskman (ver en este mismo blog el artículo “Las primeras manifestaciones estudiantiles en Minas”).
Los estudiantes minuanos aún no habían asimilado la sorpresa del apoyo en plena calle del hijo menor del renombrado político conservador del Partido Nacional, Pedro Zabalza, cuando todo el país se conmovió por la acción guerrillera de los Tupamaros que tomaron una pequeña ciudad –Pando– a unos treinta kilómetros de Montevideo. Fue el 8 de octubre de 1969, a muy pocos días de la manifestación de la plaza Rivera.
El maestro Homero Guadalupe, miembro de la Comisión de la Verdad relató así, hace pocos años, el asesinato de este hijo de Minas: “Ricardo era un joven minuano, asesinado a los 20 años, el 8 de octubre de 1969. Era tupamaro y participó ese día en la toma de Pando. En ese marco, participó en un tiroteo en el que fue herido, y se entregó. Lo hicieron caminar una cuadra hasta un camión de la Guardia Metropolitana. Allí lo tiraron al suelo y lo ejecutaron de un balazo en la nuca”.
–¿¡Cómo, Ricardo Zabalza era tupamaro!?– la pregunta corrió como reguero de pólvora por aquella Minas de 1969.
–Pero no entiendo, si era un joven que lo tenía todo ¿qué hacía con los tupamaros?
–Su padre es escribano (notario), estanciero (hacendado criador de ganado), político que fue senador, intendente municipal (gobernador) del departamento (pequeño estado) de Lavalleja, ¿por qué Ricardo se metió con los tupamaros?

Mucha gente en Minas no entendía lo que estaba pasando. Seguramente sus padres tampoco.
Sus hermanos Jorge y Mabel sí comprendían lo que pasaba porque compartían con Ricardo la militancia en el MLN y el compromiso de cambiar un país donde la mayoría de la gente no importaba.

Cuando entregaron el cuerpo de Ricardo en un féretro cerrado para ser enterrado en el Cementerio Central de la ciudad de Minas no había casi gente acompañando a los pocos familiares. No se justificaba esta ausencia aunque fuera de noche y muy tarde (horario que seguramente había dispuesto la policía). ¿Dónde estaban las “fuerzas vivas” –siempre interesadas– que acompañaron desde siempre a don Pedro Zabalza en sus campañas políticas? No había nadie. Ni una bandera. Ahora estaba profundamente solo y confundido el ex senador en aquella oscuridad inquietante del Cementerio Central.

Don Pedro y su esposa y algunas pocas personas más con caras de dolor miraban con miedo y desconfianza los rostros de un pequeño grupo de jóvenes minuanos apenas iluminados por un farol de kerosén, única luz en aquel cementerio oscuro. No los conocían. Nunca supieron quienes eran esos jóvenes casi niños entre 16 y 18 años ni quien los acompañaba, aquel lejano cow boy de la farmacia Gortari, “El pastilla” Fornaro.

Eran los de la pequeña manifestación que no olvidaban cuando Ricardo los acompañó –pocos días atrás– en aquella afirmación de solidaridad con los estudiantes asesinados en Montevideo. Allí estaban ahora, arrojando flores a la tumba del joven tupamaro, aprendiendo que la solidaridad se da y se recibe cuando los principios por los que se luchan son los mismos aunque las organizaciones políticas y sus métodos sean distintos.

Esa noche extraña, oscura y triste los muros de Minas gritaron en silencio y con pintura roja la solidaridad con Ricardo que tantos callaron.

Cédar Viglietti

jueves, 24 de febrero de 2011

El río, el monte y el carpincho





El río Santa Lucía nace a pocos kilómetros del cerro Arequita en el departamento de Lavalleja. Comienza siendo una cañadita que cualquier gato la cruza al trote hasta llegar a desembocar en el Río de la Plata en la población de Santiago Vázquez. Aquella cañadita serrana que allá corría rápidamente entre el monte, aquí donde se juntan los departamentos de Montevideo y San José, se convierte en un majestuoso río que entre juncos avanza cadenciosa y lentamente.
            Arriba se despide de pájaros criollos (zorzales, sabiás, cardenales, mixtos, doraditos, calandrias, y gargantillos entre muchos más), abajo lo reciben garzas , gaviotas y maragullones.
            En su recorrido por el departamento de Lavalleja el río Santa Lucía no es profundo. Es más, en verano y con un poco de sequía, el agua serpentea a duras penas entre piedritas y arenales. Pero a los lados del río se quedan lagunones profundos que se forman cuando hay crecientes y las aguas se salen del cauce. Es en estos lagunones donde la fauna se concentra formándose ricos ecosistemas ya que aquí el agua es más abundante que la que corre por el río.
            En cuestión de peces la tararira es la reina, pero también hay bagres amarillos y blancos, dientudos, pejerreyes, cabezamargas, viejas del agua y mojarritas. En las orillas caminan las gallinetas (especie de gallina silvestre, flaquerona pero de buen sabor a la cazuela), las gallaretas (ave de plumas negras, pico curvo y no recomendable a la hora de la comida), la comadreja (mamífero parecido al tlacuache mexicano) y el roedor de mayor tamaño en el mundo: el capincho, cuyo verdadero nombre es carpincho o capibara.
            El capincho es un animal de grueso pelo cobrizo, con un peso de 40 a 70 kilos (ejemplares adultos), con pequeñas orejas, patas cortas con media membrana entre los dedos que le permiten nadar con mucha eficacia. Se alimenta de hierbas que están tanto fuera como dentro del agua. Excelente buceador que puede aguantar bajo el agua mucho tiempo y con eso salvar su vida frente a los cazadores que lo persiguen por su abundante y sabrosa carne.
            Lamentablemente este dócil animal de actividades diurnas ha sido perseguido con tanta saña que se ha transformado en un ser desconfiado y arisco con hábitos nocturnos.
Con cierta frecuencia se encuentran crías abandonadas al haber matado algún cazador a su madre. Estas crías se adaptan a convivir con el hombre aunque hay que tener paciencia y darles, durante sus primeros tres meses, leche en biberón.
La crisis económica en Uruguay ha contribuido a que se aumentara su persecución, ya que un carpincho adulto es garantía de buena carne que compite con la de cerdo.
Tiene un hábito que lo delata fácilmente: jamás defeca en el agua, lo hace en la orilla de río, arroyo o laguna. Los excrementos tan característicos son inequívocas señales de su presencia y verdadero acicate para el cazador que así sabe que hay carpinchos en el lugar.
Por cierto el carpincho es habitante de una región enorme de América del Sur que incluye países como Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Perú y Venezuela. En este último país se le encuentra en los llanos, donde hay agua abundante, reunidos en grupos de hasta 40 o 50 ejemplares.
Este roedor recibe muchos nombres según el lugar donde se encuentre, como ejemplos van estos: chigüire, guardatinaja, cabial, cobiel, cabiel, cabiay, lancha, yulo, roncoço, urucumayo y capiguara.
En Uruguay, verlo en su hábitat es verdaderamente difícil y si de casualidad se encuentra con uno, le aseguro que usted no lo olvidará fácilmente. El carpincho está programado para huir velozmente hacia el agua y no le importa qué obstáculo haya, así sea usted. Dará un fuerte bufido y arremeterá como un toro de lidia por el camino más corto hacia el agua y si usted está en medio más le vale hacerse a un lado para evitar terminar en el arroyo con él.
Confieso que una vez estuve en estas circunstancias y le gané al carpincho en quien se asustó más. El se fue nadando y yo quedé enredado entre los sarandíes[1] y camalotes[2] tratando de salir del agua y calmar mi angustia.
            Líneas más arriba comentaba que el color del pelo del carpincho es cobrizo, es decir con fuertes tintes rojizos. ¡Pobre de los pelirrojos que nacen en el interior del país! Jamás podrán evitar que sus “amigos” al ver el color de sus cabellos,  les digan capinchos.
                                                                      
                                                                       Cédar Viglietti

[1] Arbusto que crece en las orillas de los ríos y arroyos.
[2] Plantas acuáticas similares a los lirios de agua.

Fotografía tomada al autor de esta nota en el año 1954 en La Charqueada.




Hace unos 10 años escribía para una revista de uruguayos en México con la intención de que los emigrantes y sus hijos mantuvieran vivos en sus recuerdos los paisajes, la flora y fauna del paisito que habían abandonado. Mis pesquerías de juventud en Uruguay sirvieron de algo muchos años después. Este es un artículo escrito para aquella publicación que puede servir hoy a quienes no tuvieron oportunidad de conocer el campo y los ríos uruguayos.