domingo, 12 de junio de 2011

Paracho: paraíso de las guitarras

Paracho, palabra chichimeca que significa “ofrenda”, es una población mexicana de origen prehispánico que hoy cuenta con poco más de 15,500 habitantes de los cuales muchos son de la etnia tarasca. Una enorme guitarra metálica es el principal monumento a la entrada del pueblo que recibe a los turistas de muchas partes de México y el extranjero que se dispersan entre las pocas calles del pueblo a buscar una buena oferta en la compra de una guitarra.
Siempre pensé que Paracho, esa pequeña población del estado de Michoacán,  producía solamente guitarras comerciales que no valían la pena, porque es frecuente ver por las calles de cualquier ciudad mexicana algún señor cargado de guitarras muy malas voceando que son de Paracho. Lo mismo sucede con los pequeños comercios donde venden instrumentos de música que al menor interés por una guitarra inmediatamente el comerciante le aclara orgulloso que ese instrumento es de Paracho, como si su origen fuera garantía de calidad.
En realidad en Paracho se construyen enormes cantidades de guitarras –la mayoría baratas y de regular calidad– entre las que se encuentran algunas buenas. Decir que una guitarra es de Paracho no significa calidad sino que responde a un hecho sin discusión: la mayoría de las guitarras en México se producen allí.
Una fuerte tradición desde la época de la colonia ha creado una escuela de constructores de guitarras que aprovechan la economía de mercado (compran maderas y accesorios al por mayor de forma colectiva) estableciéndose así todo un pueblo que directa o indirectamente tiene una fuerte dependencia de la venta de sus instrumentos.
Algunas cifras dan mejor idea de lo que es este pueblo michoacano: existen más de 600 lauderos y 20 fábricas artesanales que construyen entre 2000 y 3000 guitarras diarias que se exportan a Estados Unidos, Canadá, Francia, Bélgica, Suecia, Hungría y diversas naciones centroamericanas. No creo que haya otro lugar comparable en el mundo…
En la Ciudad de México, desde hace muchos años, hay muy buenos constructores de guitarras, destacándose las marcas Rubio, Dionisio Vázquez y Pimentel que han sido ampliamente recomendadas por los guitarristas mexicanos. Sin embargo en Paracho las hay igual y mejores aunque el propio mercado de esa población mexicana esté fundamentalmente centrado en la exportación de guitarras económicas.
No debe irse a Paracho sin llevar una lista de constructores de guitarras de altísima calidad, porque abundan las tiendas donde por cientos y cientos se exhiben guitarras muy bonitas pero de muy discreto sonido. Es sorprendente ver guitarras con tapa armónica de pino abeto canadiense o americano, palo santo de la India en la caja y ébano africano en el diapasón que no rebasan los 400 dólares, pero su diapasón es muy angosto y consecuentemente incómodo para tocar la llamada “música clásica” que demanda esfuerzo y buena técnica.
Hay una regla de oro con los talleres de guitarra de buena calidad: están sucios, polvosos, desordenados y llenos de aserrín y viruta de las maderas trabajadas. Naturalmente existen excepciones, pero en la mayoría es difícil encontrar un asiento sin polvo donde probar una guitarra. Cuando uno encuentra un taller pulcro con vitrinas impecables…desconfíe, o las guitarras no son buenas o no se construyen en ese lugar.
Con varios de mis alumnos de guitarra fui a Paracho a ayudarles a elegir guitarras para sus estudios. Nos dirigimos al taller de los hermanos Enríquez que tienen una gran cantidad de instrumentos ya terminados de distintos precios y calidades en función de los distintos presupuestos de los muchachos.
Allí nos recibió don Enrique Enríquez con sus hermanos y con la típica amabilidad michoacana. Inmediatamente limpiaron algunos espacios para sentarnos y probar sus instrumentos. El taller no puede ser más modesto. Paredes de láminas y maderas que por las múltiples rendijas entra luz del exterior. Techo de láminas simplemente acomodadas y puestas como Dios les dio a entender. Es seguro que cuando llueve fuerte el agua entra por muchos lugares.
Pero allí están colgadas muchas guitarras luminosas, sonoras, bonitas, que se destacan en ese galpón oscuro y desordenado. Todos los hermanos viven en casas bien construidas y separadas pero comparten un terreno arbolado donde el centro es el frágil taller. Nos llevan a sus casas donde tienen habitaciones llenas de guitarras colgadas. Todo huele a madera, barniz y trabajo. Sus familiares, gentiles y generosos, nos ofrecen refrescos para mitigar el calor primaveral de la zona y se mezclan los niños entre tantas guitarras que invaden la sala, el comedor y seguramente las recámaras. 
Dos alumnos rápidamente encuentran las guitarras de estudio que buscaban por precios que fueron de $1,800 a 2,800 ($12 pesos mexicanos por un dólar). Son guitarras bien hechas y muy sonoras. Otro alumno buscaba una guitarra de concierto porque está adelantado y sus manos ya le piden un buen instrumento. Le traen una guitarra de Agustín Enríquez (el mejor lutier de los hermanos) de palo rosa de la India, pino abeto alemán y ébano africano. Aquí las cosas cambian, se trata de un gran instrumento que encuentro un poco sordo por sus cuerdas muy viejas. Pero las cuerdas malas no logran ocultar el buen sonido. El diapasón es ancho, delgado y muy cómodo, de buenas proporciones que facilitan la ejecución. Por si fuera poco la guitarra es bonita. Mi alumno se enamora a primera vista y empieza un largo proceso de regateo para bajar el precio inicial que piden los Enríquez.
Intento convencer a mi alumno que espere a conocer otros talleres para ver otras posibilidades. “No voy a encontrar otra guitarra que me guste como ésta” fue la respuesta inmediata del joven que no podía hablar sin sonreír por la emoción que le provocaba esa guitarra. Pese a mi insistencia de ver otras guitarras fue imposible moverlo de su posición y allí mismo la compró en 14,000 pesos mexicanos.
Fuimos caminando hasta el taller de Fernando González Magaña, donde meses atrás me había comprado una magnífica guitarra, réplica de una Antonio Torres. Se repiten las características de los buenos talleres: pequeño espacio lleno de aserrín, viruta y polvo. Cuatro guitarras terminadas estaban colgadas en una vitrina de madera y vidrio. Dos de estudio con cajas de palo escrito (madera mexicana), pino abeto americano y diapasón de ébano y dos de concierto de palo rosa de la India.
Allí aprendí que uno puede recomendar mucho a los muchachos cuáles son las novias que les convienen, pero los que se casan son ellos y el amor… entra por los ojos. Les recomendé a dos de mis alumnos las guitarras de estudio de palo escrito de $5,000 cada una. Muy bien construidas, con el esmero de una de concierto. Pero no les gustaron por ser oscuras y mates... Le dije al alumno adelantado que ya se había comprado la guitarra de concierto que probara una de este joven lutier michoacano. La guitarra era inmejorable: equilibrado el sonido, agudos claros y aterciopelados, bajos profundos y potentes, gran respuesta al exigirle volumen, un diapasón de gran comodidad y un acabado sin parangón. Pero ya era tarde…
Merece un párrafo aparte este constructor de guitarras muy joven pero de hechuras inigualables y resultados sonoros incomparables. Fernando González aprendió este arte con su padre como la mayoría de los lauderos del mundo. Pero dejemos que hable el propio maestro González:

”Con mi padre fue el primer contacto ya que él ha construido guitarras desde que tenía a 14 años; ahora tiene 76 años. Después fui aprendiendo con muchos amigos, ahora algunos más famosos que otros, como Arnulfo Rubio, Rafael Granados, Abel García, Guillermo Rubio y muchos más que han tenido la gran voluntad de compartir conmigo su valiosa experiencia. Todo lo anterior fue aquí en Paracho. En Estados Unidos estuve trabajando con Germán Vázquez Rubio. En donde adquirí mucha experiencia, pues ahí hacíamos muchas reparaciones de guitarras del más alto nivel mundial, como las Hauser, Santos Hernández, Ramírez, A. Marín, etc., etc. Esto me ayudó a perfeccionar y conocer diferentes estilos y técnicas de construcción, así como a tener un criterio y una visión más amplios.”

En Paracho hay otros constructores muy renombrados como Salvador Castillo, Benito Huipe, Daniel Caro, Carlos Piña, el propio Agustín Enríquez y otros más, pero no he probado ninguna guitarra como las de Fernando González, de quien doy los datos por si algún lector lo desea localizar: Tel. 423 525 0551; cel. 452 127 1903 y correo electrónico fey91@hotmail.com
Nos vamos de Paracho, Michoacán, con la alegría de haber encontrados instrumentos que superan las expectativas iniciales y con una relación precio-calidad que es muy difícil encontrar en el mundo entero. Es imposible irse de este paraíso de las guitarras sin lamentar –más allá del beneficio propio– lo mal que se les paga a estos excelentes maestros de la laudería, así como en general a los artesanos de este inmenso país. A los constructores de guitarras no se les reconoce sus profundos conocimientos, su técnica prodigiosa y su amor por este arte tan delicado y misterioso de construir instrumentos de cuerda. Tengo una guitarra Enrique García (España), una José Yacopi (España-Argentina) y una Antonio Pereira Velazco (Uruguay); por muchos años toqué en una Salvador Ibáñez (España) y una Antonio Pascual (España), sin embargo –por muy lejos– la mejor es la Fernando González de Paracho, Michoacán.
Cédar Viglietti

sábado, 28 de mayo de 2011

EL CONJUNTO GUITARRÍSTICO LAVALLEJA

A mi amigo Fernando García, de Marindia, Uruguay.

En un artículo anterior había comentado sobre las tentaciones que algunos maestros tienen de crear un ensamble de muchas guitarras con sus alumnos, cuyos resultados son discutibles en cuanto a la calidad del sonido alcanzado y –aunque no lo parezca– a la perfecta sincronización y afinación de todos los instrumentos que no fueron concebidos para esta superposición. A veces pienso qué resultado tendrían un montón de pianos tocando a la vez y sinceramente uno se asusta de sólo especularlo.
Sin embargo mi padre reunió un montón de alumnos y con arreglos que le hacía el músico montevideano don Luis Alba se lanzó a la poco prometedora aventura de crear un ensamble de hasta 9 guitarras. Entre los primeros alumnos que se integraron me acuerdo de Francisco Grillo, Hugo Yarza, Ruben Silveira, Eduardo Vázquez, Juan Gavarret, Julio Ríos, Bélgica (Pelusa) y Artigas Inzaurralde, Angel Guillén, Dante Hernández, Nelly Gutiérrez, Daniel Viglietti, María E. (Chola) Ledesma, Julio Pereira y Hugo Grandi. En alguna oportunidad se integró también, con su pequeña y bonita guitarra estilo decimonónica, don Juan De Brun Carabajal, muy amigo de mi padre.

Una de las tantas formaciones del Conjunto Lavalleja: D. Viglietti, Ruben Silveira, mi padre, Juan Gavarret, Eduardo Vázquez y Julio Ríos.
En el que era mi cuarto, claro que después que terminaran los alumnos y los ensayos lo podía utilizar, se amontonaban sillas, banquitos para el pie, atriles y mucho, mucho humo de cigarros de mi padre y de los demás fumadores que lo seguían. Por esa época yo tenía 5 o 6 años y medio dormido por los efectos del humo y por lo tarde de los ensayos estaba obligado a oír aquellas interpretaciones hasta que llegaran a su fin y me pudiera acostar en “el cuarto del fondo”, como le decía mi padre.
En medio de los errores de lectura, las desatenciones con las alteraciones en clave, guitarras no muy bien afinadas y errores de solfeo (los más frecuentes), mi padre, con determinación y paciencia sentaba las bases de ciertos fundamentos musicales:   
–¡Muchachos, lo primero y más importante es empezar y terminar juntos! ¡Por favor, arranquen todos a la vez!
Cuando medio se corregía esta situación venían otros problemas:
–A ver, a ver… Julio, ¿qué estás tocando?
El viejo interrogaba a Julio Ríos, un alumno muy querido por toda nuestra familia por ser un excelente ser humano, siempre de buen humor y dueño de respuestas rápidas y muy graciosas, aunque no fuera bueno para el solfeo. Por cierto era de raza negra.
–Julio: estas notas no son todas iguales, por favor. Hay un montón de corcheas sí, pero algunas son negras. ¡Cuando veas una negra parate!
–Créame maestro que yo siempre hago eso, porque hay muy pocas negras en Minas…
Estallaban las risas y hasta la severidad de mi padre se venía abajo.

Luego de un montón de ensayos, sobre todo los viernes que terminaban muy tarde, empezaba a tomar forma el conjunto y la pieza. Claro que mi padre se tomaba para sí la primera guitarra que llevaba el canto, la más agradable. Seguramente un alumno avanzado podría hacer esa parte pero “…difícil que el chancho chifle…” el viejo no la soltaba y se justificaba –no sin cierta razón– con que tenía una muy buena pulsación que le daba autoridad y presencia, además de arrastrar con decisión a los demás.
Debo reconocer que el trabajo para ajustar hasta nueve guitarras era heroico. Primero revisar lo que tocaba cada integrante. Luego ir juntándolos de a poco para comprobar que tocaran bien y que se ajustaba a lo escrito en la partitura. Luego de muchas horas de trabajo empezaban a darse los resultados y cuando se hacía el ensayo general (con todos los integrantes) se integraban los matices hasta lograr una interpretación cercana a lo que se quería.
No le faltaron oportunidades para tocar al Conjunto Guitarrístico Lavalleja, que así se llamaba, y diversas escuelas, clubes de Minas y pueblos del Departamento de Lavalleja (Solís, Mariscala, Batlle y Ordóñez) fueron los primeros lugares para luego seguir con otros departamentos (Maldonado, Rocha, Treinta y Tres y Rivera).
De regreso del concierto en Rivera, apretados en dos coches, viajábamos por la noche sin el menor espacio para acomodar las piernas y las guitarras cuando se produce el siguiente diálogo:
–Pero ¿¡qué hacés Julio? Me estás rascando una pierna!
–Ah ¿es la tuya? Lo que pasa es que me pica la mía pero no la encuentro…
Así era el buen humor de Julio Ríos

No puedo obviar los detalles de organización y logística para mover a nueve personas con sus respectivas guitarras en estuches que ocupaban muchísimo lugar y con muy pocos autos disponibles como era habitual en el Uruguay de entonces. Todos debían ir con traje negro y corbata, situación bastante complicada para quienes tenían pocos recursos. Pero no faltaban ganas y eso resolvía todas las carencias.
La presentación más importante se dio –nada menos– que en la Sala Verdi de Montevideo a beneficio del Centro Guitarrístico del Uruguay. Fue todo un desafío que supuso muchísimas horas de ensayos para lograr un programa como el que se adjunta con este artículo. La calidad podría ser materia de discusión; pero el esfuerzo, la entrega, la pasión por difundir el instrumento bien tocado no podía ponerse en duda. Veteranos memoriosos y jóvenes con inquietudes que han investigado el pasado guitarrístico de nuestro país como el caso de mi amigo Fernando Garcíapueden dar fe de esta empresa musical titánica y auténticamente minuana.

sábado, 21 de mayo de 2011

Recuerdos de mi barrio (2da. Parte)

Hubo un segundo intento de cine en el barrio Las Delicias de Minas, Uruguay, pero esta vez en una “sala”. Una cooperativa de consumidores de productos para la agricultura abandonó un viejo galpón (espacio techado con paredes rústicas) a un lado de la sede del Club de Fútbol Las Delicias, por la calle Garibaldi. Allí se juntaron un montón de sillas de cardo (palma) y madera y se improvisó un cine que podía funcionar en invierno y en horario matiné además de cobrar una módica entrada. No duró mucho la sala de cine. Por modesto que fuera el pago por entrar, mucho mayor era la modestia económica de la gente del barrio que signó la suerte de esa “empresa del séptimo arte”.
Caminando de la sede del Club Las Delicias por la vereda sur en aquellos años encontrábamos una tienda de ropa, botones, hilos y cosas así de la familia Bordón que la atendía la “Negrita”, como le decían a la señora. Luego esta tienda se cambió sobre esta misma calle, pero cruzando la avenida Varela, y amplió el giro comercial. En esa misma esquina estaba otro bar y a un lado un almacén, ambos comercios de la familia Prego. Recuerdo que la esposa de Julio Prego, Gladys Quinteros, daba clases de ballet a niñas del barrio.
Otro ícono del barrio Las Delicias era la capilla Santa Teresita que está pegada a lo que era mi casa, frente a la Plazoleta Río Branco (Plaza Olegario Villalba, suena mucho mejor, ¿no?). Luego de vivir tantos años en México donde las iglesias y capillas son verdaderos lugares de asistencia de feligreses que las llenan en cada misa, me doy cuenta que la capilla de mi barrio casi no atraía a los católicos porque casi siempre estaba vacía. Un escaso 15% de su capacidad era lo que asistía a la misa de los domingos. ¡Ay esa campana que los domingos a las ocho de la mañana me despertaba implacablemente! Desde muy temprano el padre Inmediato llegaba en bicicleta desde el centro sudando la gota gorda por la subida de la Av. Varela y ya lo esperaban doña Celina, la catequista, y Rosita que tocaba el armonio.
Recuerdo que cuando enseñaban catecismo a unos pocos niños del barrio, ponían a un chiquilín con una canasta que a la salida de las clases premiaba con un bizcocho a los asistentes y funcionaba para atraer a otros chiquilines que por comerse un croissant  eran capaces de sentarse un buen rato en la capilla. A mis 8 o 9 años la idea de comerme un bizcocho me gustaba pero no así las clases de catecismo, por lo que se me ocurrió una idea genial: faltando 5 minutos para terminar el catecismo entré a la capilla, me senté respetuosamente en una banca y cuando todos los niños salían y tomaban un bizcocho yo hice lo mismo. Aquello era una maravilla pero la genialidad duró muy poco, porque a la siguiente clase entré faltando unos minutos y ¡zas! doña Celina me agarra de un brazo y me dice: “Cedarcito (así me decían para diferenciarme de mi padre) ya vi que no te ganas el bizcocho así que ahora no te dejaré salir hasta que te aprendas el padrenuestro.” ¡Soné como arpa vieja! Casi media hora me llevó aprenderme el padrenuestro y confieso que al final el bizcocho que me dio doña Celina me supo a derrota. Allí empezó y terminó mi acercamiento a la iglesia…
Los lectores que no son de Uruguay, deben saber que en ese país es radicalmente diferente el clima en invierno al del verano, situación bien diferente al centro y buena parte de la costa de México. Los meses de diciembre, enero y febrero (verano austral), que coinciden con las vacaciones mayores de los escolares, ofrecen cálidos días y noches que los uruguayos disfrutan mucho luego de haber soportado largos meses de un invierno frío, húmedo y ventoso. Recuerdo haber leído que cuando el naturalista inglés Charles Darwin, en su periplo por Sudamérica, bajó del barco en un invierno montevideano dijo de los uruguayos: “Conocí a los sobrevivientes de este clima…” Por ello el carnaval, que se celebra en febrero (pleno verano), es un acontecimiento que no pasa desapercibido y es muy disfrutado por los uruguayos.
En Minas, durante los años de la década de los cincuentas y primera mitad de los sesentas el carnaval era una fiesta popular incomparable que la gente esperaba ansiosamente porque coincidía con un país donde la economía popular todavía tenía cierta dignidad y aún no había sido golpeada por los gobiernos blancos y colorados que olvidaron a la gente humilde.
Recuerdo claramente el corso (desfile) que organizaba la Comisión Municipal de Fiestas en el centro de la ciudad donde los niños no podíamos caminar por las veredas (aceras) porque nos enredábamos con tantas serpentinas y papelitos (papel picado) que la gente arrojaba al paso de los carros alegóricos, las murgas, los cabezudos, el carro con la “Miss Carnaval” y mucha gente disfrazada que se plegaba al desfile. Todo era música alegre que difundía una red de parlantes (bocinas) por todo el centro. Recuerdo la vieja canción “El carnaval del Uruguay” que compusiera Armando Oréfiche y que interpretaban los Lecuona Cuban Boys (grupo fundado por el mayor músico cubano: Ernesto Lecuona).
Los niños gritábamos excitados por la presencia de los cabezudos que era lo más atractivo del corso, y por las mascaritas que medio nos asustaban y medio nos divertían. Usábamos coloridas caretas de cartulina y antifaces para que nadie nos reconociera aunque todo el mundo sabíamos quiénes éramos. Los primeros pomos de plástico hacían su aparición, aquellas botellitas que en el tapón tenían un pequeño agujero y servían para lanzarles un fino chorrito de agua a niños y adultos que soportaban de buen humor la ligera mojada carnavalera. Por cierto molestábamos a los niños más chicos con unas pelotitas de aserrín envueltas en papel de aluminio y atadas con un elástico que golpeaban las cabezas de los incautos y regresaban muy rápido a nuestra mano para ocultar al agresor. Nos divertía mucho golpear, pero cuando éramos receptores de un golpe nos quedábamos serios y rascándonos la cabeza.
Así era el corso por el centro. Pero los siguientes días de carnaval ese corso visitaba los distintos barrios de Minas. Camionetas con parlantes anunciaban desde la mañana la llegada en la tarde del desfile de carnaval al barrio Las Delicias que desde temprano los chiquilines esperábamos con muchas expectativas.
La subida de la Avenida Varela provocaba un descanso de los carros alegóricos que resentían en su recalentados motores el esfuerzo para llegar hasta la Plaza Olegario Villalba (ya no le digo más plazoleta Río Branco). Mientras tanto personal de la Comisión Municipal de Fiestas adelantaba el clima carnavalero con piñatas (simples bolsas de papel rellenas de caramelos y galletitas) que las rompíamos a ciegas debajo de algún jacarandá de la plaza. Verdaderos remolinos de chiquilines y rodillas raspadas en el suelo disputaban los caramelos que arrojaban las piñatas y alcanzábamos un grado de excitación tal que con el comienzo del desfile estallábamos con la mejor fiesta que podíamos imaginar.
Nuestro barrio hacía un aporte particular al carnaval con el tablado en plena Av. Varela entre el bar “Las Delicias” y el viejo kiosco policial. El constructor Ruben Estrada aportaba los tanques y las maderas para levantar el escenario que estaba adornado con un telón que alguien pintaba y participaba luego en un concurso para elegir el mejor tablado de Minas.
Vale la pena detenernos nuevamente para intentar explicar lo que eran estos tablados carnavaleros que han cambiado bastante en los últimos años. En Minas, en las décadas del cincuenta y sesenta se trataba de escenarios populares en plena calle y con libre acceso donde se presentaban conjuntos musicales; grupos de baile folklórico, español, de tango; tríos de música romántica; tríos de música paraguaya; cantantes de tango; comediantes, humoristas y alguna murga (conjunto de voces a capella que combinan la música y el teatro ligero de muy discreta calidad, muy gustada por los montevideanos) que muy de vez en cuando aparecía.
En el caso de Las Delicias y por aquellos años la gente disfrutaba mucho más a Francisco Amor (cantante de tangos ya venido a menos), a Mastrángelo y sus muñecos (gracioso ventrílocuo), o algún trío paraguayo, que a una triste murga minuana rejuntada a última hora. Estos tablados se financiaban con la colaboración de comercios y vecinos del barrio y con parte de la utilidad del consumo del Bar Las Delicias que sacaba mesas y sillas a la calle.
Pero todo terminó… Las políticas fondomonetaristas de blancos y colorados acabaron con las serpentinas, papelitos, cabezudos, Mastrángelo y sus muñecos, el tablado, el corso y aquel espíritu carnavalero que tuvimos el privilegio de vivir. ¿No lo merecían los minuanos? Unos pocos dijeron que no. Todo fue cortado de un tajo salvaje y los minuanos enredados en sus propios problemas, confundidos ante tanta pérdida, no se dieron cuenta de quién les robó la alegría de aquellos años y han mantenido a esos descoloridos partidos en el gobierno del Departamento de Lavalleja, cuya capital Minas no ha vuelto a recuperar aquel espíritu para festejar –como antes– el carnaval de febrero.  
 

viernes, 13 de mayo de 2011

Recuerdos de mi barrio (1era. parte)

La plazoleta Río Branco es el centro del barrio Las Delicias de la ciudad de Minas en Uruguay. Fue un viejo sitio de paso de diligencias que venían de Brasil e iban a Montevideo del cual ya no hay rastros, ni siquiera aquel viejo ombú en el fondo de mi casa que ofrecía a los viajeros una sombra generosa y fresca en primavera y verano.  
El nombre de esta plazoleta –¿por qué no plaza, si ocupa toda una manzana?– quedó para que la gente lo cambiara y le pusiera el de algún minuano ilustre (Olegario Villalba, fino pintor por ejemplo) y rescatar así ese espacio que recuerda a un ave de rapiña del viejo imperio brasileño: José María da Silva Paranhos Junior, encantado de que lo conocieran como Barón de Río Branco.
Este señor de triste recuerdo para Argentina, Bolivia y hasta la Guyana Francesa, que con malas artes se apropió de buena parte de los estados de Santa Catarina y Paraná, antes argentinos; de una buena porción de territorio boliviano; y hasta de una parte de la Guyana Francesa (aunque en este caso “entre bueyes no hay cornadas”, ¿no?) no merece tener en Minas su nombre en una plaza, y menos aún ponérselo una ciudad uruguaya en el departamento de Cerro Largo, en la frontera con Brasil, que antes dignamente se llamaba Villa Artigas,  aunque haya tenido el Sr. da Silva la “bondad” de dejarnos navegar las vías fluviales del río Yaguarón y la Laguna Merín que compartimos con el vecino del norte (por eso se le recuerda...).
En la década de los años cincuenta y algunos años de los sesentas esa plazoleta vivió un esplendor que es bueno rememorar para que las nuevas generaciones sepan de sus raíces, qué vecinos la poblaban y qué cosas allí pasaron.
Desde siempre tuvo un kiosco policial donde un par de veteranos guardiaciviles (así se les llamaba) se aburrían de constatar que en el barrio Las Delicias no pasaba nada. Un sencillo uniforme con ancho cinturón de cuero sostenía un espadín, seguramente inútil ante un afilado facón, pero que era claro signo de una autoridad civil reconocida por todos que se encargaba más de disuadir cualquier pleito que reprimir un hecho consumado.
Creo que un guardiacivil se apellidaba Jauregui y lo recuerdo dejando recostada su bicicleta fuera del kiosco donde seguramente una sagrada siesta preparaba un tranquilo recorrido en su rodado hasta el Cementerio del Este, regresar después por las viviendas obreras a un lado del Parque Rodó y si no estaba muy cansado se daba una vuelta por el Hospital Vidal y Fuentes para regresar por la muy empinada subida de la Av. Varela.
Frente al kiosco estaba el viejo bar (híbrido de café y cantina mexicana) “Las Delicias”, según unas muy atractivas letras de neón, cuyos dueños eran los hermanos Leonel y Álvaro “Chiche” Rodríguez. Allí cortaba el pelo Walter Ferrada que atendía en una especie de tapanco donde estaba la mesa de billar. A un lado, don Cacho Capricho –excelente persona– atendía su almacén (tienda de abarrotes diríamos en México) con un siempre alegre y dispuesto muchacho que hacía los repartos en bicicleta, el Yoyo. Es oportuno decir que en aquellos años se usaba “la libreta” para comprar. Esto es que cada cliente tenía una libreta donde Cacho anotaba el producto y el importe de lo que se llevaban. Cada principio de mes Cacho sumaba el total de lo adquirido y el cliente le liquidaba al almacenero el total de lo consumido. Una especie de tarjeta de crédito actual que era financiada por la prosperidad económica de entonces y el propio almacenero con su política de precios. Jamás alguien perdía la libreta o intentaba alterar lo escrito por Cacho Capricho.
Un poco más allá estaba la carnicería de Fernández, hombre de sólida posición económica, con su mano derecha, Cacholo, que atendía un comercio con carne de muy buena calidad. Más hacia el Parque Rodó estaba la casa de la familia Diano, donde el joven Jorge (citado en el artículo “Cuando los comunistas tomaron Minas” de este mismo blog) se transformaría en una de los personajes más conocidos de Minas. Por cierto tenía una hermana muy bonita, seria y formal, la Coqui.
A la vuelta estaba (y sigue estando) la panadería “Las Delicias” que era atendida por la joven y muy trabajadora Mireya. Pocos minutos antes de las diez de la mañana ya estaba con una canasta en la escuela No. 12 esperando el recreo para vender bizcochos de muy buen tamaño que no se parecían en nada a los que luego conocí en Montevideo.
Otro comercio de muchos años fue el almacén de la familia Martínez, cuya viuda sacó adelante a sus tres hijos (Orlando, Winston y Claudina) atendiendo su comercio muy al estilo de los viejos almacenes de campaña (tiendas campesinas) donde había de todo un poco. Enfrente estaba el bar del Pelao Arana (muchos años después se mudó por el Tanque de Agua) que formaba parte de un triángulo de comercios junto a una estación de nafta (gasolinera) y la gomería (vulcanizadora) del “turco” Farah. Es interesante aclarar que la palabra nafta tiene origen en una sigla de una empresa rusa  exportadora de combustible que abastecía a Uruguay y Argentina. En enormes cajas de madera con la palabra NAFTA pintada venían los tanques (tambos) con gasolina.
También es oportuno aclarar una pésima costumbre de los habitantes de los países del Río de la Plata de utilizar indiscriminadamente con los inmigrantes de origen árabe y –peor aún– armenio el gentilicio “turco”. El apellido Farah es de claro origen libanés pero jamás pudo sacarse de encima que le llamaran “turco”.
Me detengo un momento a describir una vieja bomba de nafta ya muy vieja por aquellos años que había en la estación. Se trataba de un armatoste de 1931 de unos tres metros de alto con forma de faro marítimo, con un depósito de vidrio transparente en la parte más alta, y una palanca para bombear la gasolina. El operador preguntaba cuántos litros quería y bombeaba a mano hasta ver que la nafta llegaba a las distintas marcas del depósito transparente. Colocaba luego la manguera en el auto y por simple gravedad llenaba el tanque del vehículo.
Otros “turcos” nacidos en el Líbano fueron doña Carola y Tannús Chalit que habitaron la vieja casa de ladrillos a la vista junto a la capilla Santa Teresita. Tía y sobrino tenían un almacén poco surtido pero una gran generosidad y cariño hacia mi hermana y hacia mí. ¡Cómo nos gustaban unas especies de tortas fritas con semillas pegadas (imaginen en México una especie de tortilla gruesa de harina de trigo con ajonjolí), platillos exquisitos con carne de cordero y tantas cosas más que nos convidaba doña Carola! Con mucho respeto veíamos a Tannús rezando de rodillas con la cabeza apoyada en el suelo sobre un pequeño tapete y mirando siempre para el mismo lugar, la lejana Mecca. Nos fascinaba verlo fumar tabaco en el narguile, un extraño aparato de vidrio con mangueras de goma, junto con algún paisano libanés como el dueño de la tienda Jairalah que estaba en el centro de la ciudad.
Por aquellos años no faltaron las funciones de cine en el barrio. Ante la ausencia de televisión, el cine tenía asegurado el éxito entre el público ingenuo que no faltaba a ver “cintas” de muy mala calidad pero que bien entretenían. El lugar más habitual y que duró unos cuántos años fue el cine al aire libre –durante el verano y por la noche– frente a la sede del Club de Fútbol Las Delicias. Un viejo pizarrón de lámina anunciaba la función del sábado que nos anticipaba alguna vieja película mexicana, argentina o americana.
Con mi hermana Graciela teníamos entre 6 y 8 años y nos llevábamos nuestras sillitas petisas (chaparras) y las acomodábamos entre las mesas que se ponían en la calle para atender al grueso de los asistentes que veían cine mientras consumían cervezas, refrescos, refuerzos (tortas mexicanas) y frankfurters (hot dogs) del bar que atendía el “Nenito” Cedrés. 
Recorrimos casi todo el catálogo de las películas en blanco y negro de Cantinflas y Miguel Aceves Mejía (entre las mexicanas), Luis Sandrini y Niní Marshall (entre las argentinas) y Cisco Kid y Roy Rogers (entre las americanas). Cuando se terminaba el primer rollo de la película y mientras el “Nenito” lo cambiaba aprovechábamos a ir corriendo con mi hermana a cenar algo en casa. Recuerdo que unos años más adelante seguíamos yendo al cine en la calle pero en mi caso llegaba siempre tarde al segundo rollo porque eran mayores las ganas de tocar un ratito las piecitas en guitarra del músico italiano Fernando Carulli.
Cédar Viglietti

miércoles, 27 de abril de 2011

VIEJOS RECUERDOS DE MI ESCUELA

Hoy, la escuela N° 12 ”Juan Zorrilla de San Martín” del barrio Las Delicias, cumple sus primeros cien años de formar e instruir a los niños de una zona muy amplia de la Ciudad de Minas. Quienes fuimos alumnos de esa escuela mantenemos intacto y muy adentro el recuerdo lleno de sonidos, sabores y colores de nuestro paso por esta institución sin que los años –en mi caso muchos– nos borren lo esencial: el orgullo de haber sido parte de su magnífica historia.
Aquella tarde de marzo de 1957, de la mano de mi madre, caminé hacia la escuela de impecable túnica blanca y nuevecita moña azul. Nada podía meter en los bolsillos porque no lograba despegarlos, y el cuello me dolía por las raspadas que me daba tanta cantidad de almidón en la túnica. “No te preocupes que el miércoles la túnica ya estará blandita” me decía mi madre para atajar mis reproches porque yo no quería ni saber de la escuela. Hasta los zapatos Incalflex me apretaban por nuevos y argumentaba que no podía caminar. Pero nada detuvo esa marcha penosa hasta la escuela y con grandes esfuerzos me aguanté sin llorar ese primer día.
En esos años la escuela no tenía jardinera o jardín de niños como para ir preparándonos y aceptar que las madres nos dejaran por cuatro horas. Corrían las lágrimas frente al portón de aluminio de la escuela, pero dentro del salón y en pocos minutos ya nos olvidábamos del abandono materno.
Recuerdo perfectamente el salón de clases: era el que estaba junto a la dirección con piso de madera. Los bancos de eran para dos niños y ya tenían muchos años de uso con enormes manchas de tinta sobre la mesa. En el centro, un agujero servía para poner un tintero de loza que la maestra llenaba con tinta Pilka para que pudiéramos mojar nuestras plumas y escribir no más de una palabra corta antes de volver a mojarla. La birome o bolígrafo… ni sus luces todavía. Ah… recuerdo el papel secante que teníamos que pasar para absorber la tinta sobrante que nunca se secaba y evitar así el repinte al cerrar el cuaderno.
El clásico lápiz negro alemán Johann Faber N° 2 era el más usado, pero varios niños recibían aquellos lápices marrones que tenían grabado CNEPN (Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal). La goma de borrar preferida era la de pan Dos Banderas porque no manchaba el cuaderno. Los trabajos especiales o muy importantes lo hacíamos en hojas o cuadernos “Tabaré” aunque abundaban los cuadernos de tapas grises del CNEPN.
En primer año me tocó de maestra a Pochocha, una mujer gordita y de muy buen carácter, casada con un peluquero que tenía su negocio en la calle Treinta y Tres casi 25 de Mayo. Yo me sentaba en la primera fila con Almita Jauregui. En segundo la maestra fue la “Negra” Pereira, alta, de muy buen talante, a quien recuerdo con mucho cariño. En tercero tuve a la maestra Ivonne, menos paciente que las anteriores y medio enojona aunque creo que fue el año que más aprendí.
Nos impresionaban mucho los compañeros que llegaban a caballo a la escuela. Uno de ellos fue mi gran amigo José Antonio Rotella. ¡Cuántas cosas compartimos con José Antonio! Otra compañera que venía a caballo era Teresita Larrosa; había que ver con qué distinción montaba su caballo. Las dos piernas para el mismo lado del caballo le daban un aire de reina inalcanzable que ella abonaba con un poquito de altivez.
Otros amigos inolvidables de aquellos años eran Heber Terra, Alberto Rodríguez, Antonio Bayarres, los hermanos Diano, Carlos Ortega y tantos más que los años y la distancia me han borrado sus nombres.
Varias niñas de entonces han quedado en mi memoria: Marlene Sotelo y su prima Isabel, Alba Varela, Iris Vega y aquella niña un poquito mayor que yo –creo que se llamaba Norma– que bailaba tan bien la música española y siempre era el número fuerte de las fiestas de fin de año.
A la hora del recreo disfrutábamos mucho jugando a la agarrada (simple juego de correr y atrapar a otro niño del equipo contrario) o a la bolita (canica) que no se jugaba como vi en Montevideo años después. En aquellos años jugábamos al chante y cuarta y la bolita se arrojaba tomada con las yemas de los dedos pulgar e índice producto del impulso que se daba con el brazo; no con el pulgar como se jugaba en la capital. También jugábamos a la troya, con un triángulo dibujado en el suelo donde se trataba de sacar el máximo posible de bolitas con un certero tiro desde una raya con nuestra esfera de vidrio preferida.
El trompo de madera también ocupó buena parte del tiempo del recreo, así como el yoyó que tenía a verdaderos maestros en chiquilines que realizaban toda clase de suertes.
Cuando llovía y no podíamos salir al patio exterior nos teníamos que conformar jugando a la payana (palabra de origen quechua que significa recoger o recolectar) en el patio interior. Por cierto, en México se le dice a este juego matatena. Varios conseguíamos payanas de mármol del desperdicio de una marmolería cercana a la escuela.
La merienda no era muy variada: el típico refuerzo (torta en México) de mortadela o de dulce de membrillo; las galletitas María, tortas fritas (especie de buñuelos mexicanos) del día anterior o las frutas del momento (manzana, tangerina) o la más común: banana. De la panadería Las Delicias se ponía la jovencita Mireya con una canasta de bizcochos que vendía a medio (cinco centésimos de entonces) cada uno. Varios chiquilines se comían simplemente una roseta o pedazo de pan. ¿Refrescos o jugos? No. Sólo el agua de la canilla donde había que hacer cola para tomar.
Los baños daban pena. Siempre sucios y malolientes. Hasta hoy no entiendo por qué siempre fue así. No había wáter y jamás papel. Eran unas letrinas que no merecía nadie. ¡Pobre del niño con algún problema intestinal! ¿Hoy estarán mejor?
Había servicio de comedor para los niños de mayores carencias. Para ello se adaptó una parte de los sótanos donde se servía una comida preparada por los presos de la cárcel departamental. Con mucho esfuerzo subía la Av. Varela una motoneta triciclo que traía desde el centro una gran olla con la comida para los niños, quienes esperaban con su cuchara en el bolsillo la hora del almuerzo.
De vez en cuando llegaban algunos niños nuevos provenientes de otros departamentos. ¡Pobres! No les dábamos una cordial bienvenida realmente. Les hacíamos pagar el derecho de piso con bastante crueldad. Recuerdo a un buen niño, Ruben Amado Sosa, que para enfrentar nuestro acoso acuñó una fama que después vimos no correspondía a su buen carácter. Se paraba entre dos pinos que estaban atrás de los baños y nos amenazaba con golpearnos. Así se defendía y le decíamos “El hombre malo”. El clásico “¡Te espero a la salida!” cerraba la discusión entre Ruben Amado y otro niño que al traspasar el portón de aluminio se liaban a golpes de puño. Esa fue una pelea muy comentada porque reunió un montón de chiquilines y porque fue abruptamente interrumpida por la directora “Coca” Ferranti que llegó remangándose y diciendo “¡¿A ver quién tiene ganas de pelear?!” En un instante se nos fueron las ganas de repartir trompadas a todo el mundo y salimos volando para nuestras casas.
Merece un párrafo aparte esta directora de fuerte carácter y personalidad. Aquella escuela –en aquellos años– no era ningún ejemplo de tierna convivencia, ni dulzura por doquier. Siempre había alguna bronca gorda para resolver y la directora Irma “Coca” Ferranti tenía los suficientes arrestos para parar en seco a algunos alumnos repetidores e indisciplinados de 6° que parecían hombres o algún padre agresivo que nunca faltaba. Una vez mandó llamar a la abuela de un chiquilín con problemas de enuresis (la madre lo había abandonado) y ésta se apareció con un palo para ajustarle in situ las cuentas a su nieto. “Coca” se interpuso entre palo y  niño, paró el golpe con el antebrazo y rápidamente le quitó el bastón a la enfurecida señora y de un rápido movimiento lo quebró contra su pierna. Acto seguido puso en su lugar a la airada señora y le explicó con severidad que así no se arreglaban las cosas…
¡Qué lindas eran las fiestas de fin de año! Entre los cantos y bailes disfrutábamos muchísimo esa época de calor que ya prometía vacaciones. Se armaba una especie de tablado junto a la canilla y allí subíamos a bailar alguna tarantela, una zamba o algún pericón. En segundo año recuerdo que cantamos una canción mexicana: “Las mañanitas”, que muchos años después volvería a cantarla muchas veces en México, ya que equivale al “Que lo cumpla feliz” de Uruguay. No faltaba la niña que bailaba tan bonito la música española. Y a partir de 3°, en mi guitarra, me tocaba interpretar alguna piecita obligado por mi maestra y con el beneplácito orgulloso de mi padre.
Mucho más podría contar: los paseos al Parque Rodó por el portoncito frente a la canilla, aquel inolvidable viaje a la playa, las penitencias (plantones interminables) que nos ligábamos con José Antonio Rotella por andar corriendo (como si fuéramos niños…). Pero lo importante ya está dicho: el imperecedero amor hacia esta escuela que marcó nuestra infancia y toda nuestra vida; el tan grato sabor que nos queda cuando escribimos estas desordenadas líneas que nos hacen revivir la pureza de nuestra niñez que, a través de la magia del recuerdo, hoy se convierten en un simple pero muy sincero homenaje a sus jóvenes cien años de vida.


Cédar Viglietti  (México, 2011)

domingo, 10 de abril de 2011

Un ombú, un tesoro y una venganza

Hace unos 10 años escribía para una revista de uruguayos en México con la intención de que los emigrantes y sus hijos mantuvieran vivos en sus recuerdos los paisajes, la flora y fauna del paisito que habían abandonado. Mis andanzas de juventud en Uruguay sirvieron de algo muchos años después. Este es un artículo escrito para aquella publicación que puede servir hoy a quienes no tuvieron oportunidad de conocer el campo y los ríos uruguayos.


Era tan grande que amanecía primero en su copa; el sol pintaba con tonos amarillos las ramas más altas cuando aún estaba oscuro a ras de tierra. Este ombú (palabra guaraní derivada de Umbí que significa “sombra”) era el árbol preferido de los benteveos que allí tenían su seguro observatorio para curiosear lo que pasaba a doscientos metros a la redonda.

            Viví veinte años en una casa del barrio Las Delicias de la ciudad de Minas, Uruguay, que en su terreno tenía este hermosísimo árbol (en realidad es una hierba gigantesca) cuya leña no sirve para nada, ni para hacer fuego –se deshace al secarse­­­­­­–, no da frutos, no es medicinal, pero ofrece una fresca sombra en lugares donde generalmente no hay otro árbol. 

            El campo uruguayo, cuando no lo atraviesa algún río o arroyo, generalmente no tiene árboles (salvo en estos últimos 30 años donde ha surgido una reforestación con eucaliptos, de dudoso beneficio para el suelo uruguayo). Es una planicie cubierta de pastos y cada tanto un ombú con algún rancho recostado a su sombra. El hombre de campo no hace su casa en el monte junto al río porque sabe que en cualquier momento se viene la creciente y la llanura inmensa no contiene las aguas desbordadas. Para hacer rancho elige las cuchillas (suaves elevaciones del terreno) que son seguras, y allí se puede encontrar un ombú solitario que dará sombra, abrigo, ramas para colgar la fiambrera (especie de jaula con malla para que no entren las moscas y poder guardar alimentos al fresco) y lugar de juegos para los gurises (niños en guaraní).

            Así es el ombú, árbol solitario que se cría guacho (solo, sin madre) y que en primavera da racimos de pequeñas flores blancas o racimos de bolitas verdes que no florecen. La gente de campo dice que hay ombú macho (el de las bolitas verdes) y ombú hembra (el de las flores blancas). En otoño pierde sus hojas y descubren sus rugosas e irregulares ramas. 

            Por cierto, existe una leyenda guaraní sobre cómo fue creado el ombú que la maestra normalista e investigadora Teresa Villafañe Casal ha rescatado:

“Umbí, la esposa del jefe de una tribu, ha conseguido que los indios cultiven la tierra. El verdor auspicioso de las plantas de maíz anunciaba la cosecha. Pero el deseo de lucha privó en los hombres, y un día dejaron sus campos y se fueron a pelear.

Umbí quedó encargada del campo cultivado. Ella debía cuidarlo para que las mujeres y los niños no padecieran hambre.

La luna llena anuncia con síntomas infalibles una terrible sequía. Umbí comprende lo difícil que será cumplir su misión.

Día a día las plantas de maíz van perdiendo su lozanía. Una a una caen vencidas. Pero Umbí está dispuesta a no cejar. Con la energía y la resistencia de que sólo las madres son capaces, decide salvar los granos necesarios para volver a sembrar.

De pie frente a las plantas que quedan vivas, trata de darles sombra con su cuerpo y las humedece con sus lágrimas. Desafía a Gúneche, dios que le manda la sequía. Resiste desesperadamente la heroica mujer, pero su agotamiento es visible. El Gúneche, al fin, ante el sacrificio sublime de la leal esposa, de la madre que lucha por sus hijos, por su tribu resuelve ayudarla en su obra. Pero no envía la lluvia que tanto ansía, sino que transforma a Umbí en un árbol, en una hierba gigante, que con su sombra consigue salvar una planta de maíz que dará los granos para la próxima cosecha.

Cuando regresaron los indios, el jefe vislumbró, a través del tronco retorcido y rugoso, la lucha que tuvo que sostener su leal Umbí.

Desesperado, se abrazó al árbol, y la sombra de éste lo cobijó, como en un último esfuerzo de la noble india para ser útil a su esposo, a sus hijos, a su tribu.”

Pero volvamos al ombú de mi casa.

Decían los vecinos de mucha edad que ese árbol tenía más de 150 años y que a fines del siglo pasado y principios de éste sirvió de parada de las diligencias que venían de Brasil hacia Montevideo. Allí cambiaban los cansados caballos por los de refresco, mientras seguramente los pasajeros se sacudirían el polvo de los interminables caminos y descansarían un momento a la sombra del ombú.

Cuando trabajábamos la tierra de la quinta familiar encontramos no pocas veces huellas de ese lugar de descanso: monedas de oro y de cobre brasileñas de uno o dos Reis. Seguramente estos pequeños hallazgos fueron comentados con algunos vecinos y allí comenzó a gestarse una ingenua y letal leyenda. Siempre se acercaba alguien a sugerir que debajo del ombú había un tesoro enterrado y que era de monedas de oro brasileñas…

Hubo épocas en que arreciaban los consejos de quitar el ombú y hacerse rico con el tesoro. Invariablemente mi padre sostenía que el tesoro era el propio ombú cuyo tamaño llamaba la atención de propios y extraños. Imagínese que para rodear el tronco se necesitaban ocho personas…

En 1970 se vendió la casa para irnos a radicar a Montevideo y allí comenzó la tragedia del ombú. La compró alguien convencido del tesoro de monedas de oro y trajo un ejército de gente con sierras, hachas y una pala mecánica.

Aquel árbol que fue refugio de cansados viajeros, atalaya de esos astutos pájaros llamados benteveos, insustituible lugar de juegos de muchos niños que pasamos por ahí y fresca sombra de tantos veranos, acabó arrancado de cuajo.

Del tesoro, ni rastro…

Pero el ombú ya muerto en un terreno de junto, estaba vivo para vengarse.

Desde siempre hubo, a unos siete u ocho metros del añoso árbol, un encharcamiento de agua limpia que jamás le dimos importancia porque estaba en un terreno vecino. Pues ese encharcamiento era un manantial que alimentaba al ombú, y al no estar éste comenzó rápidamente el agua a ganar terreno y a invadir la casa. No hubo fuerza humana que contuviera ese ojo de agua hasta tal punto que anegó todo el terreno y tuvieron que construir un drenaje especial para salvar la casa.

Allí estaba presente el viejo y querido ombú, riéndose con sus benteveos, con sus antiguos fantasmas que venían desde el Brasil y dejaban caer alguna monedita de oro.

 

                                                                       Cédar Viglietti (h)





sábado, 26 de marzo de 2011

COMENTARIO DE UN LECTOR AFICIONADO SOBRE "CIEN AÑOS DE SOLEDAD" DE GABRIEL GARCIA MARQUEZ

Hace varios años un joven estudiante me pidió que escribiera un comentario sobre la novela “Cien años de soledad” del escritor Gabriel García Márquez para tener una idea de cómo se escribe un artículo de esa especie y así cumplir con su tarea. Antepuse que no era quien para escribir sobre tan importante obra, que no era (ni lo soy) escritor, ni analista literario y ni siquiera un buen lector. Pero me pidió que lo hiciera como un lector aficionado cualquiera y que a cambio me regalaría una buena edición de la novela que había perdido tiempo atrás. Las ganas de volver a tener esa gran novela me tentaron y escribí el presente artículo.


A esta altura de la literatura hispanoamericana no es ninguna novedad que "Cien años de soledad" es una de las mayores obras que se han escrito en nuestra lengua. La prosa tan amena, la creatividad sin fin, la incorporación de tradiciones indígenas y mestizas y fundamentalmente "la magia" –tan cotidiana en la vida de los latinoamericanos– tratada con una increíble naturalidad hacen de esta novela un libro imprescindible para entender nuestro continente desde el río Bravo hasta la Patagonia.
            Los lectores norteamericanos y europeos, que han leído tantas traducciones, se han asombrado del llamado "realismo mágico". Les parece mentira que un escritor pueda "inventar" tantas situaciones y personajes sacados de una chistera inacabable; cuando en realidad García Márquez recurre a la exageración; pero eso sí, con un gran desparpajo y una exquisita inspiración. La verdadera magia está en la forma de escribir con tanta frescura y exuberancia; en atreverse a contar cosas aparentemente absurdas con la mayor naturalidad; en ser un genial mentiroso a quien el lector le gusta creerle aunque sepa lo falaz que es.

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No se trata de una novela histórica aunque cuenta la historia improbable del pueblo de Aracataca donde nació el autor. No cuenta la historia de su familia aunque, como ha reconocido García Márquez, su familia está presente: "Recuerdo que cuando era niño y veía pasar a mi abuela siempre volaban mariposas amarillas..."
            Cada personaje es un verdadero tratado de fascinante locura. José Arcadio Buendía que trazó con maestría las calles de Macondo para que todos tuvieran las mismas posibilidades de luz y acceso al río, terminó atado a un árbol luego de infructuosos intentos para encontrar oro con un imán, utilizar el movimiento perpetuo o "atrapar" a Dios en una placa de daguerrotipia para probar su existencia. Ursula, aparentemente centrada pero revisando cada hijo para ver que no tuviera cola de puerco o permitiendo que su esposo esté atado a un árbol del fondo de la casa. José Arcadio, el hijo con monumental falo, fuerza y hambre de 10 hombres que termina domado por la dulce Rebeca. O el tímido Aureliano que se enamora de una niña impúber (Remedios) y espera su primera menstruación para desposarla. Es el mismo Aureliano que se transforma en el coronel Aureliano Buendía, uno de los más temidos y audaces caudillos de toda la costa caribeña. O Remedios, la bella, que vivió al margen de la vida, sin mancharse en este mundo y que terminó ascendiendo y desapareciendo en el cielo en un acto de inesperada levitación.

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            Es muy interesante como García Márquez maneja los personajes que en muy pocas páginas transforman su personalidad. Tal es al caso de la dulce y menudita Rebeca que esperó pacientemente que cuajara el noviazgo con un italiano muy delicado e indeciso y finalmente termina metiéndose en la hamaca del bruto y maloliente José Arcadio. Un José Arcadio que se desayuna con 16 huevos crudos, que marchita las flores con sus tremendas ventosidades y que es capaz de jugar vencidas con cinco hombres a la vez. Resulta fascinantemente bestial la brevísima descripción del primer encuentro amoroso entre ambos: ..."la despojó de su intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito." También fascinante y no exenta de humor es la inmediata conclusión de la escena amorosa de Rebeca: "Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable,...”
            La transformación de Meme que luego de los fogosos encuentros con Mauricio Babilonia, donde su personalidad es incontenible, se transforma en la sumisa muchacha que acepta el enclaustro en un convento luego de la muerte de su amado. Su propio hijo, aparentemente mutilado por el encierro a que lo somete su abuela, resulta ser el único Buendía lúcido capaz de descifrar unos extraños manuscritos que definen esta obra literaria.
            En esta novela se pueden apreciar innumerables efectos logrados por el escritor en personajes, ambientes y situaciones que, parafraseando a Ursula cuando define su familia, la hacen una historia "...de locos..."
            La clave de esta locura es la exageración genial de hechos posibles transformándolos en actos de "magia". Tal es el caso de la descripción de la fuerza de José Arcadio Buendía, que se necesitaron 10 hombres para tumbarlo, 14 para amarrarlo y 20 para arrastrarlo. O el rejuvenecimiento e instantáneo envejecimiento del gitano Melquíades mediante el solo efecto de ponerse o sacarse los dientes postizos. La curiosa muerte de José Arcadio, cuya hemorragia del oído recorrió calles hasta meterse por debajo de la puerta en la casa de su madre, quien inmediatamente adivinó la suerte de su hijo. La lluvia de flores amarillas durante toda una noche cuando murió José Arcadio Buendía. La proliferación de los animales de Aureliano Segundo (las yeguas parían trillizos, los conejos crecían de la noche a la mañana, etc.).
            Pero detengámonos un momento en estos actos de "magia", que los latinoamericanos porfiadamente sostenemos no son productos de una elucubración fantasiosa del autor sino de  una exageración de la realidad –en todo caso mágica–  que vivimos diariamente.  Por cierto es difícil creer que se produzca una lluvia de flores amarillas, pero ¿qué pensar de una lluvia de arena? ¿Acaso no suena a fantasía que del cielo caiga arena? Pues bien sabemos que cuando el Popocatépetl tuvo un episodio de erupción, en el DF llovió abundante arena que provocó varios accidentes viales.
            En la presa Brockman, Municipio de El Oro, Mexico, del cielo caían millones de papelitos y no había pasado ningún avión. Pero aún más, los papelitos desafiaban a la gravedad y no caían. Avanzaban. Y no había viento que impulsara nada. Solamente se veían avanzar y dar vueltas en el aire. Algún papelito llegó a caer –muy pocos– y resultó que eran mariposas Monarcas que llegaban desde Canadá al Estado de México y Michoacán el día 2 de noviembre, cumpliendo puntualmente con la tradición de ser las almas de los niños muertos que visitan a sus familiares.
            La convivencia con los muertos, fenómeno recurrente en la novela de García Márquez, llega a tal extremo en nuestra vida diaria que una señora de Metepec cuenta –y no hay por qué no creerle– que por las noches atraviesa el patio de su casa un señor que sólo ella ve. "Al principio me asustaba, ahora ya no, porque sé que es el señor que murió hace muchos años en esta casa tan antigua...", dice.
            ¿Suena posible que la lluvia se lleve casas, autos y gente? ¿Que el viento arrastre a las personas y que tres hombres fuertes sean necesarios para atajar a alguien que rueda por la calle? Con los sucesos recientes de la costa de Oaxaca y Guerrero sabemos que eso y más es posible.
            Así es nuestro continente; impredecible, alucinante, crisol de tres razas (india, europea y africana) que da por resultado un lugar único, mágico e irrepetible.
            Pero también se deben reconocer las numerosísimas aportaciones absolutamente creativas de García Márquez, entre las que destaca el llanto que oyó Ursula de su hijo José Arcadio cuando aún estaba en su vientre. Llanto que Ursula llegó a definir como un anuncio de la incapacidad para amar de ese futuro hombre. Vale la pena recordar aquí cómo el autor no escatima el humor en este momento tan dramático y describe la alegría de José Arcadio Buendía porque tendrá un hijo ventrílocuo. Otro ejemplo de creatividad es la obsesión de Ursula durante toda la novela de que la consanguinidad fuera a procrear un niño con cola de puerco, situación que se produce al cierre de la novela.
            Resulta apasionante el final de esta maravillosa obra literaria porque García Márquez cierra un círculo que supo de complicaciones y vericuetos interminables. Uno a uno los personajes van desapareciendo, no quedan ni los descendientes (el último es devorado por las tenaces hormigas que tanta destrucción causan a lo largo de la novela), ni sus casas, ni el pueblo que es devastado por el viento.
            A lo largo de la novela la soledad se impone. José Arcadio Buendía acaba muerto solo bajo el castaño. El coronel Buendía termina encerrado solo en su taller. Rebeca, tan sola que nadie sabe en que día realmente murió. Amaranta, reseca, sola, pactando con la muerte su ida del mundo. Meme, abandonada en un claustro de monjas. Remedios, la bella, sola en el mundo y sola en su partida aérea.
            Se cierra el círculo. Porque la obra comienza con un personaje fascinante (el gitano Melquíades) que despierta el interés de José Arcadio Buendía por interpretar unos antiguos manuscritos que finalmente resultan ser como un verdadero oráculo. Manuscritos que los Buendía, de generación en generación, sienten la curiosidad de descifrar hasta que finalmente el hijo de Meme lo logra y lee su propio destino: morirá al momento de leer el último párrafo y no quedará nada de su familia ni de su pueblo.
            Así termina esta magnífica novela. Ya no hay nada de qué escribir. Todo ha terminado.
            Queda la hermosa sensación de haber leído algo irrepetible y genial. De ser un lector afortunado por haber tenido la oportunidad de leer en el idioma original una obra sin par. Finalmente queda nuestra imaginación enriquecida por habernos adentrado en un mundo alucinante y frondoso y por haber convivido con personajes que –a través de la lectura– nos harán seres humanos más lúcidos y sensibles.
                        México, octubre de 1997.